Asómate por
la vida, un pequeño momento. Acércate a este presente, pues en él ocurren cosas
maravillosas e improbables, más imposibles que las que ocurren en las pictóricas
oníricas de los demonios mayas. Acurrúcate a este tiempo, porque estás
presenciando un sacrificio de sacrificios, aquí puedes observar con paciencia
cómo es que a un mitológico se le encierra en una realidad aparte, haciéndole
creer que vive en su jugoso caldo de orgullo, haciéndole creer que su libertad
existe y está tan viva como su impaciente libertinaje. Acuérdate de cada una de
las imágenes que pueden ser expresadas por el espacio, que pronto las tendrás
que retratar en más planos de papel, que de los que hay en tu memoria y leyenda.
Los dos hermanos le atacarían con una cerbatana,
pero nosotros le atacaríamos con palabras. Los dos hermanos le dañarían la
quijada, pero nosotros le dañaríamos la mente. Los dos hermanos lo hicieron
todo en concreto, nosotros lo hicimos todo en sublime.
Acuéstate
sobre la gorda sensación de presenciar. Acomódate en las neuronas que crecieron
con la certeza de que lo vivido fue un todo y lo removido fue un nada.
Acéptalo, al ego de aquellos les correspondía engullirse el otro, esta vez el alga
se comió al pez más grande y el estómago de la estrella quedó sumamente vacío.
La jaula no era de oro, ni de plata, ni de
cobre, ni de silicio; estaba hecha de oxígeno y nitrógeno, para que se le
secara hasta la última plaqueta del deseo.
Porque siete veces le pertenecía el inframundo, porque reinaba toda esa oscuridad que le dictaba la muerte y contabilizaba cada una de las caidas de aquella gente. Por esto, quería robarse la luna y el sol y con ello la luz que tanto adoran y gozan quienes fueron correspondidos a ella, mas no pudo entristeserce o quejarse de su destino mitológico. Sólo le queda recitar palabras para los hombres de madera, que entonces murieron ahogados; sólo le queda desenvainar sus planes secuestrantes de la luz; sólo le queda someterse y abrigarse con orgullo falso. Porque todo aquel que viva de siete males, jamás podrá gozar verdaderamente de la vida total. Ni sus números primos, ni sus siete guacamayos, le salvarían de la dentadura de maíz o la posesión de Xibalba.
sábado, 22 de diciembre de 2012
Meditar sobre aquella infusión de hierbas es como retornar a la pluma blanca y al papel en tinta, es ser acéfalo navegante en un mar de cráneos, es contabilizar cuarenta y ocho veces las pestañas de una mosca. Meditar sobre una uña recién extirpada es acusar a la ironía de la autoflagelación, legalizada en la mente, sobornada por los medios y premiada por los sociales. Meditar sobre una disonancia es bacilar entre la disconformidad de una red de neuronas, ante un enemigo potente e inexistente, y la sumisión hacia un nuevo mundo ancestral plagado de frecuencias infinitas, interminables, inalterables (por más alteradas y mutadas que estén). Pero, ahora, meditar sobre meditaciones es simplemente volver a escribir con escusas más que obivas, allí plasmadas en las paredes de la piel.
Creemos firmemente en la anteposición de emociones, crean huracanes de corrientes de diferentes temperamentales provenientes de distintos hemisferios de plano cerebro que dice e infiere sobre nosotros, que nos hace pensar que tenemos dueño. Somos espirales con personalidades tan magníficas que todo lo maravilloso ya pasó por alguna de nuestras células, moléculas, energías y escencias combinadas de todo lo anterior. Creemos ser bucles sumidos y sumergidos en el aprendimiento moral de las mareas, en las trompetas desentonantes de las corrientes y la matemática del agua. La propulsión física se nos entiende como la voluntad del avanzar, cualquiera sea nuestro norte, cuando sólo depende de dónde se encuentre tu inferior y tu superior. Estamos en el mundo de lo probable, bajo la sombra de lo posible.
Colibrí que se embriaga en el ponzoñoso rumor del polen ajeno, que dibuja en los cuatro vientos todos los poemas eólicos. Viaja y batalla contra los desamores, con su armadura filiforme heredada de Eón. Musicaliza todos sus planes aéreos mientras busca alguna flor que le parezca atractiva: orquídea azul manganeso, margarita rojo magenta, amapola terracota, lirio plateado frío, maravilla lila polar... Y mientras pone la mejilla en vez del pico, se cuestiona por qué las abejas siempre logran el objetivo, siendo que un caballero de los aires tiene más derecho a enamorar que un simple insecto sin misión más que vivir de la jalea real. Y entonces se decepciona, entonces todos sus batallones se vuelven sus aliados, entonces todas las malvarrosas que le han proporcionado incondicionalidad florecen nuevamente de su espina dorsal, con tallos monocromáticos y hojas llenas de calcificaciones; forman un espectáculo de pétalos verde pistacho que sólo el público floral puede apreciar en la retirada del enamorado luego de sentir el entupir de un panal. Vuelve a su cueva arbórea, vuelve a su propio ser, sin alimentarse de algún néctar amoroso. Los desamores le abrazan, ellos sí le aman, le proporcionan más vida y arrullo que lo poco sublime del amor. Se anima, se duerme, le regala un racimo a sus sueños y luego despierta, sin energías en el cuerpo, pero con salicores en el cráneo. Se atreve a vivir un día más, una eternidad pasajera, que no trae beneficio alguno más que la desesperanza y la confianza en sí, de la ausencia tiene que aprender. Su armadura se libera de la corrosión y el pesado viaje se emprende denuevo, bajo un cielo liviano, bajo su vuelo complejo y simplista, bajo sus ojos llenos de lágrimas más sublimes que el amor mismo. Todo sobre el plano de un mundo efímero, pues se le precipita el universo entero con mosaicos de flores cósmicas que recivirán su caballeroso amor. Que estando ajeno a todo ello, se ha dado cuenta de lo que se le ha ido cuando jamás lo ha tenido.
Revisó cuanta partícula de historia se le quedaba en
el tintero orgánico y apenas se dio cuenta de que faltaba una, desempacó. Su
locomoción retráctil le desplazaba grismente por las superficies magmáticas del
ameboide, por cristalizaciones
exóticas que se formaron en la pared del organismo, por los reflejos luminosos
que hacían un breve bailoteo entre el ser y el límite de la geoda. También visualizó,
dentro de lo efímera que es su existencia, la formación de otros gases que se
asustaron y se cristalizaron espontáneamente, aquellos gases que quisieron
salir de aquella cavidad rocosa y terminaron por disminuir la entropía
matemáticamente, ordenándose iónicamente.
Su camino se hacía cada vez más corto, pues llegaba a
la fuga de aire que se encontraba en la geoda, tapada con la partícula
histórica que faltaba para fosilizar. Allí la existencia entonaba cuanta
melodía melancólica se le cruzaba por encima y hacía vibrar todo el interior de
la cavidad, de esta manera la formación de cristales no acababa; el ameboide no terminaba su eterno ensueño
sumamente onírico; las transformaciones metamórficas de la piedra no se
detenían en su náutica desde el centro hacia el exterior de la tierra; la vida
todavía no comenzaba y la Ammonia Tepida
ya tenía todas las posibilidades del futuro empacadas, a excepción de la última
partícula del paquete, la partícula de la dicha y el quebranto.
Llegó hasta la sustancia sin problemas, ahora el
desafío es volver a su empaque antes de que reviente la cavidad al mismo tiempo
de que el viaje de la piedra llegue a la superficie de Pangea, en una sección
de tierra que los terrestres, después de todas las divisiones en base a las
consecuencias de guerras por tierras y sistemas económicos, nombrarán como
Pulpí. La situación se ponía tensa, la partícula comenzó con un flujo de
llantos y la ammonia entraba en un
ciclo de estrés, pues se estaba terminando su vida útil para la fagocitosis del
ameboide y apenas estaba alcanzando
con una de sus extensiones el tesorito vibrante. Finalmente le alcanzó y ahora
el tiempo corría al revés; en el exterior, la piedra fue lanzada desde el ultraterrestre
abisal y se aproximaba a una segunda colisión fuera de lugar, ahí en el mar,
ahí en las dunas marinas. Guardó en su interior proteico la partícula y
mientras se iba destruyendo por dentro, el ameboide comenzaba a despertar y
todavíano tenía el espacio suficiente
como para dividirse, la geoda todavía no impactaba con el agua y esto traía
como posbilidad disminuir el impacto para el rompimiento. La ammonia se tranquilizó y al llegar a su
empaque guardó la partícula histórica que le degradaba, pero antes de
asegurarle al ameboide, la piedra
impactó con alguna otra roca presente en el fondo marino que destacaba por su
altura y dureza. La partícula no hizo más que reventar en silencio y el ameboide inició una mitosis
predeterminada para generar las primeras especies de vida toti potenciales
según el medio en el cuál se encontrarían. Por último, la ammonia no tuvo más que fosilizarse para aguardar en una realidad
atemporal bañada en un futuro incierto: las consecuencias que traería la
multiplicación infinita de las probabilidades en este pequeño universo por
culpa de un desorden emocional y electrónico de las corrientes vitalicias de
una partícula utilizada para los orígenes de la vida. Ahora tendría que
entregarle a las nuevas civilizaciones todo su conocimiento en piedra en un
lenguaje poco posible de entender, sin embargo ésta forma de comunicación quedó
dentro de todas las partículas históricas que residían en el ameboide y serían heredadas a la familia
vegetal de las primerascuatro
divisiones dominantes: Archea, Bacteria,
Eukaria, Mathematica.
Las más grandes
consecuencias las determinó a medida que pasaba el tiempo: la diferencia de
tiempos de evoluciones, las dominaciones injustas, la falta del desarrollo de
algunas especies, el desentendimiento y apatía de una de las especies con
respecto a las otras y, por último, la demora en la aparición de la cuarta
división de la vida. La Ammonia Tepida
se consoló al crear la primera metáfora. El
mañana es hoy, lo metafórico es explícito.
Las quimeras decidieron hacerle reverencia al
emplumado. Se dignaron a bajar el mentón ante tan grandioso espectáculo, la
vida jamás les había brindado un gozo visual mayor que el propio. Aquel ser
tenía una melena evolucionada: todas las fibras vitamínicas decidieron, por
antojo propio, lucirse como plumas bioluminiscentes, cubriendo el cuello y el
lomo de la deidad con algo más que abrigo y orgullo. Cuando los oculares de las
quimeras se desplazaron al torso de la bestia, se encantaron con las costillas
que protegían el tesoro de un secreto, mientras que la parte posterior estaba
repleta con incrustaciones de wolframio y oro. Ninguna de las quimeras osó a
mirarle la cara, lo espléndido del ser les asustaba el ego y les abrigaba con
una brisa de oliva, anís y pimienta para potenciar aquellos inciensos que descansaban
en sus colas.
Una pareja de quimeras apenas había vivido la gracia
de la vida, pero tres días después, la aparición de tal ser se llevó consigo
los humos fragantes, el floreado de las piedras y al recién nacido, tan vivo
como sumisamente secuestrado. La pareja no pudo hacer juicios, si fue una
bendición o una maldición de los destinos -que se dedican a jugar entre los
hongos tóxicos-, pero el no poder mirarle a la cara a tal existencia mientras
cariñosamente tomaba al bebé, les llenó las arterias de una confianza embobante.
Mientras el Bennu
se llevaba a la quimera en el lomo, le iba enseñando a eliminar el filtro de la
realidad, pues para los caminos cósmicos era necesario la conciencia de
existencias más allá de las corrientes, la visualización de colores
ultravioletas e infrarrojos y el olfato de los asteroides hidrogenados, para
evitar un ataque por desconocidos que sean. De esta manera recorrieron una galaxia
entera para madurar atemporalmente, así hasta llegar a otra galaxia muy alejada
de las vivencias de las quimeras en sus tierras natales, un planeta más antiguo
que todas las nebulosas juntas, un planeta recubierto de metal.
La misión del Bennu
era evitar que tal civilización destructora intentara colonizar una vez más
algún otro planeta para el revestimiento metálico del original, es por esto que
se llevó a la más joven de las rarísimas quimeras de la Vía Láctea para
llevársela a su guerra en dueto. La quimera, por muy madura que ya estuviera,
jamás se bajó del lomo de la bestia y jamás dejó de ser infante, tales son las
consecuencias e asumir la realidad como tal.
El Bennu y
su arma secreta se acercaban poderosamente al cuerpo plateado y sus residentes
se preparaban en pánico para dispararle con tanta tecnología biotóxica, pero el
animal acudió a sus técnicas luminosas y con millones de rayos ultrasolares
degradó cada una de las estructuras que podían dañarles, mas no pudo deshacerse
de los sobrevivientes al aterrizar en tal fría tierra desilicio y cinc. Entonces fue cuando la quimera
se bajó finalmente del lomo para emprender un canto ancestral e infundir
sentimientos en la población y, como una pandemia moral, se fueron suicidando
uno a uno los que alguna vez surgieron al éxito como colonizadores apáticos. La
pequeña guerra pareció terminar, pero el Bennu
divisó cómo un grupo de científicos escapaba en una nave hecha el primer
material presente en aquel planeta. Todo se volvió una carrera espacial, pero
los primeros les llevaban una gran ventaja.
Por varios años, los científicos empezaron a sembrar
una cultura artificial en un planeta que tenía costras por un asteroide, que
dividió lo que era una sola masa de tierra en varios continentes. Les enseñaron
que debían trabajar por la reconstrucción de un lejano hogar y les inculcaron
un paquete de valores que se les quedó como susurro del canto de la quimera en
el cerebro. Aún así, los científicos se dedicaron a explotar tal planeta tan
rico en materiales y metales raros, por lo que la única función de la población
experimental era la minería.
Algunos meses antes de que el Bennu y la quimera pudiesen
llegar a este lugar, los sobrevivientes identificaron en qué parte de su
recorrido cósmico se encontraba y les lanzaron un proyectil hecho de cobre, un
producto intensamente desconocido por los viajantes. Tan solo faltaban horas
para el impacto de los salvadores, pero minutos para la colisión de la esfera.
En el momento en que el brillo cobrizo dejó ciego al Bennu, la quimera reaccionó soltándose de la melena emplumada y
quitóel tesoro del vientre del animal,
para luego cada uno caer en lugares diferentes de esta tierra. La bestia se
perdió por el lado occidental, cerca de uno de aquellos trozos gigantes de
hielo y de tanto desangramiento y desesperación por creer que la quimera yacía
en sus laureles eternos, se dedicó a correr ciegamente en una zona tan hostil,
creando así un camino de peligrosidades y magnificencias: las placas
subterráneas se estremecieron profundamente con la pena de este ser que se
levantaron con fuerza detrás del camino que sus huellas dejaban, generando así
una cordillera que dividiría todo el continente. Sin embargo, el animal alcanzó
a llegar hasta cierto lugar de su trayecto cuando escuchó a un grupo de
hablantes asustarse de su aparición, el ser cósmico sólo rindió homenaje a
ellos y se sacrificó como haciéndose un favor a sí mismo, dejó sus plumas en
forma de corona para aquel que se diera el valor de llevar su civilización a
una salvación de aquella enfermedad extraterrestre. La historia de tales
indígenas continuaría como raíz de un todo de lo que ahora es llamado "México".
Por otro lado, la quimera colisionó en el sector oriental, donde lo primero que
vio fue a tales científicos crear un aluvión inmenso para poder deshacerse del
salvador, pero la quimera con poca fuerza se atrevió a disolver el contenido
del “tesoro de un secreto” en el agua y dejar su cuerpo, para hundirse en el
alma del primer ave que se le cruzó por el frente, un heron común y silvestre
que volaba majestuosamente por un río antes de ser devorado por la marea
inducida.
La guerra la habían perdido, aquella civilización
artificial siguió creciendo, pero el cáncer que el antiguo canto de la quimera
había afectado con los apáticos del planeta plateado, también afectó
diminutamente a los científicos, se envidiaron los unos a los otros y el más
egocéntrico eliminó a sus compañeros creando un libro que le ponía por sobre
todos los demás y borrándole la memoria a todos los creadores de las primeras
lenguas, cortándole las manos a los primeros escritores y degollando a los
primeros oradores de la verdad.
Aquel heron
que jamás podría morir, se quedó por los siglos de los siglos observando la
historia de esta sociedad vacía y sin orígenes, creada sólo por interesases y
poco sentimiento. Por muchas veces que se le asesinara y cocinara, esta ave
volvería a renacer de cada una de sus cenizas, para volver a comunicar a las
residencias menos afectadas -por los libros y "milagros" de aquel
Dios- las preguntas que pondrían en cuestionamiento la existencia de cada forma
de vida que creyó nacer en tal lugar, pues el tesoro al ser disuelto en toda
esa agua en tan ahogo del planeta, se incrustó en toda la superficie terrestre,
generando implícitamente en sus pobladores un sentimiento ajeno y ancestral,
una incomodidad del “no pertenecer aquí”. En aquellos momentos ocurrió cuando
el heron se hizo apodar Bennu, en el
más inmortal de los inmortales, su padre secuestrador y eterno maestro de la
verdad, lo que le queda a este ave metido en una lengua tan imposible de
comprender, es la música que se transmite mediante las cuerdas metálicas que se
han de percusionar por siempre y siempre, un lenguaje que abarca mucho más que
los cromosomas experimentales, sino las fibrillas de plata que descansan en lo
más recóndito de cada uno de estos seres, los humanos.