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domingo, 25 de noviembre de 2012

Sumerio fósil y desconocido

Revisó cuanta partícula de historia se le quedaba en el tintero orgánico y apenas se dio cuenta de que faltaba una, desempacó. Su locomoción retráctil le desplazaba grismente por las superficies magmáticas del ameboide, por cristalizaciones exóticas que se formaron en la pared del organismo, por los reflejos luminosos que hacían un breve bailoteo entre el ser y el límite de la geoda. También visualizó, dentro de lo efímera que es su existencia, la formación de otros gases que se asustaron y se cristalizaron espontáneamente, aquellos gases que quisieron salir de aquella cavidad rocosa y terminaron por disminuir la entropía matemáticamente, ordenándose iónicamente.
Su camino se hacía cada vez más corto, pues llegaba a la fuga de aire que se encontraba en la geoda, tapada con la partícula histórica que faltaba para fosilizar. Allí la existencia entonaba cuanta melodía melancólica se le cruzaba por encima y hacía vibrar todo el interior de la cavidad, de esta manera la formación de cristales no acababa; el ameboide no terminaba su eterno ensueño sumamente onírico; las transformaciones metamórficas de la piedra no se detenían en su náutica desde el centro hacia el exterior de la tierra; la vida todavía no comenzaba y la Ammonia Tepida ya tenía todas las posibilidades del futuro empacadas, a excepción de la última partícula del paquete, la partícula de la dicha y el quebranto.
Llegó hasta la sustancia sin problemas, ahora el desafío es volver a su empaque antes de que reviente la cavidad al mismo tiempo de que el viaje de la piedra llegue a la superficie de Pangea, en una sección de tierra que los terrestres, después de todas las divisiones en base a las consecuencias de guerras por tierras y sistemas económicos, nombrarán como Pulpí. La situación se ponía tensa, la partícula comenzó con un flujo de llantos y la ammonia entraba en un ciclo de estrés, pues se estaba terminando su vida útil para la fagocitosis del ameboide y apenas estaba alcanzando con una de sus extensiones el tesorito vibrante. Finalmente le alcanzó y ahora el tiempo corría al revés; en el exterior, la piedra fue lanzada desde el ultraterrestre abisal y se aproximaba a una segunda colisión fuera de lugar, ahí en el mar, ahí en las dunas marinas. Guardó en su interior proteico la partícula y mientras se iba destruyendo por dentro, el ameboide comenzaba a despertar y todavía  no tenía el espacio suficiente como para dividirse, la geoda todavía no impactaba con el agua y esto traía como posbilidad disminuir el impacto para el rompimiento. La ammonia se tranquilizó y al llegar a su empaque guardó la partícula histórica que le degradaba, pero antes de asegurarle al ameboide, la piedra impactó con alguna otra roca presente en el fondo marino que destacaba por su altura y dureza. La partícula no hizo más que reventar en silencio y el ameboide inició una mitosis predeterminada para generar las primeras especies de vida toti potenciales según el medio en el cuál se encontrarían. Por último, la ammonia no tuvo más que fosilizarse para aguardar en una realidad atemporal bañada en un futuro incierto: las consecuencias que traería la multiplicación infinita de las probabilidades en este pequeño universo por culpa de un desorden emocional y electrónico de las corrientes vitalicias de una partícula utilizada para los orígenes de la vida. Ahora tendría que entregarle a las nuevas civilizaciones todo su conocimiento en piedra en un lenguaje poco posible de entender, sin embargo ésta forma de comunicación quedó dentro de todas las partículas históricas que residían en el ameboide y serían heredadas a la familia vegetal de las primeras  cuatro divisiones dominantes: Archea, Bacteria, Eukaria, Mathematica.
 Las más grandes consecuencias las determinó a medida que pasaba el tiempo: la diferencia de tiempos de evoluciones, las dominaciones injustas, la falta del desarrollo de algunas especies, el desentendimiento y apatía de una de las especies con respecto a las otras y, por último, la demora en la aparición de la cuarta división de la vida. La Ammonia Tepida se consoló al crear la primera metáfora. El mañana es hoy, lo metafórico es explícito.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La corrosión de una Quimera

Las quimeras decidieron hacerle reverencia al emplumado. Se dignaron a bajar el mentón ante tan grandioso espectáculo, la vida jamás les había brindado un gozo visual mayor que el propio. Aquel ser tenía una melena evolucionada: todas las fibras vitamínicas decidieron, por antojo propio, lucirse como plumas bioluminiscentes, cubriendo el cuello y el lomo de la deidad con algo más que abrigo y orgullo. Cuando los oculares de las quimeras se desplazaron al torso de la bestia, se encantaron con las costillas que protegían el tesoro de un secreto, mientras que la parte posterior estaba repleta con incrustaciones de wolframio y oro. Ninguna de las quimeras osó a mirarle la cara, lo espléndido del ser les asustaba el ego y les abrigaba con una brisa de oliva, anís y pimienta para potenciar aquellos inciensos que descansaban en sus colas.
Una pareja de quimeras apenas había vivido la gracia de la vida, pero tres días después, la aparición de tal ser se llevó consigo los humos fragantes, el floreado de las piedras y al recién nacido, tan vivo como sumisamente secuestrado. La pareja no pudo hacer juicios, si fue una bendición o una maldición de los destinos -que se dedican a jugar entre los hongos tóxicos-, pero el no poder mirarle a la cara a tal existencia mientras cariñosamente tomaba al bebé, les llenó las arterias de una confianza embobante.
Mientras el Bennu se llevaba a la quimera en el lomo, le iba enseñando a eliminar el filtro de la realidad, pues para los caminos cósmicos era necesario la conciencia de existencias más allá de las corrientes, la visualización de colores ultravioletas e infrarrojos y el olfato de los asteroides hidrogenados, para evitar un ataque por desconocidos que sean. De esta manera recorrieron una galaxia entera para madurar atemporalmente, así hasta llegar a otra galaxia muy alejada de las vivencias de las quimeras en sus tierras natales, un planeta más antiguo que todas las nebulosas juntas, un planeta recubierto de metal.
La misión del Bennu era evitar que tal civilización destructora intentara colonizar una vez más algún otro planeta para el revestimiento metálico del original, es por esto que se llevó a la más joven de las rarísimas quimeras de la Vía Láctea para llevársela a su guerra en dueto. La quimera, por muy madura que ya estuviera, jamás se bajó del lomo de la bestia y jamás dejó de ser infante, tales son las consecuencias e asumir la realidad como tal.
El Bennu y su arma secreta se acercaban poderosamente al cuerpo plateado y sus residentes se preparaban en pánico para dispararle con tanta tecnología biotóxica, pero el animal acudió a sus técnicas luminosas y con millones de rayos ultrasolares degradó cada una de las estructuras que podían dañarles, mas no pudo deshacerse de los sobrevivientes al aterrizar en tal fría tierra de  silicio y cinc. Entonces fue cuando la quimera se bajó finalmente del lomo para emprender un canto ancestral e infundir sentimientos en la población y, como una pandemia moral, se fueron suicidando uno a uno los que alguna vez surgieron al éxito como colonizadores apáticos. La pequeña guerra pareció terminar, pero el Bennu divisó cómo un grupo de científicos escapaba en una nave hecha el primer material presente en aquel planeta. Todo se volvió una carrera espacial, pero los primeros les llevaban una gran ventaja.
Por varios años, los científicos empezaron a sembrar una cultura artificial en un planeta que tenía costras por un asteroide, que dividió lo que era una sola masa de tierra en varios continentes. Les enseñaron que debían trabajar por la reconstrucción de un lejano hogar y les inculcaron un paquete de valores que se les quedó como susurro del canto de la quimera en el cerebro. Aún así, los científicos se dedicaron a explotar tal planeta tan rico en materiales y metales raros, por lo que la única función de la población experimental era la minería.
Algunos meses antes de que el Bennu  y la quimera pudiesen llegar a este lugar, los sobrevivientes identificaron en qué parte de su recorrido cósmico se encontraba y les lanzaron un proyectil hecho de cobre, un producto intensamente desconocido por los viajantes. Tan solo faltaban horas para el impacto de los salvadores, pero minutos para la colisión de la esfera. En el momento en que el brillo cobrizo dejó ciego al Bennu, la quimera reaccionó soltándose de la melena emplumada y quitó  el tesoro del vientre del animal, para luego cada uno caer en lugares diferentes de esta tierra. La bestia se perdió por el lado occidental, cerca de uno de aquellos trozos gigantes de hielo y de tanto desangramiento y desesperación por creer que la quimera yacía en sus laureles eternos, se dedicó a correr ciegamente en una zona tan hostil, creando así un camino de peligrosidades y magnificencias: las placas subterráneas se estremecieron profundamente con la pena de este ser que se levantaron con fuerza detrás del camino que sus huellas dejaban, generando así una cordillera que dividiría todo el continente. Sin embargo, el animal alcanzó a llegar hasta cierto lugar de su trayecto cuando escuchó a un grupo de hablantes asustarse de su aparición, el ser cósmico sólo rindió homenaje a ellos y se sacrificó como haciéndose un favor a sí mismo, dejó sus plumas en forma de corona para aquel que se diera el valor de llevar su civilización a una salvación de aquella enfermedad extraterrestre. La historia de tales indígenas continuaría como raíz de un todo de lo que ahora es llamado "México". Por otro lado, la quimera colisionó en el sector oriental, donde lo primero que vio fue a tales científicos crear un aluvión inmenso para poder deshacerse del salvador, pero la quimera con poca fuerza se atrevió a disolver el contenido del “tesoro de un secreto” en el agua y dejar su cuerpo, para hundirse en el alma del primer ave que se le cruzó por el frente, un heron común y silvestre que volaba majestuosamente por un río antes de ser devorado por la marea inducida.
La guerra la habían perdido, aquella civilización artificial siguió creciendo, pero el cáncer que el antiguo canto de la quimera había afectado con los apáticos del planeta plateado, también afectó diminutamente a los científicos, se envidiaron los unos a los otros y el más egocéntrico eliminó a sus compañeros creando un libro que le ponía por sobre todos los demás y borrándole la memoria a todos los creadores de las primeras lenguas, cortándole las manos a los primeros escritores y degollando a los primeros oradores de la verdad.
Aquel heron que jamás podría morir, se quedó por los siglos de los siglos observando la historia de esta sociedad vacía y sin orígenes, creada sólo por interesases y poco sentimiento. Por muchas veces que se le asesinara y cocinara, esta ave volvería a renacer de cada una de sus cenizas, para volver a comunicar a las residencias menos afectadas -por los libros y "milagros" de aquel Dios- las preguntas que pondrían en cuestionamiento la existencia de cada forma de vida que creyó nacer en tal lugar, pues el tesoro al ser disuelto en toda esa agua en tan ahogo del planeta, se incrustó en toda la superficie terrestre, generando implícitamente en sus pobladores un sentimiento ajeno y ancestral, una incomodidad del “no pertenecer aquí”. En aquellos momentos ocurrió cuando el heron se hizo apodar Bennu, en el más inmortal de los inmortales, su padre secuestrador y eterno maestro de la verdad, lo que le queda a este ave metido en una lengua tan imposible de comprender, es la música que se transmite mediante las cuerdas metálicas que se han de percusionar por siempre y siempre, un lenguaje que abarca mucho más que los cromosomas experimentales, sino las fibrillas de plata que descansan en lo más recóndito de cada uno de estos seres, los humanos.