El ritmo de las catástrofes es suficiente para agotar la vitalidad del aliento. Mas, desde la posición impersonalizada -la ecuanimidad-, la sinuosa dinámica del acontecer es equivalente al canto de un ave que brota por el crepúsculo.
Se esconden melodías hasta en la más ominosa catástrofe.
Danza encendida por el fuego, pero también la fogata, el leño que se incinera, las cenizas y el humo danzan.
Queda en cuestión, aun, si corresponde al cuerpo en cuestión, y de acuerdo al contexto, evocar una danza en cada hito. Una minúscula existencia, cuyo ritmo interno se acopla al ritmo externo, cuya materialidad se afina con el movimiento; universo fractar en ese cuerpo. La derivación, multiplicación o traducción del presente es una consecuencia del hecho, la danza es ancestro de lo que existe y lo que ocurre.
Pulpa integral, circular respiración. Una moción errática y brota un centro, origen de toda infinita expansión. Esta eclosión es el Espacio, Inau. Mas, tras cada oscilar de Inau, un hito se ha de cristalizar; esta historia es el Tiempo, Oman. Ahora se existe, pasado, futuro y presente.
La cúpula inquieta, la intersección entre las dos serpientes, es el hogar de una frágil existencia: la blanda evolución de la pulpa. Solo en ese momento, cuando la carne del fruto se diseminaba en el entramado tiempo-espacio, es que las semillas exhumaron su letargo. Una placenta que se cultiva a sí misma, que se consume y se recompone es el Universo, Öm-Xantii.
(...)
En un presente a una inconmesurable distancia del origen se puede observar cómo, aun a estas alturas, en el comienzo destella con variado colorido una explosión de existencia. El pulido corazón de mineral que posee aquel híbrido en el pecho, cuya concavidad apunta precisamente el centro de Öm Xantii, refleja con claridad las semillas del comienzo en su brotar colorido, llenando de raíces luminosas la cúpula de inagotable crecimiento.
El híbrido, cuyo cuerpo metálico se oxida, cuya oxidación metálica se desintegra en arena solar, cuya tierra astral sostiene raíces terrestres, raíces que sostienen pulmones verdes. Pulmones verdes que alimentan bellas flores. Flores que dan comienzo a la vida en todas sus formas. Flores que rodean aquel hito llamado cuerpo que replica sin peso la historia del comienzo.
Quince flautas enérgicas, hechas de hueso pulido con vida gruesa y arena sana. Cuatro de ellas recitaban la frase más bélica del viento, las once restantes hablaban sobre el equilibrio del cuerpo.
Una cosmogonía infinita e imaginaria hubo de sembrar un sueño, una vez hace millones de años, en el la hondonada más abrigada de mi ombligo. Desde entonces, hongos y musgos se han encargado de colonizar cada escama humana que me compone. Uno a uno, los planetas fueron derrotados por la energía; por donde se mirase había una profunda selva, xérica o umbría. En mis mejillas pintorescas se reflejaba el rubor del calor, aquel que mantiene mi vida atenta como fruto del arte, como seudópodo de Gaia, como el guerrero pastoril de mi historia, como el mejor amigo de mi sombra, mi locura, mi soledad, mi tristeza, mi particularidad, mi individualidad, mi corporalidad.
Yama, pureza de mente. El caos radicular cuyo nido se extiende en todo mi cóncavo cráneo ha migrado al resto de mi cuerpo.
Niyama, pureza de cuerpo. El orden radicular cuyo nido es el sol de mi vientre se erige hacia el norte.
Pranayama, la respiración. El prequeño brote de consciencia bate sus hojas, se refresca con la lluvia, medita con lágrimas, sonríe al sol, se endurece ante el viento y su haliento.
Tres grandes vinieron desde el crepúsculo de mi cosmogonía. Trajeron habladurías, palabras de incienso, un montón de imagos de polilla y también hierbas emenagogas. Había en sus facciones una ternura remota que, al parecer, no es más que la proyección de un futuro superior. La selva no posee tiempo y por ello encursionó hacia mi presente temporal para tenderme una rama de ayuda... y una piramidal infrutescencia de suculencia orquídea y ocre.
Raag Aasaawari: de escencia intensa y esotérica, poco definible, propio de la escencia (rasa) del amor (Shringara).
Paisaje interno, metáfora de lo cierto y lo abstracto;
imaginaria materia, luz-moción creativa.
Pero el color brota en el vértice del rayo luminoso,
se dislumbra entonces el molde invisible,
aquello palpable, pero indefinible.
Brotan berbenas espinosas, praderas atestadas de parvas matizadas.
Desde un montículo efímero y con una visión improbable
proyecto mi mirada hacia todos los horizontes
y para mi sorpresa, en un reflejo imaginario de mi cuerpo,
es que habita un universo encontrado y perdido,
el remoto universo que habita dentro mío.
Dos peces, escindir y atender.
Sus escamas son pulidas por el aire y por el agua,
nadan entre corrientes marinas y aéreas.
Simbiosis,hay nubes y ballenas, corales y semillas.
Se subleba agua fresca, libre de minerales;
nutre el humor ventoso del cielo.
Siendo uno, en vívida neblina, se han ofrendado a la pared de mi consciente.
Aquel acantilado pétreo se ruboriza ante la bruma.
A la altura de mi pradera, en el borde de mi acantilado,
sostenido por mi roca, borracho de mi marino aliento;
aquí, sosteniendo un brebaje de mis tostadas bayas,
aquí, encantando mi vista táctir en la forma de mis nubes.
Aquí adentro sólo hay un reflejo.
Cada imaginaria forma es sólo una apreciación,
una consecuencia de una acción. Una acción que no es mía,
una acción que no soy yo.
Exhalo, vuelvo a la atención. He cruzado la cueva estrella;
aquel desfiladero que siembra en la utopía de mi corazón.
Estoy en la atención, soy en la atención.
Estoy en la ciudad, que parece no ser tan concreta.
Hay en la humanidad tanta más imaginación:
en las pirámides humanas, en la verde obseción,
en las estructuras anticuadas, en el ansia diferenciador.
Tanta más imaginación, gris y cruda,
tanto hambre desconocido, por desconocer-se.
No hay carne sin semillas, ni calor sin amor;
no hay hueso sin hojas, ni amor sin frutos.
En la atención soy un acción, aquí afuera soy un reflejo;
soy la convergencia de tantos rayos, la luz digerida y hecha comida.
En el concreto de la ciudad estoy, concreto que es piedra molida,
piedra de las más bellas montañas, del único planeta que he habitado.
Planeta hecho de estrellas molidas del único universo que he habitado.
'Universo', resultado de mi interpretación consciente,
resultado de mi experiencia sensitiva,
resultado de mi voluntad interna.
En este escenario imaginario, que varía según la perspectiva
prefiero reflejar lo concreto de las vivas montañas y las vivas praderas,
los vivos bosques con sus vivos residentes,
los vivos humanos, sus vivas emociones.
Y en lo concreto me encuentro, describo esta mismísima mañana.
Si le pongo consciencia y atención, me encuentro con una onírica mañana.
Mi presente es reflejo, del reflejo que soy;
soy un filtro de todos los rayos que se reflejan al interior de la cúpula cósmica:
- Un amor completo, antes relatado por los sueños, ahora rectificado por el sistema inmune de tu cuerpo y mi cuerpo. - Un brebaje caliente de semillas: aquellas venidas de vainas africanas y aquellas vainas venidas de la India, la genética de Asia y Etiopía se han filtrado por la manoseada agua que la cordillera mineral y nodriza provee. - Mi deber como célula del planeta, en sanar su piel descubierta, en abrigar su tierra del invierno, en humectar su tierra en verano, en limpiar el aire que mantiene vivos a quienes sembrarán sobre su cuerpo un abrazo.
Paisaje externo, reflejo de lo cierto y lo abstracto.
He construído mi panal en el centro de una pradera. El cielo me dice día a día que la metáfora sólo se cultiva de noche, que las estrellas llueven luces; que cuando tengo el tiempo y la instancia, la metáfora es la herramienta. Mas el día me trae novedades, con rayosfríos y cálidos me atrae a la acción; el día me recuerda el viento y el mar que cerca y lejos están. El día me dice que la acción, el instinto y la razón son una triada que en harmonía deben estar; tal como cada una de las paredes de mi panal.
Y la metáfora le dice cuerpo, y la realidad brota en el cuerpo. He de hablar con claridad, he de sembrar planetas en mi piel oscura. He de cosechar palabras de mi imaginario, caminar hasta el borde de la pradera y allí ver cómo brota la realidad: hay corazones vivos, latientes, sintientes.
Un ave dijo ‘La
naturaleza como texto’; una lagartija respondió ‘Es entonces la vida una
metáfora’. Un pez y una culebra comenzaron, al mismo tiempo, cada uno serpenteando
en su propio mar, a escribirle, a leerle, a recorrerle…
Inmerso en ese mar negro, del
cual germinan numerosos colores, pude ver cómo es que se llevaban a cabo
extrañísimas guerras. Entre los bosques de coral y los cielos urticantes, fue
que llegó la vigilia a mí. Se acababa, entonces, la era onírica, y comenzaba la
era lúcida.
El
lecho que sostenía mi cuerpo mientras mi guerrero tensaba arco con flecha era
bañado por una cascada de azul. El amanecer apenas comenzaba su extenso y
letargoso bostezo, bostezo que convierte todo en una laboriosa tarea, una
constante e inacabable lucha contra la quietud y la serenidad. Una vez superado
el terreno de las sábanas, es útil elegir un pelaje para enfrentar el día. Hoy,
corresponde algo que permita alejar a los cazadores de mis pieles, y también a
los hematófagos de mi alma; como último detalle, escojo una voluntad pétrea
para intencionar y dirigir mi día, para que todo cuanto me ocurra sea parte del
objetivo, del gran objetivo. Luego, desde mi lecho en altura -tal como las aves
de costa- me lanzo a la marea, me entrego de lleno al día que aún no comienza,
y en piquero me abro rumbo al templo de los conocimientos, que ya muy
adulterado está, pero que aún es nido de instancias que no se pueden
reemplazar. Y a pesar del caos ocurrido al momento de despertarse y levantarse,
la travesía parece erguirse primero pálida y silenciosa; al menos así se le
percibe cuando se le observa desde el interior de una ballena tóxica y de piel
cristalina.
Mientras
me apoyo en la garganta de aquella ballena, me dedico a leer en los cuerpos de
los otros viajeros. Algunos aún duermen, algunos aún muertos, algunos parecen
estar despiertos. Hay en sus ojos una rendija que, tras un bosque de
prejuicios, esconde un alma. Allá a lo lejos, a pesar del árido viento, se
erige elegante el fuego del alma; pero aquellos cuerpos que leo, aquellos ojos
que me eluden, no parecen poder acceder a ella, aunque le hospeden. Y así, en
medio de la abstracción, la ballena me retira de sí en el punto exacto donde
comienza la escalera que me lleva al templo del conocimiento. Mujeres, hombres,
son los más abundantes; escalan en parejas y se someten los unos a los otros.
En otros templos la fauna es
distinta. Afortunadamente, puedo ver cómo animales, brujos, demonios, ángeles y
brujos también se unen a la horda que se interna en los pilares del templo, en
busca de una vida, de un futuro, de corazones o de conocimiento. Es hora de
enfrentarse a los pensamientos.
Tras el
último escalón se extiende aquel templo del que tanto hablo. En la cúspide
reside un bosque, y entre el bosque hay distintas casas, cada una con su
aliento. Por fin amanece, me ha recibido el sol; con el iris Taciturno decido
enfrentar su aliento, aliento que es viento. Me encuentro con la tribu, y celebramos
un día más de estar vivos; compartimos brebajes, en base a agua y en base a
tiempo. Nos reunimos, sin embargo, alrededor de quienes más aún han vivido; nos
hablan de crear presentes a partir del pergamino que atraviesa los ojos y
sedimenta en la mente. El día se vuelve cada vez más denso, cada vez más denso.
No obstante, a medio día me retiro de la tribu para reunirme con otras especies
en el iris del templo: un lago. En aquel lago, frío y caliente, entre todos
damos lugar al ritual de los cuerpos. Invocamos danzas que nos hacen sudar y
reventar en cansancio y alegría, es una rítmica danza que habla sobre peces
voladores, sobre reptiles corriendo. Finalizamos el ritual entre sonrisas y
abrazos, hemos dejado en el lago aquellas resinas que hacían densos nuestros
cuerpos. Animoso voy, una vez más, a entregarme a la influencia de otros
universos, a través de otro de aquellos pergaminos que atraviesan el papel y
sedimentan en la mente.
Finaliza
la sesión en el templo, me marcho a la madriguera en altura, nuevamente voy en
una ballena con destino a los recintos de la tribu propia. Es necesario cuidar
que aquellos espíritus de cambio y crecimiento no sean tan severos con el
infante que llevamos dentro, o con la hermana de sangre. Y antes de arribar mi
madriguera, paso para cuidar de otro ave, de otro infante, uno externo, un
infante que llevo fuera, un infante fruto de la hermana de sangre. Comparto una
tarde entre bosques humanos, entre bosques vegetales; comparto una tarde entre
monstruos y demonios, entre experiencias y sueños. Ave y pez, nos movemos entre
edificaciones vivas y muertas, nos movemos hasta que la hora de la despedida
arriba, tras el llamado del Señor del
Fuego. Un respetuoso diálogo evita una innecesaria guerra, mi labor este
día ha concluido con aquel infante.
En la
madriguera, en aquel atardecer que va levantando el rugido del mar de metal y
concreto, puedo feliz entregarme a las divaganciones del conocimiento, aquella
cáscara que acompaña algunos aspectos de la vida palpable. Hay toda una cultura
aquí dentro. Reorganizar la mente, entregarle nuevos sentidos al caos. Evaluar
la condición de los dioses que cultivo en macetas. Ofrendar aromas paridos en
continentes remotos, de la resina misma de aquellos otros dioses que peligran
en tierras llamadas ‘sagradas’ por los penitentes de sus propios pensamientos.
Esperada o inesperadamente arriba
una compañera de viaje. Nos dedicamos a contemplar la semasiografía extendida
de lo interno, aquella que ha logrado atravesar lo abstracto y también la
dimensión de la carne, para sedimentar afuera en texturas y colores, para
volver a entrar y sembrar y germinar en la mente. Preparamos brebajes para el
vuelo racional, para el carnaval neuronal. Compartimos, conversamos, somos
animales de distintas tribus, fraternizamos sobre la historia de tradición
oral, escrita y energética. Profundizamos en el idioma de los astros,
convergemos en la dinámica del espacio, discutir sobre el hábito de los pastos.
Idolatrar la flor y repudiar la erosión venida de la palma árida de la ‘ilusión
de evolución’.
Dos animales, en la matriz de la
noche, nos entregamos a los brazos de aquella hembra de seis ojos que sobre lo
que se desee, Haxix, finalmente, nos
habla y conversa. Nos lleva a comprender su dinámica sigmoidea o meandriforme,
nos invita a unirnos a su viaje de colores. Aceptar con todos los ojos el
paisaje ofrendando, verter el cuerpo en la noche cuando la luna todo ha
inundado. Cruzar un túnel de follaje, cuyas hojas pertenecen a un árbol que
bendice a todo hijo que bajo sus brazos ha respirado… Así se entra
verdaderamente a un bosque, cuando ellos duermen, cuando de la corteza manan
los sueños y embriagan todos los senderos con un sentido onírico, con un
sentido cierto. Se marcha la compañera de viaje, pero Haxix se queda aún conmigo. Nos retiramos al portal del cielo y
allí respiramos…
Y al final del viaje nocturno se
encuentra la explicación de tan inesperado viaje, era la palmera de agua quien
llamaba al guerrero para contarle más cosas sobre lo que debe aprender la Quimera de la Metáfora. Me invita a reflexionar sobre la palabra, sobre el
reflejo de la luna en el agua, sobre el rugir de la marea urbana, sobre la
familia humana y no humana. Y como es de
costumbre, brota a altas horas de la noche aquella creatividad taciturna y
cotidiana.