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domingo, 9 de junio de 2013

1. El Onironauta

El momento en el que nos separamos de la respiración voluntaria y nos profundizamos en el origen y razón del sistema circulatorio; el instante en que la corteza cerebral, la consciencia, comienza a desgranarse para dejar en suspensión polvorientos vestigios sobre su abismal inconsciente; ese viaje en busca del maquinista que mantiene intacta tan grandiosa maquinaria de carne, hueso y energía, incluso tal hazaña está lejos de las dificultados que debe superar el onironauta.
Este primer personaje ingresado en el comienzo del bastidor onírico corresponde a cualquier persona que pueda escurrirse entre los sueños comunes. Hace todo por su pura determinación y logra, de alguna manera, tomar el control sobre lo que está soñando. Sin embargo el onironauta que nos importa no es aquel que logra estar despierto mientras duerme, no es aquel que distorsiona y juega con su imaginación para introducirse en planos maravillosos y falsos, como el arte. Si bien todo lo que percibimos no es más que una interpretación de la realidad, el auténtico peregrino de los sueños escapa de su imaginación creativa y se interna en las verdades; todos los demás vertebrados que duermen se ubican en tres planos: el no soñar, el soñar involuntario y el soñar imaginativo.
El viajante no puede mezclarse por si mismo en el fabuloso mundo de la realidad escondida, metaforizada y simbolizada, sino que utiliza el impecable inconsciente como medio para desfigurarse en los sueños y difuminar su imagen orgánica y mineral del plano perceptivo, la integridad entre los dos niveles del pensamiento hace de una la implacable escafandra de la otra. El maquinista del cuerpo, además de mantener correctamente al organismo, se dedica a sostener la coyuntura trascendental del viajero y de tal manera que llega a tener roces potentes con la inmensidad, sin duda algo peligroso para alguien sin práctica. El inconsciente y el consciente llevan a cabo este paseo gracias a la voluntad del segundo, de otra manera el inconsciente volvería al estado fundamental de su existir. Mantener al inconsciente como el medio de transporte requiere de gran valor, determinación y responsabilidad por parte del viajero.
Dentro de toda la sociedad en que se encuentra, usted, el onironauta, es diferenciado de los otros seres que duermen por una única razón: tener el poder de eludir a los perros oscuros. Integrarse conscientemente en los sueños es evitar esta jaula, el conducto regular por el que sobrenadan las masas. Si usted ha llegado a soñar verdaderamente alguna vez en su vida, entonces debería recordar la pradera primaria de la irrealidad. Es el campo en el que se ubican todas las personas que duermen, allí son vigilados por los canes ominosos. Primero debe levantarse, pues a todos los mantienen sentados. En segundo lugar no debe llamar la atención o estremecerse, porque podría sacar de la inconsciencia a sus vecinos, con esto vendrían muchas muertes y revueltas entre perros y humanos. En tercer lugar, para no perder este efímero destello de liberación, debe mirarse las manos por algunos segundos. Si sigue  correctamente estos tres pasos, podrá caminar silenciosamente por la pradera y atravesará alguna pared viscosa del estado de transición; de otra manera tendría que escapar de los canes y posiblemente perdería memoria, incluso puede dar lugar a una batalla entre las bestias y verse obligado a ganar, de alguna manera, para continuar con la empresa. Ahora se encuentra con la verdad, tiene libertad para recorrer el universo, como también la desventaja de jamás volver. Puede deleitarse de planos que aún comprende su filtro de humano, como también de las otras formas perceptivas que no están asociadas a los receptores físicos de su cuerpo. A pesar de todo esto, como onironauta sólo tiene calidad de espectador, usted no puede ejercer efecto en esa verdad. Como mucho usted puede causar alborotos en la pradera primaria y luchar, tal vez, con los perros oscuros. Más allá de ser un turista en la inmensidad del planeta no puede ser. Podría usted conformarse únicamente con visitar esos valles de nebulosa, los otros planetas que desarrollan las infinitas posibilidades que se han desarrollado en la imaginación de alguien, disminuirse hasta alcanzar el tamaño de una bacteria y apreciar el mundo atómico como plenamente es, puede conocer mucho y obtener varias revelaciones, pero usted sólo está soñando, no ha entrado a un cuarto nivel que le permite la interferencia. Aún así ser espectador le trae beneficios, dejando de lado la posibilidad de que jamás vuelva si se pierde o se olvida de quien es: tiene mayor probabilidad de volver que el onironauta del cuarto nivel. Si usted osara a llegar a la verdad por medio del cuarto nivel del sueño, como es su completa figura la que entra a este plano, toda su conformación puede sufrir cambios durante todos los estados imposibles de la materia que tienen alojo en los sueños. Si desea conocer sobre esto, siga leyendo el manual.
Por último, las recomendaciones para tener un viaje íntegro y delicioso no son más que confiar en su voluntad y olvidarse de mucho hablar, hay cosas que no debe reproducir en un plano tan alejado de la verdad. Si desea aprender a eludir o combatir a los perros oscuros, lea el siguiente capítulo.

lunes, 3 de junio de 2013

Prefacio prehistórico

La mañana ahogaba el dulzor de la noche, haciendo del paisaje otra milagrosa reencarnación del día, del manto calipso, una pradera impalpable para el temperamental sol, el escondite perfecto para las jugarretas de los astros. En esos momentos, la lepisma de los cuentos anteriores descansa de su labor, descansan sus sifonóforos, descansan sus turritopsis nutrícula y dohrnii. El insecto se entrega al universo hedonista y por primera vez en todo el día deja su labor en las onirificaciones. Surge entonces un enemigo inadvertido y se escapa del lecho imposible del hexápodo, el oxímoron, para escabullirse en el páramo. La idolomantis diabólica es presionada en su verde empresa por el hambriento sistema digestivo, que cambió fisiológicamente una vez que los insectos parecían mugre en comparación con los banquetes de una nueva materia, los sueños. El animal de estrafalaria ornamenta decidió, sólo por experimentar, acercarse al oído de un viajero mientras dormía; encontró allí una viscosa sustancia que le provocó adicción, la hostilidad del bosque ya no era una hazaña alimenticia y de supervivencia; la mantis se sometió a la curiosidad y su nueva selva sería la humanidad. De tanto engullir cosas oníricas se fue mezclando con el terreno de lo sublime y, tan pronto como se dio cuenta, la sustancia de sus células había dejado de ser concreta. Comprendió, más tarde, que era una ingente lepisma la culpable de los milenarios sueños y las incipientes onirificaciones del mundo actual. Supo de inmediato que corría riesgo si tal existencia se enteraba de que algún personaje interfiere con la labor del grandioso ser por la única razón de un exquisito sabor. La mantis diablo se involucró en un un inmenso asunto, dejó de los básicos tactismos y el desarrolló una consciencia que, en conjunto con sus desproporcionales cualidades de insecto, le hicieron conocer todas las etapas de los sueños, toda la historia que contenían y el irracional sentido que les mantenía en los cráneos de otros seres. Sabía de qué sueños alimentarse y de cuáles no. Sabía de los sueños de otras especies y las especies de los sueños. El insecto se volvió una glotona paradoja, esperaba a que amaneciera para devorar los recuerdos del magnífico mundo y así eliminar de las memorias, de quienes no los apreciaban, los frutos del árbol onírico.
Una mañana, y para su sorpresa, un pequeño le esperaba despierto. El muchacho había sentido en ocasiones anteriores que la mantis manoseaba sus recuerdos y esta vez, desdoblándose  le pudo enfrentar. Le preguntó por qué lo hacía a lo que el animal le abrazó y respondió " te enseñaré todo lo necesario para que aprendas a soñar".