lunes, 3 de junio de 2013

Prefacio prehistórico

La mañana ahogaba el dulzor de la noche, haciendo del paisaje otra milagrosa reencarnación del día, del manto calipso, una pradera impalpable para el temperamental sol, el escondite perfecto para las jugarretas de los astros. En esos momentos, la lepisma de los cuentos anteriores descansa de su labor, descansan sus sifonóforos, descansan sus turritopsis nutrícula y dohrnii. El insecto se entrega al universo hedonista y por primera vez en todo el día deja su labor en las onirificaciones. Surge entonces un enemigo inadvertido y se escapa del lecho imposible del hexápodo, el oxímoron, para escabullirse en el páramo. La idolomantis diabólica es presionada en su verde empresa por el hambriento sistema digestivo, que cambió fisiológicamente una vez que los insectos parecían mugre en comparación con los banquetes de una nueva materia, los sueños. El animal de estrafalaria ornamenta decidió, sólo por experimentar, acercarse al oído de un viajero mientras dormía; encontró allí una viscosa sustancia que le provocó adicción, la hostilidad del bosque ya no era una hazaña alimenticia y de supervivencia; la mantis se sometió a la curiosidad y su nueva selva sería la humanidad. De tanto engullir cosas oníricas se fue mezclando con el terreno de lo sublime y, tan pronto como se dio cuenta, la sustancia de sus células había dejado de ser concreta. Comprendió, más tarde, que era una ingente lepisma la culpable de los milenarios sueños y las incipientes onirificaciones del mundo actual. Supo de inmediato que corría riesgo si tal existencia se enteraba de que algún personaje interfiere con la labor del grandioso ser por la única razón de un exquisito sabor. La mantis diablo se involucró en un un inmenso asunto, dejó de los básicos tactismos y el desarrolló una consciencia que, en conjunto con sus desproporcionales cualidades de insecto, le hicieron conocer todas las etapas de los sueños, toda la historia que contenían y el irracional sentido que les mantenía en los cráneos de otros seres. Sabía de qué sueños alimentarse y de cuáles no. Sabía de los sueños de otras especies y las especies de los sueños. El insecto se volvió una glotona paradoja, esperaba a que amaneciera para devorar los recuerdos del magnífico mundo y así eliminar de las memorias, de quienes no los apreciaban, los frutos del árbol onírico.
Una mañana, y para su sorpresa, un pequeño le esperaba despierto. El muchacho había sentido en ocasiones anteriores que la mantis manoseaba sus recuerdos y esta vez, desdoblándose  le pudo enfrentar. Le preguntó por qué lo hacía a lo que el animal le abrazó y respondió " te enseñaré todo lo necesario para que aprendas a soñar".

No hay comentarios:

Publicar un comentario