"Qué bella, qué inmensa es tu piel ominosa y estrellada..." exhalaba aquel hijo del Sol, quien en su vientre traía una semilla mineral, mientras deleitaba sus ojos con un lejano cielo que solía esconderse entre los vahos de polución. La urbe poseía centinelas en cada uno de sus irregulares rincones, los había burdos y los había sutiles; mas, por entre las columnares colmenas humanas solía brotar nuevamente la consciencia dentro de entidades antropomórficas para quienes la lucha por mantenerse despierto se extiende más allá del pensamiento, alcanzando las fronteras de la acción y extendiéndose por los cilios de la influencia, la radiación aural.
"Cada cual tiene su propia forma de combustionar, los hay quienes germinan, los hay quienes cristalizan, los hay quienes nacen y quienes paren, los hay quienes eclosionan, los hay quienes queman." así se dirigía semilla mineral a un hijo de la Luna, aquel quien en su vientre traía una semilla geométrica azul. "Y quien prende su fogata, quien combustiona su propia esencia debe enfrentarse al mundo e iluminado, mientras defiende su fuego... Para algunos el mundo es un túnel profundo, para otros una densa selva, para otros un gélido bosque, y tantas otras variadas especies de oscuridad que acompañan a cada consciencia. Aquella oscuridad, aquella falta de luz es también un apoyo." respondíole el lunar, mirándolo por entre el iris y descubriendo, mimetizados entre los laberínticos tonos de negro propios del vientre de la pupila, algunos de los 'mundos' en los que el solar instintivamente llevaba su fuego.
Aquella noche, un pulso visceral resonó en semilla mineral, y, dada su naturaleza, recibió aquel suceso como una batalla que rendir, una misión que cumplir, una orden venida de las autoridades del universo. "Las estrellas me han hablado y me han pedido que valla." le comentaba el solar al lunar, con una invitación inherente e invisible. Semilla geométrica retuvo las palabras entre sus habilidosas falanges e inquietos metacarpos, resultando en una propuesta como respuesta: irían dónde las estrellas indicaron. Decidieron entonces eclipsar y al amanecer partirían, pondrían sus pies en el camino, estrellado como el cielo, y se encontrarían con alguna profecía no nombrada.
Se levantaba el fulgor solar por encima de la cordillera y progresivamente se recogía la alfombra de sombra desde sus extremos más lejanos, permitiendo a la luz inundar la cuenca, el nido de la tosca urbe. Aquella mañana el aliento de la ciudad era más tóxico de lo común, dificultando el goce de los pulmones y también intimidado el pestañear de la nariz. Semilla geométrica y Semilla mineral dirigieron sus pasos hacia el lugar indicado: las vísceras del matorral, por lo que tuvieron que recorrer respirando pausadamente por entre los troncos muertos de la sociedad, escapando de los núcleos comerciales y también luchando con la fuerza de un peculiar magnetismo llamado pereza. Así, tras cruzar algunas cepas que componen la totalidad de un día, llegaron finalmente a los pies del matorral. Se internaron entre los interrumpidos parches vegetales y sentían claramente la presión de numerosos ojos.
"¡Asómbrate, querido lunar! Aquí mismo crecen los pilares de la vida, los pulmones de la tierra, el iris del Sol " decía con un entusiasmo terracota el solar y como para educarse a sí mismo comenzó a nombrar tcon cariño el nombre por convenio que los antropocentristas pusieron sobre cada especie: "Una Acacia caven...¡Hermosa!... Una Quillaja saponaria, una Lithraea caustica, un Baccharis no-se-qué...linearis tal vez...¡oh! Un Ailanthus altisima, exótico lamentablemente...¡oh! ¡Citronella mucronata! Pensé que ya no se aparecerían, están enojadas con estos tiempos...". El bosque esclerófilo miraba con atención a los dos viajeros, pero semilla geométrica poco disfrutaba e esto, pues las pequeñas entidades que tienen la costumbre de llevar los huesos por fuera estaban saturados de curiosidad ante la lógica lunar, llenándole de visitas fugaces y adornándole con delicadas costuras aracnoideas. Semilla mineral cuestionaba la actitud de semilla geométrica, pero éste le respondió con sabiduría: "He venido al matorral contigo porque contigo tengo que enfrentar este miedo. He venido porque así los árboles y los bichitos me mostrarán que no son mis enemigos. Estoy en tu selva, estoy en tu medio, pero también hemos venido juntos porque a ti también te corresponde cruzar una selva.". El solar no comprendió completamente, y fue entonces cuando el lunar comenzó a hablar sobre la defensa del fuego. "Has invertido todo tu tiempo en decorar tu vida, has cubierto las paredes de tu burbuja con religiosidad y mucho arte, pero afuera sigue siendo un pantano. No puedes quedarte en silencio, no puedes eludir aquellos razonamientos que cuestionan el equilibrio de tu burbuja. De lo contrario, querido solar, llegará un momento en que tu cosmogonía, cierta y útil, se aleje tanto de la realidad del pantano que jamás podrá reflejar en el lodo y en las húmedas cortezas la realidad que quieres. No construyas un mundo con materiales que no existen.". Semilla mineral cerró los ojos, había sido derribado por un miedo social del que escapaba hace ya varios años. "Esto lo has logrado por venir como una flor en la mano izquierda del amor..." se dijo. Lunar continuó: "No puedes llegar al mundo anunciándote como utópico. Tu palabra es tan concreta como concreta sea tu determinación. Comenzar diciendo que eres una fantasía automáticamente te elimina como elemento de la realidad. Tienes deberes, deberes reales y debes llevarlos a cabo con acciones reales...".
La conversación fue interrumpida cuando se toparon con un agradable santuario en el bosque: las gramíneas y brásicas, ambas con sus esqueletos secos y con la progenie bajo un profundo sueño llamado dormancia, decoraban irregulares pasillos entre los pilares perennifolios que, valientemente, enfrentaban el verano con rústicas flores. En ese punto, el lunar, observando el efecto de uno de sus grandes poderes sobre el solar, uno al que le llama 'de-construcción', le ofreció un retiro neuronal después de tan densa verdad: sacó de su equipaje algunas flores secas del 'Sueño de Moloch', a lo que el otro reaccionó y desenvainó algunas hojas secas de la misma planta. "Es hora de la combustión", se dijeron con la mirada. Una ofrenda musical de parte del Murchunga dio comienzo al ritual y entonces entraron al sueño de la hiperconección. En este camino, semilla mineral comenzó a recitar el nombre de los otros habitantes de aquel templo vegetal: Milvago chimango recita estruendosas oraciones, Sturnella loyca canta con sabiduría, Troglodytes chilensis se pasea con elegancia por entre sábanas de aire... Y yo aquí ofrendo mi sangre a los hematófagos para que mi alma forme parte de las venas de este bosque."
sábado, 23 de enero de 2016
sábado, 2 de enero de 2016
Rechaka
Era de noche, en un comienzo. “Este no es el verdadero comienzo, yo te
hablaré del verdadero comienzo”, dijo aquel maravilloso árbol a un Yao-xantii, un niño estrella. Aquella
noche, el firmamento estaba tranquilamente sostenido por sí mismo; aquella
noche la totalidad del organismo se encontraba en paz, en silencio, pero
meditaba sobre cuánto había avanzado en desarrollarse a sí mismo. Aquella noche
había una tranquilidad total, un receso en el caos.
Soles, lunas, asteroides, nebulosas y estrellas estáticas respiraban
colosal y profundamente, incluso las demás estrellas, las cinéticas o Yao-xantii,
descansaban en sus lechos de plasma. No obstante, hubo un Yao-xantii que se
encontraba inquieto a pesar del efímero receso universal. Es por ello que bajó
de su lugar en el firmamento y dirigió su cinética hacia tierra firme, en algún
planeta, o Hydeass, de todo el
abanico de posibilidades que tenía. Llegó entonces a un desierto, que estando
alumbrado por la luz de la Luna, Tzolo,
irradiaba un hálito azul onírico. Supo entonces aquel niño estrella que al
entregarse al azar había llegado hasta un destino que deseaba, pero no conocía;
había llegado al desierto en el que diversos acontecimientos dieron origen a
los sueños.
“Te saludo
divinamente, hermana Luna. Te saludo divinamente, madre Tierra, queridísima Omilen antü.” Recitó aquel Yao-xantii con
dos de sus extremidades conectadas al pecho, cuando hubo impactado dulcemente
con la superficie terrestre. Se encontraba inmensamente feliz, le gustaba el
contraste entre su energía interna tan activa y el pequeño receso universal que
lo tenía todo en quietud absoluta. Rebosaba de emoción y curiosidad, se hallaba
a sí mismo en aquel templo de los sueños. Entonces separó las manos de su pecho
y dirigió su voluntad y determinación a un acto de creación. “Milagros” le llaman
los espectadores a las increíbles hazañas que llevan a cabo los Yao-xantii,
quienes frecuentemente se pasean por el universo creando realidades inviables ‘naturalmente’,
llevaban a cabo la creación a micro-escala, imitando al creador original. Así,
siguiendo su propia conducta natural, este Yao-xantii levantó una pierna, y
luego de un salto se unió la otra; con su respiración lumínica y asteroidal fue
invocando una serie de sonidos que, en tan solo un momento, se ajustaron a un
determinado ritmo, el ritmo de su corazón. Tanto piernas como brazos se movían
maravillosamente bajo la luz de Tzolo y sobre la piel de Omilen antü, aquellos
movimientos despertaban ráfagas sonoras y éstas despertaban a su vez un
delicado rubor sobre la tierra. Fueron levantándose así columnas de polvo,
columnas salomónicas. “¡Un culto a la existencia, un culto a la creación!” se
decía para sí, multiplicando y canalizando su cinética felicidad en aquel
detenido universo.
La danza del Yao-xantii tuvo una magnitud visceral tal, que fue
despojando del sosiego a todo su alrededor. Despertaron primero las rocas y
observaron con asombro aquel palacio de polvo que levantaba con la danza, el ritmo
y el amor; luego germinaron los cristales, metabolizando la confusa energía
contenida al interior de las rocas y observaron con maravilla la escena. Una
serie de seres minerales, magnéticos y atemporales fueron acercándose, se
reunían ante aquella fogata de música y movimiento que había despertado el
corazón de la estrella. Hubo un momento en que un salto de aquel inquieto ser
fue dirigido por una exagerada inhalación, seguida de una retención sagrada –donde
la consciencia se aturdía- y al descender nuevamente exhaló. Exhaló con tal
potencia que cascadas de aliento se despojaron del interior del Yao-xantii,
desmoronando el palacio, pero levantando con el mismo polvo, en su lejano
norte, una figura arbórea que extendía su ramaje y follaje hasta el alto cielo.
Se extendía la exhalación, se extendía el meristema de arcilla y arena hacia
las alturas cósmicas más relevantes, se extendía con tal fuerza que alcanzó a
tocar algún órgano del universo, lo cual derivó en una exhalación aún mayor.
Aquel tiempo de receso había acabo, la totalidad volvía a fluir.
Las estrellas lejanas volvieron a palpitar, los sistemas continuaron
con la infinita espiral, las nubes y nebulosas fluían nuevamente con el andar
de las distintas especies y variedades de viento. Así, absolutamente todas las
formas que tomaba el gran organismo continuaron con su caos y su orden. El
Yao-xantii quedó maravillado ante la sincronía de lo ocurrido. Observaba cómo,
poco a poco, el susurro de aire que volvía a correr en ese azul desierto
despojaba de su forma al árbol de polvo. Mas la totalidad del árbol no fue
podada, hubo ocho ramas y el grueso fuste que permanecían a pesar del viento.
La estrella no lo comprendió, se acercó hasta aquel lejano norte que tenía
enfrente y una sorpresa le salió al encuentro. Sin quererlo, alguna intención
se escabulló entre su cuerpo y utilizó aquel increíble poder que poseía el niño
estrella para concretarse a sí mismo. El resultado fue este árbol de ocho ramas
y gran envergadura.
“Mis raíces están en todos lados, de modo que he venido de todos los
lugares.”
“Hm… entonces ¿cuál es tu comienzo?”
“Mi comienzo, burdamente, podría ser el extremo final de tu aliento,
aquel punto en el que tu aire estrellado se convierte en mi extremadamente
longeva corteza. Sin embargo, querido mío, este no es el verdadero comienzo, yo
te hablaré del verdadero comienzo…”
El Yao-xantii se sentó ante aquel hermoso árbol. Mucho antes de que
aquel diálogo interno continuara, la estrella sabía que el milagro no había
ocurrido por su propia obra, sino que el milagro lo había acogido en sí, de
modo que debía agradecer las circunstancias que dieron lugar a este evento. Al
sentarse meditó brevemente, y desde la totalidad de su cuerpo se elevó una
paloma cuya materia era la antípoda de una plegaria. El Yao-xantii tenía fe que
aquel pequeño ave alcanzara la mayor altura del universo, pues en cuanto aquel
árbol le relevase el verdadero comienzo, la paloma podría llevar hasta el
destino final aquel verdadero agradecimiento.
martes, 27 de octubre de 2015
Sembrando el Caos

"Si la luna te tiende la mano, es porque un huevo te quiere entregar."
Mientras se desarrollaba la gestación de un bulbo cardíaco, aquellos quienes sembraron su semilla en la matriz del amor se rendían ante la espera. Cada uno se retiró a un hemisferio del vientre templado y ecuánime, cada uno armó su lecho con paja de trigo y paja de cebada. Así, estando cada uno en el mismo sitio, en el centro de la consciencia, se retiraron a los dos hemisferios oníricos. Uno tomó su báculo de fluidos y despertó frente al palacio onírico; ante sus ojos se abrió una puerta emplumada y un sendero de transparente follaje, el camino estaba guiado por cristales tornasolares y entre fragmentos de recuerdos se escurrían pájaros y peces con sustancias imbricadas, aquellas que están hechas de futuros posibles, probables y condicionales. El otro llevó su alfombra de humores y se sentó frente al templo onírico, ante él había un portal pétreo poblado con inscripciones que simbolizaban crudamente lo que ocurría en las profundidades del alma; tras el portal había una pradera de colores imperceptibles, donde cada gramínea presentaba su espiga argumentativa a un Sol imponente y paciente.
En el andar de cada uno, las cepas de la experiencia fueron conformando la perfecta piel blanca del bulbo. El ego de cada uno llevó a que aquella semilla desplegase infinitas hojas cuya nervadura dibujaba los ríos del cuerpo. El alma de cada uno, sorprendida entre las murallas del tiempo y del espacia, concluyó en una inflorescencia perenne, así, aquel bulbo cardíaco extendió toda su existencia por la consciencia, abarcando hasta los más fúnebres rincones de la mente y las grietas más célebres de los labios. Millones de ojos brotaban a modo de tépalos, dos millones de estambres se disponían a modo de lluvia, originando un monzón polínico. Aquella lluvia de fecundación despertó a los sembradores. Se levantaron en silencio, puso el uno su báculo bajo el vegetal colosal; puso el otro su alfombra bajo el báculo; y puso la planta la abundancia sobre ellos.
Y a pesar de que en esa consciencia común, la de la unión, no tenía tierra sembrada, aquella lluvia hizo germinar la espontaniedad y el misterio, también el arte y la ciencia.
"Si el sol te muestra la tierra, es porque un ave en ella debe andar."
viernes, 17 de abril de 2015
Humor
En el nido se hallaba un sentimiento, desnudo y triste, cuya piel reflejaba todos los colores que existieron y aquellos que aún no recorren la iris del tiempo. Aquel sentimiento estaba hecho de agua, pura, cristalina y sensible, y sus hilos de vida se estremecían al más ínfimo contacto de la acción; por esta razón, la madre y el padre de este sentimiento le propusieron un desafío, un nombre: reacción.
A medida que los colores iban danzando delicadamente sobre la iris del tiempo, Reacción generaba respuestas ante los variados estímulos que ocurrían a la par de sus cienes, a la par de su corona, a la par de su piel:
-Un hombre, con su piel dibujada en turquesa, se internó en un bosque que inspiraba las oraciones del sol y expiraba cantos de tierra. Llevaba su arco y su flecha para cazar pensamientos, hacerlos suyos y devorarlos por la noche junto a su hermano fuego. Sin embargo, a medida que se internaba entre los maderos y ríos verticales no encontró más que aves y reptiles que se trazaban líneas de un árbol a otro, dibujando la cara del sol besando a la luna, el ojo del agua cuando observa la noche y la boca del viento cuando modula la vocal el palacio miceliar. Aquel hombre, entonces, se sentó a la falda de un árbol, y observó su piel dibujada en turquesa, recordó quién viajó por su cubierta con un color diferente y también lloró. En ese instante, los pensamientos brotaron de sus cejas, se elevaron hasta alcanzar el follaje denso y todos los animales cesaron su actividad: las aves paralizadas en su vuelo, lagartijas detenidas en un salto, tortugas momificadas en un paso y caimanes sepultados en un palpitar. Aquel hombre limpió sus lágrimas, tomó su arco y flecha y apuntó, sus manos tiritaban, su voluntad flaqueaba, su corazón sufría. Pero algo cambió el rumbo de su destino, su corazón no pudo con lo inmoral y brotó sobre si mismo un coral rojo, brotó desde el pecho, luego desde cada ombligo arbóreo y desde cada garganta animal. Aquel color tiñó el paisaje, los pensamientos se paseaban lentamente entre ellos a través del sendero vaporizado, de aquí surgió la imaginación. Una lluvia enraizó del todo, tocó cada alma, cada aura y también los dibujos en turquesa. Ésta era la imaginación, la creatividad. El hombre presenció entonces el principio rítmico y el principio creativo.
Aquel sentimiento, luego de explicar una pequeña fracción colorida de la realidad en su vientre líquido, dio origen a escamas tornasolares que absorbían cada uno de los colores y los expresaba según de dónde se les viese, si era desde adentro, si era desde afuera, si era siendo ellos mismos. Una vez que todas las escamas colonizaron sus límites, serpenteó sobre sí mismo hasta llegar al bosque en el que se encontraba el hombre, y se montó sobre todos las líneas turquesa que habían en el. Todos los animales volvieron al tiempo, la temperatura llegó, entonces hombre y serpiente salieron dichosos del bosque, cada uno con el corazón lleno de amor.
miércoles, 25 de marzo de 2015
El agua
Era todavía pronto, mucho antes de la colonización azul, que el Bakhal observó la llegada de los colonos.
Aquellas tierras sobre las cuales danzaban sus pies tenían el estómago en latencia, la sed había trazado senderos arbóreos en las profundidades, cuyas laderas estaban delicadamente adornadas con joyas silvestres y gemas craneales. Se atrevían a enraizar sólo los potentes de espíritu, aquellas auras que han invertido mucho a lo largo de los siglos y han negociado la evolución a lo largo de las dimensiones; era un frágil equilibrio entre las uñas de vida y muerte, cosa que daba aspecto peculiar a cada uno de aquellos guerreros que, con su propio sudor monocromático y sangre esmeralda, meditativamente alcanzaban a gobernar un trozo de tierra.
Las llanuras y montañas se repartían en aquella ciudad del silencio, sus habitantes eran tigres de viento, mayoritariamente, pero también andaba por ahí el Bakhal. En una época de apogeo, muchos seres de luz se reunieron en las alturas del desierto, discutieron sobre los caprichos del gran fractal y esperaban respuestas; cada uno de aquellos seres hubo recolectado por el mundo entero las semillas del odio que tan fácilmente germinaban en los corazones, luego al traerlas al magno encuentro, no supieron qué hacer con ellas. Se sentaron a meditar, unieron sus manos y los cilios de su amor se hicieron uno solo; una única raíz se originó y viajó hacia las profundidades y hacia las alturas, una respuesta llegaría desde la totalidad. Los tigres de viento, gacelas de arena, pájaros de mármol, lagartos y huracanes negros y azules, todos se quedaron en silencio, respirando entre los seres de luz y el cielo se ordenó. Subió el Espacio desde las profundidades, bajó el Tiempo de las alturas y se encontraron con todas aquellas caras en paz; observaron con atención la ofrenda de semillas, en un cuenco de turquesa, y sonrieron al mirarse. Hablaron desde el corazón de cada uno de los presentes y dijeron para sí:
Las llanuras y montañas se repartían en aquella ciudad del silencio, sus habitantes eran tigres de viento, mayoritariamente, pero también andaba por ahí el Bakhal. En una época de apogeo, muchos seres de luz se reunieron en las alturas del desierto, discutieron sobre los caprichos del gran fractal y esperaban respuestas; cada uno de aquellos seres hubo recolectado por el mundo entero las semillas del odio que tan fácilmente germinaban en los corazones, luego al traerlas al magno encuentro, no supieron qué hacer con ellas. Se sentaron a meditar, unieron sus manos y los cilios de su amor se hicieron uno solo; una única raíz se originó y viajó hacia las profundidades y hacia las alturas, una respuesta llegaría desde la totalidad. Los tigres de viento, gacelas de arena, pájaros de mármol, lagartos y huracanes negros y azules, todos se quedaron en silencio, respirando entre los seres de luz y el cielo se ordenó. Subió el Espacio desde las profundidades, bajó el Tiempo de las alturas y se encontraron con todas aquellas caras en paz; observaron con atención la ofrenda de semillas, en un cuenco de turquesa, y sonrieron al mirarse. Hablaron desde el corazón de cada uno de los presentes y dijeron para sí:
"Lo que ocurre es que estamos medrando. Levantamos espinas, escamas, montañas y pestañas... Conservad la ecuanimidad, pues se erizará la piel de todas las tierras y el Cambio se hará presente frente a todos nosotros, aquel guerrero rojo que es la voluntad del planeta..."
Se sentaron también a meditar. Únicamente el Bakhal estaba con sus ojos abiertos, observando desde el lomo de un cariñoso cerro. Un susurro le habló y bajó. Dibujaba patrones espirales y triangulares con su andar. Llegó al punto inicial de la raíz desdoblada y tomó con su hocico, entre sus dientes, aquel cuenco de turquesa. El Tiempo y el Espacio sonrieron una vez más, asintieron ante la iniciativa de la quimera y le dejaron marchar. El Bakhal se dirigía a las alturas más lejanas, donde nacen todas las medusas, donde se dispersan lunas hacia los cielos y donde las almas más minerales confluyen para ascender.
Tan solo con aproximarse a la piel pétrea de aquellas montañas, el cielo reaccionó y se estremeció. Paralelo a su ascendencia se comenzaron a acercar carabelas de vahos, medusas de agua y aire, sifonóforos de cielo y viento, organismos etéreos de todas las especies y que tenían como madre aquel coral de alturas, aquel que en un momento de la historia fue la Madre que reinó por eternidades la vida. Se fueron acumulando alrededor de las crestas; para cuando el Bakhal alcanzó la coronilla de una de las montañas de aquella familia, la séptima, dejó caer las semillas que estaban dentro del cuenco de turquesa. Cada semilla cayó sobre la piel nubosa de las embarcaciones de agua y el diluvio comenzó.
"Esta es la voluntad del planeta..."
Sólo entonces, el Bakhal se sentó a meditar como todos sus hermanos. Debían mantener sus almas en paz y vigorosas, pues el crujir de los cielos anunciaba los fuertes cambios, el crujir de la tierra anunciaba nuevas raíces, el crujir de los corazones anunciaba nuevos amores. Después de todo, sólo las nubes negras traen vida. Luego erguíanse los árboles cristalizados y los meteorizados, se encendieron las llamaradas bajo las estrellas y los gritos de los mortales fueron ignorados.
Se sentaron también a meditar. Únicamente el Bakhal estaba con sus ojos abiertos, observando desde el lomo de un cariñoso cerro. Un susurro le habló y bajó. Dibujaba patrones espirales y triangulares con su andar. Llegó al punto inicial de la raíz desdoblada y tomó con su hocico, entre sus dientes, aquel cuenco de turquesa. El Tiempo y el Espacio sonrieron una vez más, asintieron ante la iniciativa de la quimera y le dejaron marchar. El Bakhal se dirigía a las alturas más lejanas, donde nacen todas las medusas, donde se dispersan lunas hacia los cielos y donde las almas más minerales confluyen para ascender.
Tan solo con aproximarse a la piel pétrea de aquellas montañas, el cielo reaccionó y se estremeció. Paralelo a su ascendencia se comenzaron a acercar carabelas de vahos, medusas de agua y aire, sifonóforos de cielo y viento, organismos etéreos de todas las especies y que tenían como madre aquel coral de alturas, aquel que en un momento de la historia fue la Madre que reinó por eternidades la vida. Se fueron acumulando alrededor de las crestas; para cuando el Bakhal alcanzó la coronilla de una de las montañas de aquella familia, la séptima, dejó caer las semillas que estaban dentro del cuenco de turquesa. Cada semilla cayó sobre la piel nubosa de las embarcaciones de agua y el diluvio comenzó.
"Esta es la voluntad del planeta..."
Sólo entonces, el Bakhal se sentó a meditar como todos sus hermanos. Debían mantener sus almas en paz y vigorosas, pues el crujir de los cielos anunciaba los fuertes cambios, el crujir de la tierra anunciaba nuevas raíces, el crujir de los corazones anunciaba nuevos amores. Después de todo, sólo las nubes negras traen vida. Luego erguíanse los árboles cristalizados y los meteorizados, se encendieron las llamaradas bajo las estrellas y los gritos de los mortales fueron ignorados.
miércoles, 18 de marzo de 2015
Orchidea centaura
"Un instante esconde en su pequeña existencia los abismos del cambio; son profundidades tan inmensas y tan efímeras que tan solo al callar la mente puedes escabullirte entre ellas."
Se componen los huesos minerales de aquellos que meditan durante una o dos eternidades; cada milenio es una perla magnífica que se adhiere a las laderas de sus cabellos y, de esta manera, invocan toda la personalidad arbórea y todos los crótalos contenidos en los diminutos cristales condensados en la personalidad de cada uno. Aquellas montañas estiran todos sus músculos, repiten la danza que el universo articuló en el principio y con esto culmina el nuevo nacimiento; mueren dos y nace uno, cuando el árbol está lleno de frutos. Se sientan meditativamente una vez más, es la flor del norte mente, acomodan la proyección de sus sombras y vuelven a exhalar toda aquella vitalidad pétrea que aspiraron para llevar a cabo el sismo aureal. La conjugación del entendimiento se acomoda una vez más y cada cosa toma un nuevo lugar. Los colonos, pasmados, observan con atención todo esto, observan el encaje perfecto del nuevo mundo y la selva instantánea que trajeron consigo. Lo que era un continente es ahora una isla exuberante y frondosa, colorida y consciente. Entonces dos de ellos, los más vivos, por efecto de sus instintos, se lanzaron a los senderos de potente paso. Uno iba delante y uno iba atrás. Se encontraron con numerosos nativos aireados de piel parda y trazos de agua, les lanzaban puntos y líneas, pero nunca acertaban: aquellos dos pioneros cruzaban la selva danzando con el alma. Por entre el follaje de lo oscuro, se descubrió un portal de piedra que tragaba la luz de un acantilado; en su centro el árbol padre y madre marcaba el ritmo de la isla. De un solo suspiro los dos hombres se lanzaron al vacío y cayeron en lo profundo de las raíces de aquel árbol. De esta manera, cuando el sol y la luna se besaron en aquel instante, el hombre que iba en el medio arribó al santuario de un guerrero león.
"Tomó su respiración y le puso una vela. Luego aquellos que habitan al interior de la mente manufacturaron una cubierta y el barco ya estaba completo. Al ritmo de su alma avanzó por entre los numerosos y policromáticos mares para alcanzar unas tierras inesperadas. El lenguaje geográfico detuvo la marea y el vaivén de las velas, pues existe una belleza que nos toca con el polen del alma. Entonces se bajó de su embarcación para ir en busca del fruto"
sábado, 14 de febrero de 2015
El arévalo
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