El arévalo
He despertado en la cuna de las nubes bajo la cual brotan corales del recuerdo, invocando las especies del destino, toda la flora del tiempo y orquestando cardúmenes sensitivos, temperamentales y también los racionales. Se mueven al ritmo del cielo todos los seres, germinan al mismo tiempo las piedras y luego revientan en pétreos huevos que vulcanizan toda la llana tierra; de ahí que puedo respirar claramente la exhalación de las piedras y percibir el aleteo granate de numerosos pájaros, los acuáticos y los aéreos, que desde aquí emprenden un vuelo más allá de Venus, más allá de Mercurio, más allá de Urano y sus dos cabezas, se posan en Marte para respirar antes de lanzarse al portal de la justicia divina. Sólo entonces, en el instante fecundo modulado, cuando el destello de siete soles y siete lunas se ve reflejado en la córnea marítima del ave más sincera, que se levantan por el desierto numerosas y frondosas pirámides verdes, parpadeando al despertar y haciendo vibrar la tierra para acomodar la serpiente cervical. Una vez que toda la orogénesis culminó y las caprichosas cordilleras dibujan astros a su manera, el arévalo vuelve al desierto con el mar en su cola, oscilando, disfrutando, viviendo y muriendo, con sangre y espíritu en el aliento.
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