Era el gran día, aquel que determinaba la cola emplumada de los ciclos lunares. Como había siete seductoras damas vestidas cada una del blanco que más le representaba, la sincronía en el espiral de sus faldas era desigual y caóticamente hermosa; había unas cuantas que bailaban con resentimiento ante el aliento bien reposado de siete soles que se habían marchado en el horizonte; había otras que en su baile se trazaban caminos por sobre la piel de la noche, y bajo sus diminutos pasos espirales y giros desatentos enraizaban semillas mitológicas, llenándose el vientre de estrellas cromáticas y pintorescas colonias de radiados y rayas. Además, había unas pocas señoritas, dos para ser exactos, que llevaban entre sus faldas los bailes más curiosos y cadavéricos de todo el ciclo nocturno: eran las damas que llamaban al amanecer. Espanta y despierta, acerca y observa, calma y empalma, noventa y sesenta, atenta y contenta, tantos filamentos incrustados en el cráneo blanquecino de cada una de estas dos damiselas, palabras que eran disparadas como flechas por los nativos, aquellos lograban mantenerse aún despiertos en las horas cúlmenes de la noche y las horas más mozas de la mañana. Y si bien sus hermanas más jóvenes tenían rayado todo el manto azul y negro con historias bellas sobre cosmos y peces, estas dos últimas levantaban una historia como dos fresnos que sostienen un bosque; para que los siete soles pudiesen seguir el camino correcto para crear el día, había que trazar una sincera línea de ominosidad distinguible, aquella que es tan espinosa que puede diferenciarse con recíproca facilidad por entre el frondoso contraste que crea el baile de las lunas y camino de los soles. Es por esto que estas dos últimas damas, macabras por sobre todo, bailaban a manera de espiral invertido, y bajo cada acto de percusión sobre la faz del planeta con los infinitos pies, un miriápodo -igual de infinito- era sacrificado; las escamas de la muerte se adosaban al exoesqueleto del insecto y creaba telarañas mandálicas en círculos perfectos, incluyendo en ella un orden místico superior de personalidades pétreas y almas minerales. Así, un calvario de cienpiés era trazado en medio del amanecer incipiente, y la luz sangrienta manchaba los vértices más extremos de las faldas de las dos blancas brujas, haciéndolas una abstracta unidad más sucia y mundana. Lo que no sabían los soles, es que el camino que seguían estaba hecho originalmente hecho con espirales de muerte; lo que no sabían las lunas es que tras el sendero de sacrificios un murciélago, hijo de otras tierras, iba devorando cada uno de los miriápodos ofrendados, lamiendo en primer lugar los cúmulos de muerte -que a tales alturas de descomposición tomaban forma de quitones-, defecando instantáneamente. De esta manera el murciélago se convertía en un anónimo alquimista capaz de invertir muerte en vida, pues de sus heces brotaban numerosos homúnculos que el vuelo ultrasonoro ahuyentaban las sombras nocturnas, y sus excrementos atraían estampidas de isópodos, los verdaderos guías de los siete soles. Ocurría, entonces, que por efectos del contraste entre baile y caminata, los isópodos parecían ser trilobites, los seres sagrados que expandían el universo por orden de la Lepisma; garrapateando por lo que no existía y concluyendo en la creación, era entonces la labor de los siete señores de luz colonizar con frecuencias sabias las nuevas tierras que cabían dentro de la Razón.
A pesar de todo este asunto confuso entre soles y lunas, había un sabio ser que se paseaba por los párpados del tiempo sin ser afectado por el día y la noche, un crinoídeo bermellón, quien comprendía por qué estas tierras eran cada día más extensas, a pesar de tener cada día las mismas dimensiones. Todo su ser era una flor.
"Hay ocho ojos en el cuerpo, cada uno concibe al mundo de una forma distinta, pero todas son necesarias: Un espiral contínuo y lleno de escamas magnificamente imbricadas; la vida relatada; aquella sincronía perfecta de vocales y llena de colores;la pulpa del desierto; la cúspide de la selva; el fondo de una montaña; la pureza del mar; la solidez del aire. Olvidar tan bellos detalles porque una espina se nos ha enganchado a la piel sólo nos traerá dolor, dado que la vida únicamente nos pide vivir." En el comienzo, la Lepisma dispuso infinitas partículas divinas incrustadas en las telarañas invisibles que se tejen bajo sus patas, eran el rocío de la vida. Mientras su paso por la nada era infinito, había que llenarlo de creación y, de esta manera, dejar un rastro de recuerdo por los pasajes y senderos que jamás antes habían existido. Esta es la caminata pionera, una caminata que emprendía cada una de las voluntades evolutivas que surgen por simple sincronía de emociones, sentimientos y contrastes. Cada una de aquellas partículas divinas formó un espiral en sí misma, repartiendo la vida a manera de fractales y de las más infinitas y originales formas, donde ningún color se repetía y ningún patrón era similar a otro; la diversificación iba a pasos agigantados desde ínfimos suspiros hasta colosales gritos. Luego llegó el polvo y lo húmedo se hizo viscozo, el paso por lo gélido de lo absoluto terminó por solidificar la piel más externa de estas entidades y la Lepisma les llamó Hydeass (planetas). La personalidad cromática que carcaterizaba a cada Hydeass estaba determinada por la cercanía con el vientre de la lepisma, formando de esta manera un arcoiris onírico. Allí, por donde los colores de viento comienzan a ser notorios, germinó un Hydeass que se encontraba especialmente asociado a la pata más izquierda de la Lepisma; en ese mismo lugar se daría origen al Bennu, la expresión máxima de las partículas guerreras que componían la existencia de la Lepisma. El Bennu fue, en un principio, un león con bellísimos filamentos que ahuyaban "melanismo" por cada brisa se le topaba, y por cada ventarrón salpicaba versos de sombra, y por cada tormenta nacía de su mismo pelaje una monstruosa versión de la involución, pero por cada huracán que se le ponía en frente un ojo devorador aparecía en algún lugar de la invisible telaraña, devorando cualquier primordio de vitalidad. A pesar de su magno poder, el león Bennu rehusaba de acometerse contra su padre directo y prefería llenarse de conocimiento. Omilen antü fue el nombre que dio a aquella tierra ventosa y desértica que le dio lugar, una vez que recorrió las cavernas cardiacas que concluían en el corazón del planeta, una vez que conversase mil años con aquella personalidad esférica, magmática y pétrea. Subió entonces la montaña más árida y alta de su tierra y plantó allí una semilla ventral, por la que comenzarían a fluir extensas y finas raicillas que conectarían cada una de las articulaciones, musculatura y huesos del planeta a su propia voluntad. Decidió, entonces, ir recorriendo la telaraña invisible para llenar su oscuro pelaje con los colores más sinceros, los mismos que iban componiendo la existencia de la Lepisma, pero en una expresión más burda y física. Comenzó por recorrer los senderos cósmicos, una vez que aprendió a observar los distintos niveles de la materia; luego se paseaba por las regiones etarias, porque se enamoró con el tiempo, y se correspondieron. En uno de sus viajes llegó a toparse con la cola de la Lepisma, en el sector más imposible y onírico de toda la existencia, la creación y la inversión (aunque no existía cosa alguna que pudiese superar lo que había más allá de lo existente, sólo la Lepisma podía concebir en su experiencia las grotescas vivencias en la Nada); y en esa zona descomunal se volvió estudiante de las hermanas Turritopsis: Nutrícula y Dohrnii, concluyendo en la magnífica capacidad de nacer y renacer, la trenza perfecta para ir por siempre con su amado eterno, el mismísimo Tiempo, y sin hacerle actuar como hipócrita ante su labor, dictada por la Lepisma.
Con el tiempo, el león Bennu llenó su ominoso pelaje con minerales hexagonales, la púlpa cristalizada de geodas recóndicas, hermosas arcillas, y su pelaje fue hecho con plumas ofrendadas por numerosas aves paradisiacas que se repartían por todo lo recorrido. Uno a uno fue recolectando los fragmentos de su personalidad y una vez que se sintió completo, decidió comenzar sus labores divinas en el planeta del que provenía; al llegar, muy cansado del eterno conocimiento, descubrió que por las tierras desérticas habían aparecido mares, ríos, lagos, una variedad intensa de personalidades botánicas y sobre ellas una variedad aún más intensa de personalidades evolutivas cinéticas. Por entre algunas acumulaciones de amor y seguridad geográficas, se discernían bípedos que se contaban entre ellos mismos la llegada de un antiguo dios, aquel que cuya furia fue a encarar. Desde entonces, cuando el Bennu descendió sobre la montaña más alta de Omilen antü, un altar de vida le vino al encuentro, y una fuente de espiritual revivió la personalidad implume de su melena, evocando en aquella cuna todas y cada una de las aves que componían su follaje cervical. "Allí mismo le vi bajar, poniendo sus bellísimas patas sobre la piel verde de la selva, sentí entonces cómo se levantaba la tierra ante su encuentro. Se separaron varios árboles, pero un palmar dio lugar al lecho de nuestro dios Bennu. Me acerqué temblorosa y me dijo "Shanti, darás a luz a Kumo, mi único hijo, y le enviarás con la voluntad del viento". Desde ese momento que llevo una semilla en mi pecho, esperando mi muerte para crecer sobre mi tumba, aquel Kumo que quiere nacer en la cordillera de la que vengo...Con ocho ojos quiere observar las ocho montañas, y con ocho colores primos dira sus primeras ocho palabras."
Habían ya germinado mil años desde el nacimiento del Bennu, y éste aún seguía en su cuna de aves respondiendo las dudas que yacían en los cráneos de los vivos, al existir una fuente directa de respuestas, todos aquellos curiosos se convirtieron en peregrinos y emprendían viajes desde donde fuese hasta Omilen antü, con tal de concebir una conversación sincera y ventral con el hijo directo de la Lepisma, aquella que está en lo más alto del universo. En un pueblo circular, en medio de las llanuras, nació Azhir. Esta fémina quería encontran la solución al flujo del tiempo y lo estático de espacio, pero nadie en toda la región podía responderle; decidió entonces emprender un viaje hasta el lecho de Bennu, que se encontraba por donde nacían todos los ríos. Tomó un equipaje ligero, dado que las condiciones climáticas de la zona daban lugar a una inmensa serie de recursos nutritivos suculentos y también secos, y luego emprendió su viaje con el pie izquierdo; con la mano derecha se despidió de su bien conformada familia sin considerar la reacción de ésta, sin previo aviso y sin advertencia ni pista alguna. La noche se lanzaba por sobre la arena y encima de ésta crecía el tradicional matorral sombrío, cada noche, haciendo de las llanuras un denso bosque de oscuridad en el cual incluso crecían pájaros de luz, que comían todos y cada uno de los frutos lumínicos que cuajaban a la media noche y concluían la madurez un par de horas antes del amanecer. Un festival de canto y degradación ante la aparición el primer sol, luego el cielo se pintaba de vida y se hacía visible la flora perenne de las llanuras. Azhir saboreaba con gusto la primera gran transición de su vida, sin saber realmente a qué se dirigía cuando el Bennu respondiese aquella pregunta tan grande y peligrosa al ser respondida. Fruto tras fruto, arrollo tras arrollo, loma tras loma, así transcurrieron treinta días de paso ligero por los pies de Azhir, así muy rutinario día y noche adornado por siete soles y siete lunas hasta el encuentro de los pies de las mesetas verdes. El contraste era abrupto, caótico, brutal y grotesco, puesto que en cuanto terminaba la arena reventaba una cubierta verdosa de frondosidad envidiable, y luego de un cielo muy despejado se encontraba el intenso flujo de seres que entraban en la selva en busca del lecho del Bennu. Azhir no podía distinguir si era más denso el follaje de todos aquellos árboles, arbustos, pastos, suculentas y colosos, o la carne de quienes buscaban respuestas entre los espirales de plumas. Allí, en el punto exacto donde la arena de las llanuras abrazaba los pies de las inmensas mesetas verdes, crecían esporádicamente comunidades de Cucú que, según los cuentos que le contaba la abuela Shanti a Azhir, era la planta que correspondía a la mítica Plumbeia, crecía de aquellas lágrimas muy sinceras de su pecho que siempre ocultaba ante los ojos de los otros dioses. El cuento también contaba que el fruto del Cucú, algo así como un melón muy verde por fuera y color desconocido por dentro, fortalecía todos los sentidos del cuerpo, pero para obtenerlo había que cantarle y rezarle a la planta y si se tenía suerte, la eterna floración de ésta culminaría en el pepónido. Azhir se sentó de rodillas y saludó a las plantas de primeras; en cuanto hizo esto, la cara de cada una de las flores se dirigió hacia ella. La situación le sorprendió, se sacudió los espasmos y cerró los ojos para comenzar a cantar: "Un color me ha encontrado en la noche...y la noche se sorprendió...una sorpresa regó al color...y el color se abrió...La abuela me dio una valija...para guardar el color...pero el color era tan grande...que la valija reventó...Entonces puse el color en la noche...pero el día se lo quitó...Creí que todo se había perdido...pero entre el día y la noche...un nuevo sol brilló...aquel sol, era mi color.."
Las flores comenzaron a llorar y se cerraron, para abrirse al anochecer, pero ya no eran flores, sino tres frutos de Cucú. Azhir tomó los tres, abrió uno para comerlo y notó que el color que había dentro del fruto era el mismo color que describía la abuela Shanti cuando le enseñó la canción. Masticó, sintió el extremo dulzor y luego mucho dolor en las muelas. El intenso flujo y las voces del gentío que entraba en la selva cesó y únicamente un canto escuchó; los árboles abrieron paso a un túnel en medio de toda la frondosidad y había cabellos que marcaban un camino hacia un paradero lejano. Azhir partió con su pie izquierdo y se despidió de las llanuras, caminó y caminó y encontró a Plumbeia muy luminosa, jugando con ochenta roedores blanquecinos a los pies de una cascada. Sin querer ofender, pero muy voluntariosa, escapó del lugar para no quedarse jugando eternamente con Plumbeia, como cuenta la leyenda, así que siguió el camino de cabellos que se escurría muy cerca de la cascada. De la nada comenzó a correr muy desesperadamente, y la selva se volvió un silencioso palmar, a lo lejos el fulgor del Bennu se hacía notar y sobre él un constante espiral de pájaros de todos colores reflejaban la vida que emanaba el león. Se acercó sigilosa, con los pies ligeros y llenos de historias, el león la observó con amor y mucho antes de que Azhir comenzara a formular su pregunta, el león saltó de su lecho y le mordió el cuello. En vez de espantarse con la respuesta, la muchacha miró hacia el cielo y pudo ver por entre los pétalos de cada pájaro aquella montaña que daba lugar a todos los ríos. Sintió, por último, la tibia sangre de su interior mezclándose con su morena piel y tambien cómo el Bennu le dejaba cariñosamente en su lado izquierdo, pudo distinguir que no era la única en el lecho del león, sino que habían otros cuantos en la misma situación, quizá presa de la misma pregunta. Cerró sus ojos y se entregó a su muerte, satisfecha. "Ya estamos todos, madre, padre, hijo, hija, hemano, hermana. Es hora de comenzar" Azhir abrió sus ojos, su consciencia se había unido a la de los otros siete participantes y se encontraban inmersos en la vitalidad del Bennu. Escalaba con belleza aquella única montaña y en cuanto alcanzaron la cima, llena de nieve y la extrema hermosa vista, pudo apreciar absolutamente todas las aristas del único continente de Omilen antü. Entonces saltaron hacia el norte, con mucha fuerza y amor, y antes de caer, una nueva montaña surgió. La orogénesis de la segunda generación comenzaba ahora, es la nueva época en donde se persiguen ballenas para aprender su lenguaje. El único idioma que no conocía el Bennu era, precisamente, el de las ballenas.
Cuando la lepisma recorría lo absoluto y la nada, se encontró con un efímero, y éste le disparó unos maravillosos cetáceos. Cayeron en algún lugar de su corazón, y el Bennu, el Tentuu, fueron a buscarles y aprender. Que el tiempo es mito y el espacio su pareja, pero los dos están hechos con espirales de pájaros y una misma piel mineral.
(...) Yehoshua despertó un día más allí, en la cima de aquel árbol nuboso. Ansiaba tanto poder correr por los bellísimos valles soñados de todo el planeta, recorrer las llanuras, los médanos. Había algo en su interior que le decía que habían regiones pantanosas y otras muy tropicales, que toda la diversidad del planeta estaba llegando a la madurez de de colores y las formas más hábilmente diseñadas. Cada una de las rojas plumas del Tentuu habían de llevar a su punto correcto, expresando exageradamente una partícula de la voluntad de aquel ave, nacido de un huevo de sombra. La espalda, no obstante los siete soles, seguía fría, cada día, cada noche, cada amanecer y cada atardecer. La sensación tan densa de aquella mañana le hizo recorrer toda la historia que tenía pendiente en si mismo, desde las plantas de sus pies se extendían infinitos hilos de seda, cada uno unido al origen del viaje; un hilo dorado que cruzó todo un universo para llegar desde el planeta anterior a Omilen antü, por el mismísimo sendero que une al cielo y la tierra; pero más atrás se encontraba Egipto, se encontraban los Jardines de Babilonia, los condimentos, los colores, y entre las acacias de una playa, Venus. Sus ojos sedimentaron, se voletó y el norte de su cara estaba ahora dirigido hacia la cúspide de la pirámide, el Palacio del Líquen. Extrañas sensaciones le causaba que Venus, su amor aparente, le tuviese encerrado en la altura del todo. Las nubes son hermanas, los soles y las lunas son padres y madres, pero los pies debían recorrer la tierra, el pelo recorrer el viento, los ojos recorrer los senderos, desde aquí sólo podía conocerse bien el ciclo del éter. Tapó las lágrimas de plomo con una de las hojas que utilizaba como almohada; las amarró a su pecho y se cansó de reaccionar. Recorrió el exterior del palacio y se las arregló para escalarlo, algo que jamás en todo el tiempo en potencia decidió hacer. Rompió, casualmente, algunos líquenes, escaló por los helechos, luego se aferró a la piedra negra y finalmente llegó a la cúspide: un pequeñísimo altar. Se sentó y meditó. "La piel de Yehoshua se hizo primero escamosa, luego se hizo líquida y se derramó por todo el palacio. A manera de lubricante, las cuatro paredes de la pirámide resbalaron, se abrieron y cayeron desde la cúspide del árbol; aquella maravillosa flora onírica alojada en el interior estaba ahora expuesta a los caprichos de siete soles, pero aquellas lágrimas de plomo guardaron el alma de cada una de las plantas, serían entonces las plantas sagradas de Omilen antü. Inmensas medusas vinieron desde la cueva en la que se alojaba el hombre planta y tomaron en sus coronillas cada una de las joyas. Se entregaron a las oraciones del viento. Una última medusa se quedó en el lugar, rezando, despidiendo esta etapa del planeta, en la cual finalizaba el reinado de Venus y comenzaba otro..." Una sabia Anaconda, hecha completamente de piedra, se estrelló contra los pastizales de agua; venía de muy lejano, cerca de la esquina del universo, donde se sintetizan nuevos soles. Se varó en los estromatolitos angulares, abrió su boca y dentro de ella dormían plácidamente Wadi-Rum y Q-atz que, ante el recibimiento del sol, despertaron con tibieza. Encontraron primero sus ojos, uno turqueza y otro mostaza; luego sus manos, una de ceniza y la otra de grava. El Tentuu, esta vez con un magnífico follaje rojo, estaba en las afueras de la Anaconda y extendió sus alas para dar sombra a los durmientes. Un larguísimo viaje les esperaba, había tantos árboles que saludar... "Aquella última medusa, culminó sus rezos. Tomó su propio cuerpo, lo dividió en tres y se marchó a repartir el amor que se había cultivado a lo largo de su meditación. En todo este viaje, el viento había puesto la primera semilla en su coronilla, ésta germinó rápidamente y un diminuto sol germinó. Ahora, sea de día o de noche, el camino poseía una luz propia, que no alteraba los colores de la realidad, que no despertaba a las hojas, que no ahuyentaba a los chacales ni a los caimanes."
Dijo: Hace seis milenios, entre las llanuras pardas del Mediterráneo Cardíaco, los caprichos del planeta dieron lugar a una hermosa meseta que luego fue rodeada por un cordón montañoso; cinco montañas muy vigorosas protegían aquel pequeño paraíso de los vientos hostiles que corrían al exterior. Similar a un cráter, en la sinceridad de esta tierra santa se desarrolló una serie inmensa de formas de vida, permitiendo así que se originaran civilizaciones: "En el resto del planeta, una paleta de paisajes pintó una vez al bípedo, a los pies de un hermoso árbol, bajo la sombra de una frondosa selva. Aún siendo tosco, el instinto de las primeras tribus les desafió a superarse y entonces decidieron repartirse por los demás colores que pintaban la cara del planeta. De esta manera, una fracción valiente de estas tribus, cruzó las extensas llanuras, los infinitos médanos, y creyendo a esta mejilla tan lisa como papel de agua, fueron sorprendidos cuando entre sus ojos surgió la impactante figura de las cinco montañas protegiendo el diminuto paraíso. Wannah, le llamaron." Desde allí, las chozas gozaban del absoluto cielo, de la inmensa noche, la longitud de lo eterno, los colores de lo que no se acaba. Aquel cráter era un ojo potenciado, conectando los nervios eléctricos desde lo más recóndito del corazón del planeta hasta lo más remoto de la coronilla universal, en la mismísima frente de la Lepisma. Por un milenio, crecieron y se desarrollaron perfectamente, pero las profecías tribales anunciaban un encuentro entre todas las subdivisiones del mismo ser bípedo; correspondía que se encontrasen todos, en lo que dura un abrazo, para compartir y crecer; las experiencias y los desafíos de la evolución irían a ser revelados bajo el mismo árbol, bajo la misma selva. En Wannah, los habitantes no eran muchos, pero habían conocido bastante sobre lo que es la vida, comprendido los complejos sistemas de armado de cuerpos, la disposición de los huesos, la numerología del pensamiento, las personalidades de los siete soles y las siete lunas, la palabra que había en el pecho del planeta...Todo lo habían comprendido, a excepción de que ellos mismos eran parte de un organismo que se desarrollaba al interior de este cráter:
"En las laderas interiores sólo crecían árboles hermosos, enredaderas planetarias, arbustos bizarros, toda una flora valiente. La fauna era un fractal de los frutos, del follaje, de las semillas y las raíces. Sin embargo, al exterior de este santuario de vida no crecían más que unas curiosas plantas, la amapola negra. Cuentan las leyendas, que esta hermosísima y extrañísima planta era la mismísima personalidad de Güanduur, que ante la presión de mil demonios, separó todas sus células y las esparció por el planeta... Sólo germinaron aquellas que le permitían ver lo muy lejano y tener cerca lo muy cercano." Un anciano, un bebé y una mujer de frente clara fueron seleccionados democráticamente para representar a la pequeña tribu; el anciano por su conocimiento, el bebé por ser el fruto de toda la cultura, la mujer por ser el pilar de la vida, Annemonae. Los tres seres fueron bendecidos, despedidos por toda la tribu y dotados de los útiles más prácticos para sobrevivir en el viaje: una choza tejida con amor, semillas recogidas con el alma, agua guardada en una vasija del vientre, voluntad condimentada con la piel de toda una cultura. Bailes, cantos, colores y llantos, todo para entregar a los tres viajeros al mismo camino por el que los ancestros tomaron, pero en reversa. Fue necesario, entonces, escalar la montaña más alta y alcanzando su cúspide, lograron apreciar la inmensidad de las llanuras, los médanos extensos e infinitos, la flora sumida en lo pardo y el cielo descansando sobre toda la tierra, la inmensa tierra. Cuando fueron bajando la ladera, el anciano encontró el fruto de la flor de amapola negra; sabiendo lo que se acercaba a sus vidas, tomó la mano izquierda de Annemonae y le entregó seis de estos frutos, otros seis los fue masticando y los cinco restantes los puso en la capucha del bebé. El desenso fue magnífico, una introducción completa al paisaje que se encontrarían la mujer y el bebé fue relatada por el sabio y cuando por fin llegaron a los pies de la montaña más alta, el anciano murió. Annemonae, desesperada se lanzó al llanto, pero su mano izquiera limpió sus lágrimas rápidamente y un fruto de la amapola se escabulló entre sus labios:
"El principio de todo es el cambio. Habeis estado un milenio entero estabilizados, es hora de levantarse y marchar, querida mía. Llevas a tu espalda a tu cultura entera, aliméntala y quiérela. Si no dudas y cumples con todo lo que el cielo y la tierra te pidan, este imposible camino por entre los cuchillos de viento se te hará posible y despertarás en tí y en el bebé la naturaleza que ha madurado en las alturas del cráter. Hijos míos, hijos del viento y el conocimiento..." Dos frutos más se entregaron a la garganta de la mujer. El primero trajo un miedo; el día se hizo noche y el frío se hizo material. Por entre las llanuras corrían seres de cristal que intentaban asustar a la mujer y al crío, pero el amor en el vientre fue mayor y el pánico se transformó en una pobre decisión. Los pies avanzaban, las sandalias fueron haciéndose delgadas. El segundo fruto trajo a la mujer los recuerdos de antiguos amores, aquellas plantas humanas que marcaron el útero con asfixiantes raíces, pero el llanto esta vez fue un aliado y el plumaje del esfuerzo brotó por entre los hombros de esta mujer, ahuyentados fueron todos estos carroñeros de falso amor que apenas alcanzaron robar trozos de un inmenso corazón, que se recuperaba a la velocidad de cualquiera de los afilados vientos. Los efectos de la planta fueron disminuyendo, cayó el día y los siete soles sobre la paz de la mujer, aterrándola y derritiendo su voluntad. Queriendo buscar alojo bajo la sombra de los matorrales, fue asaltada por los ancestros de su raza y sacando fuerzas desde la planta de los pies, se levantó y se volteó para apreciar todo el camino recorrido. Gran error, o perfecto hecho: "Cuentan aquellas pinturas, que cuando Annemonae puso sus ojos sobre el lejano Wannah, las cinco montañas se levantaron y comenzaron a caminar lentamente hacia ella. Bajo el cráter, el paraíso de su cultura, yacían los más hostiles vientos, millones de ellos, todos fueron desatados y las tormentas de cielo se repartieron por el firmamento. La palidez en la cara de la mujer se deshizo una vez que agitó sus pies en busca de alguna salida. Los mil demonios azotaban a Güanduur parecían haberse convertido en dolorosos vientos y se acercaban para partir su piel, y la del niño." Annemonae corrió y corrió, alcanzando velocidades inmensanes, comprendió entonces el mensaje de la planta sobre su origen ancestral, sobre ser una hija del viento. MIentras corría, puso los últimos tres frutos entre sus dientes y con mucho amor los masticó. Comenzó a cantar como un gran huracán lo hace y las montañas escucharon sus plegarias; se tomaron de las manos y los animales en las cienes de la mujer la rodearon en su persecusión por la vida. Las llanuras concluyeron en un acantilado, más allá sólo había mar. Ni los ancestros ni los relatos cantados hablaban sobre esta limitancia, sólo el viento podría cruzar el mar. Tomó al bebé en sus brazos y lo soltó al aire, cantando y empapada de conocimiento, y éste, como si hubiese nacido en un arrollo de sal, siguió una dulce trayectoria hacia la lejana vida, hacia aquel encuentro tribal.
"Annemonae se quedó plantada en la tierra, meditando, cantándole al sol. Las montañas permitieron que el pequeño, al ser el fruto de su cultura, se llevase a si mismo como una semilla entregada al viento. Los animales que se escurrieron por las cienes de la fémina, de un salto se escabulleron en la cienes del crío, poniéndole un número en el vientre y un nombre en la base de su cervical: Medusae."
(…) Creyó
despertar, entonces, Yehoshua de un pequeño efímero
destello minúsculoide-magnificoide de onirificación cristal tornasolar.
Tenía aún la mente embotada, vibrando pesadamente mientras cada uno de los
valles de su cerebro iba consumiendo el agua que un aluvión de experiencia y
conocimiento dejó en absolutamente cada rincón, ladera, quebrada, meseta y
cordillera de su cuerpo. Por un instante, creyó sentir que la flor de su pelo
había aparecido, saludando aquello que le recibió en el sueño. Se levantó, entró
al palacio del Liquen y ahí se hallaba, por primera vez, un Silencio; una
serpiente con lecturas imbricadas por toda la piel y los ojos atentos a la
vanidad del tiempo. Sin esperar que se le comprendiese, se largó a hablar:
“Siete soles y siete lunas había sobre mi, cada uno tenía
una distancia radial y perfecta desde donde se encontraba mi Voluntad
florecida, y aquella distancia era proporcional a la cantidad de conversas
trascendentales que he mantenido con cada uno de aquellos cuerpos luminosos en mis
días en Omilen antü. Siete civilizaciones lunares que pareciera que nunca
conoceré; siete mil tépalos solares cuya sombra pareciera nunca disfrutaré. Sin
embargo, trilobites, nautilos, un quelonio, seis helechos de fuego, una araña
de vino, estrellas sedentarias y estrellas nómadas, reptiles sin carne y
felinos implumes, un hipocampo hipnótico y dos medusas glandulares salieron a
mi encuentro. Aquellas dos medusas se alinearon frente a mi flor ventral, y en
la transmutación de la luz perfecta, se hizo visible un tercer cnidario que me
recitó un poema azul Saturno:
Con tu extremidad
más pura,
Extiende el
horizonte del ser.
Toca, entonces,
el vientre del universo
Justo ahí, en el
centro del pececillo;
Aquella entidad
cuyos cristales imbricados
Trajeron bajo sus
innumerables patas
Los colores de
los planetas
Los nombres de
los infinitos
Y la consciencia
divergente.
Puse mi dedo, de no sé qué
mano, en la antera más obvia de la medusa, pero antes de que pudiese tocarle de
lleno ella tomó mi brazo y me llevó a recorrer el planeta entero. Me hizo
conocer la altura, ésta se encuentra muy por encima de las copas de los árboles
nubosos; nos disparó contra una llanura marítima y pronto, recorriendo la carne
pétrea, nos encontramos con la pulpa de luz, allí pude apreciar la inmensidad vida
cinética hilada con el corazón del planeta; luego, tomó con uno de sus
tentáculos un hilo especialmente grueso y pude sentirme dentro de una manada de
camélidos corriendo unas praderas desconocidas, que concluían en un bosque de
troncos altísimos y dotados de flores anemófilas; sentí, entonces, que
observaba la escena desde la copa de una palmera, pero la medusa tomó mis
cienes y me hizo girar la vista hasta la costa, donde unos hongos de esponja
mineral habían crecido a lo largo de años incontables, permitiendo que la vida
tomase lugar en sus sombreros; un ave marina nos miró hacia abajo, y en su ojo
despertó el vuelo de esta percepción, recorrimos toda la cordillera de agua;
allí donde culminaba la cervical de algo, se encontraba una cuenca eterna,
habitada por grandísimas narices, una serie de colores herbáceos potenciados
colosalmente donde millonadas de artrópodos se movía entre poro y poro; este
último flujo nos hizo recorrer alguna de las cuevas cristalinas que se hallaban
escondidas entre aquella selva de patas, donde el agua recorría las paredes
como los humores del viento recorría las almas. La oscuridad en aquellos
lugares era combatida por el amor líquido, pero pronto unos destellos de piel
me hizo percibir una nueva etapa del viaje: las tres medusas y mi consciencia
habíanse fundido en un solo animal de cuatro patas. Mirábamos desde abajo como
tantísimas civilizaciones se desarrollaban en Omilen antü, pero luego
comenzamos a observa un camino de piedras flotantes nos llamaba a recorrerlo;
cada piedra tenía su respectiva textura, coloración y humor. El primer paso lo
dimos y reventó una luminosa palabra, éramos ahora una lamprea. Un oscilar y
éramos ahora un celacanto. Así sucesivamente: una babosa colorida, un
seudópodo, una planta hexagonal, el fruto de la tierra y el fuego, un tornado
foliar en un desierto, un canto gutural, un polinizador, un guerrero del miedo,
y tantas otras cosas que no logro recordar. En el cielo se paseaban cuatro
planetas: Urano, Mercurio, Venus y Saturno. Cuando llegamos a ser una medusa
por completo, las siete lunas y los siete soles estaban sobre mi nuevamente,
pero pestañé y el paisaje de Omlien antü era el mismo, el mismo que logro
obtener después de tantísimos filtros racionales.”
El silencio lo miró con desinterés y
le preguntó “¿Quién creó los soles y las lunas?”.
(...)
Una pluma rojísima, muy bella, llena de sensaciones que irisaban el corazón que
alojaba su pecho. Quinientas estrellas cruzaban el manto, por ahí las siete
lunas muy dispersas, muy atentas. Quinientos amaneceres se compactaron en uno
solo y las visiones de una aurora astral dieron lugar a la germinación de
varias meditaciones de grueso calibre en cada una de las células experimentadas
de Yehoshua. Cambio, cambio puro; la pulpa del flujo se desarrollaba claramente
en el vientre de aquella planta suculenta, aquella Astrophytum que habitaba las praderas volcánicas en la moralidad
del viajero. La aridez del cielo, la humedad del alma, la hostilidad del sueño
y el manto severo de amor.
Estuvo
en la postura de flor de acacia por mucho tiempo, aquella mañana, hasta que se
decidió por ir a buscar unas cuantas otras lianas al interior del palacio y
bajar nuevamente a la gruta de meditación
para encontrarse una vez más con el hombre verde. Los nubarrones en el árbol de
nubes anunciaban, quizá, que unos cuantos frutos, aquellos peces vela, faltaban
aún por cuajar. Se preguntaba Yehoshua, cómo es que sería la flor de aquellos
árboles tan pétreos, tan toscos. La piel de piedra se encontraba en aquel
momento más oscura de lo común, y la cueva parecía más tenebrosa que la primera
vez. El viajero se balanceó con las lianas y al alcanzar la boca de la cueva no
soltó la cuerda, sino que la amarró a una de las protuberancias que nacían del
interior. Su paso fue lento, muy pausado, debía recorrer ese camino de fe y
algas rojas con mucha cautela para no caer presa de las dolorosas crestas que
se repartían por los laterales del camino. A medida que avanzaba, su seguridad
se iba derritiendo y su paso se hacía cada vez más curvado, al punto de que se
encontró gateando por entre las algas. Se asomó por fin el resplandor pacífico
de la gruta, y allí en el centro aparecía la planta hija de un siete mucho más
familiar que la vez anterior. Se recostó a la sombra difuminada del arbusto, en
un lugar tranquilo entre las semillas y los cristales; pequeñas praderas de
colores divididos recorrían el suelo y la arena. Pronto comenzó a sentir cómo
es que el hombre herbáceo recorría las cuevas de su mente, hasta llegar al
mismo lugar en el que él mismo se encontraba. Una vez más lo tomo en brazos y
le dijo:
“Hijo mío, hoy
puedes extender tus alas y también tus ojos. Ave de viento, escucha la poesía
de tu cuerpo y encuentra en ese mapa de ensueño todas las respuestas que bajo
cada pregunta se ha puesto.”
Lo
llevó por el alucinante camino de vuelta, por entre la realidad de la cueva, y
en la culminación de la oscuridad, le lanzó hacia el follaje nuboso. Un ala índigo,
la otra también, un pecho de flujo y los ojos bien abiertos; Yehoshua estaba
aprendiendo a volar. Omilen antü crujía, crecía por varios sectores. Primero
planeaba, con las alas tensas y planas, obteniendo de esta manera muchas pistas
de lo que ocurría. Esta gran altura le proporcionaba una vista lujosa de todo
lo que ocurría aquí y allá y más allá y más aquí. Se levantaron más colinas,
desafiando a las aguas; se acumularon en archipiélagos de esfuerzo y formaron
valles pequeños y valles grandes; otras tantas levantaron un rey de arena y a
su alrededor decoraron con un desierto. La vida y la muerte no tardaron en
colonizar las nuevas tierras, tampoco tardó Yehoshua en definir éste lugar como
primer destino.
Cepas
de viento, palabras de aire, plumas con vapores, todo cuanto cruzaba le daba
una pequeña instrucción del vuelo, hasta que el infinito calló sobre el vientre
del ave y en ella hizo germinar los secretos del aleteo. Lentamente, la caída
de Yehoshua se fue degradando y antes de impactar con el mar, se encontraba con
que su reflejo viajaba a la par con él, en la misma dirección y con la misma
astucia. Un primordio del vuelo le hizo mejorar su consciencia, eludiendo
pequeñas olas y disfrutando del agua que saltaba de la superficie para
felicitarle, para besarle las mejillas implumes. Tan pronto como su reflejo
desapareció, apareció la arena bajo el aleteo. Los cristales en aquella tierra
fueron tan sinceros ante la llegada del viajero, que le lanzó cada uno un color
imposible para demostrar de esta manera cómo es que se pinta la personalidad
del desierto. Tomó mayor altura y desde aquí pudo ver cómo, al igual que cuando
en el soñar se hallaba entre dos
compañeros, dos aves de viento se agregaban a la trinidad de su voluntad.
Sincronía perfecta, hasta los errores y torpezas del principiante eran imitadas
por sus dos complementos trascendentales.
Aquel
desierto habitado por dunas no estaba vacío de verdor, un pasto poco constante
y valiente brotaba esporádicamente de la tierra, sin dejar aún su flor al sol; ocasionalmente
aparecía un árbol de mediana estatura, bien erguido, de hojas negras, flores
que evocaban la vida y se notaba contento entre la arena; era común ver otro
árbol con hojas largas, una inflorescencia dulce y pariendo continuamente una
sombra maternal; más común era ver un arbusto de tamaño mediano, unas hojas
pequeñitas y flores con coloración amorosa, se repartía por entre los pliegues
de aquella clara pliel y le contaba a Yehoshua, cada una de éstas, cuál era su
milenaria edad. Hubo dos plantas muy vivas que despertaron una curiosidad
inmensa en las tres aves, una planta que siempre era flor, era seria, fuerte,
hostil y directa; se repartía con una frecuencia tan baja que parecía milagro
ver una y esa única no era un simple retrato de débil carácter, sino que era un
palacio inmenso de espadas que cortaban el viento; la otra planta era una
palmera centenaria, aparecía en las colinas de las dunas más altas y allí se
disponía a saludar al viento, mover sus grandísimas hojas paralelamente al oscilar
de los humores aéreos. Aquel lugar, aquellas dunas y toda la personalidad del
paisaje trajo a Yehoshua un inmenso sentimiento sobrecogedor, un reencuentro
con las raíces de su propia voluntad, la percusión en su pelo y en sus plumas.
Escurriéndose
por el valle de las dunas, cruzaba un puñado de elefantes de tierra, quizá con
la piel mineralizada; encima de uno de ellos se encontraba Mercurio con todo su
esplendor de fuego y en su pelo notábase el resplandor de su belleza. Sobre los
otros elefantes iban varios nativos del pueblo hostil, aquel que se escondía en
lo obvio de una pradera. Un festival de música exacta se evaporaba de sus
intenciones, sonaban flautas y platillos que tenían un efecto reflector sobre
los cristales y minerales en la tez de los elefantes, despertando texturas y
patrones mortales. A diferencia de los demás nativos, Mercurio no tocaba algún
instrumento, sino que esperaba algún punto de llegada para imitar las texturas
con su propio cuerpo, pero encima de un paquidermo no podía alcanzar el
equilibrio suficiente que sus pies requerían para salir al encuentro de la
respuesta artística. El pasto vibraba ante la visita, ante el paso de aquella
caravana tenebrosa pero tranquila y contenta. Yehoshua aleteó con la trinidad
de sí mismo y esquivó todos los obstáculos dotados de rodillas que infestaban
su camino hacia Mercurio. Se posó en la coronilla del elefante, justo enfrente
de los ojos de aquel hombre de fuego; disparó Yehoshua con el ojo izquierdo,
como objetivo era el ojo derecho de su auditor y para cuando aquella bala hubo
cruzado todo un intervalo de aire y auras, la verdadera sonrisa de Mercurio se
presentó y en Yehoshua brotó el verdadero color de su plumaje: azul Saturno.
Un
ave angosta despertó al viajero de su recorrido con un canto gutural atemporal.
Aquel pájaro estaba, al igual que Yehoshua, muy instalado en la terraza
exterior del palacio. Desconcertado, el bípedo se sentó en el borde del sector
y con sus piernas colgando se dedicó a observar los cambios ocurridos en el
paisaje del planeta y, a pesar de la lejanía y todos los intermediarios
nubosos, pudo divisar cómo a lo lejos nacían las dunas vivas y entre ellas aquella caravana tenebrosa. Se estiró,
dio gracias al cuarto sol y cerró sus ojos para seguir la educación que el
canto del ave le proporcionaba. Mediodía en Omilen antü, fueron fertilizadas
las últimas flores de vapor, con aire culminante, y el viento ofrendaba
semillas al cielo.