(...)
Una pluma rojísima, muy bella, llena de sensaciones que irisaban el corazón que
alojaba su pecho. Quinientas estrellas cruzaban el manto, por ahí las siete
lunas muy dispersas, muy atentas. Quinientos amaneceres se compactaron en uno
solo y las visiones de una aurora astral dieron lugar a la germinación de
varias meditaciones de grueso calibre en cada una de las células experimentadas
de Yehoshua. Cambio, cambio puro; la pulpa del flujo se desarrollaba claramente
en el vientre de aquella planta suculenta, aquella Astrophytum que habitaba las praderas volcánicas en la moralidad
del viajero. La aridez del cielo, la humedad del alma, la hostilidad del sueño
y el manto severo de amor.
Estuvo
en la postura de flor de acacia por mucho tiempo, aquella mañana, hasta que se
decidió por ir a buscar unas cuantas otras lianas al interior del palacio y
bajar nuevamente a la gruta de meditación
para encontrarse una vez más con el hombre verde. Los nubarrones en el árbol de
nubes anunciaban, quizá, que unos cuantos frutos, aquellos peces vela, faltaban
aún por cuajar. Se preguntaba Yehoshua, cómo es que sería la flor de aquellos
árboles tan pétreos, tan toscos. La piel de piedra se encontraba en aquel
momento más oscura de lo común, y la cueva parecía más tenebrosa que la primera
vez. El viajero se balanceó con las lianas y al alcanzar la boca de la cueva no
soltó la cuerda, sino que la amarró a una de las protuberancias que nacían del
interior. Su paso fue lento, muy pausado, debía recorrer ese camino de fe y
algas rojas con mucha cautela para no caer presa de las dolorosas crestas que
se repartían por los laterales del camino. A medida que avanzaba, su seguridad
se iba derritiendo y su paso se hacía cada vez más curvado, al punto de que se
encontró gateando por entre las algas. Se asomó por fin el resplandor pacífico
de la gruta, y allí en el centro aparecía la planta hija de un siete mucho más
familiar que la vez anterior. Se recostó a la sombra difuminada del arbusto, en
un lugar tranquilo entre las semillas y los cristales; pequeñas praderas de
colores divididos recorrían el suelo y la arena. Pronto comenzó a sentir cómo
es que el hombre herbáceo recorría las cuevas de su mente, hasta llegar al
mismo lugar en el que él mismo se encontraba. Una vez más lo tomo en brazos y
le dijo:
“Hijo mío, hoy
puedes extender tus alas y también tus ojos. Ave de viento, escucha la poesía
de tu cuerpo y encuentra en ese mapa de ensueño todas las respuestas que bajo
cada pregunta se ha puesto.”
Lo
llevó por el alucinante camino de vuelta, por entre la realidad de la cueva, y
en la culminación de la oscuridad, le lanzó hacia el follaje nuboso. Un ala índigo,
la otra también, un pecho de flujo y los ojos bien abiertos; Yehoshua estaba
aprendiendo a volar. Omilen antü crujía, crecía por varios sectores. Primero
planeaba, con las alas tensas y planas, obteniendo de esta manera muchas pistas
de lo que ocurría. Esta gran altura le proporcionaba una vista lujosa de todo
lo que ocurría aquí y allá y más allá y más aquí. Se levantaron más colinas,
desafiando a las aguas; se acumularon en archipiélagos de esfuerzo y formaron
valles pequeños y valles grandes; otras tantas levantaron un rey de arena y a
su alrededor decoraron con un desierto. La vida y la muerte no tardaron en
colonizar las nuevas tierras, tampoco tardó Yehoshua en definir éste lugar como
primer destino.
Cepas
de viento, palabras de aire, plumas con vapores, todo cuanto cruzaba le daba
una pequeña instrucción del vuelo, hasta que el infinito calló sobre el vientre
del ave y en ella hizo germinar los secretos del aleteo. Lentamente, la caída
de Yehoshua se fue degradando y antes de impactar con el mar, se encontraba con
que su reflejo viajaba a la par con él, en la misma dirección y con la misma
astucia. Un primordio del vuelo le hizo mejorar su consciencia, eludiendo
pequeñas olas y disfrutando del agua que saltaba de la superficie para
felicitarle, para besarle las mejillas implumes. Tan pronto como su reflejo
desapareció, apareció la arena bajo el aleteo. Los cristales en aquella tierra
fueron tan sinceros ante la llegada del viajero, que le lanzó cada uno un color
imposible para demostrar de esta manera cómo es que se pinta la personalidad
del desierto. Tomó mayor altura y desde aquí pudo ver cómo, al igual que cuando
en el soñar se hallaba entre dos
compañeros, dos aves de viento se agregaban a la trinidad de su voluntad.
Sincronía perfecta, hasta los errores y torpezas del principiante eran imitadas
por sus dos complementos trascendentales.
Aquel
desierto habitado por dunas no estaba vacío de verdor, un pasto poco constante
y valiente brotaba esporádicamente de la tierra, sin dejar aún su flor al sol; ocasionalmente
aparecía un árbol de mediana estatura, bien erguido, de hojas negras, flores
que evocaban la vida y se notaba contento entre la arena; era común ver otro
árbol con hojas largas, una inflorescencia dulce y pariendo continuamente una
sombra maternal; más común era ver un arbusto de tamaño mediano, unas hojas
pequeñitas y flores con coloración amorosa, se repartía por entre los pliegues
de aquella clara pliel y le contaba a Yehoshua, cada una de éstas, cuál era su
milenaria edad. Hubo dos plantas muy vivas que despertaron una curiosidad
inmensa en las tres aves, una planta que siempre era flor, era seria, fuerte,
hostil y directa; se repartía con una frecuencia tan baja que parecía milagro
ver una y esa única no era un simple retrato de débil carácter, sino que era un
palacio inmenso de espadas que cortaban el viento; la otra planta era una
palmera centenaria, aparecía en las colinas de las dunas más altas y allí se
disponía a saludar al viento, mover sus grandísimas hojas paralelamente al oscilar
de los humores aéreos. Aquel lugar, aquellas dunas y toda la personalidad del
paisaje trajo a Yehoshua un inmenso sentimiento sobrecogedor, un reencuentro
con las raíces de su propia voluntad, la percusión en su pelo y en sus plumas.
Escurriéndose
por el valle de las dunas, cruzaba un puñado de elefantes de tierra, quizá con
la piel mineralizada; encima de uno de ellos se encontraba Mercurio con todo su
esplendor de fuego y en su pelo notábase el resplandor de su belleza. Sobre los
otros elefantes iban varios nativos del pueblo hostil, aquel que se escondía en
lo obvio de una pradera. Un festival de música exacta se evaporaba de sus
intenciones, sonaban flautas y platillos que tenían un efecto reflector sobre
los cristales y minerales en la tez de los elefantes, despertando texturas y
patrones mortales. A diferencia de los demás nativos, Mercurio no tocaba algún
instrumento, sino que esperaba algún punto de llegada para imitar las texturas
con su propio cuerpo, pero encima de un paquidermo no podía alcanzar el
equilibrio suficiente que sus pies requerían para salir al encuentro de la
respuesta artística. El pasto vibraba ante la visita, ante el paso de aquella
caravana tenebrosa pero tranquila y contenta. Yehoshua aleteó con la trinidad
de sí mismo y esquivó todos los obstáculos dotados de rodillas que infestaban
su camino hacia Mercurio. Se posó en la coronilla del elefante, justo enfrente
de los ojos de aquel hombre de fuego; disparó Yehoshua con el ojo izquierdo,
como objetivo era el ojo derecho de su auditor y para cuando aquella bala hubo
cruzado todo un intervalo de aire y auras, la verdadera sonrisa de Mercurio se
presentó y en Yehoshua brotó el verdadero color de su plumaje: azul Saturno.
Un
ave angosta despertó al viajero de su recorrido con un canto gutural atemporal.
Aquel pájaro estaba, al igual que Yehoshua, muy instalado en la terraza
exterior del palacio. Desconcertado, el bípedo se sentó en el borde del sector
y con sus piernas colgando se dedicó a observar los cambios ocurridos en el
paisaje del planeta y, a pesar de la lejanía y todos los intermediarios
nubosos, pudo divisar cómo a lo lejos nacían las dunas vivas y entre ellas aquella caravana tenebrosa. Se estiró,
dio gracias al cuarto sol y cerró sus ojos para seguir la educación que el
canto del ave le proporcionaba. Mediodía en Omilen antü, fueron fertilizadas
las últimas flores de vapor, con aire culminante, y el viento ofrendaba
semillas al cielo.
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