(...) Yehoshua despertó un día más allí, en la cima de aquel árbol nuboso. Ansiaba tanto poder correr por los bellísimos valles soñados de todo el planeta, recorrer las llanuras, los médanos. Había algo en su interior que le decía que habían regiones pantanosas y otras muy tropicales, que toda la diversidad del planeta estaba llegando a la madurez de de colores y las formas más hábilmente diseñadas. Cada una de las rojas plumas del Tentuu habían de llevar a su punto correcto, expresando exageradamente una partícula de la voluntad de aquel ave, nacido de un huevo de sombra. La espalda, no obstante los siete soles, seguía fría, cada día, cada noche, cada amanecer y cada atardecer. La sensación tan densa de aquella mañana le hizo recorrer toda la historia que tenía pendiente en si mismo, desde las plantas de sus pies se extendían infinitos hilos de seda, cada uno unido al origen del viaje; un hilo dorado que cruzó todo un universo para llegar desde el planeta anterior a Omilen antü, por el mismísimo sendero que une al cielo y la tierra; pero más atrás se encontraba Egipto, se encontraban los Jardines de Babilonia, los condimentos, los colores, y entre las acacias de una playa, Venus. Sus ojos sedimentaron, se voletó y el norte de su cara estaba ahora dirigido hacia la cúspide de la pirámide, el Palacio del Líquen. Extrañas sensaciones le causaba que Venus, su amor aparente, le tuviese encerrado en la altura del todo. Las nubes son hermanas, los soles y las lunas son padres y madres, pero los pies debían recorrer la tierra, el pelo recorrer el viento, los ojos recorrer los senderos, desde aquí sólo podía conocerse bien el ciclo del éter. Tapó las lágrimas de plomo con una de las hojas que utilizaba como almohada; las amarró a su pecho y se cansó de reaccionar. Recorrió el exterior del palacio y se las arregló para escalarlo, algo que jamás en todo el tiempo en potencia decidió hacer. Rompió, casualmente, algunos líquenes, escaló por los helechos, luego se aferró a la piedra negra y finalmente llegó a la cúspide: un pequeñísimo altar. Se sentó y meditó. "La piel de Yehoshua se hizo primero escamosa, luego se hizo líquida y se derramó por todo el palacio. A manera de lubricante, las cuatro paredes de la pirámide resbalaron, se abrieron y cayeron desde la cúspide del árbol; aquella maravillosa flora onírica alojada en el interior estaba ahora expuesta a los caprichos de siete soles, pero aquellas lágrimas de plomo guardaron el alma de cada una de las plantas, serían entonces las plantas sagradas de Omilen antü. Inmensas medusas vinieron desde la cueva en la que se alojaba el hombre planta y tomaron en sus coronillas cada una de las joyas. Se entregaron a las oraciones del viento. Una última medusa se quedó en el lugar, rezando, despidiendo esta etapa del planeta, en la cual finalizaba el reinado de Venus y comenzaba otro..." Una sabia Anaconda, hecha completamente de piedra, se estrelló contra los pastizales de agua; venía de muy lejano, cerca de la esquina del universo, donde se sintetizan nuevos soles. Se varó en los estromatolitos angulares, abrió su boca y dentro de ella dormían plácidamente Wadi-Rum y Q-atz que, ante el recibimiento del sol, despertaron con tibieza. Encontraron primero sus ojos, uno turqueza y otro mostaza; luego sus manos, una de ceniza y la otra de grava. El Tentuu, esta vez con un magnífico follaje rojo, estaba en las afueras de la Anaconda y extendió sus alas para dar sombra a los durmientes. Un larguísimo viaje les esperaba, había tantos árboles que saludar... "Aquella última medusa, culminó sus rezos. Tomó su propio cuerpo, lo dividió en tres y se marchó a repartir el amor que se había cultivado a lo largo de su meditación. En todo este viaje, el viento había puesto la primera semilla en su coronilla, ésta germinó rápidamente y un diminuto sol germinó. Ahora, sea de día o de noche, el camino poseía una luz propia, que no alteraba los colores de la realidad, que no despertaba a las hojas, que no ahuyentaba a los chacales ni a los caimanes."
Dijo: Hace seis milenios, entre las llanuras pardas del Mediterráneo Cardíaco, los caprichos del planeta dieron lugar a una hermosa meseta que luego fue rodeada por un cordón montañoso; cinco montañas muy vigorosas protegían aquel pequeño paraíso de los vientos hostiles que corrían al exterior. Similar a un cráter, en la sinceridad de esta tierra santa se desarrolló una serie inmensa de formas de vida, permitiendo así que se originaran civilizaciones: "En el resto del planeta, una paleta de paisajes pintó una vez al bípedo, a los pies de un hermoso árbol, bajo la sombra de una frondosa selva. Aún siendo tosco, el instinto de las primeras tribus les desafió a superarse y entonces decidieron repartirse por los demás colores que pintaban la cara del planeta. De esta manera, una fracción valiente de estas tribus, cruzó las extensas llanuras, los infinitos médanos, y creyendo a esta mejilla tan lisa como papel de agua, fueron sorprendidos cuando entre sus ojos surgió la impactante figura de las cinco montañas protegiendo el diminuto paraíso. Wannah, le llamaron." Desde allí, las chozas gozaban del absoluto cielo, de la inmensa noche, la longitud de lo eterno, los colores de lo que no se acaba. Aquel cráter era un ojo potenciado, conectando los nervios eléctricos desde lo más recóndito del corazón del planeta hasta lo más remoto de la coronilla universal, en la mismísima frente de la Lepisma. Por un milenio, crecieron y se desarrollaron perfectamente, pero las profecías tribales anunciaban un encuentro entre todas las subdivisiones del mismo ser bípedo; correspondía que se encontrasen todos, en lo que dura un abrazo, para compartir y crecer; las experiencias y los desafíos de la evolución irían a ser revelados bajo el mismo árbol, bajo la misma selva. En Wannah, los habitantes no eran muchos, pero habían conocido bastante sobre lo que es la vida, comprendido los complejos sistemas de armado de cuerpos, la disposición de los huesos, la numerología del pensamiento, las personalidades de los siete soles y las siete lunas, la palabra que había en el pecho del planeta...Todo lo habían comprendido, a excepción de que ellos mismos eran parte de un organismo que se desarrollaba al interior de este cráter:
"En las laderas interiores sólo crecían árboles hermosos, enredaderas planetarias, arbustos bizarros, toda una flora valiente. La fauna era un fractal de los frutos, del follaje, de las semillas y las raíces. Sin embargo, al exterior de este santuario de vida no crecían más que unas curiosas plantas, la amapola negra. Cuentan las leyendas, que esta hermosísima y extrañísima planta era la mismísima personalidad de Güanduur, que ante la presión de mil demonios, separó todas sus células y las esparció por el planeta... Sólo germinaron aquellas que le permitían ver lo muy lejano y tener cerca lo muy cercano." Un anciano, un bebé y una mujer de frente clara fueron seleccionados democráticamente para representar a la pequeña tribu; el anciano por su conocimiento, el bebé por ser el fruto de toda la cultura, la mujer por ser el pilar de la vida, Annemonae. Los tres seres fueron bendecidos, despedidos por toda la tribu y dotados de los útiles más prácticos para sobrevivir en el viaje: una choza tejida con amor, semillas recogidas con el alma, agua guardada en una vasija del vientre, voluntad condimentada con la piel de toda una cultura. Bailes, cantos, colores y llantos, todo para entregar a los tres viajeros al mismo camino por el que los ancestros tomaron, pero en reversa. Fue necesario, entonces, escalar la montaña más alta y alcanzando su cúspide, lograron apreciar la inmensidad de las llanuras, los médanos extensos e infinitos, la flora sumida en lo pardo y el cielo descansando sobre toda la tierra, la inmensa tierra. Cuando fueron bajando la ladera, el anciano encontró el fruto de la flor de amapola negra; sabiendo lo que se acercaba a sus vidas, tomó la mano izquierda de Annemonae y le entregó seis de estos frutos, otros seis los fue masticando y los cinco restantes los puso en la capucha del bebé. El desenso fue magnífico, una introducción completa al paisaje que se encontrarían la mujer y el bebé fue relatada por el sabio y cuando por fin llegaron a los pies de la montaña más alta, el anciano murió. Annemonae, desesperada se lanzó al llanto, pero su mano izquiera limpió sus lágrimas rápidamente y un fruto de la amapola se escabulló entre sus labios:
"El principio de todo es el cambio. Habeis estado un milenio entero estabilizados, es hora de levantarse y marchar, querida mía. Llevas a tu espalda a tu cultura entera, aliméntala y quiérela. Si no dudas y cumples con todo lo que el cielo y la tierra te pidan, este imposible camino por entre los cuchillos de viento se te hará posible y despertarás en tí y en el bebé la naturaleza que ha madurado en las alturas del cráter. Hijos míos, hijos del viento y el conocimiento..." Dos frutos más se entregaron a la garganta de la mujer. El primero trajo un miedo; el día se hizo noche y el frío se hizo material. Por entre las llanuras corrían seres de cristal que intentaban asustar a la mujer y al crío, pero el amor en el vientre fue mayor y el pánico se transformó en una pobre decisión. Los pies avanzaban, las sandalias fueron haciéndose delgadas. El segundo fruto trajo a la mujer los recuerdos de antiguos amores, aquellas plantas humanas que marcaron el útero con asfixiantes raíces, pero el llanto esta vez fue un aliado y el plumaje del esfuerzo brotó por entre los hombros de esta mujer, ahuyentados fueron todos estos carroñeros de falso amor que apenas alcanzaron robar trozos de un inmenso corazón, que se recuperaba a la velocidad de cualquiera de los afilados vientos. Los efectos de la planta fueron disminuyendo, cayó el día y los siete soles sobre la paz de la mujer, aterrándola y derritiendo su voluntad. Queriendo buscar alojo bajo la sombra de los matorrales, fue asaltada por los ancestros de su raza y sacando fuerzas desde la planta de los pies, se levantó y se volteó para apreciar todo el camino recorrido. Gran error, o perfecto hecho: "Cuentan aquellas pinturas, que cuando Annemonae puso sus ojos sobre el lejano Wannah, las cinco montañas se levantaron y comenzaron a caminar lentamente hacia ella. Bajo el cráter, el paraíso de su cultura, yacían los más hostiles vientos, millones de ellos, todos fueron desatados y las tormentas de cielo se repartieron por el firmamento. La palidez en la cara de la mujer se deshizo una vez que agitó sus pies en busca de alguna salida. Los mil demonios azotaban a Güanduur parecían haberse convertido en dolorosos vientos y se acercaban para partir su piel, y la del niño." Annemonae corrió y corrió, alcanzando velocidades inmensanes, comprendió entonces el mensaje de la planta sobre su origen ancestral, sobre ser una hija del viento. MIentras corría, puso los últimos tres frutos entre sus dientes y con mucho amor los masticó. Comenzó a cantar como un gran huracán lo hace y las montañas escucharon sus plegarias; se tomaron de las manos y los animales en las cienes de la mujer la rodearon en su persecusión por la vida. Las llanuras concluyeron en un acantilado, más allá sólo había mar. Ni los ancestros ni los relatos cantados hablaban sobre esta limitancia, sólo el viento podría cruzar el mar. Tomó al bebé en sus brazos y lo soltó al aire, cantando y empapada de conocimiento, y éste, como si hubiese nacido en un arrollo de sal, siguió una dulce trayectoria hacia la lejana vida, hacia aquel encuentro tribal.
"Annemonae se quedó plantada en la tierra, meditando, cantándole al sol. Las montañas permitieron que el pequeño, al ser el fruto de su cultura, se llevase a si mismo como una semilla entregada al viento. Los animales que se escurrieron por las cienes de la fémina, de un salto se escabulleron en la cienes del crío, poniéndole un número en el vientre y un nombre en la base de su cervical: Medusae."
(…) Creyó
despertar, entonces, Yehoshua de un pequeño efímero
destello minúsculoide-magnificoide de onirificación cristal tornasolar.
Tenía aún la mente embotada, vibrando pesadamente mientras cada uno de los
valles de su cerebro iba consumiendo el agua que un aluvión de experiencia y
conocimiento dejó en absolutamente cada rincón, ladera, quebrada, meseta y
cordillera de su cuerpo. Por un instante, creyó sentir que la flor de su pelo
había aparecido, saludando aquello que le recibió en el sueño. Se levantó, entró
al palacio del Liquen y ahí se hallaba, por primera vez, un Silencio; una
serpiente con lecturas imbricadas por toda la piel y los ojos atentos a la
vanidad del tiempo. Sin esperar que se le comprendiese, se largó a hablar:
“Siete soles y siete lunas había sobre mi, cada uno tenía
una distancia radial y perfecta desde donde se encontraba mi Voluntad
florecida, y aquella distancia era proporcional a la cantidad de conversas
trascendentales que he mantenido con cada uno de aquellos cuerpos luminosos en mis
días en Omilen antü. Siete civilizaciones lunares que pareciera que nunca
conoceré; siete mil tépalos solares cuya sombra pareciera nunca disfrutaré. Sin
embargo, trilobites, nautilos, un quelonio, seis helechos de fuego, una araña
de vino, estrellas sedentarias y estrellas nómadas, reptiles sin carne y
felinos implumes, un hipocampo hipnótico y dos medusas glandulares salieron a
mi encuentro. Aquellas dos medusas se alinearon frente a mi flor ventral, y en
la transmutación de la luz perfecta, se hizo visible un tercer cnidario que me
recitó un poema azul Saturno:
Con tu extremidad
más pura,
Extiende el
horizonte del ser.
Toca, entonces,
el vientre del universo
Justo ahí, en el
centro del pececillo;
Aquella entidad
cuyos cristales imbricados
Trajeron bajo sus
innumerables patas
Los colores de
los planetas
Los nombres de
los infinitos
Y la consciencia
divergente.
Puse mi dedo, de no sé qué
mano, en la antera más obvia de la medusa, pero antes de que pudiese tocarle de
lleno ella tomó mi brazo y me llevó a recorrer el planeta entero. Me hizo
conocer la altura, ésta se encuentra muy por encima de las copas de los árboles
nubosos; nos disparó contra una llanura marítima y pronto, recorriendo la carne
pétrea, nos encontramos con la pulpa de luz, allí pude apreciar la inmensidad vida
cinética hilada con el corazón del planeta; luego, tomó con uno de sus
tentáculos un hilo especialmente grueso y pude sentirme dentro de una manada de
camélidos corriendo unas praderas desconocidas, que concluían en un bosque de
troncos altísimos y dotados de flores anemófilas; sentí, entonces, que
observaba la escena desde la copa de una palmera, pero la medusa tomó mis
cienes y me hizo girar la vista hasta la costa, donde unos hongos de esponja
mineral habían crecido a lo largo de años incontables, permitiendo que la vida
tomase lugar en sus sombreros; un ave marina nos miró hacia abajo, y en su ojo
despertó el vuelo de esta percepción, recorrimos toda la cordillera de agua;
allí donde culminaba la cervical de algo, se encontraba una cuenca eterna,
habitada por grandísimas narices, una serie de colores herbáceos potenciados
colosalmente donde millonadas de artrópodos se movía entre poro y poro; este
último flujo nos hizo recorrer alguna de las cuevas cristalinas que se hallaban
escondidas entre aquella selva de patas, donde el agua recorría las paredes
como los humores del viento recorría las almas. La oscuridad en aquellos
lugares era combatida por el amor líquido, pero pronto unos destellos de piel
me hizo percibir una nueva etapa del viaje: las tres medusas y mi consciencia
habíanse fundido en un solo animal de cuatro patas. Mirábamos desde abajo como
tantísimas civilizaciones se desarrollaban en Omilen antü, pero luego
comenzamos a observa un camino de piedras flotantes nos llamaba a recorrerlo;
cada piedra tenía su respectiva textura, coloración y humor. El primer paso lo
dimos y reventó una luminosa palabra, éramos ahora una lamprea. Un oscilar y
éramos ahora un celacanto. Así sucesivamente: una babosa colorida, un
seudópodo, una planta hexagonal, el fruto de la tierra y el fuego, un tornado
foliar en un desierto, un canto gutural, un polinizador, un guerrero del miedo,
y tantas otras cosas que no logro recordar. En el cielo se paseaban cuatro
planetas: Urano, Mercurio, Venus y Saturno. Cuando llegamos a ser una medusa
por completo, las siete lunas y los siete soles estaban sobre mi nuevamente,
pero pestañé y el paisaje de Omlien antü era el mismo, el mismo que logro
obtener después de tantísimos filtros racionales.”
El silencio lo miró con desinterés y
le preguntó “¿Quién creó los soles y las lunas?”.
(...)
Una pluma rojísima, muy bella, llena de sensaciones que irisaban el corazón que
alojaba su pecho. Quinientas estrellas cruzaban el manto, por ahí las siete
lunas muy dispersas, muy atentas. Quinientos amaneceres se compactaron en uno
solo y las visiones de una aurora astral dieron lugar a la germinación de
varias meditaciones de grueso calibre en cada una de las células experimentadas
de Yehoshua. Cambio, cambio puro; la pulpa del flujo se desarrollaba claramente
en el vientre de aquella planta suculenta, aquella Astrophytum que habitaba las praderas volcánicas en la moralidad
del viajero. La aridez del cielo, la humedad del alma, la hostilidad del sueño
y el manto severo de amor.
Estuvo
en la postura de flor de acacia por mucho tiempo, aquella mañana, hasta que se
decidió por ir a buscar unas cuantas otras lianas al interior del palacio y
bajar nuevamente a la gruta de meditación
para encontrarse una vez más con el hombre verde. Los nubarrones en el árbol de
nubes anunciaban, quizá, que unos cuantos frutos, aquellos peces vela, faltaban
aún por cuajar. Se preguntaba Yehoshua, cómo es que sería la flor de aquellos
árboles tan pétreos, tan toscos. La piel de piedra se encontraba en aquel
momento más oscura de lo común, y la cueva parecía más tenebrosa que la primera
vez. El viajero se balanceó con las lianas y al alcanzar la boca de la cueva no
soltó la cuerda, sino que la amarró a una de las protuberancias que nacían del
interior. Su paso fue lento, muy pausado, debía recorrer ese camino de fe y
algas rojas con mucha cautela para no caer presa de las dolorosas crestas que
se repartían por los laterales del camino. A medida que avanzaba, su seguridad
se iba derritiendo y su paso se hacía cada vez más curvado, al punto de que se
encontró gateando por entre las algas. Se asomó por fin el resplandor pacífico
de la gruta, y allí en el centro aparecía la planta hija de un siete mucho más
familiar que la vez anterior. Se recostó a la sombra difuminada del arbusto, en
un lugar tranquilo entre las semillas y los cristales; pequeñas praderas de
colores divididos recorrían el suelo y la arena. Pronto comenzó a sentir cómo
es que el hombre herbáceo recorría las cuevas de su mente, hasta llegar al
mismo lugar en el que él mismo se encontraba. Una vez más lo tomo en brazos y
le dijo:
“Hijo mío, hoy
puedes extender tus alas y también tus ojos. Ave de viento, escucha la poesía
de tu cuerpo y encuentra en ese mapa de ensueño todas las respuestas que bajo
cada pregunta se ha puesto.”
Lo
llevó por el alucinante camino de vuelta, por entre la realidad de la cueva, y
en la culminación de la oscuridad, le lanzó hacia el follaje nuboso. Un ala índigo,
la otra también, un pecho de flujo y los ojos bien abiertos; Yehoshua estaba
aprendiendo a volar. Omilen antü crujía, crecía por varios sectores. Primero
planeaba, con las alas tensas y planas, obteniendo de esta manera muchas pistas
de lo que ocurría. Esta gran altura le proporcionaba una vista lujosa de todo
lo que ocurría aquí y allá y más allá y más aquí. Se levantaron más colinas,
desafiando a las aguas; se acumularon en archipiélagos de esfuerzo y formaron
valles pequeños y valles grandes; otras tantas levantaron un rey de arena y a
su alrededor decoraron con un desierto. La vida y la muerte no tardaron en
colonizar las nuevas tierras, tampoco tardó Yehoshua en definir éste lugar como
primer destino.
Cepas
de viento, palabras de aire, plumas con vapores, todo cuanto cruzaba le daba
una pequeña instrucción del vuelo, hasta que el infinito calló sobre el vientre
del ave y en ella hizo germinar los secretos del aleteo. Lentamente, la caída
de Yehoshua se fue degradando y antes de impactar con el mar, se encontraba con
que su reflejo viajaba a la par con él, en la misma dirección y con la misma
astucia. Un primordio del vuelo le hizo mejorar su consciencia, eludiendo
pequeñas olas y disfrutando del agua que saltaba de la superficie para
felicitarle, para besarle las mejillas implumes. Tan pronto como su reflejo
desapareció, apareció la arena bajo el aleteo. Los cristales en aquella tierra
fueron tan sinceros ante la llegada del viajero, que le lanzó cada uno un color
imposible para demostrar de esta manera cómo es que se pinta la personalidad
del desierto. Tomó mayor altura y desde aquí pudo ver cómo, al igual que cuando
en el soñar se hallaba entre dos
compañeros, dos aves de viento se agregaban a la trinidad de su voluntad.
Sincronía perfecta, hasta los errores y torpezas del principiante eran imitadas
por sus dos complementos trascendentales.
Aquel
desierto habitado por dunas no estaba vacío de verdor, un pasto poco constante
y valiente brotaba esporádicamente de la tierra, sin dejar aún su flor al sol; ocasionalmente
aparecía un árbol de mediana estatura, bien erguido, de hojas negras, flores
que evocaban la vida y se notaba contento entre la arena; era común ver otro
árbol con hojas largas, una inflorescencia dulce y pariendo continuamente una
sombra maternal; más común era ver un arbusto de tamaño mediano, unas hojas
pequeñitas y flores con coloración amorosa, se repartía por entre los pliegues
de aquella clara pliel y le contaba a Yehoshua, cada una de éstas, cuál era su
milenaria edad. Hubo dos plantas muy vivas que despertaron una curiosidad
inmensa en las tres aves, una planta que siempre era flor, era seria, fuerte,
hostil y directa; se repartía con una frecuencia tan baja que parecía milagro
ver una y esa única no era un simple retrato de débil carácter, sino que era un
palacio inmenso de espadas que cortaban el viento; la otra planta era una
palmera centenaria, aparecía en las colinas de las dunas más altas y allí se
disponía a saludar al viento, mover sus grandísimas hojas paralelamente al oscilar
de los humores aéreos. Aquel lugar, aquellas dunas y toda la personalidad del
paisaje trajo a Yehoshua un inmenso sentimiento sobrecogedor, un reencuentro
con las raíces de su propia voluntad, la percusión en su pelo y en sus plumas.
Escurriéndose
por el valle de las dunas, cruzaba un puñado de elefantes de tierra, quizá con
la piel mineralizada; encima de uno de ellos se encontraba Mercurio con todo su
esplendor de fuego y en su pelo notábase el resplandor de su belleza. Sobre los
otros elefantes iban varios nativos del pueblo hostil, aquel que se escondía en
lo obvio de una pradera. Un festival de música exacta se evaporaba de sus
intenciones, sonaban flautas y platillos que tenían un efecto reflector sobre
los cristales y minerales en la tez de los elefantes, despertando texturas y
patrones mortales. A diferencia de los demás nativos, Mercurio no tocaba algún
instrumento, sino que esperaba algún punto de llegada para imitar las texturas
con su propio cuerpo, pero encima de un paquidermo no podía alcanzar el
equilibrio suficiente que sus pies requerían para salir al encuentro de la
respuesta artística. El pasto vibraba ante la visita, ante el paso de aquella
caravana tenebrosa pero tranquila y contenta. Yehoshua aleteó con la trinidad
de sí mismo y esquivó todos los obstáculos dotados de rodillas que infestaban
su camino hacia Mercurio. Se posó en la coronilla del elefante, justo enfrente
de los ojos de aquel hombre de fuego; disparó Yehoshua con el ojo izquierdo,
como objetivo era el ojo derecho de su auditor y para cuando aquella bala hubo
cruzado todo un intervalo de aire y auras, la verdadera sonrisa de Mercurio se
presentó y en Yehoshua brotó el verdadero color de su plumaje: azul Saturno.
Un
ave angosta despertó al viajero de su recorrido con un canto gutural atemporal.
Aquel pájaro estaba, al igual que Yehoshua, muy instalado en la terraza
exterior del palacio. Desconcertado, el bípedo se sentó en el borde del sector
y con sus piernas colgando se dedicó a observar los cambios ocurridos en el
paisaje del planeta y, a pesar de la lejanía y todos los intermediarios
nubosos, pudo divisar cómo a lo lejos nacían las dunas vivas y entre ellas aquella caravana tenebrosa. Se estiró,
dio gracias al cuarto sol y cerró sus ojos para seguir la educación que el
canto del ave le proporcionaba. Mediodía en Omilen antü, fueron fertilizadas
las últimas flores de vapor, con aire culminante, y el viento ofrendaba
semillas al cielo.
(…)
Aquel día, despertó más allá del atardecer, había ya dos lunas cruzando el
cielo y bien pendientes de que en su trayectoria no impactasen con la millonada
de semillas celestes que brillaban por ahí, tanto lejos, tanto cerca. Se puso
de pie, le pesaban las cienes, tenía hambre en el vientre. Entró al palacio y
ahí ya estaba germinando la flora ominosa; se le hizo un poco difícil pasar por
los pequeños claros que se formaban entre la frondosa selva, dado que los
primordios de pasto salían al aire con una esperanza pulida, tanto que dañaba
la piel parda de los pies. Se las arregló de alguna manera para cubrirse la
base; primero tomó hojas anchas de la flora no-ominosa y se las amarró con
varios segmentos de liana. Recorría silenciosamente los pasillos de las
crecientes paredes negras, veía como se ahogaba también el verdor de las
especies perennes, al menos perennes respecto a un día completo. Su instinto lo
tenía hipnotizado en un paseo de contrastes, pues sólo podía percibir las hojas
de sombra al compararlas con las paredes interiores de palacio, un tanto más
claras. Un pie tras otro, una luna tras otra.}
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, Yehoshua,
ocho… ¿Ocho? Una luna calipso acaba de nacer en el horizonte, se dejaba ver por
entre el portal que daba a la terraza exterior del palacio, sin embargo, su luz
era aún más intrusa y se hizo lugar entre la hierba ominosa y las otras
leñosas; un seco resplandor indicaba a Yehoshua que le siguiese. Volvió
entonces el bípedo al portal y desde allí siguió, temblando, el sendero
resplandeciente que la octava luna tejía para él. El bosque se veía distinto,
todo lo que estuviese fuera del camino, tanto sombra como leña y hojas, tenía
una realidad vibratoria muy curiosa, muy inestable, pero Yehoshua no se podía
detener a observar cómo las cosas fluían en si mismas, debía continuar su paso
por la tierra calipso. Hubo recorrido bastante, cuando comenzó a cuestionarse
las dimensiones del interior del palacio y también la densidad de la frondosa
selva, partida por un rayo, también le pareció extrañísimo que, a pesar de las
grandes zancadas temporales pasasen por su experiencia sin problema, la luna
octava seguía allí, desfigurada, geometrizada, aterradora, apaciguadora,
contenta, silenciosa, atenta, concreta, invariable. La lluvia de preguntas
disipó sus nubarrones con la aparición de una hierba, la única verdosa en esa
celeste noche. Sus hojas, pista de ser semillas de un cinco, lo saludaban, lo
llamaban. Púsose entonces de frente al sendero, mirando a la luna, en la
posición de la flor de acacia y con la planta interceptando el trayecto
lumínico entre la octava y él; un suceso maravilloso de combustión instantánea
dio lugar a un fuego ferroso y aquel humo, liberado de la forma poco variante
de las hojas, comenzó a dibujar… Bucles, espirales, fractales, patrones,
texturas, todo sobre un fondo negrísimo, el palacio ya no estaba más allá del
bosque y el bosque tampoco estaba. Estaba la luna frente a Yehoshua, estaba la
planta muy dentro de Yehoshua, estaba aquel vapor voluntarioso habitando el
hambre de su vientre, pero convirtiéndolo en devoción.
“Mi querido,
ahora somos amigos nuevamente. Te amo tanto como tú me amas, y de la manera en que
nosotros nos amamos, el Tentuu nos amará.”
Un
miriápodo, para ser exactos, una escolopendra, se formó claramente de aquellos
dibujos de planta chamuscada. Su cara de serpiente trajo un recuerdo muy
recóndito y muy ajeno a la mente de Yehoshua: las quimeras. La escolopendra
osciló sobre si mismo, se torció y entre la rendija de su cuerpo se invocó un
ojo. Para entonces, el viajero ya comprendía que la planta quemada volvía a
germinar, pero ahora ya no tenía sus raíces en la tierra, sino en el viento;
además aquella serpiente dotada de patas infinitas le relataría visualmente lo
que sensorialmente la planta no podría, pero todo era uno, todo era lo mismo a
cada momento y, paralelamente, nada tenía solidez. Una peculiar serie de frutos
se fue dando lugar en el camino del humo, primero nacía un ápice distinto del
tallo de la historia, luego presentaba una flor y más tarde, ante la
comprensión perfecto, la flor era fertilizada y el fruto quedábase allí, un
planeta.
“Uno. El planeta
de las quimeras cultivó en sus vientres un canto de moralidad; la música, tal
como fuego, purifica a quienes no
pertenecen directamente a la tribu roja. Un magnífico animal, un león mineral,
vino desde el Cero y tomó la más joven de las quimeras.
Dos. Nibiru era
un planeta infestado de vicios, pero nadie sabía que hacían mal. Sus habitantes
colonizaban los archipiélagos celestes y extraían la más pura vitalidad de los
planetas, cortando desde raíz lo que el universo con tanto esfuerzo demoró en
hacer germinar.
Tres. El león y
la quimera llegaron al planeta, infundieron un amor tan grande y una moral tan
basta que la mayoría de la población en Nibiru se suicidó de pura culpabilidad.
Un verdadero aluvión de almas fue ofrendado al cielo. Una parte sobreviviente
de la población escapó a un planeta muy fértil; la otra escapó a uno muy
erosionado.
Cuatro. La
civilización de la luna, que cuidaba la vida en el planeta fértil, tuvo
contacto con la piel de la nada, hablaron con ella, compartieron con sus
células y la amistad floreció con creces. Un huevo tóxico nació de allí, pero
los componentes para su eclosión estaban inmensamente repartidos por lo que
habita debajo de las patas y el vientre de la Lepisma. Cuando los colonizadores
de Nibiru llegaron al planeta fértil, éste comenzó una lenta degrades, pero
sabían los Lunares que de allí surgiría uno de los componentes necesarios para
la eclosión del huevo, de tal manera que tanto el planeta fértil como la
civilización de la luna se dieron el lujo de
permitirse un gran desafío de restauración, una vez que el virus
antropomórfico fuese pulverizado.
Cinco. La parte
de la población que llegó al planeta erosionado, logró comprender que alguien
más había construido ese pequeño magnífico, muy hostil sobre todo. Una
civilización ausente había pulido en su interior la magnífica consciencia.
Yehoshua, una civilización como aquella es la que debe existir en la faz de
todo planeta. Fundieron su propio ser con la inmensa tierra y todas sus
piedras. El huevo tóxico, tú y el tercer factor están haciendo de Omilen antü
un ápice de ello, siguen sus pasos sin saber que lo hacen. Así es como
funciona.
Seis. El planeta
erosionado encontró una conexión con uno de sus habitantes. Se dio lugar al
estudio de la neurología planetaria y un viaje por todo el universo comenzó a
existir en la experiencia de aquella civilización que logró sobrevivir de la
hecatombe moral. El trabajo que los primeros hicieron, renació en varias
generaciones. Aquel planeta era más viejo de lo que parecía, y hubo tenido más
vida de la aparente.”
Siete…”
Todo
ese conocimiento ingresó por toda la existencia de Yehoshua, el plutonismo
apareció en todo su ser y el conocimiento apareció. Sedimentaba en la parte más
baja de la consciencia y estas piedras se mantenían allí un momento, criaban
alas y se lanzaban a volar, a nadar, a planear, a cortar. Viento, mucho viento
corría por allí.
El
miriápodo se difuminó, también los dibujos de la planta, el fondo oscuro
también lo hizo y por fin, por entre lo negro, apareció una montaña. Muy
distinta a la geografía de Omilen antü, ésta se parecía más a las antiguas edificaciones
naturales que había construido la mismísima orogénesis en su maravillosa obra,
el planeta -(y antes de que se supiese su nombre, un tropezón alteró el flujo
de la historia, pues Yehoshua se decidió a subir las laderas un poco
imprudente). Cuestas, quebradas, árboles de follaje blanco, pájaros de follaje
pétreo, pastizales, rocas y piedras que en esa mañana respiraban el aire
fresco, el rocío de un día, las flores que despertaban sus colores para que los
grandes forjadores de la vida completasen sus historias de amor. Seis frutos
había ya en la planta, caminaba Yehoshua con una pluma del Tentuu en la mano,
una que tenía un color desconocido, pero imitado de su vientre. Una manada de
(caballos) apareció en el pedúnculo que daría lugar a la séptima flor. Ojos,
muchos ojos, la sinceridad era la batalla. Los árboles se quedaron callados,
las piedras y los pájaros también. Yehoshua trató de tranquilizarse y puso la
pluma en su boca, para hablar con la mayor sinceridad que podía; poco a poco la
manada fue fluyendo por el terreno hasta que cuatro Reyes le rodearon. Ocho
ojos contra uno, pues el bípedo estaba atento con el ocular izquierdo. Un
recital de amor aparecía por la boca del viajero, enredaderas con hojas tan
curiosas que mantenían atento a los caballos, esto ponía en duda a Yehoshua
sobre si lo miraban con hostilidad o con esa duda respectiva. La distración,
con la forma de dos humanos, apareció a lo lejos y tan solo un brote muerto de
miedo tuvo lugar en el vientre de Yehoshua, dio un paso atrás y los caballos se
marcharon impactados. La séptima flor no tuvo lugar, tampoco la octava. Con
impotencia y rabia corrió, corrió para alcanzar la cumbre de la montaña, pero
se iba difuminando todo: la planta, la vegetación, sus pies en la tierra, los
otros dos humanos, la manada de caballos, el amor, la vitalidad de su cuerpo y
pronto se difuminó la luna octava. La noche era la misma, en Omilen antü.
Jamás
había llegado tan lejos en sí mismo, pero el error le hacía olvidar su
progreso. Pensaba en Venus, pensaba en Mercurio. Luego, con remordimiento por
el orden de importancia, pensaba en el Tentuu. Recordó que en aquella extraña
situación, llevaba una pluma en la mano, notó en ese preciso instante, que aún
la llevaba.
Un
sol. El vestido que traía puesto el manto, en esa precisa mañana, era más que
particular; el tinte cosmético oscilaba entre lo absurdo y lo olvidado, pero
jamás dejaba de ser bellísimo. Mirar mucho tiempo aquel amanecer podría ser
causa de muerte, hay almas que embisten las paredes de su cuerpo para escapar y
viajar eternamente con el amanecer; Yehoshua se sentía un poco así. Venus
seguía durmiendo, las lianas seguían creciendo, la trenza cada vez más cerca
del suelo. Una mañana particular, tal como el color que poseía, y flujos de
ponzoña dulce recorrían las cienes del viajero. Algo ocurría, la sed de su boca
no se saciaba con aquellas vertientes tan puras en el interior del palacio; el
frío en la espalda no se cubría con la luz de siete soles; la flor no se abría
con la brisa de siete lunas…
Dos soles. Recorriendo entre la
flora al interior del palacio, notó Yehoshua que la escalera de fibras que
arduamente iba trenzando ya poseía una longitud considerable; decidido a hacer
una prueba de su utilidad, amarró un extremo a un grueso tórax arbóreo y lo
extendió hasta la terraza exterior y aún continuaba con una gran extensión.
Lanzó el otro extremo al vacío y la punta se logró perder entre las nubes
foliadas más superficiales del grandioso árbol que sostenía el palacio. Gruesos
nudos habían sido dispuestos a lo largo de las lianas, de tal manera que los
débiles pies del viajero no resbalasen con facilidad. Cubrió el envés de sus
manos con hojas frescas y bajó lentamente, siguiendo el camino de su curiosidad.
La corteza del árbol de nubes correspondía a una serie miscelánea de cristales
y minerales dispuestos en láminas gruesas y verticales. “Un río grotesco”,
pensó. En su trayectoria vertical sentía más sensible la brisa, aunque ruidosa,
y ésta se iba atenuando conforme se acercaba a las primeras nubosidades de la
rama más alta. Un calor exquisito, una humedad alterna, una visión muy difusa
y, de pronto, por entre la fluida tez del árbol, se hizo visible la boca de una
caverna, justo al lado izquierdo de su trayectoria y tan solo a unos cuantos
nudos del extremo final de las lianas. En vez de volver a la seguridad de la
terreza, Yehoshua se balanceó hasta conseguir poner un pie en el suelo de la
caverna y con grave error, soltó su única conexión con el palacio. Meditó un
poco, se entristeció y luego se acuclilló para llorar un rato, con la barriga
llena, con la voluntad fofa, con la esperanza babosa. Un desfiladero de
insultos recorrían las quebradas de su cráneo, luego el Tentuu se paseaba muy
animado por las laderas, con sus llamativas plumas (que cambiaban su color
según el antojo de la luz) y más atrás caminaba Venus, con las escamas de sus
piernas reluciendo un verdor pantanoso. Las lágrimas secaron luego, su vientre
te tragó todo el berrinche y, de mala gana, se puso de pie para recorrer la
cueva.
Tres soles. La luz del tercer sol
iluminó en primera instancia el camino que Yehoshua debía recorrer. El punto
del horizonte por el cual emergía aseguraba un par de horas de luz, pero nada
de seguridad. Muchísimas crestas estaban dispuestas de lado a lado, pero ni
arriba ni abajo había púas que hicieran hostil aquel paseo, algo realmente
reconfortante. Brotaba del piso, no obstante, un magnífico césped de rojísimas
algas. El camino era bastante bello, el paseo se hacía cada vez más absorbente
y a ratos Yehoshua olvidaba estar perdido para siempre; creía, en su lugar, que
quizá en aquella cueva podría alimentarse y crecer, incluso llegó a creer en la
posibilidad de que la cueva diese lugar a los pies de árbol y entonces se
encontraría con la piel de Omilen antü. Divagaba inocentemente, y su paso se
vio interrumpido por la oscuridad incipiente, ya había pasado el tiempo en que
el tercer sol pasaba por los puntos benéficos, y la luz del camino se
difuminaba por entre sus córneas. Comenzó a correr y a llorar nuevamente, los
recuerdos estallaron en rubia lluvia en su cabeza. Se tropezó y uno de sus
dedos chilló dolorosamente; Yehoshua, volviendo un poco en sí, le pidió perdón
y en medio de la oscuridad su perdón germinó: más allá se hallaba un resplandor
magenta, que hacía de las algas y las espinas pétreas un vago preludio para lo
que estaba por venir. Con la vida coja, llegó torpemente ante el susurro de la
luz: una cúpula por dentro, un santuario de mármol, una gruta de meditación. Un arbusto entre rojo y verde poseía turgente
sus hojas, todas miraban al viajero con siete venas en la palma; sólo una
sensación de amor y respeto brotó del vientre del bípedo, quien lentamente se
acercó a la falda del arbusto y en ella notó que lo que parecía arena cubriendo
el suelo, en realidad era una macedonia de cristales y semillas.
“Come siete, hijo mío. Intenta
no rechazar tus entrañas y entonces conocerás… Sólo entonces conocerás…”
Una
transición desagradable brotó de cada poro en el lomo de Yehoshua, una cueva
estaba siendo recorrida en la mente del viajero. Parecía como si una metáfora
antropomórfica de aquella planta hubiese surgido desde el interior desde el
origen de la luz y le hubiese abrazado, antes de entrar por la cavidad presente
en el entrecejo; y mientras aquel hombre-planta caminaba por los senderos de la
experiencia, en las extremidades de Yehoshua se iban dibujando siluetas
lineales, se iban encogiendo y pronto resultó que su tamaño se había disminuido
a un tercio.
“Ya está, ahora eres un ave. Un
ave de viento. Anda, cántale a tu materia.”
El
hombre herbáceo tomó cuidadosamente a Yehoshua, hecho pájaro, entre sus
cariñosos brazos, lo llevó por donde vino. El trayecto, a pesar de ser el
mismo, lo percibía diferente, las algas no eran pequeñas, sino magníficas, y
las púas no eran púas, sino escrituras de inmensa sabiduría plasmadas en los
huesos de la caverna. La luz del día se acercaba y Yehoshua comenzó a
desesperarse, algo de improviso se venía con mucha rapidez. El hombre dejó a
nuestro pájaro sólo entre sus herbáceas manos y sin inmutarse lo lanzó más allá
del follaje nuboso. Yehoshua primero vio las hojas de vahos, luego la piel
pétrea del árbol, luego un ojo en cada uno de los tres soles, luego la lejana
imagen de otros tantos árboles de nubes, luego la superficie marina. Comenzaba
a caer, en espiral hacia el extremo suelo. La desesperación soltó carcajadas y
sus alas dibujadas se extendieron humildemente, nada más que eso hizo y la
grandeza del vuelo abordó los ojos del viajero: recorría Omilen antü desde
arriba y podía ver cómo una de sus sombras se iba proyectando, remota e
irregular, entre el oleaje ínfero. Las instrucciones del vuelo eran cariñosas
palabras del viento, las corrientes de aire hacían que virara en uno y otro
sentido, pero jamás aleteaba. Era un descenso dulce y paulatino, marcado por el
ritmo del frecuento reflejo de la luz solar impactando el agua. “Excelso”,
únicamente aquello se le venía a la difusa mente, “excelso…”.
Creyendo que sería un eterno estado
de equilibrio, su voluntad tomó riendas del vuelo y sus alas aletearon en honor
al infinito, aunque pocas veces; en tan solo un instante Yehoshua se encontró
pisando la arena con sus pies de ave. Estaba en una isla pequeña, a lo lejos
pudo divisar el grandísimo árbol de nubes en el cual estaba varado el Palacio
del Liquen, también logró divisar el árbol en el cual vio a Venus, durmiendo dentro
de una geoda. En esta pequeña isla no había mucho que recorrer, había unas
raras inscripciones en la arena, que marcaban la diferencia con las otras
coloraciones por notarse un poco más oscura y fina que sus hermanas
meteorizadas. La pequeña isla comenzó a vibrar, poco a poco los deliciosos
poemas que recitaba la marea fueron disminuyendo su volumen y para cuando
Yehoshua logró llegar al borde de la isla tomó consciencia de que se elevaba;
concluyó, naturalmente, que aquello que creyó era una isla era en realidad una
de esas medusas fertilizadas por los
sembradores. Siguió recorriendo la isla, con un torpe paso. Su instinto le
decía que había algo más que tan solo la medusa y él. Germinaron tres plantas
en la cúspide de la isla, luego Yehoshua se decidió ir allí, esperando por una
mejor vista y un mejor entendimiento de la situación, y se encontró con otro
pájaro, un pájaro de fuego. Éste estaba comiendo de algunas semillas negruzcas
muy cercanas a las plántulas, Yehoshua pensó que sería algún habitante de ese
malicioso pueblo, pero en cuanto en la consciencia del ave de fuego brotó la
presencia del viajero, sus ojos se encontraron, una vertiente de familiaridad
llenó en pecho de las dos aves y un reencuentro espiritual dio fin a la escena.
El viajero despertó muy helado en la terraza del palacio, ya era el atardecer.
Queriendo buscar explicación a
aquello que se retorcía en su vientre, quiso sentarse a meditar y evocar la
situación. Las lianas estaban allí a su lado, aun colgando, pero su coraje
estaba anulado. Trajo hasta su existencia el bellísimo ojo del ave de fuego y
creyó ver a Venus, a un Venus, pero Venus es único y además no tiene fuego…
¿Entonces qué sería? Cómo saberlo, las dudas eran tan grandes que iban
rompiendo la vida en su vientre. Optó por no maltratarse y echarse a dormir ahí
mismo. Se quedó mirando el horizonte, viendo cómo nacía la primera luna y en su
contraste se hizo presente la imagen de la mismísima medusa en la que estuvo
aquella mañana.
“Éste no es Venus, éste es
Mercurio. Te he extrañado, Mercurio.”
Mercurio
a lo lejos, quizá dónde, no pudo evitar mostrarse sincero ante la propuesta de
Yehoshua. Calló un momento y ocultó su sonrisa absurda haciéndole cariño a su
cabellera, tratando de ordenar sus creencias. Volteó y caminó hacia el pequeño pueblo, allí se perdió.
(…) Si bien el Palacio del Líquen y
todo su paradisiaco vientre era inmenso, Yehoshua no tardaría mucho tiempo en
recorrerlo por completo, la incipiente necesidad de recorrer la piel de Omilen
antü ya estaba sembrada en los plantes del bípedo. Sin embargo, bajar del árbol
de nubes era una hazaña casi imposible de realizar, sin perder la consciencia
en el intento; la altura a la cual se encontraba desde la base del árbol era
cien veces la altura del palacio. Venus no se encontraba en esta cúspide, sino
que se encontraba por allí, o por allá, recorriendo esos senderos cardiacos y
cruzando las cuevas alucinatorias, todo lo repartido por el manto de tierra
intermitentemente fértil.
Yehoshua iba sembrando ideas en su
cráneo, para que alguna de ellas diera frutos en algún momento, un fruto que
sostendría el proceso de llevar a cabo la práctica de aquella táctica
escapatoria. Recolectando varias bayas de colores exóticos, recogiendo nueces
amargas y ácidas, adornándose con bellas hojas, alegrándose con perfumes
silvestres, todo para mantenerse ocupado y nutrido hasta que abordase la noche
y los pastizales ominosos le permitieran extender su soñar por las tierras bajas. Lianas y fibras irían armando una
escalera de esfuerzo que le permitiría bajar cien veces la altura del palacio y
poder, finalmente, entregar su cuerpo a las amorosas aguas que reventaban
contra las bases de los árboles de nubes y que también daban lugar a exquisitas
playas en las mejillas de las dos colinas sembradas. Cuatro, cinco, seis y
siete, los soles fueron derritiéndose en el horizonte. Brotaron las estrellas
primas y a lo lejos se veía la retirada de un pequeño grupo de sembradores. La vista era hermosa, un
atardecer potenciado por la rivalidad sensual de siete lunas y siete soles.
Yehoshua, muy exhausto, salió del paraíso piramidal y de cara al atardecer
elevó sus brazos, la palma de sus manos acariciaban aquella peculiar luz que no
pertenecía ni al día ni a la noche, sino a otro lugar del universo que aprovechaba
las transiciones diarias para hacer promoción de su propia existencia, un guiño
de realidad y expansión etérea.
Arribó
la noche, una, dos lunas y Yehoshua ya estaba tendido en la terraza natural del
palacio; crecía entonces el frondoso matorral de sombra, las praderas oscuras y
los árboles ominosos germinaron por primera vez, una noche prometedora. Con las
palmas hacia el cielo, con el pecho hacia el infinito, con los pies hacia el
origen, con la frente hacia la Lepisma y con los ojos hacia sí mismo. El preludio correspondía a la cascada
racional en el valle del silencio. La
transición fue la erupción volcánica por encima del embalse de
pensamientos, el miedo solía brotar por encima de la lava… El intermezzo es siempre fugaz, pero trascendental; la golondrina
vuela cerca de la cara, pero no se debe atrapar. La ligereza era diferente, el
equilibrio ahora estaba sostenido por cuatro patas y abrigado por un curioso
pelaje canino. Yehoshua se encontraba inmerso en su soñar y acompañado de otros dos perros
de luz. Ágiles, veloces, atentos, contentos, corrían por entre las hierbas,
por encima de la tenue marea, saltaban por encima de los ápices pétreos de
aquellas colinas que despertaban paulatinamente de sus aposentos marinos. El
onironauta no comprendía hacia dónde se dirigían, de seguro Venus no se
encontraba entre ellos, Venus seguía durmiendo dentro de la geoda. Dieciséis
palmadas, dieciséis pasos percutiendo contra el agua, todos en la misma
dirección, en el mismo sentido y con la misma intención: llegar.
La frondosa selva de oscuridad se
difuminó, se abrió un claro inmenso y encima de él se encontraba la noche
estrellada. Las siete lunas estaban ordenadas y la imperiosa luz cargaba los
manchones en el pelaje de los tres canes, Yehoshua en ese momento sintió como
una energía potente y abrigada recorría las venas azules del animal en el que
se manifestaba. Todo era ahora más
claro, un flujo manganeso y fluorescente a ratos se repartía por las líneas de
la pradera; un rocío de igual color, pero esparcido en el aire, se entregaba a
las corrientes de viento que cortaban las aguas. Oscilaban las mareas,
oscilaban los pastizales, pero los perros se mantenían estables en su lugar,
enfrentando el oleaje esporádico con destellos de luz, destellos de amor. De pronto,
los dos perros desconocidos se detuvieron de golpe; Yehoshua se esforzó por
hacer lo mismo. Bajaron sus cabezas, rectaron sus orejas y el olfato dirigido
hacia el llegar. Un amanecer de
extrañísimas aves estruendosas reventó en el lugar. Las vibraciones provocaron
un aumento considerable en ese flujo luminoso en los pastizales y aquella
dolorosa luz se levantó enfrente de ellos, descubriendo un pequeño pueblo.
Grotescas imágenes se presentaron ahí mismo, unas edificaciones aparentemente
fúngicas, tan solo el contraste de éstas ante los ojos de los tres perros y por
detrás de ellos las ondas mezclándose con el cielo, al igual que los pájaros
entregados a su vuelo, escapando de aquello. El vientre de Yehoshua se
retorcía, un sudor frío y la agudeza de los oídos; entidades hablando en
idiomas extraños, bailando alrededor de fuegos verdes, ojos, bocas, pelo y
serpientes. Qué sensación más amarga, qué ganas de volver en sí, qué ganas de
abrazar a Venus y olvidar lo que presenciaba, olvidar que en Omilen antü se
estaba desarrollando una patógena civilización, pero oriunda del lugar. Un
desafío más anotado en la lista de la voluntad.
Los perros fueron descubiertos por
los oculares de uno de los pueblerinos, luego una fémina sollozaba con sus
cabellos y una bruja apareció en la esquina de la pradera. Fuego, miedo,
silencio, ruido, cantos, bailes, saltos, praderas, sombras, barrancos,
senderos, dunas, médanos, terrazas marinas, árboles de nubes, algunas acacias,
un oniscídeo y reventó la paciencia de los tres perros que escapaban del lugar
sin querer intervenir; sus vientres se alzaron y con la oración más pura de
compasión comenzaron a disparar amor a sus casi-captores. Algunos quedaron
embotados por las balas de consciencia, pero otros siguieron persiguiendo a los
intrusos más allá de los límites del claro. Una vez en aquella frondosa selva
de sombras, el miedo sembrado en la cervical del manifiesto de Yehoshua se
tranquilizó y varias semillas se mezclaron con la agitada marea que sostenía la
persecución, muchísimos cardos tóxicos germinaban y crecían tras el paso de los
perros, una barrera que los persecutores no pudieron superar, aterrados de la
realidad.
Despertó empapado en miedo, con el
corazón bailando y el segundo sol mirándole de frente. Había acabado. Un
pequeño pueblo había por ahí, por lo que había de tener cuidado ¿Qué sería de
Venus andando por la faz del planeta? ¿Sabría acaso él de la existencia de
estos violentos seres? Aunque Venus pudiese escuchar las súplicas de Yehoshua a
lo lejos, éste seguiría durmiendo.
“Resiste, aún estoy muy
cansado.”
Por
entre las auroras del horizonte, embestía la melodía de varias cuerdas…