martes, 26 de agosto de 2014

Patrones arbóreos

Se fueron entregando al pasillo de negra roca, pronto sus pasos sincronizados perdieron la sombra que generaba la luz del exterior y sólo el brote rítmico de sus pies les hacía tomar consciencia de dónde se encontraban: infinitamente lejos de allí e infinitamente lejos de allá. La presencia del ave y el delicioso sonido que emitían sus plumas al acariciarse unas contra las otras se fue haciendo cada vez más vigoroso y se iba mezclando con la negrura del lugar, el pasillo por el que andaban parecía convertido en un galpón inmerso en repercusión. Yehoshua no se sentía solo, se sentía completamente acogido por el abrazo lejano del ave y el de un tercer personaje que sabía jamás haber conocido, las tres vitalidades fluían en tres corazones distintos que trenzaban sus filamentos de sangre en un nivel perceptivo mucho más colosal que todo el ominoso sendero que debía cruzar. Una implosión, una explosión, una tranquilidad diversa.
Yehoshua notó de pronto que delante de él se aproximaba lo que parecía ser el final de aquel largo pasillo. Corriendo, se apresuró a cruzar el portal y se encontró en un paraíso hundido en una atmósfera esmeralda, un vergel habitado por una flora que se le hacía familiar y desconocida a la vez, algo que dejaba atónita a la experiencia pero entregaba comodidad a la voluntad. Volteó para entregar una mirada de esperanza al Tentuu, pero el camino por donde vino ya no estaba, se extendía en su lugar una de las cuatro paredes correspondientes al interior de la pirámide. Una pena quiso abordar las sensaciones del viajero, pero la trenza de la vitalidad no se lo permitió. Los oculares llevaron su atención nuevamente a la curiosa frondosidad del lugar, luego sus pies se permitieron pasear por entre las especies rastreras y herbáceas, de tamaño reducido, que crecían sobre un terroso magenta. Intentó hablar con las nuevas caras que se iban colando por entre la memoria y en ellas reconoció propiedades.
"Tú eres vigorizante, tú traes el sueño, tú evocas un olor de abrazo, tú vuelves concreto lo que se me hace insípido, tú sanas la piel, tú calmas el alma, tú invocas un fuego..."
Pronto se decidió a levantar la vista y se encontró con formas arbóreas de lo más petrificantes; unos cuantos eran frutales que saciarían su hambre, otros cuantos presentaban semillas que le prepararían para los viajes y la otra gran mayoría expresaba su felicidad florígena: flores por todos lados, flores en la mente, en el pecho y en el vientre. Fue recolectando uno a uno los materiales que le servirían y por allí encontró fibras desechadas por una extraña liana, con las que construyó una parcial vestimenta. Caminaba despacio, sincero con el suelo, suplicando por el encuentro entre los pliegues de sus pies y la porosidad de la tierra. Arriba, en lo más alto, se encontraba la cúspide interior de la pirámide de la que brotaba continuamente una refulgencia amorosa y oscilante, cubriendo de energía toda la superficie del poco descubierto bosque.
Yehoshua se olvidó a sí mismo, evento que su instinto aprovechó para llevarlo a una densa población de hongos más altos que él; las esporas que se repartían en una agradable brisa iban como contándole una historia al caminante, de tal manera que en lo alto del paisaje podía ver cómo se colaba la grandeza de flores arbóreas por entre lo que las hifas no alcanzaban a esconder de aquel limitado cielo. Una sensación extraña habitaba el lugar, notó en aquel instante que el silencio que gobernaba el exterior estaba disminuido aquí y que melodías ornitológicas planeaban por entre la altura de aquellas flores, sedimentando en los oídos de quien los oye. En ese preciso sector las flores no se encontraban en la mente, ni en el pecho, ni en el vientre, sino que en la coronilla. Un colosal animal, nacido de una coronilla, se presentó ante Yehoshua, quien de primeras sólo alcanzó a ver sus pezuñas alzándose por encima del sombrero de los hongos. Su vientre se afirmó contra sí, aquella aparición era de extrema espiritualidad y llevaba su piel a un terreno hipersensorial. El animal, similar a una de las jirafas del antiguo mundo, rotó su cráneo desde las alturas y posicionó su ojo izquierdo sobre el ojo derecho de Yehoshua; entonces púdose apreciar el pelaje lustrado de aquel coloso, una alfombra de pelo negro y blanco habitada por texturas y patrones de belleza indescriptible. Algo, que provenía del vientre del gigante cuadrúpedo, tocó un sector interno del cráneo del viajero y sólo en ese momento se dio lugar a una charla fugaz:
"Somos la expresión de la voluntad del Tentuu, has hecho bien al ponerlo en su lugar, Yehoshua. El Palacio del Líquen es un altar para los hijos de la Lepisma, aquellos hijos que no dudan y sólo crean. Yo mismo, deidad de la sinceridad y la confusión, he surgido de su implume vientre y no tengo color. Absolutamente todo lo que puedas ver es una expresión en extremo de un ápice sensitivo del Tentuu. Alguna de sus plumas ha germinado en esta anciana tierra, pero otras tantas deben salir al encuentro con el desierto. Yehoshua, encárgate de crear el viento que reparte los corimbos en Omilen antü.”
Aquella deidad, hija de los dos extremos de una misma verdad, se retiró silenciosa como estuvo en todo momento. Las texturas de su pelaje variaban conforme el ritmo de sus pasos y pronto Yehoshua se quedó hundido entre el cantar de aquellas aves que no podía discernir por la fuerte luz venida de la cúspide. Un canto sobrevoló las cienes del viajero y éste se decidió por buscar alguna salida del interior de la pirámide; se armó de reservas de alimento y con más filamentos vegetales montó una serie de telas burdas que le abrigarían y le servirían de sostén, por último confeccionó un par de babuchas por si en el camino se le presentaban dificultades al andar.
Recorrió la ladera más cercana del interior y con ella se fue guiando para ir conociendo el bosque, aunque desde afuera. Había sectores pantanosos, donde un el esmeralda del cielo se intensificaba en el agua; había riachuelos que brotaban de árboles cortados, cosa que aprovechó para saciar su olvidada sed; habían praderas, claros, quebradas; había toda una paleta de relieves distribuidos con un orden definido, pero complejo. La luz de la cúspide comenzó a degradar su intensidad y pronto se elevó el atardecer; Yehoshua comprendía que era el momento en que había exactamente tres soles y tres lunas en el cielo del desierto. La sombra creció por entre las hierbas, formando vastos campos de cereales ominosos, cubriendo toda la belleza que dejaba ver la luz. La nueva selva de largos tallos parecía ser aún más confidente que toda la flora de día. Un sueño atacó gravemente a Yehoshua, por efecto de las melodías ornitológicas, que iban variando según el horario, y terminó por caer rendido entre esa miscelánea recopilación de tonos negros y grises que cubrieron el terroso magenta. El silencio abordó la cavidad interior del viajero, aquel sector que la deidad de sinceridad y confusión tocó pronto comenzó a fructificar, vibraciones circulatorias y cardiacas despertaron a Yehoshua, se levantó de donde estaba y comenzó a correr. Sin siquiera tropezar, se movía con agilidad y belleza por entre el bosque y la flora ominosa, sus pies no parecían despegarse del suelo, sino que se turnaban para mantenerse conectados con éste y posicionarse en los puntos exactos de luz celeste que armaron un camino. Ni cansancio ni sueño había en toda la pirámide, sólo había una planta que destellaba colores tóxicos y verdad hiriente por las pupilas de sus hojas. Aquella planta trajo de rodillas a Yehoshua y cuando éste llegó, dos peces antagónicos y complementarios surgieron de las destapadas radículas del vegetal. Cada uno de aquellos peces nadaba en el bajo cielo y se retorcía alrededor de la visión del arrodillado; hacían que en sus pensamientos brotaran tentaciones, recuerdos dolorosos e ideas de destrucción. Yehoshua sufría, estaba experimentando una tortura, los peces se movían por entre el relieve de su cerebro y con las escamas raspaban las paredes más inestables, generando un sinnúmero de sangrientos derrumbes. La hostilidad de sus huesos, la composición física de sus pieles eran imbricadas escamas ponzoñosas, teñidas con curiosas situaciones de peligrosa vitalidad y estaban ahora infectando las tierras morales de Yehoshua, colonizando un paisaje apenas explorado de extremo endemismo. Un ápice de oportunidad jamás sería derrotado, pues en lo más profundo del propio ser siempre se encuentra el equilibrio y la paz, como si nuestros cuerpos y la totalidad de nuestros seres no fuese más que una testa efímera que se degrada en cada vida y luego viene otra.
“Si quieres seguir siendo parte de esta semilla, no dejes que el clima te erosione, Yehoshua.”
“La sinceridad y la confusión son lo mismo, en distinto orden.”
Allá a lo lejos del paisaje moral se alzaba un volcán, aquel ápice más próximo a lo inmenso del ser interior, y toda la caótica situación gatilló la erupción del cambio. Una sonrisa maliciosa reventó y el magma sufría la constante metamorfosis al unirse con el aire; todo el paisaje de Yehoshua estaba siendo cubierto por una capa de lava que eliminaba absolutamente toda la flora y la fauna propensa a las enfermedades morales que los dos peces sembraban. Esto ocurrió únicamente porque el viajero lo permitió, al decidir ya no temerle al cambio. Las brisas aumentaron y aquella obsidiana que se extendía como rayado suelo se calmó, Yehoshua volvió en sí, volvió a hallarse dentro del Palacio del Líquen y ese frondoso bosque de cereales, incluso estaban allí en frente los dos peces que tanto dolor le levantaron. Muchos años tendrían que pasar y duro debería trabajar para que aquella tierra de vidrio, la de su interior, diera lugar a una nueva vida.
“Has hecho bien Yehoshua; has puesto al Tentuu en su lugar y también te has puesto a ti mismo en tu lugar. Bienvenido seas a Omilen antü.”
Los dos peces giraban amablemente en sí mismos, simulando cada uno la espiral de la vida y la espiral de la muerte, un uróboro de lo absoluto ante los tres oculares del viajero; así siguió el espectáculo de bucles hasta el amanecer, cuando las siete lunas ya hubiesen caminado tímidamente por todo el sendero de estrellas que surcaba el cielo. La mañana indicó a Yehoshua que debía moverse, y en cuando la flora ominosa comenzó a desintegrarse por la luz, el viajero se vio su cuerpo recostado en medio del bosque. Dudas brotaban de un vientre hirviendo, pero pestañó y se encontró recostado en el suelo. La dualidad de su ser le había empapado de cuestionamientos y, entre la numerosa variedad de cosas desconocidas que debía responder, halló dos escamas brillantes entre sus manos, una azul y otra roja. Caminó buscando aquella planta que vio en su soñar y cuando el paisaje se le hizo familiar, aquel lugar donde tuvo el encuentro con los dos peces hostiles, plantó la dos escamas sin salir victorioso de su propia búsqueda.
El bucle hecho por los peces simulaba una sensación menor en el pecho de Yehoshua, la cantidad de dudas que abordaban su mente era tal que se sentía embotado a cada instante; su paso era denso y torpe, como una brisa viciada. De pronto, una corriente de aire lleva esta brisa a una salida, donde la sensación de vida era fresca y fluida. Yehoshua notó estar frente a una de las paredes de la pirámide y a cierta distancia de la tierra magenta se hallaba una tosca ventana. Subió con dificultad y el aliento del exterior hizo que sus ojos se cerrasen antes de apreciar la escena, pero sus manos y sus pies se sostenían con amor a la negra piedra de la pirámide; con total seguridad respiró y recitó su predicción:
“En la cúspide, en la copa de un árbol de nubes se halla varado el Palacio del Líquen. Un polinizador atento ha traído la fertilidad a la forma arbórea más extensa de todo Omilen antü, con tal prontitud que jamás alcancé a ver sus flores, pero hoy puedo sentir sus frutos…”
La altura a la que encontraba era desproporcionada. Primero, un follaje de vapores y luego el tronco pétreo. Por entre las nubes nacían los frutos, inmensos peces vela de escamas rojas y azules, eclosionaban desde el tallo y luego se lanzaban al cielo para impactar contra el suelo, un destello de amor en su misión rompía la lógica y reventaban un trocito de mar. Charcos, esteros, lagunas, lagos, todos unidos fueron hidratando los sectores cercanos a este árbol de nubes, empero pronto germinaron otras piedras pulidas y nuevos árboles crecieron para dar lugar al mar, al inmenso mar. El oleaje asustó al silencio impío que habitaba hasta entonces el desierto.
“En la cúspide, en la copa de un árbol de nubes se halla varado el Palacio del Líquen. Más allá, dos, tres, cuatro, cinco árboles más crecen. Seis, siete; otros tantos formarán un círculo siguiendo el camino del alma, donde yace dormido el hijo del Nilo, Venus. Desde aquí lo veo…”

martes, 12 de agosto de 2014

El palacio del líquen

Siete soles se asomaban por el erizado horizonte, definiendo de esta manera el día. Se acomodaban el en extremo contrario y siete atardeceres tomados de la mano teñían el cielo de colores cardíacos, así como paralelamente Yehoshua pasaba sus dedos por el rosario que habitaba su tobillo. Luego de que las siete caras acabasen de ruborizar el cielo, siete lunas iban caminando tímidamente por entre las estrellas. Aquel ave, cuyo plumaje servía de sombra a Yehoshua durante el día y abrigo durante la noche, hablaba un idioma tan ajeno al corazón del viajero que de ningún modo lograron entenderse; sólo destellos del instinto les permitían viajar descalzos en la misma dirección: hacia allá.
El curioso valle se extendía muy por encima de los oculares del ave, su paso pesado se estremecía ante el oleaje pétreo de las colinas que alzaban sus rocosas células desde la tierra, los minerales asomaban oraciones por las laderas y tinturaban rutas de vuelo, oscilantes e inalcanzables, serpenteaban helicoidales, zigzagueantes, ausentes y eternas. Un día había de cumplirse, Yehoshua comenzaba a sentir un hambre en el vientre y en medio de este valle desértico tanto complicado era encontrar algo comestible que no fuesen los dos patiperros, uno lampiño y otro emplumado. El silencio dejó ante los oídos las melodías de un viento incipiente, algún recuerdo del aire rondaba por ahí y quizá podía ofrecer pista de vida, pero el cansancio en las plantas de los viajeros les terminó por derrotar y el ave se desparramó ante una lápida de piedra pulida. Yehoshua, aún con un poco de energía quiso seguir el rastro de la brisa, se adentró por entre las cónicas colinas y en ellas encontró un vergel de sombras, matorrales ominosos y pastizales de oscuridad se hacían lugar entre los pliegues geográficos. El follaje de aquella flora, abstracta y poco apetitosa, tiritaba levemente ante el paso de la brisa aún más oscura que ellas mismas, extendíase el susurro muy por entre las pronunciadas dunas y allí, un poco más lejos de esos ídolos de piedra, aparecía un ápice negro que escapaba de lo abstracto. Los pies cansados del bípedo cruzaron las laderas, su propio vientre venía alumbrando el camino en penumbras, con colores difícilmente definibles logró discernir entre las páginas de tierra  una pirámide hecha enteramente de piedra. Vapores excesivos fluían y un calor tremendo echaba raíces hacia el cielo y permitía que sobre la piedra creciesen aquellos primordios de color, líquenes por todo el paisaje triangular. Unos cuántos por las esquinas, otros tantos en la punta; había uno circular, crecía desde el centro y se extendía casi perfectamente hasta todos los puntos exteriores. "Un ojo" pensó Yehoshua, y en cuanto esto cruzó su ruidosa mente, dos de aquellos lentos seres dejaron a la vista un portal y un larguísimo pasillo en su interior, una alfombra se extendió desde la base de la pirámide hasta los pies de Yehoshua. Se dio lugar a una pequeña vacilación decisiva, pero algo en el confundido hizo que su pie izquierdo tomara lugar en la rugosa textura de la tela y a medida que sus pies iban avanzando por ese camino de vellosidades, una historia se iba dibujando entre sus cálidos colores. Paralelamente, la pradera de la sombra iba despojándose de lo que Yehoshua creía el suelo, dejando ante la luz de las siete lunas un acantilado hipnótico, comprendió entonces que no debía mirar hacia abajo, sino la historia que se le iba relatando en la transición al portal de aquel palacio.
"Un día, un hijo del Nilo rindió homenaje a la belleza, en un lugar donde el mar y la arena se juntaban a vivir. Sin embargo, una disputa dolorosa germinó entre las dos complementarias entidades y el cielo se llevó todo lo que pudo, con ello el círculo de árboles y el más bello hijo del Nilo en su interior. Aquél círculo era un círculo de hermosos árboles que evocaban El Sol en cada una de sus flores, fueron la sangre que pagó el pasaje al universo que este hijo del Nilo ganó.
Aquel que agita sus patas en lo más alto de universo envió dos de sus hijas, un trueque de dos medusas por un hombre. De esta manera, Venus, el hijo del Nilo, fue depositado en Omilen antü. La imaginación y la creación entre las grietas de su cráneo florecieron de inmediato y construyó un palacio, su propio palacio. El Palacio del Líquen. Un premio al hijo del Nilo por traer consigo, en su cuerpo, el único material necesario para la creación, la forma más pura de amor, un río de amor."
La historia dejó de dibujarse entre los hilos de la alfombra: el portal de la pirámide de negra piedra dejó ante los ojos de Yehoshua sus deslumbrantes proporciones, que a su vez eran diminutas con respecto a los líquenes que le habitaban y las dimensiones exageradas de la pirámide. La oscuridad del camino que venía en frente le dijo de un solo susurro, el mismo susurro que le obligó a venir hasta este lugar, que si pisaba no había vuelta atrás. Yehoshua volvió por donde venía, venciendo el vértigo, pero con la intención de volver con el mismo ave que le acogió en su llegada y ahora desfallecía en una lápida que ella misma eligió.
Aproximábase ante la figura del ave, ante sus valiosas flores y creyéndola muerta, una lágrima escapó de sus lagrimales y se escabulló entre su garganta para obligarle a pronunciar "Tentuu". Las tóxicas flores se cerraron de un pestañear, un fruto hostil nació de cada una y el plumaje del ave despertó en color; sus párpados se abrieron lentamente y clavó uno de sus ojos en el recíproco de Yehoshua. La vitalidad de uno y de otro se trenzaron, junto con una tercera y desconocida vitalidad. Varias visualizaciones hubieron de cruzar los oculares del lampiño y el emplumado, hasta que la charla de luces cedió. Una sincronía de pisadas se dibujó por entre las páginas de tierra, luego resonaron armónicamente por la historia de la alfombra, mientras el aullido del amanecer iba digiriendo toda la flora ominosa, todas las praderas de sombra y todo camino recorrido. El acantilado bajo la alfombra se hizo cada vez más presente y pronto se hallaron en el portal del Palacio del Líquen, flotando sobre la superficie terrestre. Helechos, vapores, líquenes y la negra piedra acogieron a los dos viajeros entre las entrañas pétreas de la pirámide. Un pedazo de alfombra quedaba aún sin ser dibujado; Yehoshua lo puso en el espaldar del ave y allí un trozo de historia se dibujó:
"El Tentuu, ave hija de la sombra, traerá desde la cripta de su corazón un canto tan tóxico como su propio espíritu. Esta es la metáfora más pura del arte."

domingo, 27 de julio de 2014

Los hexagramas

Una noche, la última, dejó al descubierto un manto infestado de soles remotos y persas. El desierto tenía grandes explicaciones, esto hacía que cada cosa que le habitaba tuviese un sentido inimaginable; toda una geografía descubierta, toda la historia resumida en un millón de granos de arena. Los pies de Yehoshua ya no se paseaban únicamente tranquilos por sobre la tierra, sino que parecían tomar consciencia de las diminutas variaciones espaciales que descubría aquella piel áspera. Por la mente del viajero se paseaba una semilla inquietante, una semilla del Cero, y le gritaba burlonamente “derrumbe, derrumbe, derrumbe”; por alguna extraña razón, la cúspide de su búsqueda, los Jardines de Colgantes de Babilonia, no eran más que nuevos ladrillos para otra pirámide, justo al lado de la anterior. La oscilación térmica y emocional concluyó en la erupción de las edificaciones internas en el cuerpo de Yehoshua, sentíase identificado con las dunas del desierto, porque así se encontraba. Tal como la semilla orogénica se alojaba en su vientre, atenta, él se encontraba en medio de la exagerada extensión de silencio.
Texturas brotaban de sus pasos, una y otra vez el viento respiraba por entre sus dedos; los patrones neuronales se dejaban al descubierto, cubrían la superficie terrestre y pronto se evaporaban para pintar el cielo estrellado, y en cada estrella construían un hermoso ventanal que no interfiriera con el deber de la adoración. Una techo de tierra, baldosas de cielo, extraños gusanos pintados hasta las uñas levantaron sus cuerpos al ritmo de los pies de Yehoshua, se enamoraban y trenzaban colosales columnas, pulso a pulso iban construyendo un pasillo que se encontraba entre lo alto y lo bajo, un pasillo que era el encuentro entre el aire y las piedras. El humor de la noche iba permutando en un acuoso paraíso. Cada uno de los cabellos de Yehoshua, oculto bajo el abrigo de un amable turbante, escapó por los laberintos de las telas y se entregó al vapor seco del exterior. Aunque la escena era francamente imposible, ocurría, pero los ojos de Yehoshua sostenían la vista en un punto ausente, muy allá, un ombligo arriba del horizonte, de esta manera invocó sin esfuerzo la realidad de ese desierto.
Sus pies en lo alto y a lo lejos, unas raíces en lo bajo. Corona del Inca susurraron flautas y tambores, ordenados por el pulso del paso. Un arbusto hermoso, de grandes hojas y grandes flores presentaba su hábito con sincero esplendor; desde el ápice surgían delicados pétalos rojos y luego, pasando por un sendero de verdor, la rama desnuda presentábase ante Yehoshua. Una planta de felicidad hexagonal le pidió al viajero que calmara sus pasiones, que trajese la ecuanimidad hasta la altura de toda su piel.
“Bienvenido al corazón de los Jardines Colgantes, Yehoshua. Te felicito, ha sido una hazaña del arte del soñar.”
Un lápiz de esfuerzo en la mano derecha, un pincel de sangre en la mano izquierda. Instintivamente, y sin dejar la postura de La Flor de Acacia, Yehoshua trazó en las baldosas de cielo un hexagrama que daba origen a seis más. En sentido anti-horario dispuso las semillas desde el Uno hasta el Seis. En el hexágono central se encontraba él, la semilla del Siete, la orogénica. Bajo la sombra de aquella Corona del Inca todo era fuera de lugar. Un demonio germinó de cada una de las semillas en cada uno de los hexagramas apicales. Un miedo inmenso germinaba de la semilla orogénica en el vientre de Yehoshua, pero este se debía a la falta de luz. El viajero relajó sus músculos, dejó ver su vientre a los ojos de la planta y sobre él calló una flor hexagonal.  Un destello doloroso dejó todos sus sentidos embotados, todos en Cero.
Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Yehoshua, Cero. Gracias hijo de la Acacia.”

Cinco niños estrella iban por delante, cinco perros oscuros con cinco carabelas respectivamente unidas a sus cervicales iban por detrás. Al invocar los hexagramas bajo la sombra de la planta hija del Seis, Yehoshua derrumbó su propio mundo. El efecto de la semilla del Cero fue perfecto, un trueque justo. Desconcertado, miró a su alrededor y ya no se encontraba ningún patrón desértico, ni las baldosas de cielo ni el techo de tierra; se encontraban las estrellas liberadas. Atrás, el planeta y la cara de Xératum en su cuerpo, despidiéndole cariñosamente. Delante, el  cadáver del ave, que por cada aleteo recuperaba la carne sobre sus huesos y en su nuca un fuego azul; más allá, El Sol. El universo entero calló, la Lepisma pestañó y Yehoshua se encontraba en su destino, una transición acabó; un trozo de tierra desconocido para todo el cuerpo del viajero tenía lugar bajo su asiento, ya no había una semilla del Cero en su vientre, sino que una semilla del Siete. Sus túnicas habían desaparecido, se encontraba desnudo bajo la tenue luz de un curioso sol y, como si alguien hubiese decidido la posición de su nuevo nacimiento, se encontraba abrazando un cofre de arena, en cuyo interior se alojaban cinco semillas de amor, cinco palabras de mar, cinco palabras de estrella, cinco palabras de cuarzo, cinco semillas de equilibrio y un poema de lo eterno. Yehoshua reconoció estos tesoros, eran las ofrendas para un nuevo soñar; sin embargo, faltaba una cosa, un huevo tóxico. Un escalofrío recorrió toda su cervical, un calor en la nuca le hizo levantar la mirada y por entre las colinas que se disponían en ese momento había un ave de gran envergadura, un ave curioso, de plumaje gris y ponzoñosas flores que invitaban al viajero a alojarse bajo la sombra que derrumbaba bajo el implume follaje del animal, le invitaban a abrazar un tronco hecho de piel, ausente de raíces. Yehoshua se encontraba quizás en un lugar del universo que estaba un poco más cerca de la Lepisma, quizás un poco más cerca de lo que creía.

sábado, 26 de julio de 2014

Los hexagramas y la orogénesis

Un desplazamiento tenue, a la velocidad de un atardecer. Los cinco perros oscuros iban unidos cervicalmente con cinco respectivas carabelas; aquellos canes también poseían la facultad del soñar, era por ello, por su propia templanza, que podían llevar a cabo una tarea en las ofrendas oníricas. Una simbiosis entre carabelas y perros, que traía beneficios tanto para la raza onírica, como para la raza pseudo-física. Los pasos de Yehoshua se hacían cansados, no había podido entregarse al descanso por este larguísimo evento, que ni siquiera tenía modo alguno de medirlo, no había forma de comparar un momento y otro por la monotonía lumínica. El último rayo de El Sol seguía ahí, intacto; lo único que cambiaba lo suficiente como para percibir variaciones era la cabeza fogosa de El Silencio, las historias de este desierto no le fueron contadas por los otros silencios que habitaban el lugar. El llanto del mar se escuchaba a lo lejos, pero nadie estaba seguro de que esto fuese cierto, pues las imágenes que invocaban las carabelas parecían tan reales y tan tangibles que pudieron haber confundido a cualquier otro ser que interviniese en el transcurso de los relatos  al llegar “casualmente” a ese fractal de las dunas marinas.
“Seis. La orogénesis. Varios hijos de la Lepisma fueron lanzados al planeta, de tal manera que tuviesen la labor de guiar a las civilizaciones que allí iban proliferando. Para cada nivel de la consciencia existía un hijo, y cada civilización le brindaba un nombre distinto. Muy temprano en la evolución de la magia en cada cultura, hubo uno de  aquellos hijos que fue dejando semillas del arte del soñar por todo el mundo; una semilla tras otra en las cienes del personaje equivalente a la cumbre mística de cada tribu. Enseñanzas integrales, efectivas, empáticas.
Aquel dios llegó al mundo más desnudo que todos los demás, pero mantenía una directa conversación con la Lepisma, quien le dijo una vez “no dejes de fluir, o será tu muerte”. La severidad de su origen le causaba un inmenso malestar al momento de dormir; si bien todo el cuerpo seguía fluyendo y la mente también, al reparar y ordenar los asuntos del día, el espíritu manteníase quieto. Noche, tras día, tras amanecer, tras atardecer, tras eclipse fueron acumulando ideas para este dios. Aprendiendo de lo que iban enseñando sus hermanas y hermanos en la totalidad de las culturas, descubrió que había una manera de llevar al espíritu al flujo continuo día y noche: soñando.
Soñar, Xératum se hizo llamar y también bautizó al arte de esta manera, una palabra que encontró en los lugares del mundo más inéditos. Era más fácil llegar a la realidad de las cosas estaba presente para aquellas remotas épocas; los espíritus se paseaban claramente por la faz del planeta, los animales con sus verdaderas formas, pero fueron  los vegetales fueron quienes mostraron gran pista: sus raíces no estaban únicamente conectadas al alma del planeta, sino que tenían una conexión permanente con el aquí y el allá. Soñar permitía a la raza verde pasear entre la vida y la muerte, sin que tuviesen sectores definidos del día para aparecer o desaparecer. La raza verde fluía constantemente. Las praderas australes, palacios de altura, extensas moradas de los silencios, reinos de hielo, todos eran claramente carentes de vida discernible, pero aquellos sectores imposibles eran los más recurridos paraderos para el lado muerto. En un mundo y en otro, existían ciertas conexiones que se repetían y se presentaban desde un plano a otro. Xératum descubrió esto y comprendió que lanzando su alma al flujo, cuando el cuerpo y la menta se mantenían en el equilibrio del descanso, podría entregarse fácilmente al mundo de lo muerto y poder percibir una dual realidad de las cosas. Todo era cierto, y según el punto de vista era falso. Todos los caminos que recorrió, todas las plantas que conoció, absolutamente todo tenía una traducción en palabras venidas desde el interior, con estas palabras fue enseñando a los chamanes, a los místicos, a los brujos, a cualquiera que tuviese un ápice de su ser dedicado al mundo de lo muerto. Quietud, Equilibrio, Valentía, Desapego, Justicia, y muchas otras palabras que ayudaban al aprendiz a internarse en el arte del soñar. Xératum no era un dios muy presente, no se jactaba de sus enseñanzas, pues no era poseedor de algo que sólo él podía otorgar, sino que descubrió una flor allí donde nadie se había enterado que se podía mirar. A pesar de esto, por más de una razón era un hijo de la Lepisma, como el sueño mismo, él no debía dejar de fluir. Era el principal médium, un túnel  para llegar al soñar, un engranaje trascendental en aquella máquina onírica.
Xératum dejó una vez su cuerpo en algún lugar y salió a recorrer con su soñar. Pasó por cuevas, dejó su instinto atrás, se internó entre caminos de enredaderas, cruzó bosques de raíces, escaló hojas caducas, apreció el mundo desde la altura de las espinas, conoció cuanta flor se presentaba en el mundo de lo muerto y buscaba alguna relación al comparar la felicidad de la planta con la flor que se presentaba en el mundo de lo vivo. Se entregó a las llanuras conocimiento, y del conocimiento llegó a las lejanas tierras del poder, la temida geografía del poder. Cuando iba caminando por la muerta ladera de una cordillera, un arbusto que permanecía constante tanto en lo vivo como en lo muerto le llamó la atención; bajo su follaje se extendía un grupo de demonios, que compartían música, tisanas y poemas. Las formas de cada uno era tan bella y curiosa para Xératum, tanto que se vio obligado a compartir con ellos. Por fin, dentro de todos los tiempos que llevaba descubriendo la dualidad de las cosas en los mundos, se encontraba con algo oriundo de lo muerto, pues hasta los espíritus tenían lugar en los dos mundos. Aquellos demonios fueron muy amables con el soñador, no habían visto jamás algo tan nuevo en el mundo de lo muerto. Xératum les hablaba del mundo de lo vivo, y cada una de las facciones de los demonios se mostraba sorprendida ante tan bellísima y viva descripción, sin embargo, el mundo de lo muerto nada tenía que envidiar. Por su parte, los demonios, que eran seis, hablaron a Xératum del mundo en el que vivían; viajaban de lugar en lugar, pero este planeta apenas lo iban conociendo, sólo el arbusto que les otorgaba sombra les había recibido en el momento de su llegada, pues sus flores les habían llamado desde lo muy lejano. La conversación se extendió bastante, hasta el momento en que a los demonios les ganó el cansancio, sus pies estaban exhaustos después de presionar inmensos senderos cósmicos una y otra vez; Xératum besó la nuca de cada uno de ellos y descubrió un hexagrama distinto en cada una de ellas. Aquella amistad se volvería eterna, se prometieron volver a encontrarse en alguno de aquellos lugares en que el mundo de lo vivo y el mundo de lo muerto se encontraban y formaban juramentos diariamente.
El paseo del soñador siguió por la misma ladera, otro arbusto de la misma especie le encontró, y creyendo a los hexagramas los responsables de traer demonios a este mundo, dibujó uno a los pies del arbusto. Notó entonces que la flor de aquel arbusto era también una especie de hexagrama, y sus colores vivos y muertos evocaban el seis. Guardó seis semillas en su vientre onírico, tomó una flor y la puso al centro del hexagrama; levantó la vista para ver si se acercaban demonios al planeta, pero el paisaje había cambiado completamente, un mar hermoso se largaba por todo el horizonte, plantas inmensamente poderosas se hacían amorosamente a la arena, abrazándola en cada paso de su crecimiento. Las nubes salían del agua, y se recostaban en la arena para disfrutar de El Sol, paulatinamente partían al cielo para viajar una vez más. Xératum olvidó todo lo que era, dejó una vida atrás. Conversaba con todas las plantas, pero ninguna le respondía. Algo extraño sucedía, no le era posible discernir si era el mundo de lo vivo o el mundo de lo muerto, nada le entregaba pista de dónde se encontraba. Perdido en sí, comenzó a caminar por la eterna playa, la belleza de lo que vivía hacía que sus preocupaciones se fueran, se olvidó de su labor educativa, se olvidó de ser un hijo de la Lepisma, se olvidó de su nombre. El hálito marina cruzaba por su vientre, se llevaba cualquier rastro de conocimiento y sólo los hexagramas quedaron en su corazón, éste era ahora un ser nuevo… Un pie y la arena, una pestaña y la brisa, un respiro y el cielo entero, sus ojos eran un fractal de El Sol, se miraba a sí mismo al mirar el brillo de aquel sitio. Sintió un destello en la nuca, a su izquierda se encontraba un ave marina revolcándose en sus problemas y frecuentemente ahogándose en la saliva del mar. Siguió una especie de relato gutural, las cosas en su cabeza se quedaron quietas y su cuerpo llevó las extremidades hasta el plumaje grisáceo, el ave tenía el cuello roto. El corazón del antiguo soñador, que en este sitio solo alojaba los hexagramas, comenzó a verse invadido por un atardecer de sentimientos, las espinas de las plantas que crecían allí le hacían sentir dolor desde la planta de los pies hasta el más fino de sus cabellos. Dos manos sostenían al pájaro, la derecha el cuerpo, la izquierda afirmaba su nuca. La vegetación emocional tenía una constante primavera, muy pronto las enredaderas de su ser escaparon de sus lagrimales y flores azules saludaban a El Sol. Praderas enteras se levantaron por toda su piel, cereales de dolor lanzaban semillas sin parar. El ave agonizaba, el corazón de esta misma lucía un fuego verde, temía al oleaje y a las manos; puso su ojo izquierdo en el ojo derecho de quien le tomaba y disparó. La voz gutural retumbó en todos los materiales que componían al soñador: “Un ave venida de algo más lejano que el cielo, impactó en un lugar sin sitio y allí una muerte le encontró”. Espirales fluían de un ocular al otro, fueron fertilizantes para toda la flora primaveral que se iba originando dentro del perdido bípedo. Un sol, luego dos, tres, cuatro, cinco y pronto fueron seis los soles que miraban la escena, aquel niño nuevo en este mundo estaba comprendiendo la realidad de las cosas, la muerte fue desde siempre sincera con él y la vida le acompañaba por la espalda. A pesar de que no se encontraba solo, había una extraña sensación que hacía de estos momentos los más profundos y solitarios de la completa historia del universo. La Lepisma asomó un ojo, un hijo perdido en sí mismo se había sacado de lugar y un ave castigado, venida de otro creador, fue castigada. Aquel encuentro significaba la colisión entre dos universos nada relacionados. La verdadera forma del ave fue modificada hasta que la metáfora de su ser fue permutada hasta un implume, llegó a tener debilidades factibles y la vértebra de su propio domino reventó, la médula de su control se escapó y se lanzó justo al centro de los hexagramas que habitaban el corazón del antiguo Xératum. Una flecha de socorro no fue suficiente. El ave ahogada en impotencia picaba las manos del soñador, pero no comprendía que ahora los dos morían. Sangre por dentro, sangre por fuera; así es como los mundos internos y mundos externos se someten a la transición, a la evolución. Con la poca vida que le quedaba, y con lo poco que las lágrimas le permitían ver, Xératum buscó el más hermoso lugar para vomitar toda su esperanza; un roquerío con vista a la playa, a los seis soles y la maravillosa flora silenciosa fue el ataúd del ave, que aún agonizaba. Con sus manos secas dibujó un gran hexagrama, del cual nacían seis más. Ayuda necesitaba, y un ápice de memoria evocó a sus seis amigos demoniacos y la inexperiencia en un antiguo planeta vivo. Con sólo una gota de vida corriendo por sus venas, Xératum cayó rendido ante el cuerpo del pájaro, cerró sus ojos y no paró de soñar. Cerró sus ojos y seis soles se apagaron, cerró sus ojos y el sueño absoluto se acabó. Aquel dios tenía tanto que entregar, que cada partícula de conocimiento se volvió un lamentoso grano de arena; tenía tanto que entregar que cada felicidad de su cuerpo se hizo colosal roca y fue levantando montañas en ese desierto; tenía tanto que entregar que los caminos que recorrió volvieron a su lugar, llevándose cada uno una ración de vapor para el caluroso viaje. Un desierto se iba forjando, un lugar al que ni vida ni muerte les era permitido cruzar. El llanto cesó, Xératum se durmió ahí mismo, en el preciso instante en que la agonía del ave se agotó, de rodillas frente a un cadáver. Cordilleras de dolor reventaron en cólera, alejaron los humores de humedad; dunas incomprensibles avanzaron furiosamente por entre los pies montañosos, asesinando cualquier rastro de existencia. Aquel lugar existía en alguna parte del cuerpo de la Lepisma, y una parte de ella misma moría junto con su hijo, el dedicado al arte del soñar. El mar estaba pasmado, le echaba la culpa la tierra por ser tan dura ante el impacto del ave; la tierra, por su parte, culpó al mar por no levantar una mano de agua para amortiguar la caída del pájaro. Una discusión estúpida se creó entre los dos, la relación amorosa de infinita belleza se acabó; el mar se llevó el cadáver del pájaro por puro orgullo, y la tierra alojó el cuerpo de Xerátum, para no ser menos. Aquellas razas que en el mundo de lo vivo aprendieron a soñar, comenzaron a pudrirse junto con la muerte de aquel dios; el mundo cada vez estaba más sediento de soñar… La tierra meditó, se lamentó y comenzó a extrañar al mar, quiso traer una nueva oportunidad para el amor, pero también ocurría que sólo el soñador lo podría arreglar. Tomó toda la arena que nació del su degradado cuerpo, tomó sus porosos huesos y con ellos armó una pirámide, una colina que no quiere abrir sus ojos, por ello sólo tiene boca. Esa boca es la que te cuenta todo esto, Yehoshua. El mundo se derrumbó.”
Los perros oscuros siguieron su camino. Yehoshua, El Silencio y la colina se detuvieron a llorar, juntos los tres.  Seis semillas tenía el viajero en su mano, un hexagrama en su corazón y una planta por encontrar. Una última petición nació de la boca de la colina, que se cerraba ante el término de la ofrenda onírica, le pidió al viajero que sembrase esas seis semillas bajo el arbusto hijo del Seis, para poder de alguna manera encontrar su cuerpo, lanzarse a El Sol a buscar al ave, a sus seis amigos y pedirle perdón a su origen, la Lepisma. La vida y la muerte habían traído de vuelta todos los recuerdos de Xératum, su antigua vida y su presunta perdición.
Sólo tengo una pista para ti, que también es una pista para mí: Venus, Q-atz, Wadi-Rum.”

Yehoshua se despidió, la boca se cerró y El Silencio se marchó. Conocía tan poco de este mundo, y ni siquiera sabía soñar. Apreció entonces la última obra de Xératum, el grande, todo un desierto nacido de su historia. Yehoshua tenía nuevas metas en la vida, quería que al morir algo aún más inmenso germinara de la semilla orogénica que había en el punto central de su vientre. Sus pies no se detuvieron ante la llegada de la noche, se marchaba para buscar una planta hija del Seis, para ofrendarle un Siete.

viernes, 25 de julio de 2014

Los hexagramas y el fractal onírico

La llama que se extendía desde la cervical de El Silencio, su cabeza, anunciaba la partida de la época callada. El número de carabelas comenzó a declinar, pero los relatos de la colina aún no llegaban a su completo fin. Quizás la noche comenzaba a asomarse por el camino perfectamente contrario al último rayo de luz, que había presentado cascadas de templanza durante cuatro, cinco semillas.
“Cinco. El fractal onírico. Las lenguas más antiguas cuentan que existe en lo alto del universo un ser poco llamativo, cuya labor es ser el creador. Confunde su encuentro al dar a luz a más hijos con la capacidad de crear, con la capacidad de ser consciencia total en todas las palabras que componen sus nombres, de tal manera que  somos conscientes de la existencia de aquellos a los que llamamos dioses, maestros, eternos. Sin embargo, no hay ser más inmenso que aquel, al menos en nuestro universo. Dicen también aquellas antiguas lenguas que algunos grandes le han visto, y escuchado únicamente un ápice de su nombre: Lepisma. Sus patas dejan que todo nuestro universo se aloje bajo ella, de tal manera que no nos veamos gravemente interferidos por su viaje de creación en la pradera de la Inexistencia; quizá hay otros grandes que van viajando por donde nada existe, creando y compitiendo a la par con nuestra Lepisma. Ella tiene absoluta consciencia sobre lo que ocurre en su cosmos propio y ataca y defiende los humores que se generan aquí con amor, justicia y compasión. Es una perfecta imperfección, un magnífico ser caminando amablemente en el Oxímoron, su hogar que es ella misma.
Por aquellas épocas en las que el mar y el desierto que abriga tus pies y tu asiento, Yehoshua, andaba por aquí un místico, un dios dedicado al arte del soñar. Una época en la que existían  civilizaciones armadas de amor a la tierra, al cielo, a El Sol y la Madre Luna. Una cooperación biológica se desarrollaba por entre los lazos afectivos de una especie y otra, destellos y bombas de superación coherente se daba lugar cada día, absolutamente todo ser se enteraba de los milagros que ocurrían a cada instante. Un mundo basto, dual, fluido y encarnado en sí mismo. Un día soleado y de frío abundante, aquel dios dedicado al arte del soñar se entregó a la muerte, y entregó el cadáver de un ave a un hermoso roquerío; un engranaje apenas tan grande como su propio nombre traería consecuencias desastrosas, el derrumbe del mundo. Junto con la vaporosa vida del dios, se fue desgranando el sueño del planeta entero; se esfumaban de cada cráneo, desastres naturales fueron eliminando a las razas durante siglos y siglos, milenios y milenios, hasta que un ápice de vida dio lugar a nuevos humanos, nuevas civilizaciones que germinaban y crecían en el mundo sin la presencia del dios dedicado al arte del soñar. El continente más enfermo dedicó su existencia a lo empírico, es decir, llevó a cabo el desarrollo de una civilización que ignoraba lo que cinco sentidos muy burdos y contaminados no alcanzaban vagamente a percibir, el misticismo del mundo y los otros tres sentidos dejados atrás fueron llenando de enfermedad y demonios los cráneos achatados de tal especie bípeda. Como si fuese parte de un plan de la Lepisma, esta enfermedad se esparció perfectamente por el resto del globo, eliminando otros ápices del soñar. Paralelamente al desarrollo de esta historia, hubo una respuesta inmediata a la muerte del dios dedicado al arte del soñar; la Lepisma envió a dos de sus más oníricas hijas a promover la labor que daba los tan indispensables frutos para cada organismo, las Onirificaciones.
Al menos el universo que habitamos se rige por ciertas leyes absolutas, una de ellas es la Ley de los Fractales. Las dos hijas oníricas, Turritopsis nutrícula y Turritopsis dohrnii, emprendieron un oscilante viaje hacia las profundidades marinas del planeta sin sueño, de tal manera que, con el engranaje faltante en su estado más básico y simple, pusieran en el lugar de origen a la pieza faltante. El principio de la vida en el planeta se encontraba en un maravilloso lugar, las dunas marinas, donde una vez en la historia hubo chimeneas alborotadas, luz cruda y fragmentos de un sueño, materiales que dieron lugar a las más modificables partículas de vida, personalidad del mismísimo planeta. La catedral de creación de la Lepisma se encontraba en el punto medio entre sus numerosos ojos, un fractal de las dunas marinas se encontraba en el ápice más lejano de la cola más extensa. Un suspiro constante de la Lepisma evocaba la imagen de las dunas marinas, el aliento que rodeaba este aire viajero correspondía a un fractal del universo y el suspiro correspondía a un fractal de las dunas. Una estrella madre, que enseñaba a sus hijas estrellas a no ser estáticas, también poseía un fractal de las dunas, en este organismo celeste, las dunas formaban parte de su tercer ojo, la estrella llevada a lo astral. La Madre Luna cuidaba un fractal de las mismas dunas entre sus cariñosas pestañas; y por último, un fractal de las mismas dunas se ubicó en este desierto, en el momento en que el dios dedicado al arte del soñar murió.
Las hermanas Turritopsis generaron seis viajes paralelos, seis viajes paralelos y espontáneamente conectados, un viaje por los fractales significaba todos los viajes. Como una enfermedad en un planeta significaba una enfermedad en todo el universo, las hermanas medusas lograron concebir el catastrófico efecto de la muerte del sueño en un único planeta, llevado a comprensión de soles, colonias de meteoritos, luces pasajeras, palacios astrales, la raza Luna, el orden de las galaxias, la disposición de las llamas y las oraciones de la materia que une todos los orgánulos del universo. Un lento paso desde la razón de la Lepisma hasta el ápice más lejano del mismo ser permitió a las hermanas formular sus tácticas en esta guerra, enteráronse entonces de las seis distintas historias perfectamente sincronizadas que se tejían entre sí; cinco historias para una sola.
Arribaron las hermanas a las dunas marinas; ante su encuentro un dragón de agua infestado en colores, vida y huesos recreó un sueño en el que las metáforas se hacían toscas realidades, una hazaña increíble y habitada por dificultades aterradoras para un vivo, pero ya nada tenía que perder un ave parcialmente muerto. Las medusas pudieron ver en el flujo de amor que circulaba en la médula de sus adornados huesos muchísimos destellos oníricos; cinco semillas de amor aparecieron en la nuca de cada una de las medusas. Cinco palabras de mar levantaron la esperanza de un mundo con nuevo soñar.
Arribaron las hermanas a las dunas marinas; la madre estrella estaba dando educación a las almas de sus hijas estrellas, diciéndoles que volvieran la frente a los caminos de El Tiempo y allí, en una época muy muy pasada, podían tomar la decisión de ser sedentarias o nómadas; levanten la revolución onírica en el universo los niños estrella, que han convencido a El Tiempo de llevarlos a El Espacio donde las probabilidades abundan como blanca maleza. Cinco almas estrellas fuéronse a meditar en el preciso lugar donde los tentáculos de las medusas acariciaban la nueva tierra para el evento. Cinco tentáculos fueron puesto en el triángulo de cada alma, cinco palabras de estrella levantaron la esperanza de un mundo con nuevo soñar.
Arribaron las hermanas a las dunas marinas; la civilización que habitaba la piel de la Madre Luna estaba al tanto del encuentro místico con dos enviados directamente de la entidad magna, las dos medusas fueron recibidas en el pueblo de L’hakhar con bailes y música; sus mismos habitantes eran presa de la educación que la Madre Luna les otorgaba, aprendiendo ella misma de lo que ocurría en el planeta del quiebre del soñar, entonces la civilización celeste poseía ya conocimientos previos sobre los correctos objetos de ofrenda. Un huevo tóxico, cinco palabras de cuarzo, una semilla del Cinco fueron regaladas y levantaron la esperanza de un nuevo soñar.
Arribaron las hermanas a las dunas marinas; el vapor constante que el aliento de la Lepisma contenía en sí hizo de la tarea algo horroroso, pero las medusas aprendieron en esta extensión del viaje, la más corta, el principio del cambio. Podían descubrir en los eventos del aliento aquellas cosas que la mismísima Lepisma se ahorraba de enseñarles: no hay solidez, todo es recuerdo. La temperatura, la humedad basada en miles de materiales distintos, el equilibrio y el cambio ,y por sobre todo, el amor motivaban a que el aliento girase entorno de sí mismo, imitando patrones de geometría sagrada, que es la geometría orogénica, que es la geometría pétrea, que es la geometría botánica, que es la geometría fúngica, que es la geometría onírica. Se dejaron al descubierto, entonces, formas de flora y fauna que jamás tomará lugar en un mundo que dure mucho, porque su base de existencia se basaba en el caos mismo, en el eterno cambio. Un espíritu gaseoso les esperaba en el centro del suspiro de la Lepisma, abrió su boca y cinco semillas del equilibrio, junto con cinco semillas del cambio levantaron la esperanza de un nuevo soñar.
En la raíz de la razón de la Lepisma comenzaba el sendero hasta el ápice más lejano de la cola más extensa. Las medusas recorrían por primera vez la imposible geografía que se desarrollaba encima de las escamas del insecto; la Lepisma armaba su propio templo con una geología visionaria, muy por delante de lo que cualquier organismo alcanzaría a llegar a conocer. Tomaba los recuerdos de su experiencia y en si propio cuerpo hacía las ofrendas al universo inexistente que recorría, incluso entre sus propias patas generaba un universo propio, la práctica correspondiente a la teoría de la vida. Arribaron las medusas al ápice de la cola más extensa de la Lepisma, aquellas dunas marinas fueron el único paisaje racionalmente posible para las hermanas; cada tentáculo tenía una sensación distinta de sorpresa y respeto, comprendían a cada segmento del viaje por qué la Lepisma se encontraba en lo más alto del universo, pero no comprendían por qué en el ápice de la cola más extensa se encontraría un lugar tan tosco como las dunas marinas;  tampoco comprendían por qué una fracción sedienta de sueño existía aquí, si la Lepisma era un ser tan inmenso, eterno y consciente. En el lugar de la intersección había un poema de lo eterno, cuyo contenido levantaba la esperanza de un nuevo soñar.
El desierto estaba sereno, el cuerpo del dios dedicado al arte del soñar estaba en la etapa concluyente de su degradación, de su eterna muerte, todo esto mientras llevaba a cabo inconscientemente su última obra de creación. Arribaron las medusas a éste, el sexto fractal, y siendo esta la grieta que agotó el sueño del planeta, pusieron en ella todos los materiales recolectados en los otros cinco fractales. Alrededor de los restos del dios se encontraba la pista de un hexagrama, conectado a otros seis más que le rodeaban, las medusas dibujaron con sus tentáculos un pentagrama sobre la nuca del dios y le hicieron responsable de toda su última obra, conectado con dolorosos filamentos aquella creación con los sesos de su consciencia, aún algo dormida. Aquel dios, desde entonces, puede moverse libremente por este desierto y desde aquí puede ver cómo las medusas comenzaron su labor en las Onirificaciones, cuya primera acción fue la de liberar de los cuentos a los sifonóforos más hermosamente descritos en la raíz de la razón de la Lepisma.
Cinco carabelas quedan, nada más. Cinco cruzarán este desierto y se llevarán la ofrenda onírica que las medusas han recolectado por todo el planeta. Cinco perros oscuros cerrarán este ciclo de eternidad, que no es ni vida ni muerte. La semilla del Cinco cierra el pentagrama del dios, pero aquel dios dibujó los hexagramas a su alrededor. No es estrictamente necesario, Yehoshua, pero aún puedo contarte qué ocurre con la semilla del Seis…”

El Silencio miró a Yehoshua, parecía que de tanto relato, las palabras se volvían discernibles para el viajero. En el horizonte se veía cómo se aproximaban las cinco carabelas, aferradas con todos sus tentáculos a la médula de cinco perros oscuros. Yehoshua se puso de pie, El Silencio también, y en conjunto con la colina comenzaron a avanzar. Cinco perros, cinco carabelas, un silencio, un hombre y un dios iban avanzando a paso de culminar por el fractal de las dunas marinas. Un último cuento correspondía ser la testa de la semilla del Seis.

miércoles, 23 de julio de 2014

Los hexagramas y el dragón de agua

El Silencio traducía fluidamente las palabras pétreas que nacían de la garganta de aquella colina, pero de un instante a otro su modulación se volvió vacilante y azul. Para El Silencio, el cambio de ánimo de aquella colina significó una mayor dificultad en la traducción, pues no sabía cómo presentarle a Yehoshua aquellas palabras espirales que se adosaban a las paredes más erguidas del relato, y como la hiedra la penetraban y destrozaban justo cuando correspondía que fuesen escuchadas. A pesar de esto, Yehoshua presintió que una parte delicada del relato saldría a flote y mostraría sus primeras hojas. Las carabelas se detuvieron y cariñosamente se reunieron alrededor de la colina y los dos oyentes.
“Cuatro. El dragón de agua. Luego de que las dos medusas, las hermanas Turritopsis, llegaran a las profundidades marinas a dar inicio a sus labores, las Onirificaciones, el fractal de este sitio –situado aquí mismo- dio una nueva esperanza de vida a un esqueleto de ave arrastrado por las garras del mar. El origen de este cadáver tan especial se remonta a la época en que las dunas del desierto poseían una amorosa relación; el momento del quiebre emocional tiene como llave principal estos huesos de los que hablo, y antes de que el mar se llevase muy muy lejos el cadáver, éste se encontró con la tribu de los Kraatus. Comenzaré en el preciso instante en que unas manos misteriosas dejaron el cuerpo casi inerte de un ave costera en el roquerío más hermoso de aquella costa… La tierra echó la culpa al mar, el mar le otorgó la culpa a la tierra y ésta, indignada, levantó una pared de silencio…Entonces el mar tomó el cuerpo del ave y se la llevó consigo a un lugar en que el perturbador sonido de la discusión no contaminase sus aguas; se secó las lágrimas y de un susurro le dijo al cadáver del ave: “Hija mía, levántate algún día y quema esta tonta división en los párpados de El Sol…”
Los huesos de aquel ave fueron plasmados con palabras de amor, el mar recitaba día y noche poemas que convocaban vida en las aguas poco profundas. Pronto los restos cálcicos fuéronse llenando de diminutos organismos que llenaban los vacíos de la vida, cada uno de los animales del mar llevaba sus propios huesos como ofrenda ante el ave, la historia que le precedía se mantenía aún latente en la médula de su estructura ósea, pues una esperanza le abordó desde siempre. El tamaño regular del cuerpo reordenó sus letras y ahora correspondía a cuatro veces el tamaño del ave más grande de la tierra; el orgullo del mar seguía vigente, expresado en términos de magnitud, pero las intenciones de perdón y reencuentro eran aún mayores, expresadas en términos de vida. Magníficos arrecifes se formaron hasta en las extremidades más alejadas del corazón del ave, la médula del ser compartía una historia sobrecogedora para todo aquel que apenas se le aproximase. Las formas de vida se esforzaron para hacer del ave un nuevo ser un tanto más consciente de lo que era antes.
El mar seguía avanzando en su retirada a sectores lejanos, la brecha se hacía más grande a cada ola...
Los eventos que dieron origen a la separación del mar y la tierra tuvieron una repercusión mayor en todo el planeta, paralelamente, repercusión que llevó una notificación hasta lo más alto del universo: el creador, la Lepisma, se dio cuenta de que algo grave ocurría en uno de sus hijos, el planeta entero estaba enfermo de sueño. En consecuencia, envió a las hermanas Turritopsis, que consigo arrastraron una oportunidad para el cadáver viviente, tendría la posibilidad de extender sus alas desnudas y emprender vuelo hacia El Sol para dar fin al infierno de silencio y resentimiento. “¡Una ofrenda, una ofrenda!” le susurraban cada una de las diminutas formas de vida que habitaban la corteza más viva de el esqueleto; “¡Una hermosa ofrenda para las hermanas oníricas!”, a lo que la médula del ave respondía con su flujo intranquilo “¡No tengo ojos, no tengo ojos para buscar una ofrenda en el mundo!”. Las hermanas emprendieron un oscilante vuelo desde lo alto del universo hasta las profundidades más recónditas del mar, afortunadamente unas dunas marinas muy próximas al grandioso esqueleto del ave. Seis fractales, seis dunas repartidas por el universo, seis lugares que seguían el orden natural de las cosas: la profundidad más bella, el desierto más bello, la luna más bella, la estrella más bella, el aliento más bello y, por último, el ápice más mínimo de la cola más larga de la mismísima Lepisma. El ave, sintiéndose afortunada, hizo un gran esfuerzo y recitó poemas de resurrección; con un esfuerzo máximo extendió cada una de sus alas, tomando la posición del recóndito vuelo que recordaba cada día y cada noche; los animales metafóricos, los nacidos del oxímoron, fueron llamados con el canto del ave y se unieron al arrecife de su cuerpo el Celacanto, la Lamprea y dos Anémonas. Estas dos últimas invocaron un ojo de agua en cada una de sus cavidades oculares, mientras las otras dos transiciones de vida dibujaron conjuros en las corrientes marinas para convencer a las corrientes de aire de seguir cada uno de las peticiones del ave, con tal de llevar a cabo la resurrección en el momento del impacto medúsico.
Las Anémonas trajeron a la realidad dos perfectos ojos, que le permitían ver más allá del aire, del viento, de las tormentas y los huracanes. Divisó a lo lejos una tribu perdida entre las confusiones de su instinto, convocó al Celacanto y a la Lamprea y éstos siguieron los flujos de la idea del ave: la última vértebra de su columna saldría a la superficie y conectaría con las corrientes de aire, que  a su vez conectaron con las corrientes instintivas de cada uno de los humanos perdidos en aquella tierra, una cadena perfecta, el montaje perfecto para hacer una ofrenda onírica a las hermanas Turritopsis. El evento se llevaría a cabo, las medusas se iban acercando a las dunas marinas y la tribu Kraatus ya divisaba la costa marina. El flujo de la esperanza en la médula de los huesos del ave se acrecentó, creó gravedad en cada uno de sus poros, la gravedad fue transmitida al arrecife y el mar escuchó la petición, el poema de resurrección era modulado, las mareas se separaron y crearon paredes a cada lado de la columna vertebral del ave. La última vértebra invitó a los humanos a un sueño lúcido, lo mismo ocurrió con cada uno de los cuatro ojos de las medusas que se quedaron pasmados ante tan poético recibimiento. Óseo. Reencuentro. Pétreo. Térreo. Hídrico. Vuelo. Llanura. Duna. Médano. Colina. Abrazo. Fuego. Corteza. Coral. Planicie. Desierto. Impacto. Trueno. Médula. Magma. Lava. Salomónico. Ornamental. Corazonada. Laberíntico. Concurrente. Figurado. Ponzoñoso. Cuántico. Bestial. Elemental, trascendental. Lozanía. Impunidad. Flameante. Nacarón. Pasquín. Teórico. Desvivido. Cónico. Bitor. Cada una de las metáforas creó un paisaje distinto en el camino de los bípedos y una sensación exacta en los tentáculos de las hermanas Turritopsis. Una ofrenda con desapego, un premio con gozo. 

La tribu cruzó el mar sin envejecer, un sueño casi eterno cruzó por sus cuerpos; las medusas, por su parte, otorgaron al ave la posibilidad de cumplir un sueño. Se aseguró ésta de que hasta el último pie tocara tierra firme y culminó el poema de resurrección con palabras que invitaban a cada uno de los habitantes del arrecife a evolucionar. Hijos del viento serían ahora. Vértebra por vértebra fue despertando su cuerpo y hasta su cuello bostezó para reencontrarse con el cielo. Extendió sus alas y dirigió el ápice de sus huesos al cielo; cada una de las formas de vida evolucionaba a velocidades indescriptibles. Un plumaje etéreo se distribuyó a lo largo de su voluntad y emprendió vuelo. Cuatro lágrimas cayeron de sus ojos, la cuarta se evaporó. El ave dirigió su determinación hacia los caminos solares, fue allí donde esta humilde colina le perdió de vista… Cuatro eran los ojos de las medusas, pero cinco eran sus percepciones. La semilla del Cinco es la tierra santa para cuatro ojos en la arena… Cuatro colores dieron lugar a cuatro más, una pluma criaba cuatro y cuatro derivados modularon cuatro palabras más, cuatro evoluciones en cada especie, cada una de ellas era la palabra de otras cuatro más…

Yehoshua y El Silencio no comprendieron bien este relato, faltaban detalles muy especiales, pero cada vez que el follaje de la historia se aproximaba a alguno de estos detalles, la voz de la colina se tornaba temblorosa y parecía a punto de quebrar. Las carabelas siguieron su flujo, sabiendo bien cuál de las semillas venía a surgir de la garganta del cuentacuentos, inflaron sus pechos y llamaron más colores a su encuentro.

martes, 22 de julio de 2014

Los hexagramas y los nómadas de un desierto

Parecía que un amanecer privado surgía de las cienes de cada carabela, no dejaban de fluir y otras no dejaban de acumularse ante el espectáculo de combustión triste que tenía el olivo en sus múltiples brazos; para finalizar el evento, el árbol juntó todas sus ramas y del ápice primordial soltó una única flor, con ella besó la mejilla de cada uno de los presentes incluyendo la mejilla de la colina.
“Tres. Los nómadas del desierto. Hubo una etapa en la evolución de la vida en estas tierras que trajo una novedad a los cráneos de ciertos seres; mientras plantas, piedras y casi lo absoluto de animales tenía su existencia unida tanto a la realidad como a la lucidez. Una raza de perros, los perros oscuros, separaron su existir entre la lucidez y el soñar, de manera que podían saltar a la realidad cada vez que dormían, dando lugar a una definición entre el cuerpo físico y el cuerpo astral. La raza humana también comenzó a desarrollar tales frutos evolutivos y fue aquí, en este desierto, donde una tribu nómada venida de sectores más húmedos logró dominar pacientemente el arte del soñar debido a su proximidad con los fractales de las dunas marinas. Los minerales que habitaban la piel del desierto y las sábanas arenosas que le daban aspecto arisco escondían en sus células bandadas de pájaros costeros, fosilizados hasta los recuerdos.
Iban los Kraatus cruzando maravillosos paisajes mediterráneos, cuando un estremecimiento de la tierra abrió paso entre el mar, dejó una cervical que dividía los humores del océano próximo en dos. La tribu tomó esto como una señal divina, los dioses de la piedra y del río abrían un paso en la cuenca de la vida, quizá se encontrarían con la ciudad prometida. A medida que los pies de los individuos cruzaban el puente improvisado, veían cómo a cada lado del mar se expresaban diversas formas de vida, el agua subía y bajaba sus corrientes, dejaba ver corales, roqueríos, acantilados marinos, monstruos hidrófilos, un sinnúmero de peces y hasta los abismos se presentaron ante los ojos de los viajeros; curiosamente, el agua nunca los cubrió, paredes de agua se extendían hasta lo más alto y luego, de un pestañeo, se encontraba a más de seis hombres bajo sus pies. La cervical manteníase sincera y dotada de inmensa templanza, sus invitados permanecieron en un trance constante hasta que el sendero concluyó en un paisaje árido, adornado con colosales pómulos de piedra negra y valles espeluznantes, el desierto los había llamado al encuentro. El hambre volvió a los vientres de los viajeros, un hambre inhibido por todo el alucinante paso fronterizo que pudo haber durado siglos sin generar la más ínfima molestia en los organismos; fueron recorriendo ahora lentamente las pálidas facciones de la tierra, el calor iba cocinando lentamente sus pies, que se hubieron mantenido jóvenes desde el principio del desafío, hasta los más viejos mantuvieron su edad intacta, incluso los más jóvenes eludieron el paso del tiempo.
Los Kraatus pensaron en volver por donde vinieron, al no encontrar nada de vida en aquella tierra ofrendada por los dioses para una próspera civilización, pero la cervical que separaba el mar pronto se levantó; vértebra por vértebra fue dejando ver un esqueleto de pájaro más magno que el humor de aquel desierto. El ave extendió sus alas y su cuello levantó su cráneo sin problemas, miraba al sol y tres lágrimas cayeron de su ojo derecho. La primera lágrima cayó a las espaldas de los espectadores, generando allí un río efímero, que a su vez dio lugar a un oasis de rápido crecimiento, como pidiendo perdón a la tribu completa. La segunda lágrima cayó mucho más lejos y en el sitio de su impacto no nació un nuevo río, sino que un monolito se expresó en respuesta, escrituras pétreas se distinguían en su clara tez. La última lágrima cayó mucho más lejos que las primeras dos, tan lejos sólo dejó una pista vaporosa para que los Kraatus encontrasen su paradero.
“Toda mi carne es sueño, toda mi sangre es sueño.
Mi plumaje se ha marchado con El Sol, hacia El Sol voy.
Cada respuesta merece un sacrificio, así como ustedes han sido mi respuesta.
Cada respuesta merece recompensa, mi pista, mi historia, mis sueños les dejo.
Ofrenda mía, aliméntante de los sacrificios y de los sueños.
Que mi palabra sea tu vibra, que mi camino sea tu norte.
Encontradme ahí, donde deben mezclar agua y sangre.”
La tribu completa tomó las palabras inscritas en el monolito como un sagrado testamento, toda su cultura se basaría ahora en el recuerdo de aquel dragón de agua. Siguieron entonces su paso en dirección a la tercera lágrima, no sin antes haberse dotado de alimento para llenar sus barrigas y para llenar el nuevo viaje. La noche les encontró entre los pasadizos rocosos, y ahora la Madre Luna refrescaba sus nucas con un rocío imposible. Cuando la medianoche se hizo vidente, una pradera desértica se abrió ante la experiencia de los Kraatus, y una colina resaltaba el centro del lugar, esta misma colina que permite que descanses las historias de tu espalda, Yehoshua. Caminaron entonces hasta tal lugar y en su cima esperaron a que el chamán de la tribu pronunciase una vez más el testamento dejado por el ave, aquellas palabras fueron hechas canciones y describían la nueva época de la tribu. Uno de los Kraatus descifró el acertijo y comprendió que la labor del sacrificio les correspondía a ellos ahora que su dios, el Dragón de Agua, les ha dejado un desierto en sus manos; graves discusiones se generaron entre ellos hasta que decidieron ofrendar la vida del más inocente. El chamán, sintiéndose un poco confundido, tomó al bebé y en la cima de la colina descubrió su cuello y luego su carne. Las lágrimas de aquel hombre tan viejo mezcláronse con la primera gota de sangre sincera justo antes de que ésta callera en la punta exacta de la colina. El impacto desató un estremecimiento del cielo, que comenzó a llenar su cara de nubes negras; luego la milagrosa lluvia trajo consigo un estremecimiento de la tierra, que desesperada por el agua abrió sus poros, dejando de que miles y miles de aves costeras emprendieran vuelo después de un milenario baño de minerales. El paisaje cambió por completo, aquella pradera desierta que tenía a esta colina como centro se modificó al punto de ser un vulgar valle. Los Kraatus ya se sentían agobiados de presenciar tanta cosa maravillosa, sus cráneos requerían de algún sustento, un espacio más allá de las paredes de sus cabezas. Un gran número de aves no emprendió vuelo, y su carne de cuarzo se volvió carne de ave. La lluvia se detuvo, el valle expresó maderos y el festín dio inicio a la nueva vida: la carne era el nutriente necesario para desarrollar perfectamente el sueño en cada uno de sus cuerpos. Los Kraatus pasaron a llamarse Thuálagas y teniendo como bandera un ave de onírico plumaje, dedicaron sus vidas a viajar por el desierto, tanto soñando, tanto andando, de tal manera de ofrecer vida, lágrimas y sangre a la colina que les ofrecía un pasajero vergel para sustentar la más extraña de las vidas. Los Thuálagas fueron conocidos en toda la región como los hijos del Tres, humanos que podían traer la vida buscándola a través del más complicado arte, el de soñar. A pesar de que la semilla del Tres se ve perfecta, completa, le debe su origen a otra entidad, la semilla del Cuatro.”

El Silencio se entristeció levemente por el relato; Yehoshua le apaciguó entre sus brazos. Las carabelas se sorprendían al ver la representación de todos los sacrificios llevados a cabo en la cima de la colina que, según la historia, cambiaba de lugar cada vez que se le intercambiaba por un repetido vergel de gran sustento. Yehoshua nunca quiso girar su cabeza y posicionar sus ojos en la morbosa escena que explicaba una cultura entera, tanto él como El Silencio comprendían que el verdadero sacrificio era otro.