miércoles, 23 de julio de 2014

Los hexagramas y el dragón de agua

El Silencio traducía fluidamente las palabras pétreas que nacían de la garganta de aquella colina, pero de un instante a otro su modulación se volvió vacilante y azul. Para El Silencio, el cambio de ánimo de aquella colina significó una mayor dificultad en la traducción, pues no sabía cómo presentarle a Yehoshua aquellas palabras espirales que se adosaban a las paredes más erguidas del relato, y como la hiedra la penetraban y destrozaban justo cuando correspondía que fuesen escuchadas. A pesar de esto, Yehoshua presintió que una parte delicada del relato saldría a flote y mostraría sus primeras hojas. Las carabelas se detuvieron y cariñosamente se reunieron alrededor de la colina y los dos oyentes.
“Cuatro. El dragón de agua. Luego de que las dos medusas, las hermanas Turritopsis, llegaran a las profundidades marinas a dar inicio a sus labores, las Onirificaciones, el fractal de este sitio –situado aquí mismo- dio una nueva esperanza de vida a un esqueleto de ave arrastrado por las garras del mar. El origen de este cadáver tan especial se remonta a la época en que las dunas del desierto poseían una amorosa relación; el momento del quiebre emocional tiene como llave principal estos huesos de los que hablo, y antes de que el mar se llevase muy muy lejos el cadáver, éste se encontró con la tribu de los Kraatus. Comenzaré en el preciso instante en que unas manos misteriosas dejaron el cuerpo casi inerte de un ave costera en el roquerío más hermoso de aquella costa… La tierra echó la culpa al mar, el mar le otorgó la culpa a la tierra y ésta, indignada, levantó una pared de silencio…Entonces el mar tomó el cuerpo del ave y se la llevó consigo a un lugar en que el perturbador sonido de la discusión no contaminase sus aguas; se secó las lágrimas y de un susurro le dijo al cadáver del ave: “Hija mía, levántate algún día y quema esta tonta división en los párpados de El Sol…”
Los huesos de aquel ave fueron plasmados con palabras de amor, el mar recitaba día y noche poemas que convocaban vida en las aguas poco profundas. Pronto los restos cálcicos fuéronse llenando de diminutos organismos que llenaban los vacíos de la vida, cada uno de los animales del mar llevaba sus propios huesos como ofrenda ante el ave, la historia que le precedía se mantenía aún latente en la médula de su estructura ósea, pues una esperanza le abordó desde siempre. El tamaño regular del cuerpo reordenó sus letras y ahora correspondía a cuatro veces el tamaño del ave más grande de la tierra; el orgullo del mar seguía vigente, expresado en términos de magnitud, pero las intenciones de perdón y reencuentro eran aún mayores, expresadas en términos de vida. Magníficos arrecifes se formaron hasta en las extremidades más alejadas del corazón del ave, la médula del ser compartía una historia sobrecogedora para todo aquel que apenas se le aproximase. Las formas de vida se esforzaron para hacer del ave un nuevo ser un tanto más consciente de lo que era antes.
El mar seguía avanzando en su retirada a sectores lejanos, la brecha se hacía más grande a cada ola...
Los eventos que dieron origen a la separación del mar y la tierra tuvieron una repercusión mayor en todo el planeta, paralelamente, repercusión que llevó una notificación hasta lo más alto del universo: el creador, la Lepisma, se dio cuenta de que algo grave ocurría en uno de sus hijos, el planeta entero estaba enfermo de sueño. En consecuencia, envió a las hermanas Turritopsis, que consigo arrastraron una oportunidad para el cadáver viviente, tendría la posibilidad de extender sus alas desnudas y emprender vuelo hacia El Sol para dar fin al infierno de silencio y resentimiento. “¡Una ofrenda, una ofrenda!” le susurraban cada una de las diminutas formas de vida que habitaban la corteza más viva de el esqueleto; “¡Una hermosa ofrenda para las hermanas oníricas!”, a lo que la médula del ave respondía con su flujo intranquilo “¡No tengo ojos, no tengo ojos para buscar una ofrenda en el mundo!”. Las hermanas emprendieron un oscilante vuelo desde lo alto del universo hasta las profundidades más recónditas del mar, afortunadamente unas dunas marinas muy próximas al grandioso esqueleto del ave. Seis fractales, seis dunas repartidas por el universo, seis lugares que seguían el orden natural de las cosas: la profundidad más bella, el desierto más bello, la luna más bella, la estrella más bella, el aliento más bello y, por último, el ápice más mínimo de la cola más larga de la mismísima Lepisma. El ave, sintiéndose afortunada, hizo un gran esfuerzo y recitó poemas de resurrección; con un esfuerzo máximo extendió cada una de sus alas, tomando la posición del recóndito vuelo que recordaba cada día y cada noche; los animales metafóricos, los nacidos del oxímoron, fueron llamados con el canto del ave y se unieron al arrecife de su cuerpo el Celacanto, la Lamprea y dos Anémonas. Estas dos últimas invocaron un ojo de agua en cada una de sus cavidades oculares, mientras las otras dos transiciones de vida dibujaron conjuros en las corrientes marinas para convencer a las corrientes de aire de seguir cada uno de las peticiones del ave, con tal de llevar a cabo la resurrección en el momento del impacto medúsico.
Las Anémonas trajeron a la realidad dos perfectos ojos, que le permitían ver más allá del aire, del viento, de las tormentas y los huracanes. Divisó a lo lejos una tribu perdida entre las confusiones de su instinto, convocó al Celacanto y a la Lamprea y éstos siguieron los flujos de la idea del ave: la última vértebra de su columna saldría a la superficie y conectaría con las corrientes de aire, que  a su vez conectaron con las corrientes instintivas de cada uno de los humanos perdidos en aquella tierra, una cadena perfecta, el montaje perfecto para hacer una ofrenda onírica a las hermanas Turritopsis. El evento se llevaría a cabo, las medusas se iban acercando a las dunas marinas y la tribu Kraatus ya divisaba la costa marina. El flujo de la esperanza en la médula de los huesos del ave se acrecentó, creó gravedad en cada uno de sus poros, la gravedad fue transmitida al arrecife y el mar escuchó la petición, el poema de resurrección era modulado, las mareas se separaron y crearon paredes a cada lado de la columna vertebral del ave. La última vértebra invitó a los humanos a un sueño lúcido, lo mismo ocurrió con cada uno de los cuatro ojos de las medusas que se quedaron pasmados ante tan poético recibimiento. Óseo. Reencuentro. Pétreo. Térreo. Hídrico. Vuelo. Llanura. Duna. Médano. Colina. Abrazo. Fuego. Corteza. Coral. Planicie. Desierto. Impacto. Trueno. Médula. Magma. Lava. Salomónico. Ornamental. Corazonada. Laberíntico. Concurrente. Figurado. Ponzoñoso. Cuántico. Bestial. Elemental, trascendental. Lozanía. Impunidad. Flameante. Nacarón. Pasquín. Teórico. Desvivido. Cónico. Bitor. Cada una de las metáforas creó un paisaje distinto en el camino de los bípedos y una sensación exacta en los tentáculos de las hermanas Turritopsis. Una ofrenda con desapego, un premio con gozo. 

La tribu cruzó el mar sin envejecer, un sueño casi eterno cruzó por sus cuerpos; las medusas, por su parte, otorgaron al ave la posibilidad de cumplir un sueño. Se aseguró ésta de que hasta el último pie tocara tierra firme y culminó el poema de resurrección con palabras que invitaban a cada uno de los habitantes del arrecife a evolucionar. Hijos del viento serían ahora. Vértebra por vértebra fue despertando su cuerpo y hasta su cuello bostezó para reencontrarse con el cielo. Extendió sus alas y dirigió el ápice de sus huesos al cielo; cada una de las formas de vida evolucionaba a velocidades indescriptibles. Un plumaje etéreo se distribuyó a lo largo de su voluntad y emprendió vuelo. Cuatro lágrimas cayeron de sus ojos, la cuarta se evaporó. El ave dirigió su determinación hacia los caminos solares, fue allí donde esta humilde colina le perdió de vista… Cuatro eran los ojos de las medusas, pero cinco eran sus percepciones. La semilla del Cinco es la tierra santa para cuatro ojos en la arena… Cuatro colores dieron lugar a cuatro más, una pluma criaba cuatro y cuatro derivados modularon cuatro palabras más, cuatro evoluciones en cada especie, cada una de ellas era la palabra de otras cuatro más…

Yehoshua y El Silencio no comprendieron bien este relato, faltaban detalles muy especiales, pero cada vez que el follaje de la historia se aproximaba a alguno de estos detalles, la voz de la colina se tornaba temblorosa y parecía a punto de quebrar. Las carabelas siguieron su flujo, sabiendo bien cuál de las semillas venía a surgir de la garganta del cuentacuentos, inflaron sus pechos y llamaron más colores a su encuentro.

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