El Silencio traducía fluidamente las palabras pétreas que
nacían de la garganta de aquella colina, pero de un instante a otro su
modulación se volvió vacilante y azul. Para El Silencio, el cambio de ánimo de
aquella colina significó una mayor dificultad en la traducción, pues no sabía
cómo presentarle a Yehoshua aquellas palabras espirales que se adosaban a las
paredes más erguidas del relato, y como la hiedra la penetraban y destrozaban
justo cuando correspondía que fuesen escuchadas. A pesar de esto, Yehoshua
presintió que una parte delicada del relato saldría a flote y mostraría sus
primeras hojas. Las carabelas se detuvieron y cariñosamente se reunieron alrededor
de la colina y los dos oyentes.
“Cuatro. El dragón de
agua. Luego de que las dos medusas, las hermanas Turritopsis, llegaran a las
profundidades marinas a dar inicio a sus labores, las Onirificaciones, el
fractal de este sitio –situado aquí mismo- dio una nueva esperanza de vida a un
esqueleto de ave arrastrado por las garras del mar. El origen de este cadáver tan
especial se remonta a la época en que las dunas del desierto poseían una
amorosa relación; el momento del quiebre emocional tiene como llave principal
estos huesos de los que hablo, y antes de que el mar se llevase muy muy lejos
el cadáver, éste se encontró con la tribu de los Kraatus. Comenzaré en el
preciso instante en que unas manos misteriosas dejaron el cuerpo casi inerte de
un ave costera en el roquerío más hermoso de aquella costa… La tierra echó la
culpa al mar, el mar le otorgó la culpa a la tierra y ésta, indignada, levantó
una pared de silencio…Entonces el mar tomó el cuerpo del ave y se la llevó
consigo a un lugar en que el perturbador sonido de la discusión no contaminase
sus aguas; se secó las lágrimas y de un susurro le dijo al cadáver del ave: “Hija
mía, levántate algún día y quema esta tonta división en los párpados de El Sol…”
Los huesos de aquel
ave fueron plasmados con palabras de amor, el mar recitaba día y noche poemas
que convocaban vida en las aguas poco profundas. Pronto los restos cálcicos
fuéronse llenando de diminutos organismos que llenaban los vacíos de la vida,
cada uno de los animales del mar llevaba sus propios huesos como ofrenda ante
el ave, la historia que le precedía se mantenía aún latente en la médula de su
estructura ósea, pues una esperanza le abordó desde siempre. El tamaño regular del
cuerpo reordenó sus letras y ahora correspondía a cuatro veces el tamaño del
ave más grande de la tierra; el orgullo del mar seguía vigente, expresado en
términos de magnitud, pero las intenciones de perdón y reencuentro eran aún
mayores, expresadas en términos de vida. Magníficos arrecifes se formaron hasta
en las extremidades más alejadas del corazón del ave, la médula del ser
compartía una historia sobrecogedora para todo aquel que apenas se le aproximase.
Las formas de vida se esforzaron para hacer del ave un nuevo ser un tanto más
consciente de lo que era antes.
El mar seguía
avanzando en su retirada a sectores lejanos, la brecha se hacía más grande a
cada ola...
Los eventos que dieron
origen a la separación del mar y la tierra tuvieron una repercusión mayor en
todo el planeta, paralelamente, repercusión que llevó una notificación hasta lo
más alto del universo: el creador, la Lepisma, se dio cuenta de que algo grave
ocurría en uno de sus hijos, el planeta entero estaba enfermo de sueño. En
consecuencia, envió a las hermanas Turritopsis, que consigo arrastraron una
oportunidad para el cadáver viviente, tendría la posibilidad de extender sus
alas desnudas y emprender vuelo hacia El Sol para dar fin al infierno de
silencio y resentimiento. “¡Una ofrenda, una ofrenda!” le susurraban cada una
de las diminutas formas de vida que habitaban la corteza más viva de el
esqueleto; “¡Una hermosa ofrenda para las hermanas oníricas!”, a lo que la
médula del ave respondía con su flujo intranquilo “¡No tengo ojos, no tengo
ojos para buscar una ofrenda en el mundo!”. Las hermanas emprendieron un
oscilante vuelo desde lo alto del universo hasta las profundidades más
recónditas del mar, afortunadamente unas dunas marinas muy próximas al
grandioso esqueleto del ave. Seis fractales, seis dunas repartidas por el
universo, seis lugares que seguían el orden natural de las cosas: la
profundidad más bella, el desierto más bello, la luna más bella, la estrella
más bella, el aliento más bello y, por último, el ápice más mínimo de la cola más
larga de la mismísima Lepisma. El ave, sintiéndose afortunada, hizo un gran
esfuerzo y recitó poemas de resurrección; con un esfuerzo máximo extendió cada
una de sus alas, tomando la posición del recóndito vuelo que recordaba cada día
y cada noche; los animales metafóricos, los nacidos del oxímoron, fueron
llamados con el canto del ave y se unieron al arrecife de su cuerpo el
Celacanto, la Lamprea y dos Anémonas. Estas dos últimas invocaron un ojo de
agua en cada una de sus cavidades oculares, mientras las otras dos transiciones
de vida dibujaron conjuros en las corrientes marinas para convencer a las
corrientes de aire de seguir cada uno de las peticiones del ave, con tal de
llevar a cabo la resurrección en el momento del impacto medúsico.
Las Anémonas trajeron
a la realidad dos perfectos ojos, que le permitían ver más allá del aire, del
viento, de las tormentas y los huracanes. Divisó a lo lejos una tribu perdida
entre las confusiones de su instinto, convocó al Celacanto y a la Lamprea y
éstos siguieron los flujos de la idea del ave: la última vértebra de su columna
saldría a la superficie y conectaría con las corrientes de aire, que a su vez conectaron con las corrientes
instintivas de cada uno de los humanos perdidos en aquella tierra, una cadena
perfecta, el montaje perfecto para hacer una ofrenda onírica a las hermanas
Turritopsis. El evento se llevaría a cabo, las medusas se iban acercando a las
dunas marinas y la tribu Kraatus ya divisaba la costa marina. El flujo de la
esperanza en la médula de los huesos del ave se acrecentó, creó gravedad en
cada uno de sus poros, la gravedad fue transmitida al arrecife y el mar escuchó
la petición, el poema de resurrección era modulado, las mareas se separaron y
crearon paredes a cada lado de la columna vertebral del ave. La última vértebra
invitó a los humanos a un sueño lúcido, lo mismo ocurrió con cada uno de los
cuatro ojos de las medusas que se quedaron pasmados ante tan poético recibimiento.
Óseo. Reencuentro. Pétreo. Térreo. Hídrico. Vuelo. Llanura. Duna. Médano.
Colina. Abrazo. Fuego. Corteza. Coral. Planicie. Desierto. Impacto. Trueno.
Médula. Magma. Lava. Salomónico. Ornamental. Corazonada. Laberíntico.
Concurrente. Figurado. Ponzoñoso. Cuántico. Bestial. Elemental, trascendental.
Lozanía. Impunidad. Flameante. Nacarón. Pasquín. Teórico. Desvivido. Cónico.
Bitor. Cada una de las metáforas creó un paisaje distinto en el camino de los bípedos
y una sensación exacta en los tentáculos de las hermanas Turritopsis. Una
ofrenda con desapego, un premio con gozo.
La tribu cruzó el mar sin envejecer,
un sueño casi eterno cruzó por sus cuerpos; las medusas, por su parte,
otorgaron al ave la posibilidad de cumplir un sueño. Se aseguró ésta de que
hasta el último pie tocara tierra firme y culminó el poema de resurrección con
palabras que invitaban a cada uno de los habitantes del arrecife a evolucionar.
Hijos del viento serían ahora. Vértebra por vértebra fue despertando su cuerpo
y hasta su cuello bostezó para reencontrarse con el cielo. Extendió sus alas y
dirigió el ápice de sus huesos al cielo; cada una de las formas de vida
evolucionaba a velocidades indescriptibles. Un plumaje etéreo se distribuyó a
lo largo de su voluntad y emprendió vuelo. Cuatro lágrimas cayeron de sus ojos,
la cuarta se evaporó. El ave dirigió su determinación hacia los caminos
solares, fue allí donde esta humilde colina le perdió de vista… Cuatro eran los
ojos de las medusas, pero cinco eran sus percepciones. La semilla del Cinco es
la tierra santa para cuatro ojos en la arena… Cuatro colores dieron lugar a cuatro
más, una pluma criaba cuatro y cuatro derivados modularon cuatro palabras más,
cuatro evoluciones en cada especie, cada una de ellas era la palabra de otras
cuatro más…
Yehoshua y El Silencio no comprendieron bien este relato,
faltaban detalles muy especiales, pero cada vez que el follaje de la historia
se aproximaba a alguno de estos detalles, la voz de la colina se tornaba
temblorosa y parecía a punto de quebrar. Las carabelas siguieron su flujo,
sabiendo bien cuál de las semillas venía a surgir de la garganta del
cuentacuentos, inflaron sus pechos y llamaron más colores a su encuentro.
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