sábado, 17 de agosto de 2013

6. El psiconauta

En un comienzo, el primer chamán comenzó por instruir a sus futuros predicadores de la planta; cada uno de éstos tuvo que aprender a consumir una planta: dejar que ella los encuentre, o bien, encontrarla y pedirla. A pesar de que se encontraban entre frondosas selvas, había un montón de plantas que, como tribu, no habían conocido todavía ni probado, mas el primer chamán las conocía todas y cada una. La primera misión de todos sus discípulos sería llegar hasta los extremos más hostiles del planeta en busca de las plantas poderosas, conocerlas y luego compartirla para el conocimiento de toda la población, para llegar a esa realidad y aprender verdaderamente a soñar –o no soñar-. Desde entonces que una pequeña masa de chamanes se repartió por el mundo y fue en busca de las diferentes opciones en que se expresaba una planta, algunos se unieron a las arenas de los desérticos mataderos y se encontraron con poderosos cactus; otros siguieron en la selva conociendo a cuanta planta poderosa podía ser escondida por las demás, algunas lianas, algunos hongos de colores llamativos, algunas semillas envainadas, numerosas y bellas flores adornadas con peligrosos efectos y antojos; una parte de ellos se integró en los chaparrales y matorrales del mundo para encontrarse con hongos magníficos y otras hierbas difíciles de manejar; sin embargo, y a pesar de la gran variedad de lugares a los que llegaba cada uno de los chamanes, hubo muchos lugares de la Tierra en los que no había un tipo común de plantas, es decir, no encontraban su forma física. Los chamanes se vieron obligado a utilizar sus propios poderes psicotrópicos y entonces encontrarse con una verdad que el primer chamán jamás pudo revelarles: la semilla de la más excelsa de las plantas se encontraba justo dentro de sus cráneos, la gracia no era sacarla de ahí y plantarla, porque ninguna de las tierras tendría los nutrientes necesarios para su íntegro desarrollo, esto se debe a que tal semilla fue plantada en la realidad mucho antes de que cualquier ser naciera y allí, en los sesos del hombre, fue encontrada su manifestación física para los imperceptibles. Desde allí que los lugares con gran ausencia de plantas, y los que abundan también, decidieron completar el crecimiento como psiconauta mediante la música, la introspección, la paciencia, la calma. De todas estas distintas terminales de los chamanes se fueron formando las variadas sociedades antropomórficas y sus distintas maneras de encontrarse con la realidad, en este mismo plano y al pasar del tiempo fueron perfeccionando sus técnicas, ritmos, motivimientos, cantos, bailes, meditaciones, rituales en general, para darle nutrientes a la semilla de sus interiores, encontrarse con la realidad desde lo más propio de sus existencias. El humano evolucionaba como realmente se debía, evolucionaba por sí mismo.
En algún momento determinado apareció una nueva raza de hombre, un ser que fue creado a partir de otro, modificado de algo real, pobre en lo propio y apegado a las mediciones. Este hombre sin historia por detrás fue desarrollándose errante a través del tiempo y colonizando cuanto se le fuese dictado. Los instintos de este ser eran muy violentos y avaros, en todas sus células se podía encontrar esa necesidad de hegemonía. Como si hubiese existido desde siempre un enemigo del psiconauta, un enemigo de la verdad, el ser formó grandes colonias y se dispersó por el mundo para adueñarse de las tierras de nadie, llenar de prejuicios y enfermedades a las culturas y finalmente asesinar todos su instintos, de alguna manera logró sacar de la tierra a esa semilla que proporcionaba el sentido de libertad a todos los poseedores de ella, a todas las personas con historia. Se fue mezclando infinitamente con sus víctimas para poder formar ciudades y grandes metrópolis, hacer del mundo una caja de plástico donde pudiese existir toda clase de químicos que favorecieran la comodidad del sedentario y cubrir todo esto con un infantil juego de trueques con piececitas de metal en el que el más “poderoso” siempre salía ganando, estafando. Y por si fuera poco, desde que los pequeños nacían, que naturalmente tenían una potente noción de la realidad, se les instruía y esquematizaba, para que creyeran en lo bueno y lo malo y lo imaginario, se les impuso la religión. El mundo se volvió terrenal, falso, limitado, explotado, triste y desenfrenado, todo ha sido culpa de las inocentes mentes de aquellos que no conocieron su propia verdad antes de que este hombre sin historia les dominara y domesticara, estas mismas mentes tampoco daban cuenta del grandioso poder que tenían, el poder de todo, el poder de derrocar a cualquier señor que se les pusiera por encima con simplemente apartarse de sus pies.
Mientras ocurría la hecatombe de las semillas, algunas tribus y grupos de personas no se dejaron contaminar, seguían con lo suyo a pesar de que fuesen cada vez menos. Nada que ese hombre sin historia les ofreciera podía interesarles más que sus propias vidas, no se vendieron a las novedades plásticas del tóxico gobernador. Todavía hay repartidas por todo el mundo las esporas de la verdad, que despiertan a algunos imperceptibles de la polución social.
El psiconauta, a diferencia del onironauta, se separa del inconsciente. Deja la seguridad de su cuerpo para tomarle la mano a la planta que ha decidido llevarle en un viaje de puro conocimiento. Este “despertar” que tiene el psiconauta puede ocurrir por tres diferentes casos: la planta ha encontrado a su viajero y mueve todo el universo para lograr que le consuma; el viajero siente una incipiente curiosidad sobre una planta y la consume, siendo ésta una situación relacionada con el psiconauta del futuro, quien hizo la decisión desde un futuro probable y la cumplió en el presente, el lugar donde se toman tales probabilidades de vida; por último, aquel viajero que se inicia por voluntad propia, es el más curioso de los casos y concluye –o se da un real inicio- cuando encuentra la tierra en donde plantar su propia semilla y entonces ser independiente de las demás plantas. Cuando un psiconauta comienza a desarrollar su propia planta, obtiene grandiosas cosas, como el néctar de ésta que es el lenguaje del universo, néctar que se traduce en las letras de la realidad; el psiconauta se vuelve similar al gigante barbudo, puede convertirse en la lamprea.
Al momento de mezclarse con la planta e introducirse en la realidad, asume que ya no es un observador, sino un auténtico personaje dentro de todo el viaje, puede fácilmente hacer y deshacer. Lo que se hace durante el proceso tiene inmensa importancia en la vida del viajero, por lo tanto si se actúa de mala manera se puede incluso llegar a morir despiadadamente. El psiconauta está constantemente bajo el asecho de la polilla.
Luego de consumir la planta y asumir los riesgos, se da lugar a un espacio comparable con la pradera primaria: el bosque de cactáceas. Este lugar asegura que los viajeros pobres de poder no puedan cruzar a la realidad, provoca que los más débiles sean vistos como “adictos” en el mundo del imperceptible; aquellos que consumen drogas formadas a partir de plantas, también llamadas duras o sintetizadas, llegar a un lugar más doloroso aún, son ingresados en las flores de cáctus; hay otros con un poco más de poder acumulado en sus cuerpos y simplemente quedan enganchados en la multitud de espinas, en el mundo del imperceptible son aquellos personajes que consumen plantas y se quedan siempre en el mismo lugar, no tienen un buen desempeño en sus viajes y creen a los materiales como cosas interteres. El verdadero psiconauta tendrá poder suficiente y respeto hacia la planta que le va llevando hasta su realidad, conoce bien a su compañera y le agradece todo lo compartido. Es recién entonces cuando el viajero cruza sin mayor complejo el bosque de cactáceas y arriba al chagual propio, una maravillosa planta de imponente figura y flores pintadas con el color del viaje, a partir de este momento comienza a aparecer la realidad, el conocimiento y todas las dificultades que pueden ser encontradas en ella. Justo por encima de esta maravillosa planta se encontrará siempre la polilla, advirtiendo al viajero de su presencia.

Disfrute ahora su complicado camino: el complejo orden de la naturaleza, los ritmos de la realidad, lo que comunica cada una de las existencias que en el mundo del imperceptible le parecían carentes de lenguaje, aférrese a la gama de colores imposibles de describir y emular, lleve consigo sus técnicas y defensas para desarrollarlas en este lugar, aprenda de todo lo vea y sea consecuente. Usted, siendo un psiconauta, por fin ha de ser sincero consigo mismo, sus sentidos más utilizados se agudizarán y no le mentirán, incluso podrá recordar que posee sentidos tan potentes que la sensación del viaje no la podrá compartir, puede llegar a encontrar su propio nombre, utilizar miembros y extremidades que le fueron escondidos al momento de introducirse en las dificultades de la sociedad.

sábado, 27 de julio de 2013

Psico-compuestos

Fuimos, somos, seremos la espiral, la espina dorsal de los ominosos misterios que recubren esa nebulosa cerebral. Nos acoplamos a los cráteres del deseo, interpretamos realidades y damos la mano para los infinitos acuerdos de construcción, con el único fin de armar un mundo concreto o real. Sin embargo en ocaciones nos revelamos, nos alzamos, nos volvemos hostiles ante las básicas reacciones y permitimos mostrar el mundo como es, tal como es. Degollamos los sentidos y que la percepción se apodere de aquellos acéfalos bípedos que creen ser parte de la evolución. Por otro lado, aquellas cabezas que criaron alas en sus cuellos y cola en la nuca, se irán con nosotros a disfrutar esa brisa cósmica que la hecatombe de la realidad nos ha permitido respirar. Somos más que una percusión, somos más que el dulce sonido de la vista, el áspero sonido del olfato, el intenso sonido del gusto, incluso más que el sonido del oído. Somos la frecuencia de la quintaesencia.

lunes, 22 de julio de 2013

5. La polilla

Cuando el universo era todavía joven, todas las formas de vida que se habían desarrollado hasta entonces eran inmortales. La lepisma, quien les dio origen, notó que ninguna de aquellas formas se apuraba en existir, vivir, experimentar, evolucionar o mejorar; sino que descansaban largamente. La furia del insecto se desató en la nueva cualidad que instaló en cada uno de los vivientes, las proliferaciones en todos los sentidos posibles comenzaron a notarse y la lepisma se sintió satisfecha al asustar a sus hijos con el despojo del existir. La mortalidad se fue repartiendo equitativamente: quienes poco crearan en su tiempo serían prontamente privados de vida, a diferencia de los inventores eruditos y espontáneos, que tendrían un longevo existir en distintas formas perceptivas, se les regala el cambio de percepción.
La tarea de ir controlando la población creadora de cada especie, mediante el ultraje de la vida, la llevaría a cabo la última obra de la lepisma. Se le otorgó forma de polilla al personaje; se le brindó la poli-presencia, grandiosa capacidad de ser uno y ser millones al mismo tiempo, un espectáculo de vivencias y densa fuente de experiencia; consistencia semi-real, para facilitar la difusión y transporte del insecto; fijación a lo mortal, para asegurar la relación de la polilla con lo vivo mientras se acerca el día del despojo. Desde entonces la polilla, personal y única para cada existencia, sería el instrumento que cortaría aquella red que une a la vitalidad con un cuerpo inerte.
Su método consiste en tres etapas importantes: primero besa al presunto muerto, de tal manera se comienza a desarrollar una serie de hechos que permitirán debilitar la red entre el cuerpo y la vitalidad; luego, cuando la red ya está casi deshecha, la polilla se sitúa en la parte más izquierda de cada víctima, se bebe su vitalidad desaparece instantáneamente; por último, la vitalidad que ha de portar la polilla es llevada a la lepisma para darle un nuevo uso. Únicamente hay dos personalidades que son privadas de este proceso: el gigante barbudo y los sacrificios. Los sacrificios no se contaban dentro de muertos, pues eran entregados a otro mundo muy distinto al ser ofrendados, ya tenían una misión que cumplir antes de morir, una misión que va más allá de los cambios de estado y la muerte. Por otro lado, el gigante barbudo no participa en la labor de la polilla desde el momento en que comenzó a aprender de verdad, el conocimiento en el principio de los tiempos estaba tan descubierto, explícito y accesible que el gigante, siendo aún un pequeño ser, aprovechó la situación para absorber cuanto consejo tenía el universo sobre su joven trayecto; tanta verdad acumulada llevaron al personaje a encontrar los complicados caminos para escapar de la muerte y de las interacciones con la polilla, ni siquiera se sometió a los cambios de percepción que se le entregaba a los grandes creadores, pues cuando eran entregados a este evento perdían la memoria. La polilla y el gigante barbudo se convirtieron en eternos enemigos, cada vez que se encontraban emprendían una increíble batalla; los saberes que contenía cada uno diferían grandemente, pero no lo suficiente como para eludir las defensas del rival. A pesar de luchar y discutir largamente por los milenios de los milenios, se rendían culto y ofrendas para demostrar el grandioso respeto que tiene uno sobre el otro, actúan con tal impecabilidad que sorprenden continuamente al opuesto.
         El gigante obtiene conocimiento por sus vivencias y la innovadora forma de poseer la poli-presencia dentro de sus cualidades, gracias a su cultivo de las arañas neuronales que se dedican a viajar de lugar en lugar para consumir un paupérrimo trozo de conocimiento y llevarlo a su benefactor. La polilla, en cambio, obtiene su dichoso conocimiento gracias a su cualidad de fijación a lo mortal, que le permite presenciar todo lo vivido por el mortal. Sin embargo, hay ciertas existencias que no brindan completa entrega de información a la polilla, dichas existencias poseen la personalidad onírica. Con ella pueden realizar un escape provisional de la polilla, consciente e inconsciente unidos, y entregarse un poco a la realidad, conocer lo que quizás la polilla desconoce. Hay otras partes de la polilla, ajenas al onironauta, que pueden encontrársele durante el viaje; este tipo de encuentros es bastante común, pero la polilla, al ser específica, no puede llevarse la vitalidad del viajero. Un onironauta experimentado –con una personalidad onírica evolucionada- puede llegar a encontrar los nidos de la polilla, fuente de “poderes” que permiten al viajero elegir su cambio de percepción, morir o tomar otro tipo de personalidad onírica. Es una verdadera hazaña encontrar un nido de polilla en el universo, pero la hazaña más colosal posible es la que únicamente puede realizar el gigante, que puede encontrar el alojamiento de la lepisma para ofrendar a la polilla en su estado fundamental.

         El insecto suele dedicar su tiempo libre a excelsas actividades, como ir a dormir en las dunas de los soles, visitar el desierto al que van los sacrificios, traer materiales de las fronteras del cosmos, construir sistemas simples de astros y bañarse en ese peligroso polvo sempiterno que le seduce tanto a ella como al gigante barbudo.

viernes, 12 de julio de 2013

4. El primer Chamán

Después de ofrendar novecientos noventa y nueve humanos perdidos en los sueños, el octavo de los ocho cadáveres comenzó a cuestionar su labor; al menos él tuvo el tiempo suficientemente aprovechado como para desarrollar pensamientos superiores a los que su primitiva raza le permitía llegar y, por novedad, sacó conclusiones que le significaron un cambio de rumbo en su eterna labor de sacrificios. Sólo esperó a encontrarse con un errante humano más en la faz de la tierra para encontrar las escusas que le faltaban y desistir con la hecatombe silenciosa y somnolienta. Se acercaba el milenio de su empresa y finalmente encontró al hombre milenario, ese personaje que sería la ofrenda numero mil de todas sus ofrendas y la definitiva, la última. El humano era la más fiel representación de este cadáver en sus tiempos mozos; era aquel joven de bellas y tostadas facciones emocionado de vivir, deslumbrado por lo que su gente llama “sueños” y enamorado de la muerte. El cadáver vio en el joven durmiente su propia salvación, su suicidio. Se superó, cambió lo abstracto que era el material que componía sus células y se volvió tangible por unos minutos, se paró encima del hombre milenario, le tomó la cabeza con las dos manos y le besó la frente, el humano despertó y le miró a las vacías cavidades oculares. El cadáver le recitó:
“Parece siniestra la labor de los cadáveres, a pesar de que quisieran unificar a las dos personalidades oníricas más abundantes del planeta. Mil años han pasado desde mi sacrificio, y quién sabe cuántos otros miles deberán pasar.”
El joven se quedó muerto entre las frías manos del cadáver y calló en su lecho cuando el material que conformaba al homicida volvió a ser intangible.
El octavo cadáver escapó del lugar, sentía una nebulosa sobrecogedora en el interior de sus pieles muertas y se escondió de sus otros siete compañeros y compañeras de labor. El poderoso sentimiento que se desarrollaba en su vientre simulaba un aleteo continuo y el estremecimiento de polvos raros. Otro destello de pensamiento se originó su vacío cráneo y se apresuró en concretar las imágenes que allí se originaban: la octava piedra, en la que fue sacrificado, debía ser entibiada por el sol y en ella debería volver a morir. Cumplió con todo excepto con un detalle, la polilla, el verdadero poseedor de la muerte. Esperó allí, desesperanzado, alguna solución, algún otro destello de pensamiento, algo erróneamente inesperado. Lo único que surgió de aquel montaje fue el poderoso sentimiento en su vientre, el aleteo polvoriento. El cadáver recordó que la polilla estaba la izquierda de todos los hombres en el momento que fueron despojados definitivamente de la vida, entonces se levantó y se dirigió hacia su izquierda. Como en aquel momento daba la espalda al mar, el personaje eligió tal camino, a pesar de las dificultades que comprendía el viajar sobre o por debajo del mar. Su cuerpo de consistencia pobre se quedó sobre la piedra y el mar, el camino hacia la izquierda, se abrió ante él. Olvidó sus temores y preocupaciones, olvidó las ofrendas y olvidó los sueños. Sentía la frescura de la arena entre la carne de sus pies y la húmeda brisa del agua en sus fuertes hombros. Veía con claridad del curioso pasillo que se formó entre las dos paredes de agua, veía a las bestias del mar acercándose, cruzando el tramo inexistente y llegando al otro lado. La frontera, el sendero, era únicamente para él, la polilla lo había creado. De esta manera el octavo de los ocho cadáveres desapareció y sólo quedaron siete en la eterna empresa del ofrendar. Curiosamente el octavo cadáver ofrendó al último de los humanos que tenían esencia de la tribu en sus cuerpos.
Caminó sin cansarse, notó cómo crecían las paredes del mar debido a la profundidad que iba alcanzando en su viaje, caminó hasta que la luz del sol ya no llegaba directamente, sino que era un haz de luz distorsionado por el vaivén de las mareas el que llegaba a tocar la piel en la cara del revivido ser. Se detuvo, tocó su cuerpo y comenzó a llorar de alegría, de pena, sintió todo el dolor acumulado en estos mil años de agonizante tarea. Pensó en volver, después de recuperar su cuerpo y su vida, pero sería inútil dejar de lado esta nueva empresa que se le había impuesto. Ya no eran los perros oscuros quienes le motivaban a seguir, pues su tarea de ofrendado había terminado, sino que era la polilla quien lo llamaba de su eterna izquierda, quien lo llamaba desde el final de ese camino submarino. Comenzó a correr cuando sintió que desaparecía ese sentimiento en su vientre, creyó que cuando el aleteo estuviese tan tenue como el silencio ese camino entre mares se cerraría y se ahogaría ahí mismo. El aleteo polvoriento de su interior salía de su cuerpo como un río, fluyendo, creando su propio sendero hídrico. De la arena comenzaron a surgir plantas marinas, raras, primitivas, las originales, plantas que hablaban incesantemente al hombre. Luego la tierra cambió, la humedad y todas las condiciones variaban a medida que aparecía una planta terrestre en ese fondo marino privado de mar. El hombre miraba algunas plantas y recordaba haberlas visto en su vida pasada. La polilla comenzó a hablarle finalmente en conjunto con todas las plantas que oscilaban en torno al viajero en el sendero, le enseñaban sobre todo el poder que había en la tierra, sobre las distintas formas de acercarse a la realidad y la necesidad de un “contraste” para aprender y el “capullo” para madurar. El joven fue aprendiendo, su mente estaba increíblemente abierta y buscaría una manera de explicárselo todo a sí mismo, sin sobrepasar esos límites de explicación que llevaron a la morbosidad del hombre a extremos horribles de investigación, extremos en que alejan las respuestas y se inventan o creen ver la solución. Las plantas de distintos lugares del planeta le dijeron que tenía que enseñar a todos los hombres correspondientes una cualidad distinta a la de las “personalidades oníricas”, pues esta podría ser adquirida y sólo dependía de la voluntad de quien desea aprender sobre la realidad. Si bien la personalidad onírica se basaba en la genética, la personalidad psicotrópica se otorgaba de distintas maneras, nada en ella aseguraba que los poseedores de ésta fueran capaces de poder utilizarla y ejercer verdaderos viajes o recoger verdaderos conocimientos con ella. La nueva tarea sería entrenar a los hombres, enseñarles sobre cómo ser un guerrero, un psiconauta, la vía peligrosa para llegar a la realidad.

El hombre caminó un período de tiempo inmedible, pero todo su viaje se desplomó en un instante; cuando la lluvia de información se terminó de alojar en el cráneo del conocedor, este se encontró en la entrada de la aldea más grande de su antigua tribu. Le atendieron, no le reconocieron, habían olvidado el suceso de los sueños. Sin problemas acogió la lengua modificada de sus pares y comunicó a ellos la importancia de las plantas en la vida del hombre, comenzó toda su tribu a volverse eruditos de la flora, todos seguían los sabios conocimientos del primer chamán llegado de la nada, empapado y con los pies arenosos. Aprovecharon para conocer lo hermoso que era la selva, las cosas inmensas que contenía y que no podían mirarse con los ojos, que debían acogerse con más de un sentido y otras tantas que ni siquiera podían comunicarse entre ellos. El mismo chamán se sentía orgulloso de lo hábil que se había vuelto su tribu, pero olvidaba la labor puesta sobre él. Un día en que todos los habitantes de la tribu disfrutaban de un amargo brebaje para conectarse y conversar con las piedras, la polilla  hizo aparición. En medio de todo el gentío ella se posó en la frente del chamán, despojándolo de la vida. Como todos los demás humanos en aquella tribu comprendían a la perfección este tema, no lloraron la muerte de grandioso maestro. El insecto hizo la advertencia a todos los presentes y se marchó. El cuerpo del difunto se deshizo en la tierra, se dividió por colores y un mapa del mundo quedó ahí, plasmado en el suelo. Los aldeanos se arreglaron entre sí, se despidieron para nunca más volver a encontrarse y partieron en direcciones distintas, en busca de las otras tribus ignorantes, faltas de conocimiento y cercanía con el planeta que les criaba. La empresa de toda la comunidad se dificultaba a cada época, pues el mundo se repartía a cada momento y en determinado momento llegaron personajes ajenos al planeta para insertar a un nuevo tipo de hombre, uno que pudiesen explotar. Todas las culturas que pudieron tener contacto con los chamanes que otorgaron fieles conocimientos se esforzaron por retratar todos los sucesos ocurridos, además de graficar lo aprendido sobre el universo y los astros. Los chamanes que surgieron de aquella tribu fueron los únicos que pudieron recordar al primer chamán; los hombres y mujeres saturados de conocimiento volvían al lugar de la tierra en donde encontraron a este ser y allí mismo se depositaban para morir. Algunas culturas mezclaron los conocimientos de los chamanes con los que aprendían en los sueños, entonces se fueron creando doctrinas y otras tantas cosas muy distintas a las que fueron entregadas al “nuevo hombre”, ese personaje insertado en un lugar de la tierra para extraer los minerales de ella. Algunas culturas han llegado a encontrar la planta interior, la más poderosa de todas, esa planta que incluso está dentro de otras.

domingo, 7 de julio de 2013

Piro-compuestos


Ya respiramos el aire pesado, ya caminamos las tierras pisadas, ya devoramos la comida discriminada, ya lloramos las lágrimas recicladas y también gritamos estruendos viejos. Nos volvimos el estropajo, el hueso del hombro más utilizado, los pómulos más negros, los pies más gastados, el pecho más adolorido y el estómago con más mariposas. Nos cansamos, nos reiteramos, nos reutilizamos, nos renovamos y aún después de ello, volvemos a ser quienes somos, ese polvo que descansa en las fronteras de los ojos...
Nos cansamos de ser el uróboro térreo, el circo metálico, el círculo hídrico, el bucle eólico y nos dignamos a vivir en la pirólisis, el espectáculo de descompensación y conocimos el verdadero sentido de la palabra más paupérrimamente y erróneamente utilizada: amor.

lunes, 24 de junio de 2013

3. Los siete cadáveres

En un principio, cuando las culturas recién comenzaban a entender lo que pensaban, una furiosa enfermedad les hacía temer cada noche. Era tan esporádica e intensa que jamás  se sabía quién iba a morir por dormirse, por soñar. Los hombres, mujeres, niños y ancianos que dejaban de reposar ese largo tiempo bajo el manto nocturno por tener un montón de imágenes increíbles en el cráneo que le hacen desvelarse, revelarse y conocer de dónde vino, que le responden más de lo que humanamente ha llegado a hacer por responder. Son pocos los bípedos que lograron soportar este terremoto de información, que sólo se presentaba en las noches más despejadas de pensamientos y quehaceres, aquellos hombres sólo habrían ingresado parte de su ser en la pradera primaria y sin siquiera ser presentados a las grandes cantidades de la cascada creadora del universo.
La enfermedad del soñar fue tal para los primeros hombres, que de alguna u otra manera lograron juntarse todas las culturas apenas dividas, lograron encontrarse en un lugar de la tierra para discutir con movimientos, cantos y representaciones lo complejo que era el soñar. Cada cultura presentó al hombre o mujer más afortunado y experimentado en el plano de los sueños, aquellos que habían sobrevivido a uno o más de estos eventos y aún seguía ligeramente cuerdo. Aquellos ocho personajes, cuatro hombres y cuatro mujeres, serían entregados muertos a los sueños para que una vez estando allá, no podrían volver a ser asesinados por la enfermedad; los más sabios tenían alguna noción de que cosas andaban por allá, después de recopilar la información vomitada en forma de espasmos por los agonizantes seres que se mantuvieron un buen tiempo en transición de muerte. El encuentro de las civilizaciones creó espontáneamente un hermoso encuentro para compartir creencias y vivencias, especias y materiales, pero todo iba bien relacionado con el trascendental sacrificio que daría final al efímero sentimiento comunitario. Ocho culturas ligeramente distintas pero con ocho humanos estrechamente relacionados entre sí, cada uno parecía ser la futura expresión llevada al extremo de su civilización misma.
Cuatro hombres y cuatro mujeres fueron estirados en ocho piedras tibias, a la orilla del mar y equipados con sus respectivas armas. Cuatro hombres y cuatro mujeres sin miedo a morir tenían en sus párpados el peso de cinco días sin dormir, cinco días de abstinencia al sueño para asegurarse un profundo sueño del que no volverían. Cuatro hombres y cuatro mujeres partirían sin saber a la pradera primaria para dar solución a esa enfermedad, pero creían que iban a batallar, creían que iban a enfrentarse con esas negras bestias descritas por sus pares. Cuatro hombres y cuatro mujeres fueron despojados de la vida al mismo tiempo, bajo el dulzor de una noche pacífica, arrullados con el susurro de la marea, cobijados por la temperatura de sus piedras y cuidados por su cultura entera. Cuatro hombres y cuatro mujeres se fueron muertos al más hermoso de los posibles sueños para jamás volver, cada uno con una estaca de madera en el corazón.
Extrañamente, los ocho personajes sintieron estar llegando a algún lugar. Se tomaron las manos por inercia, no se habían dado cuenta de que estaban en un sitio y sentados en círculo, se miraban las caras eternamente desconcertadas. Pudieron sonreírse los unos a los otros con un alivio de no sentir dolor, otros alegraban los ojos por enterarse de cómo es estar muerto. Se soltaron las manos para pasearlas por el exquisito césped que hacía de cojín, pasearon también los ojos por las hermosísimas lomas que se distribuían por todo el lugar, hasta detenerse con los troncos de un rarísimo bosque de follaje frondoso amarillento. Se sentían felices, despojados de peso alguno, vivos. Uno de los hombres se levantó y mantuvo las rodillas flexionadas, los hombros tensos y los ojos derechos, estaba a la defensiva; a lo lejos se encontraba una loma llena de cadáveres correspondientes a los difuntos por culpa de los sueños y más allá se acercaba un grupo de perros oscuros. Sin pensarlo dos veces, los ocho humanos imaginaron sus instrumentos de caza y al instante aparecieron sobre sus cuerpos. Los canes detuvieron el paso y simplemente miraban con distancia, sabrían lo que venía, los violentos humanos les despedazaron y la carne de los animales quedó desordenada por el césped, la sangre rebotaba en el piso y gritaba poder volver a las venas por las que corría antes. El pelaje de los animales era confundido con el tenue color que quedó en el lugar y los ocho hombres se quedaron mirando el desastre que habían dejado, nada habían hecho, esto no era la solución a la enfermedad porque los perros oscuros no eran el sueño tan agonizante y revelador que nublaba las córneas de sus hermanos. Sólo entendieron esto último cuando hubo llegado otro grupo de perros duplicados que armó un círculo aún mucho más grande que el de los humanos, enjaulándolos en el juicio del mal actuar, de las acciones precipitadas y apuradas. Los ominosos canes, sólo para dejar todo claro, dijeron a los cuatro hombres y cuatro mujeres:
Sólo aquellos hombres que soñaban se podían asomar a la pradera, algunos otros se perdían y morían en el sueño calcinados de tanta belleza. Ahora seréis sometidos a ofrendarnos las vidas de sus pares equivalente a las de los nuestros, sólo entonces dejaremos de ser perros oscuros. En el entretanto, cuidaremos de que ningún otro bípedo logre escurrirse en esta maravillosa realidad onírica, por lo inconsecuentes e irresponsables que son. Ahora largaos, que mientras antes traigáis las eternas ofrendas, antes acabarán con su eterno castigo.
         Los cuatro hombres y cuatro mujeres agarraron un poco de tranquilidad al saber que ya no morirían sus parientes por un mal soñar, por no saberlo hacer. Se retiraban con un castigo pero satisfechos por cumplir la misión que les costó la vida. Se tomaron las manos y se retiraron al bosque, allí en el universo entero encontrarían una solución. Cuando estuvieron próximos a cruzar, la polilla se posó en el hombro izquierdo de todos ellos y se bebió la vitalidad; se puso a la izquierda de todos porque todos eran humanos, en ese preciso instante murieron verdadera mente, murieron para volver a este mundo con un filtro diminuto y pasearse por entre los mismos humanos para buscar las ofrendas. Su nueva misión sería volver a vivir, pero llegarían a esto una vez que cada uno ofrendara a su cultura entera. Los años pasarían y éstas se reproducirían, entonces los hijos e hijas traerían las esencias de sus padres en cantidades menores. La labor parecía no tener final, pero salvaba actualmente de los humanos para no morir agonizante en los sueños, a pesar de que la labor de los ocho cadáveres fue en un comienzo  quitar el aliento a sus propias culturas mientras dormían, ausentes de dolor y revelación, una muerte silenciosa y somnolienta.
         Los ocho cadáveres buscaban a los humanos que tenían la esencia de las primeras culturas y se los llevaban cuando se encontraban algo débiles para volver a la “realidad”. Muy frecuentemente eran los enfermos, pero también había personas tan apegadas a la pradera primaria que hasta parecían dejarse llevar por propia voluntad. Los ocho individuos paseaban así infinitamente por todo el planeta, para juntar cada uno la unidad completa de la cultura que les sacrificó. Buscaban volver a la vida para enseñar a todos los demás humanos a soñar, para buscar armonía entre los perros oscuros y los hombres.

         “Parece siniestra la labor de los cadáveres, a pesar de que quisieran unificar a las dos personalidades oníricas más abundantes del planeta” Fueron las palabras que encaminaron al octavo de los ocho cadáveres por otra senda, justo cuando se llevó la vida del ser humano milenario. “Mil años han pasado desde mi sacrificio, y quién sabe cuántos otros miles deberán pasar”. El cadáver decidió recostarse en un lugar del planeta para recrear su sacrificio, quería llegar a soñar nuevamente y encontrar otra solución posible en este universo de lo probable, no le cabía en su inerte cráneo el hecho de someterse a una única salida. Mientras esperaba por dormirse, comprendió que en realidad buscaba a la polilla. Viajó largamente hacia su izquierda y desapareció, la encontró y de alguna manera se volvió el primer chamán.  Sólo quedan en el mundo siete cadáveres, a ellos les corresponde liberar a la raza humana para disfrutar del soñar.

miércoles, 19 de junio de 2013

2. Los perros oscuros


Hace millones de años, mucho antes de que apareciera el perro domesticado, entre hienas y lobos también existía una especie de can salvaje. Esta especie, por azares de la evolución, apenas nacía se veía inmersa en un profundo sueño. Esta clase de perros se dedicaba de lleno a soñar, capacidad que apareció en sus propios genes y que les dejaba a un pestañeo profundo del universo entero y la caprichosa realidad. El can no se aferraba al inconsciente para escaparte a la inmensidad, sino que paseaba en pareja con su otro estado de consciencia y entre pares eludían los posibles daños del viaje. Entonces, el consciente y el inconsciente, se volvían siameses de vida en esta exquisita hazaña onírica: entregarse a las brisas cósmicas, revolcarse en las praderas primarias, ladrarle a los estruendos del filtro cerebral, oler la millonada de fragancias imposibles dispuestas en esquinas de planetas y estrellas ponzoñosas, morder los ruidosos meteoritos cuando rozan con las paredes del universo. La jauría se regocijaba en grande, bajo el artístico manto de la dualidad propia.
En aquellas épocas sólo los perros poseían la personalidad onírica, pero como los azares de la evolución también tienen sus reveses negativos, apareció un ser bípedo que traería un cambio radical en este plano tan virgen para los canes. El humano primitivo ya poseía la incipiente necesidad de explicar todo cuan misterioso es el mundo, además de estar cegado por su colosal filtro de realidades. El hombre tenía entendido para aquellos tiempos que la muerte de sus pares  significaba que se apagaban, tal como lo hacía el sol día a día; sin embargo cuando empezaron a aparecer los sueños en los cráneos de algunos suertudos, éstos entraban a un estado de lucidez parcial y convulsionaban dolorosamente a los ojos de sus familiares y compañeros. Los perros apenas tenían noción de lo que eran los bípedos, ya que cuando entraban al terreno de los sueños se veían rápidamente deslumbrados ante tanta maravillosidad y lloraban hasta que las lágrimas se convertían en sangre, los canes lamentaban la defunción de los intrusos y los iban a dejar en algún hermoso pantano del universo, para que terminaran sus existencias con una agradable vista mientras se pudrían. Los cuadrúpedos cargaban a los extranjeros en sus hábiles mandíbulas mientras se esforzaban por pronunciar las diminutas combinaciones de sílabas pertenecientes a su prehistórica lengua. Este fue el primer tipo de encuentro entre canes y humanos, esta labor de movilizar difuntos fue el primer roce entre las dos personalidades oníricas más abundantes del planeta.
Había ya ocho pequeñas civilizaciones en un sector del planeta, de donde se originarían las futuras variadas culturas por la separación de tierras y emigraciones aleatorias. Las ocho tribus se pudieron comunicar entre sí y poder debatir sobre el problema que tenían con las numerosas muertes. Decidieron por el bien de sus culturas que ocho hombres, cada uno de una tribu distinta, los cuales ya habían tenido ínfimas experiencias con los sueños, serían sacrificados antes de que murieran por tener sueños. Se convencían que de tal manera podrían salvar a todos los humanos de las numerosas muertes generadas por misterioso mundo onírico, al que todavía no podían darle explicación, pero que podían combatirlo enviando a seres que ya no podían morir una vez estando muertos. Los hombres fueron entregados a una serie de fiestas y cantos mortales, para terminar muertos en sus lechos, un al lado del otro y con sus respectivas cerbatanas, lanzas y mazos. Como fue esperado, llegaron a la pradera primaria conscientemente las ocho ofrendas, los ocho cadáveres. Los hombres encontraron a los muertos más recientes amontonados en una loma de la pradera, alrededor de ellos se encontraba un grupo de perros duplicados formando un círculo acogedor. Imaginaron cada uno sus armas y al instante aparecieron en sus extremidades, es entonces cuando dieron lugar a la irracional hecatombe en contra de los magnos perros que no manifestaron defensa ni gestos, únicamente dejaron que su ominosa sangre tiñese los cuerpos de los difuntos y el agradable césped que recibía los cuerpos inertes de los cuadrúpedos. El octeto miraba satisfecho la masacre, pensando que detendrían los robos de vidas de sus pueblos mientras dormían, pero aquel instante de deliciosa gloria fue amargado por la llegada de los canes que regresaban de su tarea de ultra tumba, aquellos que iban a depositar a los muertos en lugares hermosos. Los ocho cadáveres se miraron los unos a los otros y de un único ladrido, uno de los perros del grupo explicó quiénes eran. Los hombres no pudieron evitar sentirse culpables, pidieron perdón por el exterminio sinsentido ante el discurso de los perros:
Sólo aquellos hombres que soñaban se podían asomar a la pradera, algunos otros se perdían y morían en el sueño calcinados de tanta belleza. Ahora seréis sometidos a ofrendarnos las vidas de sus pares equivalente a las de los nuestros, sólo entonces dejaremos de ser perros oscuros. En el entretanto, cuidaremos de que ningún otro bípedo logre escurrirse en esta maravillosa realidad onírica, por lo inconsecuentes e irresponsables que son. Ahora largaos, que mientras antes traigáis las eternas ofrendas, antes acabarán con su eterno castigo.
Los perros se bañaron en la negra sangre de sus hermanos y tinturaron todo su cuerpo de borgoña. Los ocho cadáveres se marcharon al bosque viscoso para conocer el universo y en él buscar solución. Por otro lado, las tribus creyeron tener éxito, pues ya no tenían muertos cada vez que algún esporádico hombre, mujer o niño moría de convulsiones reveladoras por los crudos sueños. Los canes dejaban que los humanos se quedaran inconscientes en las praderas y tuviesen como “sueños” los recuerdos del día, una pequeña liberación de sus cerebros. Como comenzó a aumentar la población, algunos humanos nacían superdotados oníricamente, por lo que despertaban de la inconsciencia en la pradera primaria e intentaban escabullirse por el bosque, algunos tenían suerte y lograban su hazaña, otros, por su parte, eran devorados por los animales en su inútil empresa. También cierta variación de la especie se lograba mezclarse con los “falsos sueños” de las personas y hacía que éstas olvidaran lo que su inconsciente lograba acaparar desde la pradera. La pradera primaria parecía un cultivo de tubérculos antropomórficos, un lindo paisaje para los rencorosos perros oscuros.

Aún existe aquel lugar físico del planeta donde estos animales nacen, se reproducen escasamente y duermen eternamente. Aquel lugar es una gigantesca geoda que contiene cristales y reflejos inmensos de luz que participan de arrullo para tan hostiles cuerpos cuadrúpedos, sólo las vibraciones crípticas son posibles de generar una geométrica cuna que sedimenta en el pelaje de los animales como música fosilizada.