miércoles, 23 de julio de 2014

Los hexagramas y el dragón de agua

El Silencio traducía fluidamente las palabras pétreas que nacían de la garganta de aquella colina, pero de un instante a otro su modulación se volvió vacilante y azul. Para El Silencio, el cambio de ánimo de aquella colina significó una mayor dificultad en la traducción, pues no sabía cómo presentarle a Yehoshua aquellas palabras espirales que se adosaban a las paredes más erguidas del relato, y como la hiedra la penetraban y destrozaban justo cuando correspondía que fuesen escuchadas. A pesar de esto, Yehoshua presintió que una parte delicada del relato saldría a flote y mostraría sus primeras hojas. Las carabelas se detuvieron y cariñosamente se reunieron alrededor de la colina y los dos oyentes.
“Cuatro. El dragón de agua. Luego de que las dos medusas, las hermanas Turritopsis, llegaran a las profundidades marinas a dar inicio a sus labores, las Onirificaciones, el fractal de este sitio –situado aquí mismo- dio una nueva esperanza de vida a un esqueleto de ave arrastrado por las garras del mar. El origen de este cadáver tan especial se remonta a la época en que las dunas del desierto poseían una amorosa relación; el momento del quiebre emocional tiene como llave principal estos huesos de los que hablo, y antes de que el mar se llevase muy muy lejos el cadáver, éste se encontró con la tribu de los Kraatus. Comenzaré en el preciso instante en que unas manos misteriosas dejaron el cuerpo casi inerte de un ave costera en el roquerío más hermoso de aquella costa… La tierra echó la culpa al mar, el mar le otorgó la culpa a la tierra y ésta, indignada, levantó una pared de silencio…Entonces el mar tomó el cuerpo del ave y se la llevó consigo a un lugar en que el perturbador sonido de la discusión no contaminase sus aguas; se secó las lágrimas y de un susurro le dijo al cadáver del ave: “Hija mía, levántate algún día y quema esta tonta división en los párpados de El Sol…”
Los huesos de aquel ave fueron plasmados con palabras de amor, el mar recitaba día y noche poemas que convocaban vida en las aguas poco profundas. Pronto los restos cálcicos fuéronse llenando de diminutos organismos que llenaban los vacíos de la vida, cada uno de los animales del mar llevaba sus propios huesos como ofrenda ante el ave, la historia que le precedía se mantenía aún latente en la médula de su estructura ósea, pues una esperanza le abordó desde siempre. El tamaño regular del cuerpo reordenó sus letras y ahora correspondía a cuatro veces el tamaño del ave más grande de la tierra; el orgullo del mar seguía vigente, expresado en términos de magnitud, pero las intenciones de perdón y reencuentro eran aún mayores, expresadas en términos de vida. Magníficos arrecifes se formaron hasta en las extremidades más alejadas del corazón del ave, la médula del ser compartía una historia sobrecogedora para todo aquel que apenas se le aproximase. Las formas de vida se esforzaron para hacer del ave un nuevo ser un tanto más consciente de lo que era antes.
El mar seguía avanzando en su retirada a sectores lejanos, la brecha se hacía más grande a cada ola...
Los eventos que dieron origen a la separación del mar y la tierra tuvieron una repercusión mayor en todo el planeta, paralelamente, repercusión que llevó una notificación hasta lo más alto del universo: el creador, la Lepisma, se dio cuenta de que algo grave ocurría en uno de sus hijos, el planeta entero estaba enfermo de sueño. En consecuencia, envió a las hermanas Turritopsis, que consigo arrastraron una oportunidad para el cadáver viviente, tendría la posibilidad de extender sus alas desnudas y emprender vuelo hacia El Sol para dar fin al infierno de silencio y resentimiento. “¡Una ofrenda, una ofrenda!” le susurraban cada una de las diminutas formas de vida que habitaban la corteza más viva de el esqueleto; “¡Una hermosa ofrenda para las hermanas oníricas!”, a lo que la médula del ave respondía con su flujo intranquilo “¡No tengo ojos, no tengo ojos para buscar una ofrenda en el mundo!”. Las hermanas emprendieron un oscilante vuelo desde lo alto del universo hasta las profundidades más recónditas del mar, afortunadamente unas dunas marinas muy próximas al grandioso esqueleto del ave. Seis fractales, seis dunas repartidas por el universo, seis lugares que seguían el orden natural de las cosas: la profundidad más bella, el desierto más bello, la luna más bella, la estrella más bella, el aliento más bello y, por último, el ápice más mínimo de la cola más larga de la mismísima Lepisma. El ave, sintiéndose afortunada, hizo un gran esfuerzo y recitó poemas de resurrección; con un esfuerzo máximo extendió cada una de sus alas, tomando la posición del recóndito vuelo que recordaba cada día y cada noche; los animales metafóricos, los nacidos del oxímoron, fueron llamados con el canto del ave y se unieron al arrecife de su cuerpo el Celacanto, la Lamprea y dos Anémonas. Estas dos últimas invocaron un ojo de agua en cada una de sus cavidades oculares, mientras las otras dos transiciones de vida dibujaron conjuros en las corrientes marinas para convencer a las corrientes de aire de seguir cada uno de las peticiones del ave, con tal de llevar a cabo la resurrección en el momento del impacto medúsico.
Las Anémonas trajeron a la realidad dos perfectos ojos, que le permitían ver más allá del aire, del viento, de las tormentas y los huracanes. Divisó a lo lejos una tribu perdida entre las confusiones de su instinto, convocó al Celacanto y a la Lamprea y éstos siguieron los flujos de la idea del ave: la última vértebra de su columna saldría a la superficie y conectaría con las corrientes de aire, que  a su vez conectaron con las corrientes instintivas de cada uno de los humanos perdidos en aquella tierra, una cadena perfecta, el montaje perfecto para hacer una ofrenda onírica a las hermanas Turritopsis. El evento se llevaría a cabo, las medusas se iban acercando a las dunas marinas y la tribu Kraatus ya divisaba la costa marina. El flujo de la esperanza en la médula de los huesos del ave se acrecentó, creó gravedad en cada uno de sus poros, la gravedad fue transmitida al arrecife y el mar escuchó la petición, el poema de resurrección era modulado, las mareas se separaron y crearon paredes a cada lado de la columna vertebral del ave. La última vértebra invitó a los humanos a un sueño lúcido, lo mismo ocurrió con cada uno de los cuatro ojos de las medusas que se quedaron pasmados ante tan poético recibimiento. Óseo. Reencuentro. Pétreo. Térreo. Hídrico. Vuelo. Llanura. Duna. Médano. Colina. Abrazo. Fuego. Corteza. Coral. Planicie. Desierto. Impacto. Trueno. Médula. Magma. Lava. Salomónico. Ornamental. Corazonada. Laberíntico. Concurrente. Figurado. Ponzoñoso. Cuántico. Bestial. Elemental, trascendental. Lozanía. Impunidad. Flameante. Nacarón. Pasquín. Teórico. Desvivido. Cónico. Bitor. Cada una de las metáforas creó un paisaje distinto en el camino de los bípedos y una sensación exacta en los tentáculos de las hermanas Turritopsis. Una ofrenda con desapego, un premio con gozo. 

La tribu cruzó el mar sin envejecer, un sueño casi eterno cruzó por sus cuerpos; las medusas, por su parte, otorgaron al ave la posibilidad de cumplir un sueño. Se aseguró ésta de que hasta el último pie tocara tierra firme y culminó el poema de resurrección con palabras que invitaban a cada uno de los habitantes del arrecife a evolucionar. Hijos del viento serían ahora. Vértebra por vértebra fue despertando su cuerpo y hasta su cuello bostezó para reencontrarse con el cielo. Extendió sus alas y dirigió el ápice de sus huesos al cielo; cada una de las formas de vida evolucionaba a velocidades indescriptibles. Un plumaje etéreo se distribuyó a lo largo de su voluntad y emprendió vuelo. Cuatro lágrimas cayeron de sus ojos, la cuarta se evaporó. El ave dirigió su determinación hacia los caminos solares, fue allí donde esta humilde colina le perdió de vista… Cuatro eran los ojos de las medusas, pero cinco eran sus percepciones. La semilla del Cinco es la tierra santa para cuatro ojos en la arena… Cuatro colores dieron lugar a cuatro más, una pluma criaba cuatro y cuatro derivados modularon cuatro palabras más, cuatro evoluciones en cada especie, cada una de ellas era la palabra de otras cuatro más…

Yehoshua y El Silencio no comprendieron bien este relato, faltaban detalles muy especiales, pero cada vez que el follaje de la historia se aproximaba a alguno de estos detalles, la voz de la colina se tornaba temblorosa y parecía a punto de quebrar. Las carabelas siguieron su flujo, sabiendo bien cuál de las semillas venía a surgir de la garganta del cuentacuentos, inflaron sus pechos y llamaron más colores a su encuentro.

martes, 22 de julio de 2014

Los hexagramas y los nómadas de un desierto

Parecía que un amanecer privado surgía de las cienes de cada carabela, no dejaban de fluir y otras no dejaban de acumularse ante el espectáculo de combustión triste que tenía el olivo en sus múltiples brazos; para finalizar el evento, el árbol juntó todas sus ramas y del ápice primordial soltó una única flor, con ella besó la mejilla de cada uno de los presentes incluyendo la mejilla de la colina.
“Tres. Los nómadas del desierto. Hubo una etapa en la evolución de la vida en estas tierras que trajo una novedad a los cráneos de ciertos seres; mientras plantas, piedras y casi lo absoluto de animales tenía su existencia unida tanto a la realidad como a la lucidez. Una raza de perros, los perros oscuros, separaron su existir entre la lucidez y el soñar, de manera que podían saltar a la realidad cada vez que dormían, dando lugar a una definición entre el cuerpo físico y el cuerpo astral. La raza humana también comenzó a desarrollar tales frutos evolutivos y fue aquí, en este desierto, donde una tribu nómada venida de sectores más húmedos logró dominar pacientemente el arte del soñar debido a su proximidad con los fractales de las dunas marinas. Los minerales que habitaban la piel del desierto y las sábanas arenosas que le daban aspecto arisco escondían en sus células bandadas de pájaros costeros, fosilizados hasta los recuerdos.
Iban los Kraatus cruzando maravillosos paisajes mediterráneos, cuando un estremecimiento de la tierra abrió paso entre el mar, dejó una cervical que dividía los humores del océano próximo en dos. La tribu tomó esto como una señal divina, los dioses de la piedra y del río abrían un paso en la cuenca de la vida, quizá se encontrarían con la ciudad prometida. A medida que los pies de los individuos cruzaban el puente improvisado, veían cómo a cada lado del mar se expresaban diversas formas de vida, el agua subía y bajaba sus corrientes, dejaba ver corales, roqueríos, acantilados marinos, monstruos hidrófilos, un sinnúmero de peces y hasta los abismos se presentaron ante los ojos de los viajeros; curiosamente, el agua nunca los cubrió, paredes de agua se extendían hasta lo más alto y luego, de un pestañeo, se encontraba a más de seis hombres bajo sus pies. La cervical manteníase sincera y dotada de inmensa templanza, sus invitados permanecieron en un trance constante hasta que el sendero concluyó en un paisaje árido, adornado con colosales pómulos de piedra negra y valles espeluznantes, el desierto los había llamado al encuentro. El hambre volvió a los vientres de los viajeros, un hambre inhibido por todo el alucinante paso fronterizo que pudo haber durado siglos sin generar la más ínfima molestia en los organismos; fueron recorriendo ahora lentamente las pálidas facciones de la tierra, el calor iba cocinando lentamente sus pies, que se hubieron mantenido jóvenes desde el principio del desafío, hasta los más viejos mantuvieron su edad intacta, incluso los más jóvenes eludieron el paso del tiempo.
Los Kraatus pensaron en volver por donde vinieron, al no encontrar nada de vida en aquella tierra ofrendada por los dioses para una próspera civilización, pero la cervical que separaba el mar pronto se levantó; vértebra por vértebra fue dejando ver un esqueleto de pájaro más magno que el humor de aquel desierto. El ave extendió sus alas y su cuello levantó su cráneo sin problemas, miraba al sol y tres lágrimas cayeron de su ojo derecho. La primera lágrima cayó a las espaldas de los espectadores, generando allí un río efímero, que a su vez dio lugar a un oasis de rápido crecimiento, como pidiendo perdón a la tribu completa. La segunda lágrima cayó mucho más lejos y en el sitio de su impacto no nació un nuevo río, sino que un monolito se expresó en respuesta, escrituras pétreas se distinguían en su clara tez. La última lágrima cayó mucho más lejos que las primeras dos, tan lejos sólo dejó una pista vaporosa para que los Kraatus encontrasen su paradero.
“Toda mi carne es sueño, toda mi sangre es sueño.
Mi plumaje se ha marchado con El Sol, hacia El Sol voy.
Cada respuesta merece un sacrificio, así como ustedes han sido mi respuesta.
Cada respuesta merece recompensa, mi pista, mi historia, mis sueños les dejo.
Ofrenda mía, aliméntante de los sacrificios y de los sueños.
Que mi palabra sea tu vibra, que mi camino sea tu norte.
Encontradme ahí, donde deben mezclar agua y sangre.”
La tribu completa tomó las palabras inscritas en el monolito como un sagrado testamento, toda su cultura se basaría ahora en el recuerdo de aquel dragón de agua. Siguieron entonces su paso en dirección a la tercera lágrima, no sin antes haberse dotado de alimento para llenar sus barrigas y para llenar el nuevo viaje. La noche les encontró entre los pasadizos rocosos, y ahora la Madre Luna refrescaba sus nucas con un rocío imposible. Cuando la medianoche se hizo vidente, una pradera desértica se abrió ante la experiencia de los Kraatus, y una colina resaltaba el centro del lugar, esta misma colina que permite que descanses las historias de tu espalda, Yehoshua. Caminaron entonces hasta tal lugar y en su cima esperaron a que el chamán de la tribu pronunciase una vez más el testamento dejado por el ave, aquellas palabras fueron hechas canciones y describían la nueva época de la tribu. Uno de los Kraatus descifró el acertijo y comprendió que la labor del sacrificio les correspondía a ellos ahora que su dios, el Dragón de Agua, les ha dejado un desierto en sus manos; graves discusiones se generaron entre ellos hasta que decidieron ofrendar la vida del más inocente. El chamán, sintiéndose un poco confundido, tomó al bebé y en la cima de la colina descubrió su cuello y luego su carne. Las lágrimas de aquel hombre tan viejo mezcláronse con la primera gota de sangre sincera justo antes de que ésta callera en la punta exacta de la colina. El impacto desató un estremecimiento del cielo, que comenzó a llenar su cara de nubes negras; luego la milagrosa lluvia trajo consigo un estremecimiento de la tierra, que desesperada por el agua abrió sus poros, dejando de que miles y miles de aves costeras emprendieran vuelo después de un milenario baño de minerales. El paisaje cambió por completo, aquella pradera desierta que tenía a esta colina como centro se modificó al punto de ser un vulgar valle. Los Kraatus ya se sentían agobiados de presenciar tanta cosa maravillosa, sus cráneos requerían de algún sustento, un espacio más allá de las paredes de sus cabezas. Un gran número de aves no emprendió vuelo, y su carne de cuarzo se volvió carne de ave. La lluvia se detuvo, el valle expresó maderos y el festín dio inicio a la nueva vida: la carne era el nutriente necesario para desarrollar perfectamente el sueño en cada uno de sus cuerpos. Los Kraatus pasaron a llamarse Thuálagas y teniendo como bandera un ave de onírico plumaje, dedicaron sus vidas a viajar por el desierto, tanto soñando, tanto andando, de tal manera de ofrecer vida, lágrimas y sangre a la colina que les ofrecía un pasajero vergel para sustentar la más extraña de las vidas. Los Thuálagas fueron conocidos en toda la región como los hijos del Tres, humanos que podían traer la vida buscándola a través del más complicado arte, el de soñar. A pesar de que la semilla del Tres se ve perfecta, completa, le debe su origen a otra entidad, la semilla del Cuatro.”

El Silencio se entristeció levemente por el relato; Yehoshua le apaciguó entre sus brazos. Las carabelas se sorprendían al ver la representación de todos los sacrificios llevados a cabo en la cima de la colina que, según la historia, cambiaba de lugar cada vez que se le intercambiaba por un repetido vergel de gran sustento. Yehoshua nunca quiso girar su cabeza y posicionar sus ojos en la morbosa escena que explicaba una cultura entera, tanto él como El Silencio comprendían que el verdadero sacrificio era otro.

lunes, 21 de julio de 2014

Los hexagramas y el olivo azul

(…) Las carabelas seguían su nublado paso por el cielo, siguiendo la cariñosa pista de El Sol. Yehoshua y El Silencio permanecían en la mejilla de aquella colina, escuchando las palabras pétreas, que luego eran traducidas a un idioma más legible para el humano, de tal manera que el alimento de cada semilla estuviese bien constituido y la testa respectiva aguantase las tormentas de habladuría en el cráneo del viajero. El manto completo comenzó a cambiar su coloración tenue, parecía que las manchas lumínicas de las fragatas le convencieron de no ser tan caprichoso, y un tímido susurro se abría paso entre la arena. La boca de la colina hizo una pausa al terminar de contar la primera historia y para cuando separó sus labios con la intención de relatar la semilla del dos, de una piedrecilla negra, justo enfrente de Yehoshua, surgió una raíz blanca y eterna.
“Dos. El olivo azul. Hay estrellas en el cielo que prefieren viajar por el universo en vez de germinar un universo a su alrededor. Estas estrellas se reúnen en grupos de seis y viajan por los senderos cósmicos tomadas de la mano, creando milagros por donde se les antoje, robando colores e inventando otros tantos. Van de la mano porque permiten que de esta manera la justicia fluya desde un extremo a otro, así también ocurre con el equilibrio y el cambio. A su vez, viajan en grupos de seis en honor a los Hexagramas, y en base a ello establecen su conformación espiritual: justicia, equilibro y cambio en los dos polos del cuerpo, seis.
De vez en cuando, las mareas del cielo permiten que los niños estrella lleguen a esta tierra, como abriéndoles las puertas a sus deberes milagrosos. De las tantas veces que han venido a nuestro pedacito de universo, pocas veces se han dejado ver por otras entidades que no sean tan puras como las piedras; sin embargo, el fractal de las dunas marinas correspondía a un punto de encuentro turístico entre niños estrella, que se repite en seis puntos distintos de todo el universo. Hay seis maneras distintas de llegar a este mismo lugar, la primera es así como tu has llegado Yehoshua; la segunda es encontrar el fractal de las dunas marinas en la piel de la Madre Luna. 
La semilla del dos apareció un día que treinta y seis niños estrella llegaron al fractal de las dunas marinas mediante la piel de la Madre Luna, allí bailaron y cantaron en la cima de esta misma colina, dando lugar a uno de los milagros que nacen de sus imaginaciones estelares. Un olivo nació, un olivo alimentado solamente de las cascadas subtérreas de la imaginación. Por esos sectores, en el fractal de nuestra tierra, una civilización nómada del desierto acababa de acoger en su cultura el arte del soñar; sus cuerpos astrales, equivalente al cuerpo de los niños estrella, se dedicaba a recorrer la realidad del mundo y aprender de ella. Una muchacha, llamada Q-atz por su madre y su padre, decidió internarse por entre las dunas del desierto y se encontró con el evento tribal de los treinta y seis niños estrella. Q-atz se emocionó y corrió al encuentro, una fogata de luz azul bailaba justo en el centro de la ronda que armaban las manos abrazadas de las estrellas. Ella gritó amorosamente, desde lejos les anticipaba su llegada y anticipaba más aún sus ganas de formar parte del rito. Casi mecánicamente, la hicieron bailar en el centro de la ronda con la estrella que le pareciera más versátil a su color de alma. Q-atz le tomó la mano a una estrella nacida cerca de Orión y con él fue a bailar en honor al fuego azul. Los cantos del nacimiento se extendían por toda la pampa, al igual que el amor entre el niño estrella y la soñada. Cuando todos se cansaron, el fuego azul se levantó y su flujo se volvió arbóreo; un árbol de olivo nació del amor de treinta y cinco niños estrella y dos enamorados.
Q-atz despertó, olvidó preguntarle el nombre al niño estrella, como también confesarle su condición de humana, su condición de dualidad. Dos. Dos. Dos. Tomó sus túnicas y su turbante, se internó por los caminos que por la noche había recorrido sin frío, ni calor, ni cansancio, y se encontró que en la cima de la colina no se encontraba el árbol de olivo, sino que había una pequeña flor de piedra sobre un trozo pequeño de cuarzo. Q-atz lloró, pero cuando sus lágrimas hidrataron el mineral, el día se evaporó y  la noche se enredó con el cielo nuevamente. Los niños estrella seguían ahí y Q-atz estaba cara a cara con su enamorado, con la pareja con quien imitó los movimientos de la creación. El joven le dijo que pronunciaría su nombre a cambio de que le diera su mano, ella no lo pensó Dos veces y tanto su cuerpo astral como su cuerpo terrenal se unieron con la carne cósmica del joven. “Wadi-Rum”. Una extraña reacción ocurrió; el cuerpo físico de Q-atz trajo a Wadi-Rum a la luz del día, se esfumaron espontáneamente los treinta y cinco niños estrella que hacían una ronda a su alrededor y el joven se hizo opaco, pero no menos hermoso. Para el muchacho era primera vez que se encontraba con un sitio alimentado de tanta luz de parte de una estrella estática, de esas estrellas a la que renunció ser, y le pidió a su amada que le llevase a recorrer todo lo que pudiera mostrarle, mientras aquella estrella tan magnífica, El Sol, dibujaba todos los caminos posibles e imposibles de imaginar. Recorrieron dunas, quebradas, subieron montañas, escalaron ríos y perforaron lagunas, dibujaron ofrendas a las piedras y recordaban a cada momento el árbol de olivo que les unió. Wadi-Rum le propuso matrimonio eterno a Q-atz, ella aceptó y le dijo que se encontraran después del atardecer en la misma colina donde el sueño los unió. La muchacha fue a vestir los artilugios de matrimonio que su cultura nómada acostumbraba a llevar. Wadi-Rum, por su parte, fue a buscar los trozos de cuarzo más hermosos que vio durante los paseos diurnos con su amada. Al caer la tarde la noche se apresuró a presenciar el curioso matrimonio; Wadi-Rum se paró en la cima de la colina y dispuso cuarzos por todo el sector, trayendo buenos augurios al matrimonio. Sin embargo, aquel centinela de la cultura nómada se sintió atraído por las figuras de piedra y encontró en el centro del lugar al niño estrella, lumínico como su propia naturaleza lo permitía, y le secuestró. La semilla de Uno existe gracias a la semilla del Dos, pero ninguna de estas dos puede vivir estable sin la semilla del Tres.”

Mientras la colina relataba esto, las hojas del olivo iban nadando por entre las ramas. Cada vez que un momento impactante del cuento se hacía entre las palabras pétreas de la colina y la traducción de El Silencio, las hojas invocaban su natural fuego azul, la voluntad del olivo se dejaba ver ante los ojos de Yehoshua. El fuego azul atraía a algunas de la carabelas, de tal manera que el relato de la semilla del Dos tuvo más audiencia que el primero.

domingo, 20 de julio de 2014

Los hexagramas y la ofrenda onírica

El Sol comenzaba a bostezar y sus rugidos eran escuchados solemnemente por toda la existencia allí en los médanos, las campanadas del día iban liberando gradualmente una paleta de colores derivados del oro, del cobre y del aire; Yehoshua comenzó a declinar el paso y finalmente se decidió por detenerse para pasar la noche en la mejilla de una colina blanca, que cada mañana y cada atardecer dejaba que la tintura de los bostezos solares cambiara por completo la configuración emocional de su pétreo vestido. El viajero esperaba inocentemente la noche, esperaba a la madre Luna para que le cuidara durante las penumbras, pero en vez de ello El Sol se detuvo cuando sólo un pelo de su cabellera permanecía refulgente en el horizonte y El Tiempo detuvo su acelerado paso: Yehoshua eligió casualmente como aposento un fractal de las dunas marinas.
El atardecer no fluía, el susurro constante del viento tampoco se esparcía por la tierra, los colores del manto comenzaron a mimetizarse entre sí hasta el punto en que sólo se percibía un cielo plano y un rayo de sol cruzándolo de un lado a otro, muy por encima de la coronilla de Yehoshua, quien se mostraba un tanto intranquilo, luchando por mantener el sudor del miedo dentro de su cuerpo, apaciguando su humor sobre las amables texturas de la manta con que armó su carpa. El Silencio se puso a un lado de Yehoshua, le dijo con voz baja que aquella mejilla era su lugar favorito para ver el espectáculo de las ofrendas oníricas. El viajero no comprendía, pero en cuento se dispuso a formular un cuestionamiento a El Silencio una colonia de luces se aproximaba desde el extremo contrario a la pista de El Sol. Millones de carabelas venían zigzagueando vaporosamente muy por encima de la superficie del desierto; las coloraciones azules de sus crestas traían nuevamente un color esperanzador que manchaba el cielo, y los tentáculos se arrastraban por la tierra, como sondeando su camino, o quizás despidiendo a las piedras. El Silencio acercó su boca al oído de Yehoshua, y sin que este último advirtiera el  relato, el paso de aquellos oníricos sifonóforos se fue mezclando con las dulces palabras que pronunciaba el primero; como nada fluía, excepto aquellas luminosas figuras, la más mínima influencia en el sistema que se armó ahí en el fractal de las dunas marinas tendría un magnífico efecto a nivel de fractal.
“Hay seis historias estrechamente relacionadas con este espectáculo. Cada una tiene una pieza del origen de este evento, cada una es perfectamente geométrica y cada una de ellas se aloja dentro de la boca de esta misma colina, que se las arregló para que tú, Yehoshua, lleves seis semillas quién sabe dónde.”
El Silencio y el viajero no se movieron de su lugar a pesar de que la boca de aquella colina se abriera sigilosamente. En el idioma de los minerales comenzó un grave relato y El Silencio participó de médium para que la voluntad de la colina fuese cumplida:

“Uno. La ofrenda onírica. Existió aquí hace muchos eclipses una civilización que dominaba el arte del soñar, esto mientras en la mayoría de los lugares del orbe los sueños correspondían a motivos de muerte. Esta comunidad, como muchas otras, practicaba el sacrificio a la vida, con tal de inyectar energía a los flujos de la tierra; una noche uno de los centinelas trajo un botín astral – un niño estrella perdido en los paisajes lunares del desierto - al centro del pueblo, argumentando que si sacrificaban a uno de estos niños, no tendrían la necesidad de sacrificar seis de su propia raza. Ante la propuesta, nadie en el pueblo arguyó, pero una muchacha que conocía a aquel niño estrella se opuso al sacrificio, por lo que la comunidad concluyó en sacrificarlos a los dos. El evento se llevó a cabo en la cima de una colina, quien relata todo esto, y cuando ya hubieron muerto ella y él, la civilización entera fuera digerida por una colonia de estas carabelas que se pasean por el cielo. Estas entidades son sólo algunas de las magnas formas de vida invisible que no permiten que cualquier cosa se establezca sobre tierra santa, obligando a la cultura popular llamarlas despectivamente “desierto”. Por otro lado, lo que ocurrió en la inversa de la vida da origen a la llegada de estas carabelas; en cuanto la muchacha y el niño estrella fueron lanzados a aquella pampa que precede al pasillo del sacrificio. Siguiendo una brillante idea, ella pensó en enseñarle a soñar a él, de manera que no siguieron una inerte caminata hasta la degradación de sus energías. Mientras los jóvenes conversaban sobre esto, el desfile de todos los soles del universo comenzó inconscientemente, y en cuanto los sacrificados se entregaron a la blanca arena del suelo para dar lugar al soñar, cada uno de los soles se fue convirtiendo en un ave de gran envergadura. Cada uno de estas aves carroñeras bebía del soñar de los muchachos y emprendía un delicioso vuelo. La simbiosis entre los muchachos y un sol-ave en el mundo de los muertos, sería traducido en una carabela en el mundo de los vivos. Fue así como nació la ofrenda onírica, una hecatombe de sueños que va siguiendo la pista de El Sol en la única hora del día donde la muerte se asoma a la vida. Sin embargo, la semilla del Uno no es nada sin la semilla del Dos…”

jueves, 17 de julio de 2014

Flor circunfusa


Yehoshua iba pasando la piel de sus pies por la arena suave y caliente, sentía claramente cómo es que cada una de aquellas semillas de piedra estaba ya satisfecha de engullir tanto sol y ahora, amablemente, compartían su alimento con la grave planta del viajero. El Sol seguía comunicando sus respectivas enseñanzas a las raíces cervicales y craneales de Yehoshua, y éste, por su parte, se topaba con una geoda alojada en el borde de un cráter. Aquella piedra poseedora de un hermoso corazón de cristal observó con detención al viajero y luego le comentó:
-Tus túnicas, de aquel color tan primario, tan cálido y áspero, me han recordado una historia que se tejió aquí mismo, en este cráter. Si quieres oírla, tómame y presióname contra tu pecho; de esta manera el fuego de tu corazón hará crecer los cristales que habitan el mío y mi historia hará crecer tu follaje.
Yehoshua, sin pensarlo dos veces, se apresuró y tomó asiento. Tomó la postura de la flor de acacia, dictada por la geoda y le tomó, para abrazarle cariñosamente.
-En la época en que estas tierras todavía tenían una relación idílica con el mar, estas costas costas daban lugar a playas con personalidades limpias y cristalinas, limpias y cristalinas, limpias y cristalinas... Esta misma arena que se encuentra bajo tu asiento bebía cada día de la marea, y luego se bañaba en la luz de El Sol; las dunas dejaban que maravillosas plantas criaran sus hojas entre el viento arisco y sus raíces entre la suntuosa y densa tierra, suntuosa y densa tierra, suntuosa y densa tierra... Estas plantas tan enamoradas del paisaje, no querían despegarse de la superficie, por lo que no generaban la sombra que atraía a tantos otros viajeros en la hostilidad de los desiertos. Sólo valientes insectos se atrevían a cruzar océanos de arena hambrienta y quién sabe qué otras entidades solanáceas... Un día, las dunas de este lugar, como son de caprichosas, quisieron teñir su plumaje con manchas de sombra; el antojo de aquellas hijas del viento fue compartido con la marea y ésta, sin poder resistirse al encanto de la perfección buscó una roca de alguna cueva submarina y la sacó de lugar para poder estrellarla contra la superficie, que los humores del frío y el calor la rompieran y dejasen que aquel huevo pétreo liberase el ánima que alojaba en su interior: un hijo del Nilo... Apenas separó sus tres párpados, las dunas le dotaron del ayuno eterno y conocimientos trascendentales del vivir. Cada grano de arena le suplicó traer la sombra ante tan hermoso lugar, sólo para hacerlo aún más hermoso, aún más hermoso, aún más hermoso... Venus, como le nombraron, se encaminó entonces hacia los lugares donde crecían los árboles, los más valientes árboles; de esta manera, caminando por las dunas mientras se desarrollaba su educación, llegó a toparse con el río Eufrates y allí el agua dulce que tocó su boca le confesó el nombre de las flores que crecen en el árbol que podría establecer sus raíces en aquella cuna de belleza y que además podría navegar sin problemas con su magnífico follaje entre el viento seco y hostil, seco y hostil, seco y hostil... Venus, agradecido, rindió homenaje al Eufrates construyendo tres orzas con el lodo de los bordes, pero el río le regaló la tercera orza para que en ella llevase agua de su sangre, con la cual haría despertar las semillas de tan bizarro árbol... El viaje continuó, los granos de arena le fueron susurrando a Venus los lugares en los que se había visto flores con tales nombres, pero eran muchísimos árboles que habían decidido, durante la evolución, se poseedores de flores tan cardiacas. La gran familia de árboles que rendía culto a ésta flor, flor del color de tu túnica, regaló una semilla, la más viva, para que creciese en aquel lugar tan lujosamente descrito por Venus... El viaje parecía infinito, casi tan infinito como el número de estambres que poseía la flor de la que te hablo...Una vez que Venus regresó con las semillas que le fueron ofrendadas por los mismísimos árboles, le contó a las dunas las hazañas de su viaje y las veces que tuvo que cantarle al vapor del agua del Eufrates para que no dejara su ovalado aposento. Sembró las semillas de la misma forma en que cada estambre de la flor se dispone en los árboles y allí se quedó, justo en medio, esperando que el aliento del mar alentara al vapor del agua del Eufrates a viajar por cada una de las túnicas que vestían a las semillas. Pronto, mientras Venus recitaba las oraciones de la vida, las raíces se dieron lugar entre la estrecha tierra y la sombra germinaba día a día, día a día, día a día... Un grandioso paraíso de luz y sombra eligió nacer entre el círculo de árboles y la relación entre las dunas y el mar. Venus, notó que el viento dentro del círculo no era hostil, era tan amable como las flores de las acacias en cada primavera; le prometió por siempre quedarse ahí recitando las oraciones de la vida, de tal manera que pudiesen arreglar el mundo entero con las palabras del corazón... Un día, luego de que muchos siglos hubiesen pasado, El Tiempo se puso celoso de la juventud de Venus y los árboles del círculo, que escapaban a la vejez sin el menor esfuerzo. Hizo un trato con El Espacio y sacaron de lugar y de época la última letra de las oraciones. Con esto, la relación entre las dunas y el mar se rompió, y cada caño la costa se alejaba más... Venus siguió recitando y los árboles entraron en latencia, aguantando los suspiros porque sabían que en algún momento la última letra de la oración volvería a su lugar. Mientras, ellos seguirían al borde de la playa y toda la arena dentro del círculo se fue desplazando paralela a la contracción del mar. Es por esto que el cráter que hay aquí enfrente tuyo se hace presente ante tus ojos, Yehoshua. Yo soy la última sílaba de la oración de la vida, y me has hecho germinar; los cristales de mi corazón ya han modulado su geometría gracias al fuego de tu corazón... Ahora lánzame querida flor de acacia, que tus túnicas con el color más sincero de El Sol me guíen por el camino que ha dejado este cráter para mi...
Yehoshua miró a la piedra, que ya no era piedra, sino un curioso cristal de geometría indescriptible y colores alucinantes. Tuvo que dejar de observar la tentación visual en el mineral y le lanzó al cráter con la mano izquierda y un aliento de pasión... Yehoshua escribió en su palma una petición a la letra final de aquella oración, le pidió que el día que el viajero arribase los jardines colgantes, Venus le fuera a encontrar.

martes, 8 de julio de 2014

Octántrico

Quinientos sueños pasaron bajo sus tristes párpados, quinientos más debían pasar. El color de su sombra iría permutando de coral a medusa, y cuando la medusa se destiñera permutaría a nómade. Cuando el nómade descubra que la medusa está bajo sus tristes párpados, tomará una semilla de su alma y la pondrá justo en el centro de su propio corazón; quinientos sueños más han de pasar, pero por el vientre del nómade, que despierta sus párpados para germinar en la cumbre del mar. Sólo entonces, los colores recorridos por su sombra y el espectro de vida que ha engullido la misma serán los suficientes para que la ominosa entidad detenga su existencia en un universo basado en el dos -dependiente del tres- para saltar al universo del cinco y pintar con ello los colores corales en las paredes de las medusas que enraizan en la cumbre del nómade que germinó en su propio corazón.

jueves, 3 de julio de 2014

Antípodas


Se cuenta por los altiplanos del mundo, que absolutamente todos los nidos de nubes están conectados, y aquellas aves que las incuban invitan al viajero a que se pierda entre las paredes pétreas y las agujas de viento. Los puertos hacia las estrellas están siempre abiertos entre túnel y túnel. Los colores son de lo más vistosos y dolorosos. Allí, en todos los altiplanos, aloja una paleta de sensaciones monstruosas que suelen dormir en la tundra, en el desierto y en las montañas, día y noche, esperando recuperar energías para partir nuevamente y lanzarse de un salto al manto. Cada uno de estos gigantes no tiene más arma que el miedo, cada uno de sus poros invisibles dispara miedo a los ojos de cualquier cráneo y desata los terrores del alma. Sin embargo, el viajero debe seguir los pasos del ápice de un río, debe seguir el aliento de la vida que elige nacer justo donde las sombras beben de la noche. Se cuenta por los altiplanos del mundo que las colinas y las dunas se repiten en el mundo, que están duplicadas, triplicadas y nadie lo sabe, nadie lo sabe porque han hecho un pacto de silencio con las hierbas: otorgamos nuestro secreto a aquel cuyas raíces alcancen el corazón del planeta, y en sus magmáticas emociones no cedan de vivir, a cambio de un lugar donde proliferan los más curiosos pólipos astrales.
Y es en los mismísimos altiplanos del mundo donde cada día y cada noche las medusas, laboriosas en las onirificaciones, cambian su rumbo hacia otra esfera sedienta de soñar.