Xólotl, convertido en una especie
de anfibio, logró hacerse camino entre los ponzoñosos e inmensamente frondosos
bosques submarinos de coral. El guerrero había venido desde la antípoda de la Médula del mundo con tal de encontrar el
huevo que una vez, en un tiempo remoto, un asteroide había depositado en el
cráter de ese volcán que dio origen a todos los continentes.
jueves, 6 de marzo de 2014
miércoles, 30 de octubre de 2013
Hexa-compuestos
sábado, 19 de octubre de 2013
8. El gigante barbudo
Es el hombre del que jamás se supo
una historia, de él nadie podría hacer referencia o simbolismo alguno. Cuando
alguien se pregunta sobre las grandes personas y obtiene una respuesta, es
porque aquellas entidades tuvieron un sagrado límite en el mundo, tan pequeño
fue su avanze que toda la humanidad podía todavía describirlos. Sin embargo,
este hombre se atrevió a lanzarse más allá de los dioses, más allá de su
planeta, más allá de su orgullo y más allá de su galaxia. El gigante barbudo superó toda creencia que
en Xeah-Sio, su tierra, le habían
propuesto, se entregó a la realidad y en ella vive. Si de algo se arrepiente es
de no haberse dado cuenta antes de las ilimitadas capacidades del existir, y de
los inmensos portones que hay que cruzar para alcanzar al completo ser. La
vejez le había atacado hasta cierto punto, la
polilla le había besado casi toda la nuca, pero esa ínfima porción de
vitalidad que le quedó en lo más recóndito de las esquinas cerebrales logró
mantener en pie al bípedo de curiosa arquitectura.
Yo-yo le
nombraron sus tres progenitores. Su pálida cara y los lunares marrones bajo su
par de ojos eran un augurio de grandísimo ser. Para toda la comunidad, este
niño era la vívida imagen de un visionario religioso, mas nadie logró
identificar un tercer lunar en las laderas de su nuca. Tal como una semilla, se
fue desarrollando lentamente en el único continente de Xeah-Sio, jugaba con las
verdosas aguas y el liviano aire, se entregaba a los carnosos prados de
vegetales similares alas anémonas y luego, por la tarde, volvía a su hogar para
la cena y la adoración a los santísimos. El planeta entero era una utopía que
era visitada frecuentemente por los quince dioses que dieron lugar a la vida en
éste, un infértil astro.
Las historias que contaban los dioses
y deslumbraban al continente entero por días y noches no fueron suficientes
para Yo-yo: él sentía, por alguna razón, que todavía había más. El joven tenía un sentido más desarrollado
que cualquiera de sus benditos pares, aquella cualidad le significaría un
peligroso camino hacia la proliferación propia, tal como ocurre con un fruto
cuando deja al árbol, una caída extremadamente ominosa y solitaria. Sus
latentes cuestionamientos le llevaron al roce de la muerte por un descuido en
sus jugarretas a las orillas del lago que correspondía a su tumba; la polilla comenzó a besar la nuca de
Yo-yo mientras éste se ahogaba, sin embargo olvidó el insecto que el lunar de
su nuca también era parte del cuello. El accidente cavernoso en la nuca de
Yo-yo le despertó la consciencia cuando ya estaba llegando a las profundidades
de la masa de líquido, entonces volteó y vio claramente a la polilla y su
mortal existencia. Ella no tuvo más que escapar, volver por donde vino,
grandioso error, pues el muchacho logró visualizar las articulaciones del
originador de todo, el humilde creador de todo lo que cabe dentro de la mente y
lo que no también, la lepisma. Aquel
lunar correspondía nada más que una pista astral de una estrella, su futuro
hogar, al cual nadie, con excepción de él, podría llegar. La polilla desconocía lo que las existencias no hubiesen recorrido,
si aquel jovencito lograse llegar a algún lugar desconocido por ella,
salvándose de su mortalidad, entonces se convertiría en un ser tan colosalmente
poderoso como lo es ella. La lepisma,
ante tan curiosa situación, no hizo más que regocijarse con lo inesperado de la
situación; batió sus extremidades una vez más para zamarrear los últimos restos
de incredulidad de la mente del muchacho.
La metamorfosis ha comenzado, el
capullo del niño se había ubicado en un terreno inmensamente hostil, asechado
constantemente por la polilla. Ni los
dioses ni sus pares tenían significancia en esta peligrosa carrera. El joven se
hizo hombre, y el hombre se hizo viejo. Yo-yo tardó muchísimo en encontrarse,
las dificultades vitales que proponía la
polilla a lo largo de su empresa eran tales que cada segundo que pasaba era
una inmensa batalla entre el uno y el otro y, a pesar de ello, el
muchacho-hombre-vejestorio aprendía bastante con cada golpe que le daba al
insecto, ese polvo color ocre que despedían las eternas alas del hexápodo
contenían toneladas de conocimiento. Ya era bastante viejo cuando Yo-yo
descubrió en si mismo su nombre, entonces se lanzó al centro del planeta,
gracias a la millonada de cosas que ya había aprendido y dominado, para beberse
el elixir gravitatorio de ese mundo, recuperaría de esta manera la energía
invertida en toda su primera batalla. Aunque destruyó el planeta por completo,
al digerir la masa unificadora de éste, prometió a toda la flora y fauna que se
había cultivado en ese lugar un futuro mejor, los engulló también, pero en los
pliegues de su memoria. “Hoy mi mundo,
mañana el cielo.”. El vejete partió su caminata hacia el astro dibujado en
su nuca y en su viaje cósmico era acompañado de su más grandiosa creación, un
homúnculo fusiforme dotado de ocho extremidades y un exoesqueleto de escamas
imbricadas compuestas por ónix fundido, la
araña neuronal. Así como los seudópodos, este arácnido metálico recogía
toda la información que el hombre, por su avanzada edad, no podía recoger del
universo. A medida que avanzaban por las galaxias y senderos de hidrógeno, el
viejo aumentaba su tropa al recoger ónix de los planetas que adornaban los caminos.
Una araña instruía a la otra y ésta a la siguiente, de pronto un ejército de
mil arácnidos estaba bajo la orden de viajero, quien les pagaba sus servicios
con tres simples cosas: “Muchísimas
gracias, queridísima mía!”, “Lo has
hecho bien, hermosa mía!” y, por sobre todo, “Había una vez...”. Los maravillosos cuentos que formulaba el
vejete hacían que sus hijos metálicos, octópodos sinápticos, se motivaran en buscar más información por
todos los lugares para que el señor de la palabra diera origen a algo que no se
encontraba en ningún otro lugar del universo, algo comparable a las capacidades
de la lepisma, la imaginación. Tal
era el trabajo de las arañas que el viejo se sentía inmensamente en deuda y, a
la vez, tal era lo magnífico de sus cuentos, que las arañas, por su parte, se
sentían inmensamente en deuda también. De esta manera, el viaje hacia el astro
se volvió más cómodo y agradable, donde en un principio era una única araña la
que dejaba sus labores para ahuyentar los molestos revoloteos de la polilla. Ahora un ejército entero
estaba al tanto de los movimientos del coleóptero. La guerra entre el veterano
y el insecto comenzó aquel día en que los dos guerreros encontraron yacimientos
de polvo sempiterno, aquellos eran pequeñas acumulaciones de imaginación
provenientes de la infinita imaginación de la
lepisma. Tal era la dificultad de obtener estos pobres materiales, que al
obtenerla uno de los dos batallantes, obviamente después de una ardua búsqueda
y una probable pelea por ello, se rendían homenaje el uno al otro para
demostrar el respeto por las grandiosas capacidades que cada uno había logrado
alcanzar.
El astro plasmado en la nuca del
viejo concluyó su misión una vez que el ejército de las mil arañas neuronales y el amo de estas
arribaron al más bellísimo planeta mineral, Xibalbá.
Allí, el veterano pudo descansar, almacenó todos sus conocimientos en el centro
gravitacional del cuerpo celeste y liberó un montón de demoniacas entidades a
los alrededores del huevo para que custodiasen la valiosa información recogida
por todo el inacabable universo. La mítica flora y fauna de su primitiva
cultura se pegó en las laderas de planeta y proliferó como vapor en el frío.
lunes, 23 de septiembre de 2013
Ágave tinto
"Me encuentro en un viaje desesperado por encontrar aquello que, por épocas de madurez sociológica, suelo dejar cubierto de polvo ardiente para que cubra mis pestañas y otros hermosos vellos del oído con el delicioso incienso de las más aromáticas piedras desérticas, meditantes visionarias del universo."
Nos contaron por ahí que nacieron de "puntos calientes", sitios específicos a donde vienen a morir nuestras esperanzas y allí depositan sus nutrientes; con tanta energía y luz, estas hermosas piedrecillas repartidas de verdad esporádicamente - y no bajo esa influencia del desorden aleatorio naturalesco - desarrollan un cerebro denso, un magma lento en todo su interior. Crecen y aprenden ahí, en esa lujosa cuna para plantas amantes de los extremos y bien antojadas de griteríos en jardines de silencio. Aquí mismo se da lugar al abrazo milenario, aquel momento en que los minerales abrazan a los troncos sempiternos, salpicados de algún exótico condimento atemporal que entrega pistas de cómo estos colosos lignificados llegaron a ser derrumbados en una batalla con el tiempo.
Realmente es maravilloso cómo es que nos enteramos, más aún lo es la asombrosa capacidad que poseen aquellas piedrecillas en contarnos cómo es la realidad, cómo es que esas estrellas que, flotando en el cielo, se aburría y se lanzaban en picada hacia la pampa para revolcarse en ella. Jamás decidimos si era más preciosa la humeante estela de colores ácidos o la tronadora polvadera que armaban al impregnar sus deseos en el suelo. Estos espasmos telúricos eran seguidos de la tenebrosa aparición del chivo de seis cuernos y su colérico pelaje, el cuadrúpedo se mantenía pasmado observando el techo que cubría sus senderos, este cielo estaba lleno de peces que se zambullían en el refrescante manto profundo. Las escamas que perdían esos cuerpos celestes al batirse en el cosmos eran recogidas por hombres de aceite, padres de familia que vendían su alma al salitre, prometían su corazón al cobre o los pies al chañarsillo; estos cerebros tristes eran alimentados por sus monógamas mujeres, muy acostumbradas a ventilar sus vidas enteras cada vez que se sacan la carne de los huesos.
"Cuando recuerdo todo aquello, me envuelvo en llanto. No lloro por los mundanos, lloro por la transición. Lloro y la madre me consuela, la educadora del universo que ha reflejado su vientre en otro manto de carne; nodriza que hace presencia cuando se le anda y no se le pisa. Me aferro al paisaje, he arribado al volcán de recuerdos. Las aves de tierra me llaman desde los más familiares senderos y con sus plumas secan las lágrimas de mi espalda."
Nos contaron por ahí que nacieron de "puntos calientes", sitios específicos a donde vienen a morir nuestras esperanzas y allí depositan sus nutrientes; con tanta energía y luz, estas hermosas piedrecillas repartidas de verdad esporádicamente - y no bajo esa influencia del desorden aleatorio naturalesco - desarrollan un cerebro denso, un magma lento en todo su interior. Crecen y aprenden ahí, en esa lujosa cuna para plantas amantes de los extremos y bien antojadas de griteríos en jardines de silencio. Aquí mismo se da lugar al abrazo milenario, aquel momento en que los minerales abrazan a los troncos sempiternos, salpicados de algún exótico condimento atemporal que entrega pistas de cómo estos colosos lignificados llegaron a ser derrumbados en una batalla con el tiempo.
Realmente es maravilloso cómo es que nos enteramos, más aún lo es la asombrosa capacidad que poseen aquellas piedrecillas en contarnos cómo es la realidad, cómo es que esas estrellas que, flotando en el cielo, se aburría y se lanzaban en picada hacia la pampa para revolcarse en ella. Jamás decidimos si era más preciosa la humeante estela de colores ácidos o la tronadora polvadera que armaban al impregnar sus deseos en el suelo. Estos espasmos telúricos eran seguidos de la tenebrosa aparición del chivo de seis cuernos y su colérico pelaje, el cuadrúpedo se mantenía pasmado observando el techo que cubría sus senderos, este cielo estaba lleno de peces que se zambullían en el refrescante manto profundo. Las escamas que perdían esos cuerpos celestes al batirse en el cosmos eran recogidas por hombres de aceite, padres de familia que vendían su alma al salitre, prometían su corazón al cobre o los pies al chañarsillo; estos cerebros tristes eran alimentados por sus monógamas mujeres, muy acostumbradas a ventilar sus vidas enteras cada vez que se sacan la carne de los huesos.
"Cuando recuerdo todo aquello, me envuelvo en llanto. No lloro por los mundanos, lloro por la transición. Lloro y la madre me consuela, la educadora del universo que ha reflejado su vientre en otro manto de carne; nodriza que hace presencia cuando se le anda y no se le pisa. Me aferro al paisaje, he arribado al volcán de recuerdos. Las aves de tierra me llaman desde los más familiares senderos y con sus plumas secan las lágrimas de mi espalda."
jueves, 12 de septiembre de 2013
Hemorragia de piedra
La
cosa más poderosa existente en el universo decidió, un día, tomar forma física
y con ello terminó las habladurías sobre lo abstracta que era. De allí que su
viscosa apariencia llenó las venas de las grandes piedras, las primeras
células.
La entidad, hambrienta de recuerdos, fue conocida como
Muerte, pues se llevaba la vitalidad
de aquellos seres que hicieron una vez un trato con Vida; el acuerdo constaba de dos partes, donde la primera
correspondía a una etapa de desarrollo y magníficas vivencias, mientras que la
segunda correspondía a ofrendar tales historias. Vida y Muerte estuvieron desde el principio, desde donde no hay
historia, sin embargo Vida es hija de
Muerte, quien decidió parirle en un
destello de movimiento. Lo que era hasta entonces el iniverso comenzó a fluir, las cosas comenzaron a moverse por obra
de Vida, pero el préstamo de esta
energía debía ser devuelto una vez que se cumpliese con el trayecto deseado, es
entonces cuando Muerte se apropiaba
cariñosamente del movimiento cargado de recuerdos y lo convertía en lo inmóvil
que era antes, además de estrujarlo y obtener de él un líquido bondadoso, se
dio origen al universo. Cuando las
cosas estaban limpias y ordenadas, aquel líquido era llamado éter; éste se obtuvo de las primeras
explosiones sensoriales atómicas. Muerte
retiraba el éter de las formaciones luminosas y lo dejaba descansando en alguna
esquina inmóvil del planeta, para dormir sobre él. Esta sangre, el éter, era movimiento en su máximo estado
de pureza.
La expansión del todo motivaba a Vida y Muerte seguir
experimentando con las formas de movimiento que iban creando y decidieron
solidificar algunas cosas. Los minerales y cristales fueron la dualidad de
movimiento que innovaron en vivencias y recuerdos, las dos creadoras estuvieron
fascinadas con lo ocurrido y terminaron por otorgar más movimiento a las
responsables y colosales esferas de cristal y mineral, permitiéndoles almacenar
parte del éter que producían. Cada cuerpo celeste fue distribuyendo de
manera gradual el movimiento en sus partículas, incluso se compartían
información o nuevos elementos entre planetas. Cada vez que un planeta
alcanzaba un alto grado de vivencias, se convertía en estrella para ceder todo
el éter de su vida, finalizando su
existencia con una maravillosa explosión que dispersaba unidades de información
hacia otros lugares muy recónditos del universo.
Por otro lado, aquellos planetas que no poseían tanto éter ni tantas vivencias, decidieron invertir el material y
convertirlo en otro: el magma. El
incoloro y liviano éter fue
parcialmente remplazado por una sustancia similarmente luminosa, pero pesada y
lenta. Esta especie de vivencia se alojaba al interior de un planeta y se
almacenaba para tener una reserva de movimiento que asegurara el fluir de los
minerales y cristales; la empresa del éter
que tenía cada planeta le aseguraba una vida más longeva y próspera al
enlentecer el proceso. Pronto, los cuerpos celestes fueron alcanzando mayor
complejidad en su composición.
En un determinado momento, algunos planetas invirtieron
nuevamente el movimiento, en forma de éter,
para convertirlo en otra cosa: el alma. Esta
nueva creación de aquellas grandísimas aglomeraciones simbióticas de mineral y
cristal otorgaba movimiento a partículas inorgánicas para que se movilizaran
independientemente, repartieron la energía entre sus subordinados tal como Muerte y Vida hicieron con ellas. Se dio lugar a las formas orgánicas de
vida, aquellas que tenían un movimiento más fácilmente percibible y, por lo
mismo, más efímero y productivo. De allí que pequeñas sustancias fueron
formando células que se alimentaban unas de otras, traspasando la energía y las
vivencias potenciadas, de manera que cada vez que se ofrendaba tales recuerdos,
éstos eran primeramente recibidos por el seno del planeta y Muerte se apropiaba de ellas. Como
premio por la innovación en funcionamiento que propusieron los planetas, Muerte tomaría forma basándose en este
último tipo de ofrenda, infinitamente más denso que el éter, infinitamente más luminoso que el magma, infinitamente más lento que el alma: el petróleo.
El petróleo
cambió enteramente el esquema que Vida
y Muerte habían armado en el universo, ahora las grandes rocas
dispersas en el espacio tenían dos metas preciosas por alcanzar: éter y petróleo. Mientras el primero era el liviano rocío de recuerdos
para Vida, el segundo era el denso
plasma vivencial de Muerte, quien
prefería dormir eternamente en el ominoso líquido. Las formas orgánicas de vida
incluso entretenían a los planetas, que se sentían inmensamente vivos al tener
dos tipos de sangre entre sus cuerpos rocosos: el espíritu les aseguraba tener
un buen producto traducible en éter, mientras
que cuerpo era degradado hasta obtener la jalea memorial, sinónimo de petróleo. El alma y el magma serían
los movimientos propios del planeta dedicados a mover lo orgánico y lo
inorgánico, respectivamente. Las diversas expresiones orgánicas de vida siempre
serían una sorpresa para todos los presentes en la historia que partió del iniverso.
Dentro de los azares de la evolución orgánica,
apareció un pseudo-primate que era regido por otro tipo de movimiento, la razón. Ésta correspondía a un movimiento
errático generado por casualidades históricas. El bípedo tenía una creciente
necesidad de obtener poder, otro tipo
de movimiento, pero imaginario, inexistente, más bien un síndrome crítico o
potente enfermedad. Entre ellos se mataban para mostrar superioridad y “robar”
el poder que poseía cada uno de sus
hermanos. Pronto no se hubo conformado con robar el poder de sus pares y
comenzó a robar el poder de las demás
formas de vida, bajo la escusa de las necesidades básicas. Encontró muy pronto
una forma física de entender el poder:
el dinero. Se fueron saboteando entre “poderosos” para lograr grandísimas
reservas de poder, estafando a todos
los que venían por debajo de ellos mismos, a pesar de que fuesen los pilares de
su propio éxito. Era un tóxico ecosistema de mentiras en el que proliferaban
casi moderadamente, hasta que uno de los “poderosos” descubrió una de las venas
que mantenían la vida en el planeta, un yacimiento de petróleo. La Muerte que
siempre estuvo presente en sus ciclos biológicos, para ofrendar el espíritu y el cuerpo, sería despertada del
eterno descanso. El bípedo tomó la cuna de Muerte
y la sometió a combustión, a destilación, a desnaturalización, a investigación,
a explicación, a síntesis, a humillación. El hombre había tratado como un medio de obtención de bienes banales a
la más sagrada sustancia de recuerdos y vivencias, la sangre de las piedras. Muerte, sabiendo que sólo con estar en
los ciclos biológicos de este cáncer bípedo, no se desesperó y descargó su
furia y castigo de una manera increíblemente sigilosa y habilidosa: se volvería
a concretar, mas no en forma de petróleo, sino que cumpliendo con esa
imaginaria y alucinante idea del hombre, el poder.
Todas las personas que contribuyeran directa o indirectamente
a la denigración del planeta afectado caerían en las dolorosas enfermedades
consumistas, las enfermedades que les traerían vacío a sus corazones,
enfermedades que les proporcionan más de ese asqueroso instinto de poder; tendrían que luchar por su lugar
y reconocimiento social, tendrían que lidiar con la suciedad del planeta,
tendrían que atender los desgarradores destellos de consciencia, los arrebatos
políticos, las hecatombes estúpidas, guerras de hambre y de sed, la presente “fiebre de igualdad”, la caza de sueños
y fantasías, la vejez e la inutilidad, pero por sobre todo jamás gozarían de la
madurez. Los hombres serían por siempre unos niños envenenados, babosos por
hegemonía al reproducirse desenfrenadamente, al explicarlo todo inútilmente, al
mimar sus cuerpos con la medicina, al cumplir con las expectativas exteriores,
al silenciar las salvadoras voces de su interior. Muerte pidió permiso al planeta, afectado del cáncer antropocénico,
con fin de tomar las riendas del movimiento. Destruiría a los errantes seres
desde donde comenzaron a proliferar, les despojaría de todo lo que alguna vez
pudieron disfrutar, les quitaría la grandiosa virtud del desapego y la libertad
de movimiento. Tan grandioso y silenciosa es su manera de actuar que tomó a los
“poderosos” como presas suyas, haciéndoles creer que en realidad son poseedores
del poder, mientras que a la masa
ignorante que está bajo ellos, quienes les permiten alcanzar el ponzoñoso líquido,
les hizo olvidar su magna responsabilidad y culpabilidad en todo este proceso.
Y todo aquel que sea capaz de reconocer que el
derretimiento de su “mundo” es en realidad el antídoto a su planeta, aquel que
pueda despojarse el fluir común, será bendecido y guiado por Vida y Muerte.
lunes, 9 de septiembre de 2013
Ornitofilia de un parásito
La tierra estaba ordenada, acaso fluía con el viento y
se movía más lento que las plantas al crecer, estaba caminando sobre un plasma
térreo y dorado. Un sendero marcado por tonalidades más terracotas le hicieron
tomar sentido de hacia dónde iba, a lo lejos, al final del camino, se
encontraba el sol. Cada paso que daba era una honda ráfaga de modificaciones
geográficas, la orogénesis se daba licencia total y creaba los valles más estrafalarios
a los costados de la calzada, levantándose con cuanto poder alcanzaba. En
cierto momento, las laderas del valle parecían tan altas, que no se podía ver
el cielo superior, sin embargo el sol seguía allí adelante.
Don entidades ornitomórficas se posicionaban en los
bordes de la cueva que detuvo el camino del hombre. El sol seguía en el final
del camino, a pesar de que ya ni siquiera pudiese verle por la poderosa
oscuridad que traía consigo la cueva espontáneamente aparecida. El ave de la
derecha tenía colores cálidos y familiares, recordaban al hombre las
tonalidades de su vida, su respirar, su sangre, sus pensamientos, sus obras; el
ave de la izquierda estaba bañada en coloraciones ásperas y extrañas, novedosas
y exóticas, aquellas tonalidades que destellaban ocasionalmente en la
cordillera de su vientre. Se acercó al ave del costado derecho, el ave cálida,
y preguntó sobre qué le correspondía hacer. “Yo
únicamente puedo hablarte de tu vida exterior, tu pobre interpretación del
mundo y todo aquello a lo que banalmente te has ligado. Puedo responderte
cuanta cosa me preguntes, pero no me pidas explicaciones, que aquí sólo tienes
que entender. No estás en aquel mundo donde el mayor placer del hombre es
desgranar absolutamente toda existencia misteriosa que se le cruza por delante,
no estás en ese reino imaginario de creación y patrañísimas verdades. Estás en
la entrada de la cueva hacia tu propio ser; allí dentro se encuentra todo lo
que fuiste, eres y serás”. El pájaro se posó en el hombro derecho del ser
antropomórfico y le guió dentro de la cueva. Líquenes plasmados en el aire,
cactos helicoidales y setas de descomunal tamaño fueron algunas de la inmensa
variedad de increíbles especies que el hombre logró reconocer en esa calurosa
oscuridad de la cueva, ese delicioso misterio que, por consejo del ave, había
que disfrutar y no explicar. Fue una constante lucha con sus cuestionamientos,
se disparaban entre sí dentro del cráneo para dejar de existir antes de salir a
flote. En cierto tramo de la cueva, cuando el trayecto se volvía iluminado
gradual y empinado, el pájaro detuvo la caminata del hombre con su propia
voluntad. “No me corresponde llevarte
hacia el sol, únicamente te puedo enseñar lo que te acerca a esta cueva y no lo
que hay dentro de ella. Tu eres quien posee el grandioso poder de conocerte”:
Se encontraron nuevamente en la entrada, fue entonces que el ave de áspero
aspecto y escamosas plumas lanzó una severa mirada al inocente hombre, le
comunicó con la más hostil de las melodías las instrucciones para volver. “Tu cuerpo ha aprendido más que tú. Es tu
deber encarnarte con el silencio craneal. Bajo la sombra y susurro de todo lo
que han aprendido, podrás sumergirte en este valle por tu propia cuenta y
voluntad sin dificultad. Es aquí donde todas las respuestas son cristales,
desde siempre tu idioma fue el más errático”.
Desde entonces el hombre dedicó cada momento abismalmente
libre a la actividad sensorial. La vida entera comenzó a serle explícita y sus
pares se hacían cada vez menos discernibles, menos entendibles, menos tolerables.
Los patrones y texturas del mundo se le hicieron posibles de percibir, era un
estudiante de aquella lengua que fue despojada en su nacimiento, en su
traumática bienvenida al rebaño de los
experimentos de greda. Cada viaje que hacía a su cueva le provocaba numerosas
transmutaciones, colosales y dolorosas para todo aquello terrenal que se
esforzaba por mezclarse en la porosidad de sus huesos; su pequeña ciega consciencia
era sometida a una increíble lluvia de luz solar, infinitas primaveras y otoños
para su cuerpo, era un capullo en un caótico evolucionar.
“Jamás
alguien podrá escuchar sobre todo esto, porque solo a ti nos corresponde
enseñarlo. El mundo que estás conociendo es colosalmente superior en todos los
sentidos al mundo que crees habitar. No te esfuerces por convencer a aquellos
cuya consciencia no está preparada para comprender. Sus ojos ni siquiera
soportan la suculenta luz del sol”. El ave cálida consolaba al hombre cada vez que los
restos de su primitiva emocionalidad se hacían presentes, cada vez que el
desapego se hacía ausente, cada vez que se cansaba del limitado mundo en el que
solía creer.
Iban las dos entidades caminando por la cueva, como de
costumbre, hasta que llegaron a sector donde el recorrido se tornaba vertical.
El ave pretendía que volviesen a la entrada después de la sesión de
conocimiento, pero el hombre se rehusó. Le comunicó que quería seguir caminando
hasta llegar al sol, que ya siente que puede llegar y subir toda esa montaña,
ese oquedal de conocimiento, esa selva de poder. El pájaro sin titubear, se
fue. Hasta entonces, ninguno de los recursos sensoriales que el hombre poseía
para aprender del mundo había escapado de los márgenes de la oxiestesia, pero
el instante en el que se sostuvo de alguna roca para comenzar su escalada, una
cascada luminosa comenzó a surgir por cada uno de los poros invisibles de la
superficie, eliminando gradualmente los receptores sensitivos de su cuerpo.
Algas crecían de aquellas grietas, resplandecían de colores imposibles de
describir, tenían su característico movimiento ondulado y al unísono, a pesar de lo aleatorio que parecía;
conforme las algas maduraban, se despegaban de la superficie y dejaban
nuevamente el fluir luminoso de la grieta, que se expandía hasta formar la
zanja de un ojo. El hombre dejó de percibir aquel mundo, ahora ya no tenía
sentidos, era un simple observador ciego y aun así contenía la imagen de lo que
vivía en alguna parte de su degradado cuerpo y capturada por alguna zona de la
vaporosa figura en la que se iba convirtiendo. Pronto los haces de luz ya
tenían la perfecta forma de ojo, pestañeaban y miraban a lo que quedaba del
antropomórfico: una especie de neblina espesa que se empeñaba con grandioso
esfuerzo por escalar la loma hacia el sol. A medida que se acercaba a la cumbre
los ojos se asombraban con mayor intensidad, brotaron las pestañas en cada uno
de ellos y pronto hubo un bosque de vellos leñosos. No significó dificultad
para nuestro personaje, ya que de todos modos no sabía cómo es que se
desplazaba, además de tener la asombrosa capacidad de escurrirse por entre las
minúsculas rendijas que quedaban en el espeso bosque de pestañas, que
eliminaron casi por completo la luz que venía por debajo, por aquellas curiosas
cavidades oculares. El ánimo del hombre ya no tenía forma, ya no tenía sentido
seguir subiendo la interminable colina; con grandiosa velocidad se había
desplazado de la cueva a los campos de algas, y de éstas al bosque de fibras.
En realidad nada tuvo sentido, jamás, ni el sol que se aproximaba, ni su luz
tan acogedora, ni la silla de triste madera en la que estuvo sentado. De pronto,
todo comenzó a incendiarse, las pestañas se deshicieron y los ojos se
calcinaron. La coloración hostil provenía suelo y éste quemaba al punto de
enrojecer las rocas que soportaron en la superficie, para pronto hacerlas lava,
una catarata de sangre solar fluía por todo el lugar. Los ríos de intenso color
se detuvieron, el hombre creyó llegar a la cima, pero en realidad se encontraba
del origen de todas las riveras magmáticas. Se levantaron largos pliegues lisos
ordenados concéntricamente, aquella nubosidad que en algún momento fue hombre
se hallaba en el centro de una caótica metamorfosis de fuego y carne, la dolorosa
saliva de los volcanes se había decidido construir aquellos pétalos concoideos
de alguna flor que buscaba aguardarle, sanarle de toda esta brillante iniquidad.
Taparon entonces las suaves telas de flor al hombre y la oscuridad le
tranquilizó. Se hallaba con su cuerpo nuevamente, parado en el borde de un
acantilado; a lo lejos se detenía el sol dando forma al ocaso y en su hombro
izquierdo se encontraba el ave de exótica coloración. El pájaro miraba el sol,
de alguna manera le decía al hombre que volara, que evitara ese cañón
sinsentido. El ser antropomórfico entonces, quiso tener plumas al igual que el
ave y volar para alcanzar el sol, el crepúsculo agonizante que se despidía de
la silla de madera triste y la sombra de algún edificio con seductora sombra,
de los pares de horas abismalmente libres y del aire plástico.
-Si
lo hago, dejaría de ser humano.
-Exacto.
sábado, 17 de agosto de 2013
6. El psiconauta
En un comienzo, el primer
chamán comenzó por instruir a sus futuros predicadores de la planta; cada
uno de éstos tuvo que aprender a consumir una planta: dejar que ella los encuentre, o bien, encontrarla y
pedirla. A pesar de que se encontraban entre frondosas selvas, había un montón
de plantas que, como tribu, no habían conocido todavía ni probado, mas el primer chamán las conocía todas y cada
una. La primera misión de todos sus discípulos sería llegar hasta los extremos
más hostiles del planeta en busca de las plantas poderosas, conocerlas y luego
compartirla para el conocimiento de toda la población, para llegar a esa
realidad y aprender verdaderamente a soñar –o no soñar-. Desde entonces que una
pequeña masa de chamanes se repartió por el mundo y fue en busca de las
diferentes opciones en que se expresaba una planta, algunos se unieron a las
arenas de los desérticos mataderos y se encontraron con poderosos cactus; otros
siguieron en la selva conociendo a cuanta planta poderosa podía ser escondida
por las demás, algunas lianas, algunos hongos de colores llamativos, algunas
semillas envainadas, numerosas y bellas flores adornadas con peligrosos efectos
y antojos; una parte de ellos se integró en los chaparrales y matorrales del
mundo para encontrarse con hongos magníficos y otras hierbas difíciles de
manejar; sin embargo, y a pesar de la gran variedad de lugares a los que
llegaba cada uno de los chamanes, hubo muchos lugares de la Tierra en los que
no había un tipo común de plantas, es decir, no encontraban su forma física.
Los chamanes se vieron obligado a utilizar sus propios poderes psicotrópicos y
entonces encontrarse con una verdad que el
primer chamán jamás pudo revelarles: la semilla de la más excelsa de las
plantas se encontraba justo dentro de sus cráneos, la gracia no era sacarla de
ahí y plantarla, porque ninguna de las tierras tendría los nutrientes
necesarios para su íntegro desarrollo, esto se debe a que tal semilla fue
plantada en la realidad mucho antes de que cualquier ser naciera y allí, en los
sesos del hombre, fue encontrada su manifestación física para los
imperceptibles. Desde allí que los lugares con gran ausencia de plantas, y los
que abundan también, decidieron completar el crecimiento como psiconauta
mediante la música, la introspección, la paciencia, la calma. De todas estas
distintas terminales de los chamanes se fueron formando las variadas sociedades
antropomórficas y sus distintas maneras de encontrarse con la realidad, en este
mismo plano y al pasar del tiempo fueron perfeccionando sus técnicas, ritmos,
motivimientos, cantos, bailes, meditaciones, rituales en general, para darle
nutrientes a la semilla de sus interiores, encontrarse con la realidad desde lo
más propio de sus existencias. El humano evolucionaba como realmente se debía,
evolucionaba por sí mismo.
En algún momento determinado apareció una nueva raza de
hombre, un ser que fue creado a partir de otro, modificado de algo real, pobre
en lo propio y apegado a las mediciones. Este hombre sin historia por detrás
fue desarrollándose errante a través del tiempo y colonizando cuanto se le
fuese dictado. Los instintos de este ser eran muy violentos y avaros, en todas
sus células se podía encontrar esa necesidad de hegemonía. Como si hubiese
existido desde siempre un enemigo del psiconauta, un enemigo de la verdad, el
ser formó grandes colonias y se dispersó por el mundo para adueñarse de las
tierras de nadie, llenar de prejuicios y enfermedades a las culturas y
finalmente asesinar todos su instintos, de alguna manera logró sacar de la
tierra a esa semilla que proporcionaba el sentido de libertad a todos los
poseedores de ella, a todas las personas con historia. Se fue mezclando
infinitamente con sus víctimas para poder formar ciudades y grandes metrópolis,
hacer del mundo una caja de plástico donde pudiese existir toda clase de
químicos que favorecieran la comodidad del sedentario y cubrir todo esto con un
infantil juego de trueques con piececitas de metal en el que el más “poderoso”
siempre salía ganando, estafando. Y por si fuera poco, desde que los pequeños
nacían, que naturalmente tenían una potente noción de la realidad, se les
instruía y esquematizaba, para que creyeran en lo bueno y lo malo y lo
imaginario, se les impuso la religión. El mundo se volvió terrenal, falso,
limitado, explotado, triste y desenfrenado, todo ha sido culpa de las inocentes
mentes de aquellos que no conocieron su propia verdad antes de que este hombre
sin historia les dominara y domesticara, estas mismas mentes tampoco daban
cuenta del grandioso poder que tenían, el poder de todo, el poder de derrocar a
cualquier señor que se les pusiera por encima con simplemente apartarse de sus
pies.
Mientras ocurría la hecatombe de las semillas, algunas tribus
y grupos de personas no se dejaron contaminar, seguían con lo suyo a pesar de
que fuesen cada vez menos. Nada que ese hombre sin historia les ofreciera podía
interesarles más que sus propias vidas, no se vendieron a las novedades
plásticas del tóxico gobernador. Todavía hay repartidas por todo el mundo las
esporas de la verdad, que despiertan a algunos imperceptibles de la polución
social.
El psiconauta, a
diferencia del onironauta, se separa
del inconsciente. Deja la seguridad de su cuerpo para tomarle la mano a la planta
que ha decidido llevarle en un viaje de puro conocimiento. Este “despertar” que
tiene el psiconauta puede ocurrir por tres diferentes casos: la planta ha encontrado a su viajero y mueve todo el
universo para lograr que le consuma; el viajero siente una incipiente
curiosidad sobre una planta y la consume, siendo ésta una situación relacionada
con el psiconauta del futuro, quien hizo la decisión desde un futuro probable y
la cumplió en el presente, el lugar donde se toman tales probabilidades de
vida; por último, aquel viajero que se inicia por voluntad propia, es el más
curioso de los casos y concluye –o se da un real inicio- cuando encuentra la
tierra en donde plantar su propia semilla y entonces ser independiente de las
demás plantas. Cuando un psiconauta
comienza a desarrollar su propia planta, obtiene grandiosas cosas, como el
néctar de ésta que es el lenguaje del universo, néctar que se traduce en las
letras de la realidad; el psiconauta
se vuelve similar al gigante barbudo,
puede convertirse en la lamprea.
Al momento de mezclarse con la planta e introducirse en la
realidad, asume que ya no es un observador, sino un auténtico personaje dentro
de todo el viaje, puede fácilmente hacer y deshacer. Lo que se hace durante el
proceso tiene inmensa importancia en la vida del viajero, por lo tanto si se
actúa de mala manera se puede incluso llegar a morir despiadadamente. El psiconauta está constantemente bajo el asecho
de la polilla.
Luego de consumir la planta y asumir los riesgos, se da lugar
a un espacio comparable con la pradera
primaria: el bosque de cactáceas.
Este lugar asegura que los viajeros pobres de poder no puedan cruzar a la
realidad, provoca que los más débiles sean vistos como “adictos” en el mundo
del imperceptible; aquellos que consumen drogas formadas a partir de plantas,
también llamadas duras o sintetizadas, llegar a un lugar más doloroso aún, son
ingresados en las flores de cáctus;
hay otros con un poco más de poder acumulado en sus cuerpos y simplemente quedan
enganchados en la multitud de espinas, en el mundo del imperceptible son
aquellos personajes que consumen plantas y se quedan siempre en el mismo lugar,
no tienen un buen desempeño en sus viajes y creen a los materiales como cosas
interteres. El verdadero psiconauta
tendrá poder suficiente y respeto hacia la planta que le va llevando hasta su
realidad, conoce bien a su compañera y le agradece todo lo compartido. Es
recién entonces cuando el viajero cruza sin mayor complejo el bosque de cactáceas y arriba al chagual propio, una maravillosa planta de imponente figura y flores
pintadas con el color del viaje, a partir de este momento comienza a aparecer
la realidad, el conocimiento y todas las dificultades que pueden ser
encontradas en ella. Justo por encima de esta maravillosa planta se encontrará
siempre la polilla, advirtiendo al
viajero de su presencia.
Disfrute ahora su complicado camino: el complejo orden de la
naturaleza, los ritmos de la realidad, lo que comunica cada una de las
existencias que en el mundo del imperceptible le parecían carentes de lenguaje,
aférrese a la gama de colores imposibles de describir y emular, lleve consigo
sus técnicas y defensas para desarrollarlas en este lugar, aprenda de todo lo
vea y sea consecuente. Usted, siendo un psiconauta,
por fin ha de ser sincero consigo mismo, sus sentidos más utilizados se
agudizarán y no le mentirán, incluso podrá recordar que posee sentidos tan
potentes que la sensación del viaje no la podrá compartir, puede llegar a
encontrar su propio nombre, utilizar miembros y extremidades que le fueron
escondidos al momento de introducirse en las dificultades de la sociedad.
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