lunes, 9 de septiembre de 2013

Ornitofilia de un parásito

Un hombre, alterado por tener un par de horas abismalmente libres, se propuso observar el atardecer tan solo un fragmento de tiempo. Buscó algún lugar de altura en su madriguera; luego, las condiciones para lograr su objetivo se hacían más específicas, como encontrar una ventana de cara al espectáculo crepuscular que, al mismo tiempo, no se dejara seducir por la fría sombra de un edificio cercano. Cuando el hombre hubo concluido su empresa, trajo una silla de madera triste - de esas muy exóticas en esa época, donde hasta el aire era de plástico - y se sentó encima para apreciar la escena color pomelo. Una voz, un chillido o un canto de ultratumba resonó en lo más ominoso de su vientre; a pesar de lo alterado que se volvió, logró descifrar el cadavérico mensaje. Por inercia, cumplió la misión que se le había otorgado. “Abre la ventana, abre tus costillas. El flujo del sol puede apenas tostar tus prejuicios”. Sintió en su materialista cuerpo la tibia sustancia solar mezclándose con cada una de las unidades celulares que le conformaba, se iba deshaciendo conforme cada parte de su cuerpo alcanzaba un éxtasis sensorial. El miedo aumentó a medida que no se sentía extrañado de lo que ocurría, estaba saliéndose de su rutina para comenzar a recorrer que jamás, conscientemente, podría alcanzar a percibir como “recorrible”. Se paró del asiento y se lanzó por la ventana.
La tierra estaba ordenada, acaso fluía con el viento y se movía más lento que las plantas al crecer, estaba caminando sobre un plasma térreo y dorado. Un sendero marcado por tonalidades más terracotas le hicieron tomar sentido de hacia dónde iba, a lo lejos, al final del camino, se encontraba el sol. Cada paso que daba era una honda ráfaga de modificaciones geográficas, la orogénesis se daba licencia total y creaba los valles más estrafalarios a los costados de la calzada, levantándose con cuanto poder alcanzaba. En cierto momento, las laderas del valle parecían tan altas, que no se podía ver el cielo superior, sin embargo el sol seguía allí adelante.
Don entidades ornitomórficas se posicionaban en los bordes de la cueva que detuvo el camino del hombre. El sol seguía en el final del camino, a pesar de que ya ni siquiera pudiese verle por la poderosa oscuridad que traía consigo la cueva espontáneamente aparecida. El ave de la derecha tenía colores cálidos y familiares, recordaban al hombre las tonalidades de su vida, su respirar, su sangre, sus pensamientos, sus obras; el ave de la izquierda estaba bañada en coloraciones ásperas y extrañas, novedosas y exóticas, aquellas tonalidades que destellaban ocasionalmente en la cordillera de su vientre. Se acercó al ave del costado derecho, el ave cálida, y preguntó sobre qué le correspondía hacer. “Yo únicamente puedo hablarte de tu vida exterior, tu pobre interpretación del mundo y todo aquello a lo que banalmente te has ligado. Puedo responderte cuanta cosa me preguntes, pero no me pidas explicaciones, que aquí sólo tienes que entender. No estás en aquel mundo donde el mayor placer del hombre es desgranar absolutamente toda existencia misteriosa que se le cruza por delante, no estás en ese reino imaginario de creación y patrañísimas verdades. Estás en la entrada de la cueva hacia tu propio ser; allí dentro se encuentra todo lo que fuiste, eres y serás”. El pájaro se posó en el hombro derecho del ser antropomórfico y le guió dentro de la cueva. Líquenes plasmados en el aire, cactos helicoidales y setas de descomunal tamaño fueron algunas de la inmensa variedad de increíbles especies que el hombre logró reconocer en esa calurosa oscuridad de la cueva, ese delicioso misterio que, por consejo del ave, había que disfrutar y no explicar. Fue una constante lucha con sus cuestionamientos, se disparaban entre sí dentro del cráneo para dejar de existir antes de salir a flote. En cierto tramo de la cueva, cuando el trayecto se volvía iluminado gradual y empinado, el pájaro detuvo la caminata del hombre con su propia voluntad. “No me corresponde llevarte hacia el sol, únicamente te puedo enseñar lo que te acerca a esta cueva y no lo que hay dentro de ella. Tu eres quien posee el grandioso poder de conocerte”: Se encontraron nuevamente en la entrada, fue entonces que el ave de áspero aspecto y escamosas plumas lanzó una severa mirada al inocente hombre, le comunicó con la más hostil de las melodías las instrucciones para volver. “Tu cuerpo ha aprendido más que tú. Es tu deber encarnarte con el silencio craneal. Bajo la sombra y susurro de todo lo que han aprendido, podrás sumergirte en este valle por tu propia cuenta y voluntad sin dificultad. Es aquí donde todas las respuestas son cristales, desde siempre tu idioma fue el más errático”.
Desde entonces el hombre dedicó cada momento abismalmente libre a la actividad sensorial. La vida entera comenzó a serle explícita y sus pares se hacían cada vez menos discernibles, menos entendibles, menos tolerables. Los patrones y texturas del mundo se le hicieron posibles de percibir, era un estudiante de aquella lengua que fue despojada en su nacimiento, en su traumática bienvenida al rebaño de los experimentos de greda. Cada viaje que hacía a su cueva le provocaba numerosas transmutaciones, colosales y dolorosas para todo aquello terrenal que se esforzaba por mezclarse en la porosidad de sus huesos; su pequeña ciega consciencia era sometida a una increíble lluvia de luz solar, infinitas primaveras y otoños para su cuerpo, era un capullo en un caótico evolucionar.
“Jamás alguien podrá escuchar sobre todo esto, porque solo a ti nos corresponde enseñarlo. El mundo que estás conociendo es colosalmente superior en todos los sentidos al mundo que crees habitar. No te esfuerces por convencer a aquellos cuya consciencia no está preparada para comprender. Sus ojos ni siquiera soportan la suculenta luz del sol”. El ave cálida consolaba al hombre cada vez que los restos de su primitiva emocionalidad se hacían presentes, cada vez que el desapego se hacía ausente, cada vez que se cansaba del limitado mundo en el que solía creer.
Iban las dos entidades caminando por la cueva, como de costumbre, hasta que llegaron a sector donde el recorrido se tornaba vertical. El ave pretendía que volviesen a la entrada después de la sesión de conocimiento, pero el hombre se rehusó. Le comunicó que quería seguir caminando hasta llegar al sol, que ya siente que puede llegar y subir toda esa montaña, ese oquedal de conocimiento, esa selva de poder. El pájaro sin titubear, se fue. Hasta entonces, ninguno de los recursos sensoriales que el hombre poseía para aprender del mundo había escapado de los márgenes de la oxiestesia, pero el instante en el que se sostuvo de alguna roca para comenzar su escalada, una cascada luminosa comenzó a surgir por cada uno de los poros invisibles de la superficie, eliminando gradualmente los receptores sensitivos de su cuerpo. Algas crecían de aquellas grietas, resplandecían de colores imposibles de describir, tenían su característico movimiento ondulado y al  unísono, a pesar de lo aleatorio que parecía; conforme las algas maduraban, se despegaban de la superficie y dejaban nuevamente el fluir luminoso de la grieta, que se expandía hasta formar la zanja de un ojo. El hombre dejó de percibir aquel mundo, ahora ya no tenía sentidos, era un simple observador ciego y aun así contenía la imagen de lo que vivía en alguna parte de su degradado cuerpo y capturada por alguna zona de la vaporosa figura en la que se iba convirtiendo. Pronto los haces de luz ya tenían la perfecta forma de ojo, pestañeaban y miraban a lo que quedaba del antropomórfico: una especie de neblina espesa que se empeñaba con grandioso esfuerzo por escalar la loma hacia el sol. A medida que se acercaba a la cumbre los ojos se asombraban con mayor intensidad, brotaron las pestañas en cada uno de ellos y pronto hubo un bosque de vellos leñosos. No significó dificultad para nuestro personaje, ya que de todos modos no sabía cómo es que se desplazaba, además de tener la asombrosa capacidad de escurrirse por entre las minúsculas rendijas que quedaban en el espeso bosque de pestañas, que eliminaron casi por completo la luz que venía por debajo, por aquellas curiosas cavidades oculares. El ánimo del hombre ya no tenía forma, ya no tenía sentido seguir subiendo la interminable colina; con grandiosa velocidad se había desplazado de la cueva a los campos de algas, y de éstas al bosque de fibras. En realidad nada tuvo sentido, jamás, ni el sol que se aproximaba, ni su luz tan acogedora, ni la silla de triste madera en la que estuvo sentado. De pronto, todo comenzó a incendiarse, las pestañas se deshicieron y los ojos se calcinaron. La coloración hostil provenía suelo y éste quemaba al punto de enrojecer las rocas que soportaron en la superficie, para pronto hacerlas lava, una catarata de sangre solar fluía por todo el lugar. Los ríos de intenso color se detuvieron, el hombre creyó llegar a la cima, pero en realidad se encontraba del origen de todas las riveras magmáticas. Se levantaron largos pliegues lisos ordenados concéntricamente, aquella nubosidad que en algún momento fue hombre se hallaba en el centro de una caótica metamorfosis de fuego y carne, la dolorosa saliva de los volcanes se había decidido construir aquellos pétalos concoideos de alguna flor que buscaba aguardarle, sanarle de toda esta brillante iniquidad. Taparon entonces las suaves telas de flor al hombre y la oscuridad le tranquilizó. Se hallaba con su cuerpo nuevamente, parado en el borde de un acantilado; a lo lejos se detenía el sol dando forma al ocaso y en su hombro izquierdo se encontraba el ave de exótica coloración. El pájaro miraba el sol, de alguna manera le decía al hombre que volara, que evitara ese cañón sinsentido. El ser antropomórfico entonces, quiso tener plumas al igual que el ave y volar para alcanzar el sol, el crepúsculo agonizante que se despidía de la silla de madera triste y la sombra de algún edificio con seductora sombra, de los pares de horas abismalmente libres y del aire plástico.
-Si lo hago, dejaría de ser humano.

-Exacto.

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