jueves, 12 de septiembre de 2013

Hemorragia de piedra

La cosa más poderosa existente en el universo decidió, un día, tomar forma física y con ello terminó las habladurías sobre lo abstracta que era. De allí que su viscosa apariencia llenó las venas de las grandes piedras, las primeras células.
La entidad, hambrienta de recuerdos, fue conocida como Muerte, pues se llevaba la vitalidad de aquellos seres que hicieron una vez un trato con Vida; el acuerdo constaba de dos partes, donde la primera correspondía a una etapa de desarrollo y magníficas vivencias, mientras que la segunda correspondía a ofrendar tales historias. Vida y Muerte estuvieron desde el principio, desde donde no hay historia, sin embargo Vida es hija de Muerte, quien decidió parirle en un destello de movimiento. Lo que era hasta entonces el iniverso comenzó a fluir, las cosas comenzaron a moverse por obra de Vida, pero el préstamo de esta energía debía ser devuelto una vez que se cumpliese con el trayecto deseado, es entonces cuando Muerte se apropiaba cariñosamente del movimiento cargado de recuerdos y lo convertía en lo inmóvil que era antes, además de estrujarlo y obtener de él un líquido bondadoso, se dio origen al universo. Cuando las cosas estaban limpias y ordenadas, aquel líquido era llamado éter; éste se obtuvo de las primeras explosiones sensoriales atómicas. Muerte retiraba el éter de las formaciones luminosas y lo dejaba descansando en alguna esquina inmóvil del planeta, para dormir sobre él. Esta sangre, el éter, era movimiento en su máximo estado de pureza.
La expansión del todo motivaba a Vida y Muerte seguir experimentando con las formas de movimiento que iban creando y decidieron solidificar algunas cosas. Los minerales y cristales fueron la dualidad de movimiento que innovaron en vivencias y recuerdos, las dos creadoras estuvieron fascinadas con lo ocurrido y terminaron por otorgar más movimiento a las responsables y colosales esferas de cristal y mineral, permitiéndoles almacenar parte del éter que producían.  Cada cuerpo celeste fue distribuyendo de manera gradual el movimiento en sus partículas, incluso se compartían información o nuevos elementos entre planetas. Cada vez que un planeta alcanzaba un alto grado de vivencias, se convertía en estrella para ceder todo el éter de su vida, finalizando su existencia con una maravillosa explosión que dispersaba unidades de información hacia otros lugares muy recónditos del universo. Por otro lado, aquellos planetas que no poseían tanto éter ni tantas vivencias, decidieron invertir el material y convertirlo en otro: el magma. El incoloro y liviano éter fue parcialmente remplazado por una sustancia similarmente luminosa, pero pesada y lenta. Esta especie de vivencia se alojaba al interior de un planeta y se almacenaba para tener una reserva de movimiento que asegurara el fluir de los minerales y cristales; la empresa del éter que tenía cada planeta le aseguraba una vida más longeva y próspera al enlentecer el proceso. Pronto, los cuerpos celestes fueron alcanzando mayor complejidad en su composición.
En un determinado momento, algunos planetas invirtieron nuevamente el movimiento, en forma de éter, para convertirlo en otra cosa: el alma. Esta nueva creación de aquellas grandísimas aglomeraciones simbióticas de mineral y cristal otorgaba movimiento a partículas inorgánicas para que se movilizaran independientemente, repartieron la energía entre sus subordinados tal como Muerte y Vida hicieron con ellas. Se dio lugar a las formas orgánicas de vida, aquellas que tenían un movimiento más fácilmente percibible y, por lo mismo, más efímero y productivo. De allí que pequeñas sustancias fueron formando células que se alimentaban unas de otras, traspasando la energía y las vivencias potenciadas, de manera que cada vez que se ofrendaba tales recuerdos, éstos eran primeramente recibidos por el seno del planeta y Muerte se apropiaba de ellas. Como premio por la innovación en funcionamiento que propusieron los planetas, Muerte tomaría forma basándose en este último tipo de ofrenda, infinitamente más denso que el éter, infinitamente más luminoso que el magma, infinitamente más lento que el alma: el petróleo.
El petróleo cambió enteramente el esquema que Vida y Muerte habían armado en el universo, ahora las grandes rocas dispersas en el espacio tenían dos metas preciosas por alcanzar: éter y petróleo. Mientras el primero era el liviano rocío de recuerdos para Vida, el segundo era el denso plasma vivencial de Muerte, quien prefería dormir eternamente en el ominoso líquido. Las formas orgánicas de vida incluso entretenían a los planetas, que se sentían inmensamente vivos al tener dos tipos de sangre entre sus cuerpos rocosos: el espíritu les aseguraba tener un buen producto traducible en éter, mientras que cuerpo era degradado hasta obtener la jalea memorial, sinónimo de petróleo. El alma y el magma serían los movimientos propios del planeta dedicados a mover lo orgánico y lo inorgánico, respectivamente. Las diversas expresiones orgánicas de vida siempre serían una sorpresa para todos los presentes en la historia que partió del iniverso.
Dentro de los azares de la evolución orgánica, apareció un pseudo-primate que era regido por otro tipo de movimiento, la razón. Ésta correspondía a un movimiento errático generado por casualidades históricas. El bípedo tenía una creciente necesidad de obtener poder, otro tipo de movimiento, pero imaginario, inexistente, más bien un síndrome crítico o potente enfermedad. Entre ellos se mataban para mostrar superioridad y “robar” el poder que poseía cada uno de sus hermanos. Pronto no se hubo conformado con robar el poder de sus pares y comenzó a robar el poder de las demás formas de vida, bajo la escusa de las necesidades básicas. Encontró muy pronto una forma física de entender el poder: el dinero. Se fueron saboteando entre “poderosos” para lograr grandísimas reservas de poder, estafando a todos los que venían por debajo de ellos mismos, a pesar de que fuesen los pilares de su propio éxito. Era un tóxico ecosistema de mentiras en el que proliferaban casi moderadamente, hasta que uno de los “poderosos” descubrió una de las venas que mantenían la vida en el planeta, un yacimiento de petróleo. La Muerte que siempre estuvo presente en sus ciclos biológicos, para ofrendar  el espíritu y el cuerpo, sería despertada del eterno descanso. El bípedo tomó la cuna de Muerte y la sometió a combustión, a destilación, a desnaturalización, a investigación, a explicación, a síntesis, a humillación. El hombre había tratado como un medio de obtención de bienes banales a la más sagrada sustancia de recuerdos y vivencias, la sangre de las piedras. Muerte, sabiendo que sólo con estar en los ciclos biológicos de este cáncer bípedo, no se desesperó y descargó su furia y castigo de una manera increíblemente sigilosa y habilidosa: se volvería a concretar, mas no en forma de petróleo, sino que cumpliendo con esa imaginaria y alucinante idea del hombre, el poder.
Todas las personas que contribuyeran directa o indirectamente a la denigración del planeta afectado caerían en las dolorosas enfermedades consumistas, las enfermedades que les traerían vacío a sus corazones, enfermedades que les proporcionan más de ese asqueroso instinto de poder; tendrían que luchar por su lugar y reconocimiento social, tendrían que lidiar con la suciedad del planeta, tendrían que atender los desgarradores destellos de consciencia, los arrebatos políticos, las hecatombes estúpidas, guerras de hambre y de sed, la presente “fiebre de igualdad”, la caza de sueños y fantasías, la vejez e la inutilidad, pero por sobre todo jamás gozarían de la madurez. Los hombres serían por siempre unos niños envenenados, babosos por hegemonía al reproducirse desenfrenadamente, al explicarlo todo inútilmente, al mimar sus cuerpos con la medicina, al cumplir con las expectativas exteriores, al silenciar las salvadoras voces de su interior. Muerte pidió permiso al planeta, afectado del cáncer antropocénico, con fin de tomar las riendas del movimiento. Destruiría a los errantes seres desde donde comenzaron a proliferar, les despojaría de todo lo que alguna vez pudieron disfrutar, les quitaría la grandiosa virtud del desapego y la libertad de movimiento. Tan grandioso y silenciosa es su manera de actuar que tomó a los “poderosos” como presas suyas, haciéndoles creer que en realidad son poseedores del poder, mientras que a la masa ignorante que está bajo ellos, quienes les permiten alcanzar el ponzoñoso líquido, les hizo olvidar su magna responsabilidad y culpabilidad en todo este proceso.
Y todo aquel que sea capaz de reconocer que el derretimiento de su “mundo” es en realidad el antídoto a su planeta, aquel que pueda despojarse el fluir común, será bendecido y guiado por Vida y Muerte.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Ornitofilia de un parásito

Un hombre, alterado por tener un par de horas abismalmente libres, se propuso observar el atardecer tan solo un fragmento de tiempo. Buscó algún lugar de altura en su madriguera; luego, las condiciones para lograr su objetivo se hacían más específicas, como encontrar una ventana de cara al espectáculo crepuscular que, al mismo tiempo, no se dejara seducir por la fría sombra de un edificio cercano. Cuando el hombre hubo concluido su empresa, trajo una silla de madera triste - de esas muy exóticas en esa época, donde hasta el aire era de plástico - y se sentó encima para apreciar la escena color pomelo. Una voz, un chillido o un canto de ultratumba resonó en lo más ominoso de su vientre; a pesar de lo alterado que se volvió, logró descifrar el cadavérico mensaje. Por inercia, cumplió la misión que se le había otorgado. “Abre la ventana, abre tus costillas. El flujo del sol puede apenas tostar tus prejuicios”. Sintió en su materialista cuerpo la tibia sustancia solar mezclándose con cada una de las unidades celulares que le conformaba, se iba deshaciendo conforme cada parte de su cuerpo alcanzaba un éxtasis sensorial. El miedo aumentó a medida que no se sentía extrañado de lo que ocurría, estaba saliéndose de su rutina para comenzar a recorrer que jamás, conscientemente, podría alcanzar a percibir como “recorrible”. Se paró del asiento y se lanzó por la ventana.
La tierra estaba ordenada, acaso fluía con el viento y se movía más lento que las plantas al crecer, estaba caminando sobre un plasma térreo y dorado. Un sendero marcado por tonalidades más terracotas le hicieron tomar sentido de hacia dónde iba, a lo lejos, al final del camino, se encontraba el sol. Cada paso que daba era una honda ráfaga de modificaciones geográficas, la orogénesis se daba licencia total y creaba los valles más estrafalarios a los costados de la calzada, levantándose con cuanto poder alcanzaba. En cierto momento, las laderas del valle parecían tan altas, que no se podía ver el cielo superior, sin embargo el sol seguía allí adelante.
Don entidades ornitomórficas se posicionaban en los bordes de la cueva que detuvo el camino del hombre. El sol seguía en el final del camino, a pesar de que ya ni siquiera pudiese verle por la poderosa oscuridad que traía consigo la cueva espontáneamente aparecida. El ave de la derecha tenía colores cálidos y familiares, recordaban al hombre las tonalidades de su vida, su respirar, su sangre, sus pensamientos, sus obras; el ave de la izquierda estaba bañada en coloraciones ásperas y extrañas, novedosas y exóticas, aquellas tonalidades que destellaban ocasionalmente en la cordillera de su vientre. Se acercó al ave del costado derecho, el ave cálida, y preguntó sobre qué le correspondía hacer. “Yo únicamente puedo hablarte de tu vida exterior, tu pobre interpretación del mundo y todo aquello a lo que banalmente te has ligado. Puedo responderte cuanta cosa me preguntes, pero no me pidas explicaciones, que aquí sólo tienes que entender. No estás en aquel mundo donde el mayor placer del hombre es desgranar absolutamente toda existencia misteriosa que se le cruza por delante, no estás en ese reino imaginario de creación y patrañísimas verdades. Estás en la entrada de la cueva hacia tu propio ser; allí dentro se encuentra todo lo que fuiste, eres y serás”. El pájaro se posó en el hombro derecho del ser antropomórfico y le guió dentro de la cueva. Líquenes plasmados en el aire, cactos helicoidales y setas de descomunal tamaño fueron algunas de la inmensa variedad de increíbles especies que el hombre logró reconocer en esa calurosa oscuridad de la cueva, ese delicioso misterio que, por consejo del ave, había que disfrutar y no explicar. Fue una constante lucha con sus cuestionamientos, se disparaban entre sí dentro del cráneo para dejar de existir antes de salir a flote. En cierto tramo de la cueva, cuando el trayecto se volvía iluminado gradual y empinado, el pájaro detuvo la caminata del hombre con su propia voluntad. “No me corresponde llevarte hacia el sol, únicamente te puedo enseñar lo que te acerca a esta cueva y no lo que hay dentro de ella. Tu eres quien posee el grandioso poder de conocerte”: Se encontraron nuevamente en la entrada, fue entonces que el ave de áspero aspecto y escamosas plumas lanzó una severa mirada al inocente hombre, le comunicó con la más hostil de las melodías las instrucciones para volver. “Tu cuerpo ha aprendido más que tú. Es tu deber encarnarte con el silencio craneal. Bajo la sombra y susurro de todo lo que han aprendido, podrás sumergirte en este valle por tu propia cuenta y voluntad sin dificultad. Es aquí donde todas las respuestas son cristales, desde siempre tu idioma fue el más errático”.
Desde entonces el hombre dedicó cada momento abismalmente libre a la actividad sensorial. La vida entera comenzó a serle explícita y sus pares se hacían cada vez menos discernibles, menos entendibles, menos tolerables. Los patrones y texturas del mundo se le hicieron posibles de percibir, era un estudiante de aquella lengua que fue despojada en su nacimiento, en su traumática bienvenida al rebaño de los experimentos de greda. Cada viaje que hacía a su cueva le provocaba numerosas transmutaciones, colosales y dolorosas para todo aquello terrenal que se esforzaba por mezclarse en la porosidad de sus huesos; su pequeña ciega consciencia era sometida a una increíble lluvia de luz solar, infinitas primaveras y otoños para su cuerpo, era un capullo en un caótico evolucionar.
“Jamás alguien podrá escuchar sobre todo esto, porque solo a ti nos corresponde enseñarlo. El mundo que estás conociendo es colosalmente superior en todos los sentidos al mundo que crees habitar. No te esfuerces por convencer a aquellos cuya consciencia no está preparada para comprender. Sus ojos ni siquiera soportan la suculenta luz del sol”. El ave cálida consolaba al hombre cada vez que los restos de su primitiva emocionalidad se hacían presentes, cada vez que el desapego se hacía ausente, cada vez que se cansaba del limitado mundo en el que solía creer.
Iban las dos entidades caminando por la cueva, como de costumbre, hasta que llegaron a sector donde el recorrido se tornaba vertical. El ave pretendía que volviesen a la entrada después de la sesión de conocimiento, pero el hombre se rehusó. Le comunicó que quería seguir caminando hasta llegar al sol, que ya siente que puede llegar y subir toda esa montaña, ese oquedal de conocimiento, esa selva de poder. El pájaro sin titubear, se fue. Hasta entonces, ninguno de los recursos sensoriales que el hombre poseía para aprender del mundo había escapado de los márgenes de la oxiestesia, pero el instante en el que se sostuvo de alguna roca para comenzar su escalada, una cascada luminosa comenzó a surgir por cada uno de los poros invisibles de la superficie, eliminando gradualmente los receptores sensitivos de su cuerpo. Algas crecían de aquellas grietas, resplandecían de colores imposibles de describir, tenían su característico movimiento ondulado y al  unísono, a pesar de lo aleatorio que parecía; conforme las algas maduraban, se despegaban de la superficie y dejaban nuevamente el fluir luminoso de la grieta, que se expandía hasta formar la zanja de un ojo. El hombre dejó de percibir aquel mundo, ahora ya no tenía sentidos, era un simple observador ciego y aun así contenía la imagen de lo que vivía en alguna parte de su degradado cuerpo y capturada por alguna zona de la vaporosa figura en la que se iba convirtiendo. Pronto los haces de luz ya tenían la perfecta forma de ojo, pestañeaban y miraban a lo que quedaba del antropomórfico: una especie de neblina espesa que se empeñaba con grandioso esfuerzo por escalar la loma hacia el sol. A medida que se acercaba a la cumbre los ojos se asombraban con mayor intensidad, brotaron las pestañas en cada uno de ellos y pronto hubo un bosque de vellos leñosos. No significó dificultad para nuestro personaje, ya que de todos modos no sabía cómo es que se desplazaba, además de tener la asombrosa capacidad de escurrirse por entre las minúsculas rendijas que quedaban en el espeso bosque de pestañas, que eliminaron casi por completo la luz que venía por debajo, por aquellas curiosas cavidades oculares. El ánimo del hombre ya no tenía forma, ya no tenía sentido seguir subiendo la interminable colina; con grandiosa velocidad se había desplazado de la cueva a los campos de algas, y de éstas al bosque de fibras. En realidad nada tuvo sentido, jamás, ni el sol que se aproximaba, ni su luz tan acogedora, ni la silla de triste madera en la que estuvo sentado. De pronto, todo comenzó a incendiarse, las pestañas se deshicieron y los ojos se calcinaron. La coloración hostil provenía suelo y éste quemaba al punto de enrojecer las rocas que soportaron en la superficie, para pronto hacerlas lava, una catarata de sangre solar fluía por todo el lugar. Los ríos de intenso color se detuvieron, el hombre creyó llegar a la cima, pero en realidad se encontraba del origen de todas las riveras magmáticas. Se levantaron largos pliegues lisos ordenados concéntricamente, aquella nubosidad que en algún momento fue hombre se hallaba en el centro de una caótica metamorfosis de fuego y carne, la dolorosa saliva de los volcanes se había decidido construir aquellos pétalos concoideos de alguna flor que buscaba aguardarle, sanarle de toda esta brillante iniquidad. Taparon entonces las suaves telas de flor al hombre y la oscuridad le tranquilizó. Se hallaba con su cuerpo nuevamente, parado en el borde de un acantilado; a lo lejos se detenía el sol dando forma al ocaso y en su hombro izquierdo se encontraba el ave de exótica coloración. El pájaro miraba el sol, de alguna manera le decía al hombre que volara, que evitara ese cañón sinsentido. El ser antropomórfico entonces, quiso tener plumas al igual que el ave y volar para alcanzar el sol, el crepúsculo agonizante que se despidía de la silla de madera triste y la sombra de algún edificio con seductora sombra, de los pares de horas abismalmente libres y del aire plástico.
-Si lo hago, dejaría de ser humano.

-Exacto.

sábado, 17 de agosto de 2013

6. El psiconauta

En un comienzo, el primer chamán comenzó por instruir a sus futuros predicadores de la planta; cada uno de éstos tuvo que aprender a consumir una planta: dejar que ella los encuentre, o bien, encontrarla y pedirla. A pesar de que se encontraban entre frondosas selvas, había un montón de plantas que, como tribu, no habían conocido todavía ni probado, mas el primer chamán las conocía todas y cada una. La primera misión de todos sus discípulos sería llegar hasta los extremos más hostiles del planeta en busca de las plantas poderosas, conocerlas y luego compartirla para el conocimiento de toda la población, para llegar a esa realidad y aprender verdaderamente a soñar –o no soñar-. Desde entonces que una pequeña masa de chamanes se repartió por el mundo y fue en busca de las diferentes opciones en que se expresaba una planta, algunos se unieron a las arenas de los desérticos mataderos y se encontraron con poderosos cactus; otros siguieron en la selva conociendo a cuanta planta poderosa podía ser escondida por las demás, algunas lianas, algunos hongos de colores llamativos, algunas semillas envainadas, numerosas y bellas flores adornadas con peligrosos efectos y antojos; una parte de ellos se integró en los chaparrales y matorrales del mundo para encontrarse con hongos magníficos y otras hierbas difíciles de manejar; sin embargo, y a pesar de la gran variedad de lugares a los que llegaba cada uno de los chamanes, hubo muchos lugares de la Tierra en los que no había un tipo común de plantas, es decir, no encontraban su forma física. Los chamanes se vieron obligado a utilizar sus propios poderes psicotrópicos y entonces encontrarse con una verdad que el primer chamán jamás pudo revelarles: la semilla de la más excelsa de las plantas se encontraba justo dentro de sus cráneos, la gracia no era sacarla de ahí y plantarla, porque ninguna de las tierras tendría los nutrientes necesarios para su íntegro desarrollo, esto se debe a que tal semilla fue plantada en la realidad mucho antes de que cualquier ser naciera y allí, en los sesos del hombre, fue encontrada su manifestación física para los imperceptibles. Desde allí que los lugares con gran ausencia de plantas, y los que abundan también, decidieron completar el crecimiento como psiconauta mediante la música, la introspección, la paciencia, la calma. De todas estas distintas terminales de los chamanes se fueron formando las variadas sociedades antropomórficas y sus distintas maneras de encontrarse con la realidad, en este mismo plano y al pasar del tiempo fueron perfeccionando sus técnicas, ritmos, motivimientos, cantos, bailes, meditaciones, rituales en general, para darle nutrientes a la semilla de sus interiores, encontrarse con la realidad desde lo más propio de sus existencias. El humano evolucionaba como realmente se debía, evolucionaba por sí mismo.
En algún momento determinado apareció una nueva raza de hombre, un ser que fue creado a partir de otro, modificado de algo real, pobre en lo propio y apegado a las mediciones. Este hombre sin historia por detrás fue desarrollándose errante a través del tiempo y colonizando cuanto se le fuese dictado. Los instintos de este ser eran muy violentos y avaros, en todas sus células se podía encontrar esa necesidad de hegemonía. Como si hubiese existido desde siempre un enemigo del psiconauta, un enemigo de la verdad, el ser formó grandes colonias y se dispersó por el mundo para adueñarse de las tierras de nadie, llenar de prejuicios y enfermedades a las culturas y finalmente asesinar todos su instintos, de alguna manera logró sacar de la tierra a esa semilla que proporcionaba el sentido de libertad a todos los poseedores de ella, a todas las personas con historia. Se fue mezclando infinitamente con sus víctimas para poder formar ciudades y grandes metrópolis, hacer del mundo una caja de plástico donde pudiese existir toda clase de químicos que favorecieran la comodidad del sedentario y cubrir todo esto con un infantil juego de trueques con piececitas de metal en el que el más “poderoso” siempre salía ganando, estafando. Y por si fuera poco, desde que los pequeños nacían, que naturalmente tenían una potente noción de la realidad, se les instruía y esquematizaba, para que creyeran en lo bueno y lo malo y lo imaginario, se les impuso la religión. El mundo se volvió terrenal, falso, limitado, explotado, triste y desenfrenado, todo ha sido culpa de las inocentes mentes de aquellos que no conocieron su propia verdad antes de que este hombre sin historia les dominara y domesticara, estas mismas mentes tampoco daban cuenta del grandioso poder que tenían, el poder de todo, el poder de derrocar a cualquier señor que se les pusiera por encima con simplemente apartarse de sus pies.
Mientras ocurría la hecatombe de las semillas, algunas tribus y grupos de personas no se dejaron contaminar, seguían con lo suyo a pesar de que fuesen cada vez menos. Nada que ese hombre sin historia les ofreciera podía interesarles más que sus propias vidas, no se vendieron a las novedades plásticas del tóxico gobernador. Todavía hay repartidas por todo el mundo las esporas de la verdad, que despiertan a algunos imperceptibles de la polución social.
El psiconauta, a diferencia del onironauta, se separa del inconsciente. Deja la seguridad de su cuerpo para tomarle la mano a la planta que ha decidido llevarle en un viaje de puro conocimiento. Este “despertar” que tiene el psiconauta puede ocurrir por tres diferentes casos: la planta ha encontrado a su viajero y mueve todo el universo para lograr que le consuma; el viajero siente una incipiente curiosidad sobre una planta y la consume, siendo ésta una situación relacionada con el psiconauta del futuro, quien hizo la decisión desde un futuro probable y la cumplió en el presente, el lugar donde se toman tales probabilidades de vida; por último, aquel viajero que se inicia por voluntad propia, es el más curioso de los casos y concluye –o se da un real inicio- cuando encuentra la tierra en donde plantar su propia semilla y entonces ser independiente de las demás plantas. Cuando un psiconauta comienza a desarrollar su propia planta, obtiene grandiosas cosas, como el néctar de ésta que es el lenguaje del universo, néctar que se traduce en las letras de la realidad; el psiconauta se vuelve similar al gigante barbudo, puede convertirse en la lamprea.
Al momento de mezclarse con la planta e introducirse en la realidad, asume que ya no es un observador, sino un auténtico personaje dentro de todo el viaje, puede fácilmente hacer y deshacer. Lo que se hace durante el proceso tiene inmensa importancia en la vida del viajero, por lo tanto si se actúa de mala manera se puede incluso llegar a morir despiadadamente. El psiconauta está constantemente bajo el asecho de la polilla.
Luego de consumir la planta y asumir los riesgos, se da lugar a un espacio comparable con la pradera primaria: el bosque de cactáceas. Este lugar asegura que los viajeros pobres de poder no puedan cruzar a la realidad, provoca que los más débiles sean vistos como “adictos” en el mundo del imperceptible; aquellos que consumen drogas formadas a partir de plantas, también llamadas duras o sintetizadas, llegar a un lugar más doloroso aún, son ingresados en las flores de cáctus; hay otros con un poco más de poder acumulado en sus cuerpos y simplemente quedan enganchados en la multitud de espinas, en el mundo del imperceptible son aquellos personajes que consumen plantas y se quedan siempre en el mismo lugar, no tienen un buen desempeño en sus viajes y creen a los materiales como cosas interteres. El verdadero psiconauta tendrá poder suficiente y respeto hacia la planta que le va llevando hasta su realidad, conoce bien a su compañera y le agradece todo lo compartido. Es recién entonces cuando el viajero cruza sin mayor complejo el bosque de cactáceas y arriba al chagual propio, una maravillosa planta de imponente figura y flores pintadas con el color del viaje, a partir de este momento comienza a aparecer la realidad, el conocimiento y todas las dificultades que pueden ser encontradas en ella. Justo por encima de esta maravillosa planta se encontrará siempre la polilla, advirtiendo al viajero de su presencia.

Disfrute ahora su complicado camino: el complejo orden de la naturaleza, los ritmos de la realidad, lo que comunica cada una de las existencias que en el mundo del imperceptible le parecían carentes de lenguaje, aférrese a la gama de colores imposibles de describir y emular, lleve consigo sus técnicas y defensas para desarrollarlas en este lugar, aprenda de todo lo vea y sea consecuente. Usted, siendo un psiconauta, por fin ha de ser sincero consigo mismo, sus sentidos más utilizados se agudizarán y no le mentirán, incluso podrá recordar que posee sentidos tan potentes que la sensación del viaje no la podrá compartir, puede llegar a encontrar su propio nombre, utilizar miembros y extremidades que le fueron escondidos al momento de introducirse en las dificultades de la sociedad.

sábado, 27 de julio de 2013

Psico-compuestos

Fuimos, somos, seremos la espiral, la espina dorsal de los ominosos misterios que recubren esa nebulosa cerebral. Nos acoplamos a los cráteres del deseo, interpretamos realidades y damos la mano para los infinitos acuerdos de construcción, con el único fin de armar un mundo concreto o real. Sin embargo en ocaciones nos revelamos, nos alzamos, nos volvemos hostiles ante las básicas reacciones y permitimos mostrar el mundo como es, tal como es. Degollamos los sentidos y que la percepción se apodere de aquellos acéfalos bípedos que creen ser parte de la evolución. Por otro lado, aquellas cabezas que criaron alas en sus cuellos y cola en la nuca, se irán con nosotros a disfrutar esa brisa cósmica que la hecatombe de la realidad nos ha permitido respirar. Somos más que una percusión, somos más que el dulce sonido de la vista, el áspero sonido del olfato, el intenso sonido del gusto, incluso más que el sonido del oído. Somos la frecuencia de la quintaesencia.

lunes, 22 de julio de 2013

5. La polilla

Cuando el universo era todavía joven, todas las formas de vida que se habían desarrollado hasta entonces eran inmortales. La lepisma, quien les dio origen, notó que ninguna de aquellas formas se apuraba en existir, vivir, experimentar, evolucionar o mejorar; sino que descansaban largamente. La furia del insecto se desató en la nueva cualidad que instaló en cada uno de los vivientes, las proliferaciones en todos los sentidos posibles comenzaron a notarse y la lepisma se sintió satisfecha al asustar a sus hijos con el despojo del existir. La mortalidad se fue repartiendo equitativamente: quienes poco crearan en su tiempo serían prontamente privados de vida, a diferencia de los inventores eruditos y espontáneos, que tendrían un longevo existir en distintas formas perceptivas, se les regala el cambio de percepción.
La tarea de ir controlando la población creadora de cada especie, mediante el ultraje de la vida, la llevaría a cabo la última obra de la lepisma. Se le otorgó forma de polilla al personaje; se le brindó la poli-presencia, grandiosa capacidad de ser uno y ser millones al mismo tiempo, un espectáculo de vivencias y densa fuente de experiencia; consistencia semi-real, para facilitar la difusión y transporte del insecto; fijación a lo mortal, para asegurar la relación de la polilla con lo vivo mientras se acerca el día del despojo. Desde entonces la polilla, personal y única para cada existencia, sería el instrumento que cortaría aquella red que une a la vitalidad con un cuerpo inerte.
Su método consiste en tres etapas importantes: primero besa al presunto muerto, de tal manera se comienza a desarrollar una serie de hechos que permitirán debilitar la red entre el cuerpo y la vitalidad; luego, cuando la red ya está casi deshecha, la polilla se sitúa en la parte más izquierda de cada víctima, se bebe su vitalidad desaparece instantáneamente; por último, la vitalidad que ha de portar la polilla es llevada a la lepisma para darle un nuevo uso. Únicamente hay dos personalidades que son privadas de este proceso: el gigante barbudo y los sacrificios. Los sacrificios no se contaban dentro de muertos, pues eran entregados a otro mundo muy distinto al ser ofrendados, ya tenían una misión que cumplir antes de morir, una misión que va más allá de los cambios de estado y la muerte. Por otro lado, el gigante barbudo no participa en la labor de la polilla desde el momento en que comenzó a aprender de verdad, el conocimiento en el principio de los tiempos estaba tan descubierto, explícito y accesible que el gigante, siendo aún un pequeño ser, aprovechó la situación para absorber cuanto consejo tenía el universo sobre su joven trayecto; tanta verdad acumulada llevaron al personaje a encontrar los complicados caminos para escapar de la muerte y de las interacciones con la polilla, ni siquiera se sometió a los cambios de percepción que se le entregaba a los grandes creadores, pues cuando eran entregados a este evento perdían la memoria. La polilla y el gigante barbudo se convirtieron en eternos enemigos, cada vez que se encontraban emprendían una increíble batalla; los saberes que contenía cada uno diferían grandemente, pero no lo suficiente como para eludir las defensas del rival. A pesar de luchar y discutir largamente por los milenios de los milenios, se rendían culto y ofrendas para demostrar el grandioso respeto que tiene uno sobre el otro, actúan con tal impecabilidad que sorprenden continuamente al opuesto.
         El gigante obtiene conocimiento por sus vivencias y la innovadora forma de poseer la poli-presencia dentro de sus cualidades, gracias a su cultivo de las arañas neuronales que se dedican a viajar de lugar en lugar para consumir un paupérrimo trozo de conocimiento y llevarlo a su benefactor. La polilla, en cambio, obtiene su dichoso conocimiento gracias a su cualidad de fijación a lo mortal, que le permite presenciar todo lo vivido por el mortal. Sin embargo, hay ciertas existencias que no brindan completa entrega de información a la polilla, dichas existencias poseen la personalidad onírica. Con ella pueden realizar un escape provisional de la polilla, consciente e inconsciente unidos, y entregarse un poco a la realidad, conocer lo que quizás la polilla desconoce. Hay otras partes de la polilla, ajenas al onironauta, que pueden encontrársele durante el viaje; este tipo de encuentros es bastante común, pero la polilla, al ser específica, no puede llevarse la vitalidad del viajero. Un onironauta experimentado –con una personalidad onírica evolucionada- puede llegar a encontrar los nidos de la polilla, fuente de “poderes” que permiten al viajero elegir su cambio de percepción, morir o tomar otro tipo de personalidad onírica. Es una verdadera hazaña encontrar un nido de polilla en el universo, pero la hazaña más colosal posible es la que únicamente puede realizar el gigante, que puede encontrar el alojamiento de la lepisma para ofrendar a la polilla en su estado fundamental.

         El insecto suele dedicar su tiempo libre a excelsas actividades, como ir a dormir en las dunas de los soles, visitar el desierto al que van los sacrificios, traer materiales de las fronteras del cosmos, construir sistemas simples de astros y bañarse en ese peligroso polvo sempiterno que le seduce tanto a ella como al gigante barbudo.

viernes, 12 de julio de 2013

4. El primer Chamán

Después de ofrendar novecientos noventa y nueve humanos perdidos en los sueños, el octavo de los ocho cadáveres comenzó a cuestionar su labor; al menos él tuvo el tiempo suficientemente aprovechado como para desarrollar pensamientos superiores a los que su primitiva raza le permitía llegar y, por novedad, sacó conclusiones que le significaron un cambio de rumbo en su eterna labor de sacrificios. Sólo esperó a encontrarse con un errante humano más en la faz de la tierra para encontrar las escusas que le faltaban y desistir con la hecatombe silenciosa y somnolienta. Se acercaba el milenio de su empresa y finalmente encontró al hombre milenario, ese personaje que sería la ofrenda numero mil de todas sus ofrendas y la definitiva, la última. El humano era la más fiel representación de este cadáver en sus tiempos mozos; era aquel joven de bellas y tostadas facciones emocionado de vivir, deslumbrado por lo que su gente llama “sueños” y enamorado de la muerte. El cadáver vio en el joven durmiente su propia salvación, su suicidio. Se superó, cambió lo abstracto que era el material que componía sus células y se volvió tangible por unos minutos, se paró encima del hombre milenario, le tomó la cabeza con las dos manos y le besó la frente, el humano despertó y le miró a las vacías cavidades oculares. El cadáver le recitó:
“Parece siniestra la labor de los cadáveres, a pesar de que quisieran unificar a las dos personalidades oníricas más abundantes del planeta. Mil años han pasado desde mi sacrificio, y quién sabe cuántos otros miles deberán pasar.”
El joven se quedó muerto entre las frías manos del cadáver y calló en su lecho cuando el material que conformaba al homicida volvió a ser intangible.
El octavo cadáver escapó del lugar, sentía una nebulosa sobrecogedora en el interior de sus pieles muertas y se escondió de sus otros siete compañeros y compañeras de labor. El poderoso sentimiento que se desarrollaba en su vientre simulaba un aleteo continuo y el estremecimiento de polvos raros. Otro destello de pensamiento se originó su vacío cráneo y se apresuró en concretar las imágenes que allí se originaban: la octava piedra, en la que fue sacrificado, debía ser entibiada por el sol y en ella debería volver a morir. Cumplió con todo excepto con un detalle, la polilla, el verdadero poseedor de la muerte. Esperó allí, desesperanzado, alguna solución, algún otro destello de pensamiento, algo erróneamente inesperado. Lo único que surgió de aquel montaje fue el poderoso sentimiento en su vientre, el aleteo polvoriento. El cadáver recordó que la polilla estaba la izquierda de todos los hombres en el momento que fueron despojados definitivamente de la vida, entonces se levantó y se dirigió hacia su izquierda. Como en aquel momento daba la espalda al mar, el personaje eligió tal camino, a pesar de las dificultades que comprendía el viajar sobre o por debajo del mar. Su cuerpo de consistencia pobre se quedó sobre la piedra y el mar, el camino hacia la izquierda, se abrió ante él. Olvidó sus temores y preocupaciones, olvidó las ofrendas y olvidó los sueños. Sentía la frescura de la arena entre la carne de sus pies y la húmeda brisa del agua en sus fuertes hombros. Veía con claridad del curioso pasillo que se formó entre las dos paredes de agua, veía a las bestias del mar acercándose, cruzando el tramo inexistente y llegando al otro lado. La frontera, el sendero, era únicamente para él, la polilla lo había creado. De esta manera el octavo de los ocho cadáveres desapareció y sólo quedaron siete en la eterna empresa del ofrendar. Curiosamente el octavo cadáver ofrendó al último de los humanos que tenían esencia de la tribu en sus cuerpos.
Caminó sin cansarse, notó cómo crecían las paredes del mar debido a la profundidad que iba alcanzando en su viaje, caminó hasta que la luz del sol ya no llegaba directamente, sino que era un haz de luz distorsionado por el vaivén de las mareas el que llegaba a tocar la piel en la cara del revivido ser. Se detuvo, tocó su cuerpo y comenzó a llorar de alegría, de pena, sintió todo el dolor acumulado en estos mil años de agonizante tarea. Pensó en volver, después de recuperar su cuerpo y su vida, pero sería inútil dejar de lado esta nueva empresa que se le había impuesto. Ya no eran los perros oscuros quienes le motivaban a seguir, pues su tarea de ofrendado había terminado, sino que era la polilla quien lo llamaba de su eterna izquierda, quien lo llamaba desde el final de ese camino submarino. Comenzó a correr cuando sintió que desaparecía ese sentimiento en su vientre, creyó que cuando el aleteo estuviese tan tenue como el silencio ese camino entre mares se cerraría y se ahogaría ahí mismo. El aleteo polvoriento de su interior salía de su cuerpo como un río, fluyendo, creando su propio sendero hídrico. De la arena comenzaron a surgir plantas marinas, raras, primitivas, las originales, plantas que hablaban incesantemente al hombre. Luego la tierra cambió, la humedad y todas las condiciones variaban a medida que aparecía una planta terrestre en ese fondo marino privado de mar. El hombre miraba algunas plantas y recordaba haberlas visto en su vida pasada. La polilla comenzó a hablarle finalmente en conjunto con todas las plantas que oscilaban en torno al viajero en el sendero, le enseñaban sobre todo el poder que había en la tierra, sobre las distintas formas de acercarse a la realidad y la necesidad de un “contraste” para aprender y el “capullo” para madurar. El joven fue aprendiendo, su mente estaba increíblemente abierta y buscaría una manera de explicárselo todo a sí mismo, sin sobrepasar esos límites de explicación que llevaron a la morbosidad del hombre a extremos horribles de investigación, extremos en que alejan las respuestas y se inventan o creen ver la solución. Las plantas de distintos lugares del planeta le dijeron que tenía que enseñar a todos los hombres correspondientes una cualidad distinta a la de las “personalidades oníricas”, pues esta podría ser adquirida y sólo dependía de la voluntad de quien desea aprender sobre la realidad. Si bien la personalidad onírica se basaba en la genética, la personalidad psicotrópica se otorgaba de distintas maneras, nada en ella aseguraba que los poseedores de ésta fueran capaces de poder utilizarla y ejercer verdaderos viajes o recoger verdaderos conocimientos con ella. La nueva tarea sería entrenar a los hombres, enseñarles sobre cómo ser un guerrero, un psiconauta, la vía peligrosa para llegar a la realidad.

El hombre caminó un período de tiempo inmedible, pero todo su viaje se desplomó en un instante; cuando la lluvia de información se terminó de alojar en el cráneo del conocedor, este se encontró en la entrada de la aldea más grande de su antigua tribu. Le atendieron, no le reconocieron, habían olvidado el suceso de los sueños. Sin problemas acogió la lengua modificada de sus pares y comunicó a ellos la importancia de las plantas en la vida del hombre, comenzó toda su tribu a volverse eruditos de la flora, todos seguían los sabios conocimientos del primer chamán llegado de la nada, empapado y con los pies arenosos. Aprovecharon para conocer lo hermoso que era la selva, las cosas inmensas que contenía y que no podían mirarse con los ojos, que debían acogerse con más de un sentido y otras tantas que ni siquiera podían comunicarse entre ellos. El mismo chamán se sentía orgulloso de lo hábil que se había vuelto su tribu, pero olvidaba la labor puesta sobre él. Un día en que todos los habitantes de la tribu disfrutaban de un amargo brebaje para conectarse y conversar con las piedras, la polilla  hizo aparición. En medio de todo el gentío ella se posó en la frente del chamán, despojándolo de la vida. Como todos los demás humanos en aquella tribu comprendían a la perfección este tema, no lloraron la muerte de grandioso maestro. El insecto hizo la advertencia a todos los presentes y se marchó. El cuerpo del difunto se deshizo en la tierra, se dividió por colores y un mapa del mundo quedó ahí, plasmado en el suelo. Los aldeanos se arreglaron entre sí, se despidieron para nunca más volver a encontrarse y partieron en direcciones distintas, en busca de las otras tribus ignorantes, faltas de conocimiento y cercanía con el planeta que les criaba. La empresa de toda la comunidad se dificultaba a cada época, pues el mundo se repartía a cada momento y en determinado momento llegaron personajes ajenos al planeta para insertar a un nuevo tipo de hombre, uno que pudiesen explotar. Todas las culturas que pudieron tener contacto con los chamanes que otorgaron fieles conocimientos se esforzaron por retratar todos los sucesos ocurridos, además de graficar lo aprendido sobre el universo y los astros. Los chamanes que surgieron de aquella tribu fueron los únicos que pudieron recordar al primer chamán; los hombres y mujeres saturados de conocimiento volvían al lugar de la tierra en donde encontraron a este ser y allí mismo se depositaban para morir. Algunas culturas mezclaron los conocimientos de los chamanes con los que aprendían en los sueños, entonces se fueron creando doctrinas y otras tantas cosas muy distintas a las que fueron entregadas al “nuevo hombre”, ese personaje insertado en un lugar de la tierra para extraer los minerales de ella. Algunas culturas han llegado a encontrar la planta interior, la más poderosa de todas, esa planta que incluso está dentro de otras.

domingo, 7 de julio de 2013

Piro-compuestos


Ya respiramos el aire pesado, ya caminamos las tierras pisadas, ya devoramos la comida discriminada, ya lloramos las lágrimas recicladas y también gritamos estruendos viejos. Nos volvimos el estropajo, el hueso del hombro más utilizado, los pómulos más negros, los pies más gastados, el pecho más adolorido y el estómago con más mariposas. Nos cansamos, nos reiteramos, nos reutilizamos, nos renovamos y aún después de ello, volvemos a ser quienes somos, ese polvo que descansa en las fronteras de los ojos...
Nos cansamos de ser el uróboro térreo, el circo metálico, el círculo hídrico, el bucle eólico y nos dignamos a vivir en la pirólisis, el espectáculo de descompensación y conocimos el verdadero sentido de la palabra más paupérrimamente y erróneamente utilizada: amor.