jueves, 27 de abril de 2017

Cotidiano



Un ave dijo ‘La naturaleza como texto’; una lagartija respondió ‘Es entonces la vida una metáfora’. Un pez y una culebra comenzaron, al mismo tiempo, cada uno serpenteando en su propio mar, a escribirle, a leerle, a recorrerle…


Inmerso en ese mar negro, del cual germinan numerosos colores, pude ver cómo es que se llevaban a cabo extrañísimas guerras. Entre los bosques de coral y los cielos urticantes, fue que llegó la vigilia a mí. Se acababa, entonces, la era onírica, y comenzaba la era lúcida.
                El lecho que sostenía mi cuerpo mientras mi guerrero tensaba arco con flecha era bañado por una cascada de azul. El amanecer apenas comenzaba su extenso y letargoso bostezo, bostezo que convierte todo en una laboriosa tarea, una constante e inacabable lucha contra la quietud y la serenidad. Una vez superado el terreno de las sábanas, es útil elegir un pelaje para enfrentar el día. Hoy, corresponde algo que permita alejar a los cazadores de mis pieles, y también a los hematófagos de mi alma; como último detalle, escojo una voluntad pétrea para intencionar y dirigir mi día, para que todo cuanto me ocurra sea parte del objetivo, del gran objetivo. Luego, desde mi lecho en altura -tal como las aves de costa- me lanzo a la marea, me entrego de lleno al día que aún no comienza, y en piquero me abro rumbo al templo de los conocimientos, que ya muy adulterado está, pero que aún es nido de instancias que no se pueden reemplazar. Y a pesar del caos ocurrido al momento de despertarse y levantarse, la travesía parece erguirse primero pálida y silenciosa; al menos así se le percibe cuando se le observa desde el interior de una ballena tóxica y de piel cristalina.
                Mientras me apoyo en la garganta de aquella ballena, me dedico a leer en los cuerpos de los otros viajeros. Algunos aún duermen, algunos aún muertos, algunos parecen estar despiertos. Hay en sus ojos una rendija que, tras un bosque de prejuicios, esconde un alma. Allá a lo lejos, a pesar del árido viento, se erige elegante el fuego del alma; pero aquellos cuerpos que leo, aquellos ojos que me eluden, no parecen poder acceder a ella, aunque le hospeden. Y así, en medio de la abstracción, la ballena me retira de sí en el punto exacto donde comienza la escalera que me lleva al templo del conocimiento. Mujeres, hombres, son los más abundantes; escalan en parejas y se someten los unos a los otros. En otros templos la fauna es distinta. Afortunadamente, puedo ver cómo animales, brujos, demonios, ángeles y brujos también se unen a la horda que se interna en los pilares del templo, en busca de una vida, de un futuro, de corazones o de conocimiento. Es hora de enfrentarse a los pensamientos.
                Tras el último escalón se extiende aquel templo del que tanto hablo. En la cúspide reside un bosque, y entre el bosque hay distintas casas, cada una con su aliento. Por fin amanece, me ha recibido el sol; con el iris Taciturno decido enfrentar su aliento, aliento que es viento. Me encuentro con la tribu, y celebramos un día más de estar vivos; compartimos brebajes, en base a agua y en base a tiempo. Nos reunimos, sin embargo, alrededor de quienes más aún han vivido; nos hablan de crear presentes a partir del pergamino que atraviesa los ojos y sedimenta en la mente. El día se vuelve cada vez más denso, cada vez más denso. No obstante, a medio día me retiro de la tribu para reunirme con otras especies en el iris del templo: un lago. En aquel lago, frío y caliente, entre todos damos lugar al ritual de los cuerpos. Invocamos danzas que nos hacen sudar y reventar en cansancio y alegría, es una rítmica danza que habla sobre peces voladores, sobre reptiles corriendo. Finalizamos el ritual entre sonrisas y abrazos, hemos dejado en el lago aquellas resinas que hacían densos nuestros cuerpos. Animoso voy, una vez más, a entregarme a la influencia de otros universos, a través de otro de aquellos pergaminos que atraviesan el papel y sedimentan en la mente.
                Finaliza la sesión en el templo, me marcho a la madriguera en altura, nuevamente voy en una ballena con destino a los recintos de la tribu propia. Es necesario cuidar que aquellos espíritus de cambio y crecimiento no sean tan severos con el infante que llevamos dentro, o con la hermana de sangre. Y antes de arribar mi madriguera, paso para cuidar de otro ave, de otro infante, uno externo, un infante que llevo fuera, un infante fruto de la hermana de sangre. Comparto una tarde entre bosques humanos, entre bosques vegetales; comparto una tarde entre monstruos y demonios, entre experiencias y sueños. Ave y pez, nos movemos entre edificaciones vivas y muertas, nos movemos hasta que la hora de la despedida arriba, tras el llamado del Señor del Fuego. Un respetuoso diálogo evita una innecesaria guerra, mi labor este día ha concluido con aquel infante.
                En la madriguera, en aquel atardecer que va levantando el rugido del mar de metal y concreto, puedo feliz entregarme a las divaganciones del conocimiento, aquella cáscara que acompaña algunos aspectos de la vida palpable. Hay toda una cultura aquí dentro. Reorganizar la mente, entregarle nuevos sentidos al caos. Evaluar la condición de los dioses que cultivo en macetas. Ofrendar aromas paridos en continentes remotos, de la resina misma de aquellos otros dioses que peligran en tierras llamadas ‘sagradas’ por los penitentes de sus propios pensamientos.
Esperada o inesperadamente arriba una compañera de viaje. Nos dedicamos a contemplar la semasiografía extendida de lo interno, aquella que ha logrado atravesar lo abstracto y también la dimensión de la carne, para sedimentar afuera en texturas y colores, para volver a entrar y sembrar y germinar en la mente. Preparamos brebajes para el vuelo racional, para el carnaval neuronal. Compartimos, conversamos, somos animales de distintas tribus, fraternizamos sobre la historia de tradición oral, escrita y energética. Profundizamos en el idioma de los astros, convergemos en la dinámica del espacio, discutir sobre el hábito de los pastos. Idolatrar la flor y repudiar la erosión venida de la palma árida de la ‘ilusión de evolución’.
Dos animales, en la matriz de la noche, nos entregamos a los brazos de aquella hembra de seis ojos que sobre lo que se desee, Haxix, finalmente, nos habla y conversa. Nos lleva a comprender su dinámica sigmoidea o meandriforme, nos invita a unirnos a su viaje de colores. Aceptar con todos los ojos el paisaje ofrendando, verter el cuerpo en la noche cuando la luna todo ha inundado. Cruzar un túnel de follaje, cuyas hojas pertenecen a un árbol que bendice a todo hijo que bajo sus brazos ha respirado… Así se entra verdaderamente a un bosque, cuando ellos duermen, cuando de la corteza manan los sueños y embriagan todos los senderos con un sentido onírico, con un sentido cierto. Se marcha la compañera de viaje, pero Haxix se queda aún conmigo. Nos retiramos al portal del cielo y allí respiramos…
Y al final del viaje nocturno se encuentra la explicación de tan inesperado viaje, era la palmera de agua quien llamaba al guerrero para contarle más cosas sobre lo que debe aprender la Quimera de la Metáfora. Me invita a reflexionar sobre la palabra, sobre el reflejo de la luna en el agua, sobre el rugir de la marea urbana, sobre la familia humana y no humana.  Y como es de costumbre, brota a altas horas de la noche aquella creatividad taciturna y cotidiana.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Ékfrasis

...Amaneciendo, en lo más profundo estallaba una estrella. Reventaba en fulgor, pero también reventaba el silencio y la oscuridad a su alrededor, escurriéndose hábilmente por entre cada uno de los rayos y flechas lumínicas que despedía la muerte del coloso. Aquellas entidades lejanas a la tibieza de un astro se apresuraron para colonizar las nuevas regiones, para proliferar con flora y fauna característica de sus propias materias. El sistema no se volvía más simple, sino que más complejo, puesto que la manera en que estallaban las estrellas, allí en lo más profundo, era la manera en que florecían los extremos más australes de un críptico palpitar... Tan críptico es el palpitar que no se puede comprender bien cuál es su dinámica, su composición, ni hasta
donde llega, ni de dónde viene, ni cuando acaba, ni cuando comienza, ni por qué palpita, ni por qué no se detiene.
...Retomando, allí mismo donde reventó la floración, fue donde la incipiente esporulación de la estrella se hizo presente. Allí mismo, incluso en lo más profundo, había un momento para el templo de los humores, allí mismo, donde la difunta estrella invocaba el incienso de su fertilidad. invocaba también las raíces de su propia mente, dejaba al descubierto toda su fragilidad racional y se entregaba nada más al flujo y dinámica que oponía el críptico palpitar.
...Profundizando, por entre tantas sustancias serpenteando en lo más profundo, por entre tantas voluntades con tan diversas direcciones, se logró establecer una de esas esporas astrales. Halló su lugar entre el precipicio de sí misma y el apego al cambio. La espora oía el palpitar en lo críptico, muy lejos, muy lejos de lo más profundo. Pero también oía el palpitar muy cerca, tan tan cerca que parecía ir más profundo que lo más profundo. No podía ir más allá de lo más profundo, por lo que concluyó que se encontraba en lo más profundo de sí mismo.
...Confusión, confusión al observar dos senderos tan distintos, tan alternos, paralelos y sin intersección alguna. Infinitamente hacia el interior e infinitamente hacia el exterior. Cómo resolver tal situación, cómo abarcar ambas posibilidades al mismo tiempo. Aquel presente de la espora no era un presente realmente, pues tenía su racional raíz dispersa entre el pasado de una estrella y el futuro de un universo.
...Resolución, la espora se determinó a limitar sus cuestionamientos, detuvo el avance pasional de una raíz frágil y emprendió vuelo, entre su follaje y su nueva voluntad: el presente mismo. Nada de si misma cambiaba de lugar, sino que absolutamente todo mutaba a su alrededor. Ya no existía un lugar más profundo, ni tampoco aquel espacio colonizado por el silencio y la oscuridad (ni, lamentablemente, toda la exquisita flora y fauna inherente). Ante esto, sólo había presente. Ya no había espora propiamente tal, había escamas, plumas, viento, agua, respiración y sol.
...Conclusión, desde lo más profundo, brotaba una estrella.

sábado, 30 de julio de 2016

Al migrar con instinto leñoso

Es cosa de detenerse ante la frugivoría, cuestionarse un momento las propias conductas y replantearse las infinitas posiblidades de adoptar o dejar costumbres. Así, un animalillo se dispuso a bajar de la frondosa arboleda, porque quería percibir los rayos del sol en su aspecto más sincero, sin tener aquella cariñosa y sabia interpretación que proponía constantemente el follaje.  
"Las plantas son más sabias, por ello escuchan y beben del sol mucho antes que cualquier otro ser. A ellas les ha enseñado la piedra, y a éstas les ha enseñado la mismísima existencia", así se dirigía el instinto al animalillo, intentando introducirle aquella semilla de misterio que germinaría, algún día en su vientre, como un profundo deseo de búsqueda y evolución. Y así ocurrió, bastó con que aquel pellejo tapizado de colores cálidos y guerrilleros se dispusiera a comer de un árbol del que pocos animales se alimentaban. Aquel árbol entregaba unos frutos cuya cáscara era gruesa, amarga, astringente y con una especie de recubrimiento pubescente que irritaba los tractos digestivos. Algunos esperaban a que sus frutos calleran y comenzaran a podrirse para vertir en sus entrañas el contenido, otros utilizaban afilados miembros para romper la terquedad del fruto. No obstante, había otros animales que eran lo suficientemente pacientes y lo suficientemente atrevidos, puesto que no iban directamente al fruto, sino que buscaban una instancia de tranquilidad en la base del árbol y le conversaban, le convencían de ser merecedores de aquel trozo de vida. Sólo entonces escalaban por el tronco, por el sendero que el mismo árbol les señalaba, y se dirigían al fruto, que se abría ante ellos. De esta manera, el animalillo en cuestión, guiado por el diálogo de su instinto, fue hasta el cuello de uno de aquellos árboles, muy vigorosos en aquella selva,y comenzó a cabar un poco con la única intención de encontrarse con la piel más sincera del árbol, su mismísimo cerebro. Puso una pata en el primer fragmento de raíz que encontró y se dispuso, sólo entonces, a entonar las canciones de realidad que se encontraban alojadas en su interior. La raíz le reconoció como un hijo más, muy sutilmente comenzó a expeler una fragancia amarga que terminó por descolocar al pequeño cuadrúpedo. La situación fue finalizada cuando uno de los frutos calló sobre él, impactándole en el cráneo, pero afectando únicamente la continuidad del asunto y, a su vez, la continuidad del fruto, que luego se entregó al suelo  maquillado de hojarasca, provocando un gran contraste en colores y presentando de par en par la pulpa, verdosa, brillante y suculenta. No tardó en hundir el hocico en el banquete, en ingerir aquel producto final y refinado, que a su vez era también una responsabilidad. "Lleva mi desendencia a ese lugar en el que deseas recibir la más sincera luz del sol, puesto que allí es donde deseo beber y escuchar del astro. Lleva mi desendencia lejos de esta comodidad, porque allí es donde mi deber es pulir la tierra y ser portal entre vida y muerte, entre lucidez y sueño..." . Así habló el árbol al instinto leñoso, y así habló el instinto leñoso al animalillo. Luego, equivalente a un rápido análisis lógico, el instinto leñoso consideró una mano, una de entre todas las posibles de aquella hidra de raíces,  la mano que apuntaba hacia el más lejano límite de los miedos, allí, precisamente donde se acababa la selva. De esta manera, en cuanto aquel animalillo -un precioso coatí vestido de guerra- se dirigía en la dirección de su instinto, su instinto seguía la dirección de la raíz; a su vez, la raíz del árbol vertía en sí misma la lógica de la piedra digerida y la palabra solar, brutal y burda. Sin saber quién o cuál era consecuencia del otro, el asunto ya estaba así desde el comienzo: quizá un árbol dio comienzo a la selva para que el coatí en cuestión llevase las semillas hacia las vertientes del sol, o bien, el coatí nació como tal después de haber reencarnado con anterioridad en infinitos personajes que, al final de su camino -el que llamamos 'presente-, terminarían por otorgarle un sendero que desde un comienzo estuvo trazado. Es un error limitarse a estas dos opciones, puesto hay una infindad de éstas como senderos en la selva, como pelos en la piel del coatí, como divisiones en el cerebro del árbol. No obstante, fuera una de éstas la verdad o no, el coatí iría por ese sendero de instinto y leña y la selva seguiría su ritmo, no se detendría a observar y alabar al coatí por dirigirse hacia donde le corresponde dirigirse. Y aunque parezca duro desde esta perspectiva, la vida descrita es sólo una cadena de favores, donde si se olvida cuál es el favor original, se olvidará el favor final.
Ante el paso del coatí, mientras se abría cada vez más la selva, mientras la humedad disminuía, mientras los cantos de aves impactaban cada vez menos entre sí, hojas caían tras su andar, cortinas de luz y sombra danzaban con la brisa creciente, cerrando un millón de ciclos, combustionando los otros caminos posibles y probables.

lunes, 15 de febrero de 2016

Pasionaria



             
Cuentan los centinelas astrales que en los cielos hay dos tipos de estrellas: las estáticas y las cinéticas. Estas últimas, los niños-estrella o Yaoxantii (del qudú antiguo), eran paridos por las estrellas estáticas cada vez que el universo pulsaba por la vida. Las madres, colosales y de movimientos burdos y pestañeares a largo plazo, contaban a sus hijos la historia de la diferenciación, de tal manera que fuese en ellos la decisión respecto a la cinética o a la estática. Así, un grupo menor de estrellas se entregaba al movimiento, a la libertad desmedida a cambio de ser poseedores de un sistema, a ser parte del paisaje sideral o formar parte del abecedario de los cielos. Se movían en tribus por las distintas regiones de todo lo existente, iban jugando y creando milagros, utilizaban toda la energía que poseían en su interior – dado que eran en potencia patrones de sistemas planetarios –, trayendo así a la realidad las consecuencias de la imaginación y la compasión, utilizando como medio materiales nativos de lo inexistente.
                En los valles de altura que se daban entre los caprichosos pliegues geográficos de Omilen antü, un planeta rodeado por siete satélites solares y siete satélites lunares, se dio origen a diversas culturas que leían los cielos, entre ellas los reconosidísimos Baal-qatsis. Solían leer con belleza, entendían con maestría las complejas metáforas que se interpretaban de los ‘nudos estelares’ y también disfrutaban ofrendando arte y tiempo. Se comentaba también, entre todas las culturas restantes, que en tres ocasiones anteriores, cada una en una respectiva época del planeta, los niños estrella conectaban con uno de sus integrantes o incluso con los pueblos enteros.
                Irys, una muchacha de la tribu de los valles bajos, estudiaba los cielos y también otros mundos, como aquel que hay entre los tupidos follajes de diversos frutales o como aquellos que se esconden entre la cabellera radicular de especies aromáticas. Anhelaba en silencio la ofrenda del arte, deseaba con profundidad experimentar los cielos como si fuese su propia carne y respirar también aquel aire superior al ritmo cardíaco del universo. Así, cada vez que la noche era sincera y las siete lunas coincidían en el paisaje, susurraba para sí y para el cielo entero canciones de amor profundo:
“Hubo en  la cola del Bennu una estrella que vino a saludar al pueblo,
Así, les trajo la tierra y las semillas, la música y la danza…
Hubo entre el plumaje del Tentuu una estrella que vino a cantar con un abuelo,
Así, trajo al mundo la escritura y el papel, el juicio y la poesía…
Hubo una escama del Kayrú que cargaba una estrella,
Así, se acercó a la tierra y enseñó a su gente la siembra de los muertos…
Hubo en una flor del Fayrú una hermosa estrella,
Una estrella azul…”
                En la época estival las culturas de los valles solían disfrutar en comunidad el nacimiento de la noche, por lo que familias enteras dejaban sus labores cuando el crepúsculo se hacía presente con la única intención de saludar con el corazón la llegada de las estrellas. Una noche temple, Irys dejó atrás a su pueblo en los valles bajos y caminó apresuradamente río arriba, con el corazón latiendo fuerte y la garganta palpitante: un augurio le abordaba. Alanzó así, con el cuerpo acelerado, un monte llano y amable, se escurrió entre la hierba y se desplomó en la cúspide. Allí, mirando las alturas estelares, se dedicó a recitar con convicción aquella canción a la que recurría constantemente. Cuando llegaba por quinta vez al inconcluso final, una mano tomó su mano izquierda, paralizándola completamente. “¿Y qué pasó con esa estrella azul?” susurró alguien al oído de la muchacha; ésta, con brusquedad giró su cabeza y se encontró con un fulgor azul, era un Yaoxantii sentado a su lado, con su cuerpo brillante y su cabeza de asteroide. La estrella la observaba con amor, esperaba una respuesta a su pregunta, pero Irys no supo qué responder. El niño estrella al notar que la mortal se encontraba totalmente pasmada, se recostó a su lado y comenzó a hablarle de los cielos:
                “He recorrido tanto, he recorrido tanto con mis hermanos… Fuimos a las esquinas del universo y allí jugamos entre las telas neuronales, dicen que son las arterias del conocimiento que hay en el universo. También he cruzado numerosos vórtices…¡Supieras los maravillosos colores que habitan allí! ¡Indescriptibles!... He conocido tantos planetas, tantas pieles distintas, tantos organismos equivalentes, la convergencia entre las formas, la lógica de la vida, tanto, tanto…”
                De esta manera relataba el niño estrella a su oyente, que se encantaba a cada momento de aquel lenguaje tan lejano, de aquellos conocimientos tan remotos, de aquel ser completamente cargado de viajes y curiosas experiencias. Se sentía una afortunada de haber sido visitada por un Yaoxantii, pero olvidaba que no era más que una visita.
                Cuando comenzó a amanecer, la muchacha ya había sido saturada de tantas historias extraterrestres, por lo que el sueño comenzaba a atacarle. Paralelamente, el niño estrella comenzó a inquietarse por no poder comentar todo cuanto quería, pero debía marcharse antes de que la noche se acabase. Partió del lado de la muchacha de un único salto y desapareció en el cielo que aclaraba cada vez más, cubriendo con sábanas de luz a las demás estrellas que había en el cielo. “Es hora de dormir…” se decía Irys para si misma, cerrando los ojos y con una inmensa sonrisa en todo el cuerpo.
                Varios días frecuentó Irys aquel monte para encontrarse con el Yaoxantii, mientras que este también se aparecería cada noche y se retiraba al amanecer. El verano corría rápido cuando se conversaba toda la noche, de manera que el otoño no tardó en hacerse presente. Los árboles que rodeaban el monte cerraron sus hojas y cubrieron el suelo de abrigo vegetal; los frutos que no se entregaron al abismo se secaron en las ramas como guirnaldas de una festividad tenebrosa. El follaje en los árboles era cada vez menos evidente, al igual que la presencia de Irys en su pueblo. Todos sus familiares extrañaban a la muchacha soñadora, extrañaban encontrarla cosechando frutos o estudiando insectos, extrañaban su presencia en los debates sobre las interpretaciones de los cielos y también sus cantos. La muchacha pasaba durmiendo de día, al atardecer se marchaba lejos y no volvía hasta el amanecer.
                La rutina agotaba la vitalidad de Irys, se escapaba de los soles y sólo dejaba que las lunas recorriesen su piel. La palidez de los astros se adueñó de su piel y una mirada lejana también le abordó, pero esto no importaba a la muchacha, para ella todo era justificable entre el conocimiento del niño estrella y el amor que había criado por él. Sin embargo, el frío del otoño repelía al muchacho, haciéndole cada vez más ausente por las noches.
                Cuando el invierno tomó su lugar en el presente, intentaba no ser tan crudo para no despojar de la vida a aquella muchacha que por las noches se recostaba en un monte. Entristecido, el invierno la veía tiritar y dirigirse rápidamente a la muerte. “Esta muchacha se está entregando a los cielos, sin considerar que aún no es un astro…” se decía el invierno, pero no podía hacer entender a Irys dado que no hablaban el mismo idioma. No obstante, el invierno (al igual que todas las estaciones) era sabio y piadoso, por lo que buscó una solución: envió a uno de sus hijos para que le hablase en qudú.
                Irys retomó aquel crepúsculo su espera profunda, tan solo al separar sus párpados. Su cuerpo ya había memorizado a la perfección la rutina: ignorar cualquier otra entidad que no fuera aquel Yaoxantii, ignorar cualquier otra palabra que no sea aquella que proviene de las carnes mismas del estrellado cielo, ignorar cualquier otro estímulo que no fuera aquel estímulo tan deseado por su corazón. La vida se le hacía extensa, llana y pasiva; el arte ya no fluía, pues la muchacha lo estaba ahorrando todo para mostrarle al Yaoxantii su gran obra –ella misma en sus distintas formas-. Así, con este laberíntico régimen ideológico se entregó una vez más a la noche y al cielo estrellado. Hubo de llegar a la cúspide del monte para decepcionarse intensamente: esa noche estaba nublado. La vaporosa familia de agua estaba ahí estancada. “¡Un pantano está cubriendo mi cielo!”, gritaba encolerizada hasta los extremos más caprichosos de sus rizos, lanzaba alaridos a todo el silencioso paisaje, reclamaba hasta ensordecerse a sí misma por lo fuerte de su voz. Aquella tormenta interna, aquella lluvia de emociones desagradables terminó por agotar a Irys, adormeciéndola y dejándola en un repentino espacio propio y solemne. Pudo apreciar cómo, con graciosa lentitud, la familia de nubes se desplazaba hacia el norte; pudo escuchar una leve brisa acariciando las hierbas secas y arrastrando las últimas hojas que aún se aferraban a las ramas durmientes. Sólo entonces, cuando sus ojos se fijaron en el paisaje, notó que la sequía había colonizado todo el valle. Recordó entonces que ya no era verano, sino que era invierno profundo y las lluvias y ventarrones no se habían asomado. Se entristeció, se perdió en el pasado aquellas orquestas ornitogéncias, también se quedaron atrás las noches despejadas y la brisa amable, las flores y los frutos eran un mito en este punto. Luego inhaló y exhaló pausadamente, y notó que no era únicamente el verano lo que se había escapado de sí misma, sino que también el otoño. Ya no podría observar la maduración tardía de algunos frutos, o zambullirse en la lluvia ocre de hojas,  no podría maravillarse con las numerosas especies que migraban hacia el bien. Nada de aquello podría volver a sí, porque ella no estaba fluyendo con el tiempo, ella no estaba migrando. Se entristeció, la lluvia no llegaba y si ella no venía, tampoco vendría la primavera y las flores, no vendría otra oportunidad de ver al Yaoxantii mientras el frío se quedase aquí, mientras la belleza obvia y burda no se hiciese realmente presente.
                “Irys, te has quedado demasiado tiempo en el recuerdo del Yaoxantii. Estás olvidando el disfrute propio. ¿Qué ha pasado con tu arte? ¿Dónde está tu danza?... El verano entero estuvo esperando por tus movimientos, por tu metáfora corporal. El cielo entero esperó hasta el otoño para enorgullecerse de tenerte como hija, como una postulante al cargo de Sol. Incluso el mismísimo otoño te preparó senderos foliares para que los recorrieses aprendiendo, descubriendo, disfrutando con cuanto se te cruzase. Así como descubrías mundos y sentías goce, los mundos confluían en tu vida para sentir goce de ser descubiertos… Irys, no estás permitiendo que el flujo fluya. Eres agua, eres emoción, no puedes estancarte, no puedes anular la sensación. Has tenido que enfrentar el invierno para poder abrir tus ojos, pero ya es suficiente. Los demás también necesitamos el invierno. Anda, ve y pídete perdón, perdónate y trae la primavera, para ti el invierno también ya ha sido suficiente…”
                Toda aquella suave meditación ocurrió de un instante a otro. Cuando la última palabra fue dicha, la muchacha notó que tenía la cabeza entre las rodillas, y también que estaba en cuclillas. Levantó sus ojos y miró hacia el frente, veía como se extendía a lo lejos el valle y cómo unas grises nubes comenzaban a brotar de agua. La lluvia se acercaba desde lo más lejano, intensa y profunda, pronunciando siempre una vocal grave y trasparente. Sonreía, pero no con totalidad. “Bueno, ahora ve hacia el perdón” escuchó desde su lado izquierdo, giró la cabeza y observó que allí estaba el hijo del invierno, diciéndole lo que ella –desde una profundidad dispar a la pasión con el astro- realmente quería oír. Irys se sintió atacada, sintió que algo en ella moría, pero así debía ser; ahora le tocaba renacer, dirigirse hacia el perdón. Se levantó, abrazó al hijo del invierno y se dirigió río arriba. Las nubes le seguían con cierta distancia, pues el trabajo de traer la lluvia las enlentecía cada vez más.
                “¡Al fin! ¡Al fin! Hija nuestra, hermana nuestra, al fin has vuelto a observar. Ahora que tienes los ojos bien abiertos puedes ver nuevos cielos…” Así se dirigía el viento, los troncos pálidos y los frutos secos, las escasas aves invernales y los nubarrones de la época. La muchacha se había marchado, el agua en sí misma comenzaba a fluir de nuevo, permitiendo que la lluvia se internara en los valles y quebradas.
                Sin saber precisamente a dónde se dirigía, lo hacía con total convicción, con paso firme y apresurado y también con buen ánimo. En frente había algo que la esperaba, había un asunto pendiente que resolver. Así, rozó con su presencia numerosos pueblos que se escabullían entre sus madrigueras para eludir el crudo invierno. Finalmente, alcanzó tal altura que llegó a la cuenca que daba origen al río. Once riachuelos en total componían el alma de aquel grandioso río que le dio la vida, pero de esas once semillas de agua había una en especial que la llamaba. Dirigió sus pies hacia el origen lejano, allí donde ya no había hierba y solo rocas cubrían el paisaje. La altura le permitía observar todo su largo camino, también cómo es que con toda su encrucijada logró traer el invierno a todo el valle. “He sido perdonada, me he perdonado.” Se decía en voz baja, mas un palpitar le comunicó que tan solo un par de pasos darían fin a su ritual, por lo que siguió escalando hasta arribar la cúspide y encontró. Su sorpresa fue enorme: un inmenso lago era la corona de aquella gran montaña que la llamaba; allí ya no había nubes y el inmenso cielo se reflejaba en el agua. Irys no lo pensó dos veces: se despojó de sus prendas y se entregó a la piel del agua para ofrendar su arte, su danza. Puso su pie izquierdo sobre aquel espejo y no se hundió, luego puso el otro y seguía aún en la superficie. Su confianza se extendió por todo su cuerpo y entonces danzó ahí, le danzó a los astros, le danzó a aquellos conocimientos lejanos, danzó para todos los invisibles ojos que había en todos los lugares, danzó para aquel inmenso organismo que todo lo contiene. Danzó y danzó y con cada postura más se convencía de que ya era una estrella, de que estaba entregando a la totalidad algo que ni la mismísima totalidad tenía: su propia esencia trenzada con su arte, toda su historia. No la tenía porque este era el momento en que ella misma la estaba construyendo.
                Se extendieron tallos volubles y también zarcillos caulomáticos. Se extendieron raíces y raicillas, y cuando la fortaleza fue perfecta, aparecieron hojas. Así, la pasionaria extendió toda su alma hacia el cielo y hacia la tierra, tejió perfectamente todos los polos, unificándolos y recombinándolos. Una vez que el universo entero era parte del tejido, brotaron desde los lugares menos esperados exageradas flores con indescriptibles colores, brotaba la vida, brotaba sobre la tumba del agua.
                El cielo giró cinco veces sobre Irys y se detuvo, así también se detuvo la muchacha exhausta. De su piel brotaban cascadas de esfuerzo y terminó por desplomarse sobre el espejo de agua. Observaba con amor aquel cielo y su gozo fue mayor. Un último palpitar le llevó a levantar la cabeza y vio que al otro lado del lago había alguien esperándole. En primera instancia pensó que era el niño estrella, que la venía a buscar para llevarla al cielo, pero su cuerpo dijo ‘no’. Se levantó son sutileza, se acercó con paz y allí tendió su alma para recibir la del que tenía en frente: un hijo de la Luna.