viernes, 11 de abril de 2014

El origen de los fósiles



 
Entre los tépalos del sol se aloja una sombra incalculable, allí se encuentra el envés de la vida que se nutre de los reflejos del universo. Cuarenta y ocho diminutas estrellas caminaron por cada uno de las ominosa quebradas y fueron entre la opaca tierra fueron escupiendo esporas por cada una de sus azules risitas, cada una de estas dichas se entregaba a la gravedad de la incandescente flor y proliferaba en forma de un negro hongo por donde aquel desfiladero le permitiese, formando frondosos bosques de elegante sentimiento. Mientras los infantes corrían por toda la cañada, partículas de sus rocosos huesos caían y una vez en el suelo se declaraban sembradas; el cultivo de piedras en los tépalos del sol correspondía a la nueva generación de planetas de dicha galaxia, abrigados por el conocimiento del padre y germinando cada eclipse con las caricias lunares de la madre. Por encima de piedras y hongos se pasean nubarrones de marcada personalidad, nubes que todos los días rinden honor a los trilobites que, en rechazo del ruido, abandonaron la tercera galaxia; las vaporosas imitaciones fingen garrapatear por encima de las magnas piedras haciéndolas parecer apenas guijarros, y los densos bosques fúngicos hacen del paisaje un agradable susurro con aires de musgo. De hongos y  piedras se compone este infierno negro, pero luego se descubre que las quebradas con ponzoñosos caminos desembocan en el aliento primo de esta curiosa sociedad. Allí donde se extienden la raíz de cada tépalos del sol se encuentra una meseta en inversa y en el más profundo de los escalones yace el mar seco, y el corazón del mar seco aloja el corazón magmático del sol, condimentado con las turquesas aguas madres de todo el espiral planetario y las esmeraldas aguas padres de los soles pasados. En la costa de esta curiosa laguna se levantan monolitos de arena y en cada uno de ellos la esperanza de cada niño estrella, llegaron muy tarde para vigorizar el canto que los trilobites remotos siguieron hace cinco millones de años. ‘Cruzamos el espejo después del ruido, nuestra vida requiere de música’ escriben en su paso aquellas nubes imitando la última frase de los colonizadores fractales, motivando a la nostalgia del espiral entero porque no descubrieron el minuciosamente armónico detalle que tejieron detrás del sol, entre sus melódicos témpanos. Por su parte, los niños estrella dibujaron trilobites en la tierra, se pintaron de pena y de amargo, porque no pudieron escuchar las metálicas disonancias de una gloriosa batalla.
Cada mañana, cuando el sol abre sus ojos, el espiral también despierta y el tiempo vuelve a correr. La flor se abre y de cada tépalo nace un Bennu  que extiende sus infinitas alas para emprender el vuelo, llevando a luz a todos los rincones por si encuentra rastro de algún trilobites, o bien, cantando los doce nombres del sol para que hasta los sordos escuchen la súplica y emprendan viaje a la búsqueda, la única condición para realmente vivir. Y el sol no sabe, curiosamente que los añorados señores gustan de la música intensa pero opaca, aquella que no se vende a la luz de los ojos, aquella que germina con las caricias de la luna, aquella que crece entre las quebradas, aquella tan intensa que hace un mar entero algo seco, aquella que garrapatea entre los guijarros y huele a musgo; el sol se ha olvidado que es en el desierto, tan insolado, yacen las notas minerales que con la sombra y el envés de la vida hacen vibrar los armónicos corazones del instinto de los trilobites.

viernes, 21 de marzo de 2014

9. Las mil arañas neuronales


 
En el planeta de los Sabios Pilares  habitaba un sinnúmero de minerales y cristales de diferentes especies que proliferaban como monolitos en toda la piel de la esfera. Este lugar correspondía a una de las tantas partículas de cultivo en la zona del Imaginarium de la misma Lepisma, y en esta exclusiva parte del universo se daba lugar a los primordios inorgánicos, potentes precedentes de todas las formas posibles de vida que se vieron abiertas a existir en toda la historia del vivir. El Silencio, rey y guardián de los cristales y minerales, era el encargado de mantener un equilibrio magnético y emocional entre las especies, además de regularizar la entrada y salida de los variados creadores, quienes osaban a cruzar la línea del universo para llegar al Imaginarium y elegir un exquisito surtido de elementos para dar orígenes a formas derivadas de vida y bajo sus propias condiciones de creación. Un sistema perfectamente armado y retenido de cualquier degradación que El Tiempo podría aportar ante sus ojos.

En determinado punto de la trayectoria del planeta, El Silencio se encontraba algo despistado y no notó que desde lo lejos se aproximaba un humilde viajero, longevo y colosal, casi del porte de un monolito. El gigante barbudo se apresuraba para ingresar en el aura del planeta en busca de un sitio para refugiarse y recuperar fuerzas luego de varias hazañas por eludir los ataques de la polilla. En su cansancio, el vejestorio no emitió ruido alguno al aterrizar; tan solo al poner sus pies llenos de partículas estelares, el planeta emitió un mensaje de advertencia y amor, el gigante se encontraba en peligro. Si bien los conocimientos de este personaje eran inmensos, sus energías estaban ya bastante agotadas y una lucha con El Silencio le sería imposible, sin embargo poseía un apoyo anónimo de la Lepisma, que iba siguiendo sus pasos desde su cuna, pues la historia que se venía trenzando le parecía inmensamente entretenida y diferente en comparación con la de otros tantos creadores y dioses del existir. En cuanto el gigante encontró un silencioso refugio, una deliciosa gruta de cuarzo ruborizado, una pata de la Lepisma se estiró desde lo más lejano e impactó con una pradera de cobre. El impacto fue tal, que todos los creadores que estaban cosechando minerales se desmayaron del susto, mientras que El Silencio se estremeció hasta perder la noción de tiempo y espacio. El gigante, sin entender mucho, se había levantado de su lugar mucho antes del evento, pues ya poseía un extraordinario instinto para reaccionar ante cualquier aparición que la Lepisma podía hacer en su minúscula vida; al ver la infinita pata del insecto corrió hasta el lugar que apuntaba la extremidad e hizo un esfuerzo por esquivar los agudos proyectiles de cobre que salieron disparados del lugar. De pronto, entre todo este caos terracota, el vejete pudo observar con claridad cómo es que la pata de la Lepisma había agarrado algo desde una profundidad perturbadora y comenzaba a jalarlo con ligereza desconcertante; la escena, que en un momento fue una catástrofe cualquiera, se convirtió en una espectacular lluvia de agujas de cobre y, desde el ápice de la pata, se aproximaba un bosque de dendritas que terminó por cubrir todo el radio visible del gigante. Él no se limitó a reprimir sus sensaciones ante la increíble transición montada por aquel ser superior, y entonces notó su error al romper el silencio que El Silencio cuidaba; este guardián volvió en sí y, aun desconociendo aquel novedoso y lejano bosque de curiosas piedras, se internó en él con tal de suprimir al intruso. Una persecución muda se reía de los torpes movimientos de los dos jugadores en el frondoso lecho de piedras dibujadas, las formas arbóreas bailaban ante las sordas percusiones de los estelares pies del viejo y los pesados bostezos de los mil pies de El Silencio. Paredes, quebradas, ríos de oro, acantilados, cascadas de bromo, pilares hierro y unos cuantos lagos de mercurio fueron tan solo parte de las pistas que llevaron a la presunta presa hacia su destino: un monolito de ónix. Siguiendo su instinto, el gigante se sentó frente a la grandiosa y ominosa figura y comprendió el catastrófico silencio que tenía tal mineral en su corazón. Su boca se abrió y las frecuencias se dignaron a desfilar en conjunto con una compleja modulación, sílabas ancestrales e historias de antaño fueron el único recurso que restaba para el gigante, además de su poderosa retención de los nervios ante el posible final que se acercaba a sus espaldas. El Silencio finalmente encontró a su presa por obra y gracia de los maravillosos y sentimentales cantos que emitía, pero justo antes de concluir con su ruidosa vida, el monolito de ónix extendió veinticuatro extremidades y se dividió en tres ovaladas arañas de pulida presencia, estos preciosos arácnidos envenenaron al predador muy ágilmente y le devoraron en un mismo instante. El silencio fue pagado con silencio, los metálicos octópodos terminaron con una urticante tradición que mantenía limpia la raza mineral y cristal de todas las impactantes historias que venían por detrás de algún creador y su ambiciosa empresa por crear vida y un mundo entero bajo sus yemas.
Una estrella fugaz anunció la nueva época en el Imaginarium, sólo entonces el gigante y sus tres lustres servidores decidieron continuar con los caminos invisibles que unían la sangre de una galaxia con otra. Cada vez que el instinto de pertenencia despertaba en cada una de las arañas significaba que se aproximaban a un yacimiento de monolitos de ónix, repartidos aleatoriamente y dispuestos elegantemente en algún santuario de las tan variadas naturalezas a las que los viajeros tuvieron el lujo de visitar. Cuando el número de servidores ascendió a mil, el numero último de monolitos de ónix, celebraron con una gran historia: la grandiosa imaginación de un ser que se entregó a la realidad por escuchar a  la Lepisma y la inacabable curiosidad benévola de miles de ponzoñosos minerales enamorados de las cosas que hacían ruido por todo el universo. De allí que su naturaleza metálica les permitía absorber cuanto conocimiento se encontrara en las laderas de las posibilidades y en las grietas del tiempo.

jueves, 6 de marzo de 2014

La médula del mundo


Xólotl, convertido en una especie de anfibio, logró hacerse camino entre los ponzoñosos e inmensamente frondosos bosques submarinos de coral. El guerrero había venido desde la antípoda de la Médula del mundo con tal de encontrar el huevo que una vez, en un tiempo remoto, un asteroide había depositado en el cráter de ese volcán que dio origen a todos los continentes.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Hexa-compuestos

Nos mimetizamos en las deliciosas texturas del césped ventoso, respiramos los patrones oxidados del éter mundano, fraternizamos sobre las vizcosas extensiones imaginarias de cualquier vientre, cantamos en silencio y susurramos a los sentidos todos aquellos secretos fotofóbicos que se arrastran por los tréboles. Creamos las raíces, las pulimos y les dibujamos el simbolismo del mimetismo, homenajeamos al contorsionismo del espiritualismo. Carecemos de cerebros, pero no de cráneos. Nuestra semilla se ha devorado todo su suculento reservorio para dar lugar a los cotiledones del realismo. Hemos germinado en los vapores de las rocas.

sábado, 19 de octubre de 2013

8. El gigante barbudo

Es el hombre del que jamás se supo una historia, de él nadie podría hacer referencia o simbolismo alguno. Cuando alguien se pregunta sobre las grandes personas y obtiene una respuesta, es porque aquellas entidades tuvieron un sagrado límite en el mundo, tan pequeño fue su avanze que toda la humanidad podía todavía describirlos. Sin embargo, este hombre se atrevió a lanzarse más allá de los dioses, más allá de su planeta, más allá de su orgullo y más allá de su galaxia. El gigante barbudo superó toda creencia que en Xeah-Sio, su tierra, le habían propuesto, se entregó a la realidad y en ella vive. Si de algo se arrepiente es de no haberse dado cuenta antes de las ilimitadas capacidades del existir, y de los inmensos portones que hay que cruzar para alcanzar al completo ser. La vejez le había atacado hasta cierto punto, la polilla le había besado casi toda la nuca, pero esa ínfima porción de vitalidad que le quedó en lo más recóndito de las esquinas cerebrales logró mantener en pie al bípedo de curiosa arquitectura.
Yo-yo le nombraron sus tres progenitores. Su pálida cara y los lunares marrones bajo su par de ojos eran un augurio de grandísimo ser. Para toda la comunidad, este niño era la vívida imagen de un visionario religioso, mas nadie logró identificar un tercer lunar en las laderas de su nuca. Tal como una semilla, se fue desarrollando lentamente en el único continente de Xeah-Sio, jugaba con las verdosas aguas y el liviano aire, se entregaba a los carnosos prados de vegetales similares alas anémonas y luego, por la tarde, volvía a su hogar para la cena y la adoración a los santísimos. El planeta entero era una utopía que era visitada frecuentemente por los quince dioses que dieron lugar a la vida en éste, un infértil astro.
Las historias que contaban los dioses y deslumbraban al continente entero por días y noches no fueron suficientes para Yo-yo: él sentía, por alguna razón, que todavía había más.  El joven tenía un sentido más desarrollado que cualquiera de sus benditos pares, aquella cualidad le significaría un peligroso camino hacia la proliferación propia, tal como ocurre con un fruto cuando deja al árbol, una caída extremadamente ominosa y solitaria. Sus latentes cuestionamientos le llevaron al roce de la muerte por un descuido en sus jugarretas a las orillas del lago que correspondía a su tumba; la polilla comenzó a besar la nuca de Yo-yo mientras éste se ahogaba, sin embargo olvidó el insecto que el lunar de su nuca también era parte del cuello. El accidente cavernoso en la nuca de Yo-yo le despertó la consciencia cuando ya estaba llegando a las profundidades de la masa de líquido, entonces volteó y vio claramente a la polilla y su mortal existencia. Ella no tuvo más que escapar, volver por donde vino, grandioso error, pues el muchacho logró visualizar las articulaciones del originador de todo, el humilde creador de todo lo que cabe dentro de la mente y lo que no también, la lepisma. Aquel lunar correspondía nada más que una pista astral de una estrella, su futuro hogar, al cual nadie, con excepción de él, podría llegar. La polilla desconocía lo que las existencias no hubiesen recorrido, si aquel jovencito lograse llegar a algún lugar desconocido por ella, salvándose de su mortalidad, entonces se convertiría en un ser tan colosalmente poderoso como lo es ella. La lepisma, ante tan curiosa situación, no hizo más que regocijarse con lo inesperado de la situación; batió sus extremidades una vez más para zamarrear los últimos restos de incredulidad de la mente del muchacho.
La metamorfosis ha comenzado, el capullo del niño se había ubicado en un terreno inmensamente hostil, asechado constantemente por la polilla. Ni los dioses ni sus pares tenían significancia en esta peligrosa carrera. El joven se hizo hombre, y el hombre se hizo viejo. Yo-yo tardó muchísimo en encontrarse, las dificultades vitales que proponía la polilla a lo largo de su empresa eran tales que cada segundo que pasaba era una inmensa batalla entre el uno y el otro y, a pesar de ello, el muchacho-hombre-vejestorio aprendía bastante con cada golpe que le daba al insecto, ese polvo color ocre que despedían las eternas alas del hexápodo contenían toneladas de conocimiento. Ya era bastante viejo cuando Yo-yo descubrió en si mismo su nombre, entonces se lanzó al centro del planeta, gracias a la millonada de cosas que ya había aprendido y dominado, para beberse el elixir gravitatorio de ese mundo, recuperaría de esta manera la energía invertida en toda su primera batalla. Aunque destruyó el planeta por completo, al digerir la masa unificadora de éste, prometió a toda la flora y fauna que se había cultivado en ese lugar un futuro mejor, los engulló también, pero en los pliegues de su memoria. “Hoy mi mundo, mañana el cielo.”. El vejete partió su caminata hacia el astro dibujado en su nuca y en su viaje cósmico era acompañado de su más grandiosa creación, un homúnculo fusiforme dotado de ocho extremidades y un exoesqueleto de escamas imbricadas compuestas por ónix fundido, la araña neuronal. Así como los seudópodos, este arácnido metálico recogía toda la información que el hombre, por su avanzada edad, no podía recoger del universo. A medida que avanzaban por las galaxias y senderos de hidrógeno, el viejo aumentaba su tropa al recoger ónix de los planetas que adornaban los caminos. Una araña instruía a la otra y ésta a la siguiente, de pronto un ejército de mil arácnidos estaba bajo la orden de viajero, quien les pagaba sus servicios con tres simples cosas: “Muchísimas gracias, queridísima mía!”, “Lo has hecho bien, hermosa mía!” y, por sobre todo, “Había una vez...”. Los maravillosos cuentos que formulaba el vejete hacían que sus hijos metálicos, octópodos sinápticos,  se motivaran en buscar más información por todos los lugares para que el señor de la palabra diera origen a algo que no se encontraba en ningún otro lugar del universo, algo comparable a las capacidades de la lepisma, la imaginación. Tal era el trabajo de las arañas que el viejo se sentía inmensamente en deuda y, a la vez, tal era lo magnífico de sus cuentos, que las arañas, por su parte, se sentían inmensamente en deuda también. De esta manera, el viaje hacia el astro se volvió más cómodo y agradable, donde en un principio era una única araña la que dejaba sus labores para ahuyentar los molestos revoloteos de la polilla. Ahora un ejército entero estaba al tanto de los movimientos del coleóptero. La guerra entre el veterano y el insecto comenzó aquel día en que los dos guerreros encontraron yacimientos de polvo sempiterno, aquellos eran pequeñas acumulaciones de imaginación provenientes de la infinita imaginación de la lepisma. Tal era la dificultad de obtener estos pobres materiales, que al obtenerla uno de los dos batallantes, obviamente después de una ardua búsqueda y una probable pelea por ello, se rendían homenaje el uno al otro para demostrar el respeto por las grandiosas capacidades que cada uno había logrado alcanzar.

El astro plasmado en la nuca del viejo concluyó su misión una vez que el ejército de las mil arañas neuronales y el amo de estas arribaron al más bellísimo planeta mineral, Xibalbá. Allí, el veterano pudo descansar, almacenó todos sus conocimientos en el centro gravitacional del cuerpo celeste y liberó un montón de demoniacas entidades a los alrededores del huevo para que custodiasen la valiosa información recogida por todo el inacabable universo. La mítica flora y fauna de su primitiva cultura se pegó en las laderas de planeta y proliferó como vapor en el frío. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

Ágave tinto

 "Me encuentro en un viaje desesperado por encontrar aquello que, por épocas de madurez sociológica, suelo dejar cubierto de polvo ardiente para que cubra mis pestañas y otros hermosos vellos del oído con el delicioso incienso de las más aromáticas piedras desérticas, meditantes visionarias del universo."
Nos contaron por ahí que nacieron de "puntos calientes", sitios específicos a donde vienen a morir nuestras esperanzas y allí depositan sus nutrientes; con tanta energía y luz, estas hermosas piedrecillas repartidas de verdad esporádicamente - y no bajo esa influencia del desorden aleatorio naturalesco - desarrollan un cerebro denso, un magma lento en todo su interior. Crecen y aprenden  ahí, en esa lujosa cuna para plantas amantes de los extremos y bien antojadas de griteríos en jardines de silencio. Aquí mismo se da lugar al abrazo milenario, aquel momento en que los minerales abrazan a los troncos sempiternos, salpicados de algún exótico condimento atemporal que entrega pistas de cómo estos colosos lignificados llegaron a ser derrumbados en una batalla con el tiempo.
Realmente es maravilloso cómo es que nos enteramos, más aún lo es la asombrosa capacidad que poseen aquellas piedrecillas en contarnos cómo es la realidad, cómo es que esas estrellas que, flotando en el cielo, se aburría y se lanzaban en picada hacia la pampa para revolcarse en ella. Jamás decidimos si era más preciosa la humeante estela de colores ácidos o la tronadora polvadera que armaban al impregnar sus deseos en el suelo. Estos espasmos telúricos eran seguidos de la tenebrosa aparición del chivo de seis cuernos y su colérico pelaje, el cuadrúpedo se mantenía pasmado observando el techo que cubría sus senderos, este cielo estaba lleno de peces que se zambullían en el refrescante manto profundo. Las escamas que perdían esos cuerpos celestes al batirse en el cosmos eran recogidas por hombres de aceite, padres de familia que vendían su alma al salitre, prometían su corazón al cobre o los pies al chañarsillo; estos cerebros tristes eran alimentados por sus monógamas mujeres, muy acostumbradas a ventilar sus vidas enteras cada vez que se sacan la carne de los huesos.
"Cuando recuerdo todo aquello, me envuelvo en llanto. No lloro por los mundanos, lloro por la transición. Lloro y la madre me consuela, la educadora del universo que ha reflejado su vientre en otro manto de carne; nodriza que hace presencia cuando se le anda y no se le pisa. Me aferro al paisaje, he arribado al volcán de recuerdos. Las aves de tierra me llaman desde los más familiares senderos y con sus plumas secan las lágrimas de mi espalda."

jueves, 12 de septiembre de 2013

Hemorragia de piedra

La cosa más poderosa existente en el universo decidió, un día, tomar forma física y con ello terminó las habladurías sobre lo abstracta que era. De allí que su viscosa apariencia llenó las venas de las grandes piedras, las primeras células.
La entidad, hambrienta de recuerdos, fue conocida como Muerte, pues se llevaba la vitalidad de aquellos seres que hicieron una vez un trato con Vida; el acuerdo constaba de dos partes, donde la primera correspondía a una etapa de desarrollo y magníficas vivencias, mientras que la segunda correspondía a ofrendar tales historias. Vida y Muerte estuvieron desde el principio, desde donde no hay historia, sin embargo Vida es hija de Muerte, quien decidió parirle en un destello de movimiento. Lo que era hasta entonces el iniverso comenzó a fluir, las cosas comenzaron a moverse por obra de Vida, pero el préstamo de esta energía debía ser devuelto una vez que se cumpliese con el trayecto deseado, es entonces cuando Muerte se apropiaba cariñosamente del movimiento cargado de recuerdos y lo convertía en lo inmóvil que era antes, además de estrujarlo y obtener de él un líquido bondadoso, se dio origen al universo. Cuando las cosas estaban limpias y ordenadas, aquel líquido era llamado éter; éste se obtuvo de las primeras explosiones sensoriales atómicas. Muerte retiraba el éter de las formaciones luminosas y lo dejaba descansando en alguna esquina inmóvil del planeta, para dormir sobre él. Esta sangre, el éter, era movimiento en su máximo estado de pureza.
La expansión del todo motivaba a Vida y Muerte seguir experimentando con las formas de movimiento que iban creando y decidieron solidificar algunas cosas. Los minerales y cristales fueron la dualidad de movimiento que innovaron en vivencias y recuerdos, las dos creadoras estuvieron fascinadas con lo ocurrido y terminaron por otorgar más movimiento a las responsables y colosales esferas de cristal y mineral, permitiéndoles almacenar parte del éter que producían.  Cada cuerpo celeste fue distribuyendo de manera gradual el movimiento en sus partículas, incluso se compartían información o nuevos elementos entre planetas. Cada vez que un planeta alcanzaba un alto grado de vivencias, se convertía en estrella para ceder todo el éter de su vida, finalizando su existencia con una maravillosa explosión que dispersaba unidades de información hacia otros lugares muy recónditos del universo. Por otro lado, aquellos planetas que no poseían tanto éter ni tantas vivencias, decidieron invertir el material y convertirlo en otro: el magma. El incoloro y liviano éter fue parcialmente remplazado por una sustancia similarmente luminosa, pero pesada y lenta. Esta especie de vivencia se alojaba al interior de un planeta y se almacenaba para tener una reserva de movimiento que asegurara el fluir de los minerales y cristales; la empresa del éter que tenía cada planeta le aseguraba una vida más longeva y próspera al enlentecer el proceso. Pronto, los cuerpos celestes fueron alcanzando mayor complejidad en su composición.
En un determinado momento, algunos planetas invirtieron nuevamente el movimiento, en forma de éter, para convertirlo en otra cosa: el alma. Esta nueva creación de aquellas grandísimas aglomeraciones simbióticas de mineral y cristal otorgaba movimiento a partículas inorgánicas para que se movilizaran independientemente, repartieron la energía entre sus subordinados tal como Muerte y Vida hicieron con ellas. Se dio lugar a las formas orgánicas de vida, aquellas que tenían un movimiento más fácilmente percibible y, por lo mismo, más efímero y productivo. De allí que pequeñas sustancias fueron formando células que se alimentaban unas de otras, traspasando la energía y las vivencias potenciadas, de manera que cada vez que se ofrendaba tales recuerdos, éstos eran primeramente recibidos por el seno del planeta y Muerte se apropiaba de ellas. Como premio por la innovación en funcionamiento que propusieron los planetas, Muerte tomaría forma basándose en este último tipo de ofrenda, infinitamente más denso que el éter, infinitamente más luminoso que el magma, infinitamente más lento que el alma: el petróleo.
El petróleo cambió enteramente el esquema que Vida y Muerte habían armado en el universo, ahora las grandes rocas dispersas en el espacio tenían dos metas preciosas por alcanzar: éter y petróleo. Mientras el primero era el liviano rocío de recuerdos para Vida, el segundo era el denso plasma vivencial de Muerte, quien prefería dormir eternamente en el ominoso líquido. Las formas orgánicas de vida incluso entretenían a los planetas, que se sentían inmensamente vivos al tener dos tipos de sangre entre sus cuerpos rocosos: el espíritu les aseguraba tener un buen producto traducible en éter, mientras que cuerpo era degradado hasta obtener la jalea memorial, sinónimo de petróleo. El alma y el magma serían los movimientos propios del planeta dedicados a mover lo orgánico y lo inorgánico, respectivamente. Las diversas expresiones orgánicas de vida siempre serían una sorpresa para todos los presentes en la historia que partió del iniverso.
Dentro de los azares de la evolución orgánica, apareció un pseudo-primate que era regido por otro tipo de movimiento, la razón. Ésta correspondía a un movimiento errático generado por casualidades históricas. El bípedo tenía una creciente necesidad de obtener poder, otro tipo de movimiento, pero imaginario, inexistente, más bien un síndrome crítico o potente enfermedad. Entre ellos se mataban para mostrar superioridad y “robar” el poder que poseía cada uno de sus hermanos. Pronto no se hubo conformado con robar el poder de sus pares y comenzó a robar el poder de las demás formas de vida, bajo la escusa de las necesidades básicas. Encontró muy pronto una forma física de entender el poder: el dinero. Se fueron saboteando entre “poderosos” para lograr grandísimas reservas de poder, estafando a todos los que venían por debajo de ellos mismos, a pesar de que fuesen los pilares de su propio éxito. Era un tóxico ecosistema de mentiras en el que proliferaban casi moderadamente, hasta que uno de los “poderosos” descubrió una de las venas que mantenían la vida en el planeta, un yacimiento de petróleo. La Muerte que siempre estuvo presente en sus ciclos biológicos, para ofrendar  el espíritu y el cuerpo, sería despertada del eterno descanso. El bípedo tomó la cuna de Muerte y la sometió a combustión, a destilación, a desnaturalización, a investigación, a explicación, a síntesis, a humillación. El hombre había tratado como un medio de obtención de bienes banales a la más sagrada sustancia de recuerdos y vivencias, la sangre de las piedras. Muerte, sabiendo que sólo con estar en los ciclos biológicos de este cáncer bípedo, no se desesperó y descargó su furia y castigo de una manera increíblemente sigilosa y habilidosa: se volvería a concretar, mas no en forma de petróleo, sino que cumpliendo con esa imaginaria y alucinante idea del hombre, el poder.
Todas las personas que contribuyeran directa o indirectamente a la denigración del planeta afectado caerían en las dolorosas enfermedades consumistas, las enfermedades que les traerían vacío a sus corazones, enfermedades que les proporcionan más de ese asqueroso instinto de poder; tendrían que luchar por su lugar y reconocimiento social, tendrían que lidiar con la suciedad del planeta, tendrían que atender los desgarradores destellos de consciencia, los arrebatos políticos, las hecatombes estúpidas, guerras de hambre y de sed, la presente “fiebre de igualdad”, la caza de sueños y fantasías, la vejez e la inutilidad, pero por sobre todo jamás gozarían de la madurez. Los hombres serían por siempre unos niños envenenados, babosos por hegemonía al reproducirse desenfrenadamente, al explicarlo todo inútilmente, al mimar sus cuerpos con la medicina, al cumplir con las expectativas exteriores, al silenciar las salvadoras voces de su interior. Muerte pidió permiso al planeta, afectado del cáncer antropocénico, con fin de tomar las riendas del movimiento. Destruiría a los errantes seres desde donde comenzaron a proliferar, les despojaría de todo lo que alguna vez pudieron disfrutar, les quitaría la grandiosa virtud del desapego y la libertad de movimiento. Tan grandioso y silenciosa es su manera de actuar que tomó a los “poderosos” como presas suyas, haciéndoles creer que en realidad son poseedores del poder, mientras que a la masa ignorante que está bajo ellos, quienes les permiten alcanzar el ponzoñoso líquido, les hizo olvidar su magna responsabilidad y culpabilidad en todo este proceso.
Y todo aquel que sea capaz de reconocer que el derretimiento de su “mundo” es en realidad el antídoto a su planeta, aquel que pueda despojarse el fluir común, será bendecido y guiado por Vida y Muerte.