martes, 22 de julio de 2014

Los hexagramas y los nómadas de un desierto

Parecía que un amanecer privado surgía de las cienes de cada carabela, no dejaban de fluir y otras no dejaban de acumularse ante el espectáculo de combustión triste que tenía el olivo en sus múltiples brazos; para finalizar el evento, el árbol juntó todas sus ramas y del ápice primordial soltó una única flor, con ella besó la mejilla de cada uno de los presentes incluyendo la mejilla de la colina.
“Tres. Los nómadas del desierto. Hubo una etapa en la evolución de la vida en estas tierras que trajo una novedad a los cráneos de ciertos seres; mientras plantas, piedras y casi lo absoluto de animales tenía su existencia unida tanto a la realidad como a la lucidez. Una raza de perros, los perros oscuros, separaron su existir entre la lucidez y el soñar, de manera que podían saltar a la realidad cada vez que dormían, dando lugar a una definición entre el cuerpo físico y el cuerpo astral. La raza humana también comenzó a desarrollar tales frutos evolutivos y fue aquí, en este desierto, donde una tribu nómada venida de sectores más húmedos logró dominar pacientemente el arte del soñar debido a su proximidad con los fractales de las dunas marinas. Los minerales que habitaban la piel del desierto y las sábanas arenosas que le daban aspecto arisco escondían en sus células bandadas de pájaros costeros, fosilizados hasta los recuerdos.
Iban los Kraatus cruzando maravillosos paisajes mediterráneos, cuando un estremecimiento de la tierra abrió paso entre el mar, dejó una cervical que dividía los humores del océano próximo en dos. La tribu tomó esto como una señal divina, los dioses de la piedra y del río abrían un paso en la cuenca de la vida, quizá se encontrarían con la ciudad prometida. A medida que los pies de los individuos cruzaban el puente improvisado, veían cómo a cada lado del mar se expresaban diversas formas de vida, el agua subía y bajaba sus corrientes, dejaba ver corales, roqueríos, acantilados marinos, monstruos hidrófilos, un sinnúmero de peces y hasta los abismos se presentaron ante los ojos de los viajeros; curiosamente, el agua nunca los cubrió, paredes de agua se extendían hasta lo más alto y luego, de un pestañeo, se encontraba a más de seis hombres bajo sus pies. La cervical manteníase sincera y dotada de inmensa templanza, sus invitados permanecieron en un trance constante hasta que el sendero concluyó en un paisaje árido, adornado con colosales pómulos de piedra negra y valles espeluznantes, el desierto los había llamado al encuentro. El hambre volvió a los vientres de los viajeros, un hambre inhibido por todo el alucinante paso fronterizo que pudo haber durado siglos sin generar la más ínfima molestia en los organismos; fueron recorriendo ahora lentamente las pálidas facciones de la tierra, el calor iba cocinando lentamente sus pies, que se hubieron mantenido jóvenes desde el principio del desafío, hasta los más viejos mantuvieron su edad intacta, incluso los más jóvenes eludieron el paso del tiempo.
Los Kraatus pensaron en volver por donde vinieron, al no encontrar nada de vida en aquella tierra ofrendada por los dioses para una próspera civilización, pero la cervical que separaba el mar pronto se levantó; vértebra por vértebra fue dejando ver un esqueleto de pájaro más magno que el humor de aquel desierto. El ave extendió sus alas y su cuello levantó su cráneo sin problemas, miraba al sol y tres lágrimas cayeron de su ojo derecho. La primera lágrima cayó a las espaldas de los espectadores, generando allí un río efímero, que a su vez dio lugar a un oasis de rápido crecimiento, como pidiendo perdón a la tribu completa. La segunda lágrima cayó mucho más lejos y en el sitio de su impacto no nació un nuevo río, sino que un monolito se expresó en respuesta, escrituras pétreas se distinguían en su clara tez. La última lágrima cayó mucho más lejos que las primeras dos, tan lejos sólo dejó una pista vaporosa para que los Kraatus encontrasen su paradero.
“Toda mi carne es sueño, toda mi sangre es sueño.
Mi plumaje se ha marchado con El Sol, hacia El Sol voy.
Cada respuesta merece un sacrificio, así como ustedes han sido mi respuesta.
Cada respuesta merece recompensa, mi pista, mi historia, mis sueños les dejo.
Ofrenda mía, aliméntante de los sacrificios y de los sueños.
Que mi palabra sea tu vibra, que mi camino sea tu norte.
Encontradme ahí, donde deben mezclar agua y sangre.”
La tribu completa tomó las palabras inscritas en el monolito como un sagrado testamento, toda su cultura se basaría ahora en el recuerdo de aquel dragón de agua. Siguieron entonces su paso en dirección a la tercera lágrima, no sin antes haberse dotado de alimento para llenar sus barrigas y para llenar el nuevo viaje. La noche les encontró entre los pasadizos rocosos, y ahora la Madre Luna refrescaba sus nucas con un rocío imposible. Cuando la medianoche se hizo vidente, una pradera desértica se abrió ante la experiencia de los Kraatus, y una colina resaltaba el centro del lugar, esta misma colina que permite que descanses las historias de tu espalda, Yehoshua. Caminaron entonces hasta tal lugar y en su cima esperaron a que el chamán de la tribu pronunciase una vez más el testamento dejado por el ave, aquellas palabras fueron hechas canciones y describían la nueva época de la tribu. Uno de los Kraatus descifró el acertijo y comprendió que la labor del sacrificio les correspondía a ellos ahora que su dios, el Dragón de Agua, les ha dejado un desierto en sus manos; graves discusiones se generaron entre ellos hasta que decidieron ofrendar la vida del más inocente. El chamán, sintiéndose un poco confundido, tomó al bebé y en la cima de la colina descubrió su cuello y luego su carne. Las lágrimas de aquel hombre tan viejo mezcláronse con la primera gota de sangre sincera justo antes de que ésta callera en la punta exacta de la colina. El impacto desató un estremecimiento del cielo, que comenzó a llenar su cara de nubes negras; luego la milagrosa lluvia trajo consigo un estremecimiento de la tierra, que desesperada por el agua abrió sus poros, dejando de que miles y miles de aves costeras emprendieran vuelo después de un milenario baño de minerales. El paisaje cambió por completo, aquella pradera desierta que tenía a esta colina como centro se modificó al punto de ser un vulgar valle. Los Kraatus ya se sentían agobiados de presenciar tanta cosa maravillosa, sus cráneos requerían de algún sustento, un espacio más allá de las paredes de sus cabezas. Un gran número de aves no emprendió vuelo, y su carne de cuarzo se volvió carne de ave. La lluvia se detuvo, el valle expresó maderos y el festín dio inicio a la nueva vida: la carne era el nutriente necesario para desarrollar perfectamente el sueño en cada uno de sus cuerpos. Los Kraatus pasaron a llamarse Thuálagas y teniendo como bandera un ave de onírico plumaje, dedicaron sus vidas a viajar por el desierto, tanto soñando, tanto andando, de tal manera de ofrecer vida, lágrimas y sangre a la colina que les ofrecía un pasajero vergel para sustentar la más extraña de las vidas. Los Thuálagas fueron conocidos en toda la región como los hijos del Tres, humanos que podían traer la vida buscándola a través del más complicado arte, el de soñar. A pesar de que la semilla del Tres se ve perfecta, completa, le debe su origen a otra entidad, la semilla del Cuatro.”

El Silencio se entristeció levemente por el relato; Yehoshua le apaciguó entre sus brazos. Las carabelas se sorprendían al ver la representación de todos los sacrificios llevados a cabo en la cima de la colina que, según la historia, cambiaba de lugar cada vez que se le intercambiaba por un repetido vergel de gran sustento. Yehoshua nunca quiso girar su cabeza y posicionar sus ojos en la morbosa escena que explicaba una cultura entera, tanto él como El Silencio comprendían que el verdadero sacrificio era otro.

lunes, 21 de julio de 2014

Los hexagramas y el olivo azul

(…) Las carabelas seguían su nublado paso por el cielo, siguiendo la cariñosa pista de El Sol. Yehoshua y El Silencio permanecían en la mejilla de aquella colina, escuchando las palabras pétreas, que luego eran traducidas a un idioma más legible para el humano, de tal manera que el alimento de cada semilla estuviese bien constituido y la testa respectiva aguantase las tormentas de habladuría en el cráneo del viajero. El manto completo comenzó a cambiar su coloración tenue, parecía que las manchas lumínicas de las fragatas le convencieron de no ser tan caprichoso, y un tímido susurro se abría paso entre la arena. La boca de la colina hizo una pausa al terminar de contar la primera historia y para cuando separó sus labios con la intención de relatar la semilla del dos, de una piedrecilla negra, justo enfrente de Yehoshua, surgió una raíz blanca y eterna.
“Dos. El olivo azul. Hay estrellas en el cielo que prefieren viajar por el universo en vez de germinar un universo a su alrededor. Estas estrellas se reúnen en grupos de seis y viajan por los senderos cósmicos tomadas de la mano, creando milagros por donde se les antoje, robando colores e inventando otros tantos. Van de la mano porque permiten que de esta manera la justicia fluya desde un extremo a otro, así también ocurre con el equilibrio y el cambio. A su vez, viajan en grupos de seis en honor a los Hexagramas, y en base a ello establecen su conformación espiritual: justicia, equilibro y cambio en los dos polos del cuerpo, seis.
De vez en cuando, las mareas del cielo permiten que los niños estrella lleguen a esta tierra, como abriéndoles las puertas a sus deberes milagrosos. De las tantas veces que han venido a nuestro pedacito de universo, pocas veces se han dejado ver por otras entidades que no sean tan puras como las piedras; sin embargo, el fractal de las dunas marinas correspondía a un punto de encuentro turístico entre niños estrella, que se repite en seis puntos distintos de todo el universo. Hay seis maneras distintas de llegar a este mismo lugar, la primera es así como tu has llegado Yehoshua; la segunda es encontrar el fractal de las dunas marinas en la piel de la Madre Luna. 
La semilla del dos apareció un día que treinta y seis niños estrella llegaron al fractal de las dunas marinas mediante la piel de la Madre Luna, allí bailaron y cantaron en la cima de esta misma colina, dando lugar a uno de los milagros que nacen de sus imaginaciones estelares. Un olivo nació, un olivo alimentado solamente de las cascadas subtérreas de la imaginación. Por esos sectores, en el fractal de nuestra tierra, una civilización nómada del desierto acababa de acoger en su cultura el arte del soñar; sus cuerpos astrales, equivalente al cuerpo de los niños estrella, se dedicaba a recorrer la realidad del mundo y aprender de ella. Una muchacha, llamada Q-atz por su madre y su padre, decidió internarse por entre las dunas del desierto y se encontró con el evento tribal de los treinta y seis niños estrella. Q-atz se emocionó y corrió al encuentro, una fogata de luz azul bailaba justo en el centro de la ronda que armaban las manos abrazadas de las estrellas. Ella gritó amorosamente, desde lejos les anticipaba su llegada y anticipaba más aún sus ganas de formar parte del rito. Casi mecánicamente, la hicieron bailar en el centro de la ronda con la estrella que le pareciera más versátil a su color de alma. Q-atz le tomó la mano a una estrella nacida cerca de Orión y con él fue a bailar en honor al fuego azul. Los cantos del nacimiento se extendían por toda la pampa, al igual que el amor entre el niño estrella y la soñada. Cuando todos se cansaron, el fuego azul se levantó y su flujo se volvió arbóreo; un árbol de olivo nació del amor de treinta y cinco niños estrella y dos enamorados.
Q-atz despertó, olvidó preguntarle el nombre al niño estrella, como también confesarle su condición de humana, su condición de dualidad. Dos. Dos. Dos. Tomó sus túnicas y su turbante, se internó por los caminos que por la noche había recorrido sin frío, ni calor, ni cansancio, y se encontró que en la cima de la colina no se encontraba el árbol de olivo, sino que había una pequeña flor de piedra sobre un trozo pequeño de cuarzo. Q-atz lloró, pero cuando sus lágrimas hidrataron el mineral, el día se evaporó y  la noche se enredó con el cielo nuevamente. Los niños estrella seguían ahí y Q-atz estaba cara a cara con su enamorado, con la pareja con quien imitó los movimientos de la creación. El joven le dijo que pronunciaría su nombre a cambio de que le diera su mano, ella no lo pensó Dos veces y tanto su cuerpo astral como su cuerpo terrenal se unieron con la carne cósmica del joven. “Wadi-Rum”. Una extraña reacción ocurrió; el cuerpo físico de Q-atz trajo a Wadi-Rum a la luz del día, se esfumaron espontáneamente los treinta y cinco niños estrella que hacían una ronda a su alrededor y el joven se hizo opaco, pero no menos hermoso. Para el muchacho era primera vez que se encontraba con un sitio alimentado de tanta luz de parte de una estrella estática, de esas estrellas a la que renunció ser, y le pidió a su amada que le llevase a recorrer todo lo que pudiera mostrarle, mientras aquella estrella tan magnífica, El Sol, dibujaba todos los caminos posibles e imposibles de imaginar. Recorrieron dunas, quebradas, subieron montañas, escalaron ríos y perforaron lagunas, dibujaron ofrendas a las piedras y recordaban a cada momento el árbol de olivo que les unió. Wadi-Rum le propuso matrimonio eterno a Q-atz, ella aceptó y le dijo que se encontraran después del atardecer en la misma colina donde el sueño los unió. La muchacha fue a vestir los artilugios de matrimonio que su cultura nómada acostumbraba a llevar. Wadi-Rum, por su parte, fue a buscar los trozos de cuarzo más hermosos que vio durante los paseos diurnos con su amada. Al caer la tarde la noche se apresuró a presenciar el curioso matrimonio; Wadi-Rum se paró en la cima de la colina y dispuso cuarzos por todo el sector, trayendo buenos augurios al matrimonio. Sin embargo, aquel centinela de la cultura nómada se sintió atraído por las figuras de piedra y encontró en el centro del lugar al niño estrella, lumínico como su propia naturaleza lo permitía, y le secuestró. La semilla de Uno existe gracias a la semilla del Dos, pero ninguna de estas dos puede vivir estable sin la semilla del Tres.”

Mientras la colina relataba esto, las hojas del olivo iban nadando por entre las ramas. Cada vez que un momento impactante del cuento se hacía entre las palabras pétreas de la colina y la traducción de El Silencio, las hojas invocaban su natural fuego azul, la voluntad del olivo se dejaba ver ante los ojos de Yehoshua. El fuego azul atraía a algunas de la carabelas, de tal manera que el relato de la semilla del Dos tuvo más audiencia que el primero.

domingo, 20 de julio de 2014

Los hexagramas y la ofrenda onírica

El Sol comenzaba a bostezar y sus rugidos eran escuchados solemnemente por toda la existencia allí en los médanos, las campanadas del día iban liberando gradualmente una paleta de colores derivados del oro, del cobre y del aire; Yehoshua comenzó a declinar el paso y finalmente se decidió por detenerse para pasar la noche en la mejilla de una colina blanca, que cada mañana y cada atardecer dejaba que la tintura de los bostezos solares cambiara por completo la configuración emocional de su pétreo vestido. El viajero esperaba inocentemente la noche, esperaba a la madre Luna para que le cuidara durante las penumbras, pero en vez de ello El Sol se detuvo cuando sólo un pelo de su cabellera permanecía refulgente en el horizonte y El Tiempo detuvo su acelerado paso: Yehoshua eligió casualmente como aposento un fractal de las dunas marinas.
El atardecer no fluía, el susurro constante del viento tampoco se esparcía por la tierra, los colores del manto comenzaron a mimetizarse entre sí hasta el punto en que sólo se percibía un cielo plano y un rayo de sol cruzándolo de un lado a otro, muy por encima de la coronilla de Yehoshua, quien se mostraba un tanto intranquilo, luchando por mantener el sudor del miedo dentro de su cuerpo, apaciguando su humor sobre las amables texturas de la manta con que armó su carpa. El Silencio se puso a un lado de Yehoshua, le dijo con voz baja que aquella mejilla era su lugar favorito para ver el espectáculo de las ofrendas oníricas. El viajero no comprendía, pero en cuento se dispuso a formular un cuestionamiento a El Silencio una colonia de luces se aproximaba desde el extremo contrario a la pista de El Sol. Millones de carabelas venían zigzagueando vaporosamente muy por encima de la superficie del desierto; las coloraciones azules de sus crestas traían nuevamente un color esperanzador que manchaba el cielo, y los tentáculos se arrastraban por la tierra, como sondeando su camino, o quizás despidiendo a las piedras. El Silencio acercó su boca al oído de Yehoshua, y sin que este último advirtiera el  relato, el paso de aquellos oníricos sifonóforos se fue mezclando con las dulces palabras que pronunciaba el primero; como nada fluía, excepto aquellas luminosas figuras, la más mínima influencia en el sistema que se armó ahí en el fractal de las dunas marinas tendría un magnífico efecto a nivel de fractal.
“Hay seis historias estrechamente relacionadas con este espectáculo. Cada una tiene una pieza del origen de este evento, cada una es perfectamente geométrica y cada una de ellas se aloja dentro de la boca de esta misma colina, que se las arregló para que tú, Yehoshua, lleves seis semillas quién sabe dónde.”
El Silencio y el viajero no se movieron de su lugar a pesar de que la boca de aquella colina se abriera sigilosamente. En el idioma de los minerales comenzó un grave relato y El Silencio participó de médium para que la voluntad de la colina fuese cumplida:

“Uno. La ofrenda onírica. Existió aquí hace muchos eclipses una civilización que dominaba el arte del soñar, esto mientras en la mayoría de los lugares del orbe los sueños correspondían a motivos de muerte. Esta comunidad, como muchas otras, practicaba el sacrificio a la vida, con tal de inyectar energía a los flujos de la tierra; una noche uno de los centinelas trajo un botín astral – un niño estrella perdido en los paisajes lunares del desierto - al centro del pueblo, argumentando que si sacrificaban a uno de estos niños, no tendrían la necesidad de sacrificar seis de su propia raza. Ante la propuesta, nadie en el pueblo arguyó, pero una muchacha que conocía a aquel niño estrella se opuso al sacrificio, por lo que la comunidad concluyó en sacrificarlos a los dos. El evento se llevó a cabo en la cima de una colina, quien relata todo esto, y cuando ya hubieron muerto ella y él, la civilización entera fuera digerida por una colonia de estas carabelas que se pasean por el cielo. Estas entidades son sólo algunas de las magnas formas de vida invisible que no permiten que cualquier cosa se establezca sobre tierra santa, obligando a la cultura popular llamarlas despectivamente “desierto”. Por otro lado, lo que ocurrió en la inversa de la vida da origen a la llegada de estas carabelas; en cuanto la muchacha y el niño estrella fueron lanzados a aquella pampa que precede al pasillo del sacrificio. Siguiendo una brillante idea, ella pensó en enseñarle a soñar a él, de manera que no siguieron una inerte caminata hasta la degradación de sus energías. Mientras los jóvenes conversaban sobre esto, el desfile de todos los soles del universo comenzó inconscientemente, y en cuanto los sacrificados se entregaron a la blanca arena del suelo para dar lugar al soñar, cada uno de los soles se fue convirtiendo en un ave de gran envergadura. Cada uno de estas aves carroñeras bebía del soñar de los muchachos y emprendía un delicioso vuelo. La simbiosis entre los muchachos y un sol-ave en el mundo de los muertos, sería traducido en una carabela en el mundo de los vivos. Fue así como nació la ofrenda onírica, una hecatombe de sueños que va siguiendo la pista de El Sol en la única hora del día donde la muerte se asoma a la vida. Sin embargo, la semilla del Uno no es nada sin la semilla del Dos…”

jueves, 17 de julio de 2014

Flor circunfusa


Yehoshua iba pasando la piel de sus pies por la arena suave y caliente, sentía claramente cómo es que cada una de aquellas semillas de piedra estaba ya satisfecha de engullir tanto sol y ahora, amablemente, compartían su alimento con la grave planta del viajero. El Sol seguía comunicando sus respectivas enseñanzas a las raíces cervicales y craneales de Yehoshua, y éste, por su parte, se topaba con una geoda alojada en el borde de un cráter. Aquella piedra poseedora de un hermoso corazón de cristal observó con detención al viajero y luego le comentó:
-Tus túnicas, de aquel color tan primario, tan cálido y áspero, me han recordado una historia que se tejió aquí mismo, en este cráter. Si quieres oírla, tómame y presióname contra tu pecho; de esta manera el fuego de tu corazón hará crecer los cristales que habitan el mío y mi historia hará crecer tu follaje.
Yehoshua, sin pensarlo dos veces, se apresuró y tomó asiento. Tomó la postura de la flor de acacia, dictada por la geoda y le tomó, para abrazarle cariñosamente.
-En la época en que estas tierras todavía tenían una relación idílica con el mar, estas costas costas daban lugar a playas con personalidades limpias y cristalinas, limpias y cristalinas, limpias y cristalinas... Esta misma arena que se encuentra bajo tu asiento bebía cada día de la marea, y luego se bañaba en la luz de El Sol; las dunas dejaban que maravillosas plantas criaran sus hojas entre el viento arisco y sus raíces entre la suntuosa y densa tierra, suntuosa y densa tierra, suntuosa y densa tierra... Estas plantas tan enamoradas del paisaje, no querían despegarse de la superficie, por lo que no generaban la sombra que atraía a tantos otros viajeros en la hostilidad de los desiertos. Sólo valientes insectos se atrevían a cruzar océanos de arena hambrienta y quién sabe qué otras entidades solanáceas... Un día, las dunas de este lugar, como son de caprichosas, quisieron teñir su plumaje con manchas de sombra; el antojo de aquellas hijas del viento fue compartido con la marea y ésta, sin poder resistirse al encanto de la perfección buscó una roca de alguna cueva submarina y la sacó de lugar para poder estrellarla contra la superficie, que los humores del frío y el calor la rompieran y dejasen que aquel huevo pétreo liberase el ánima que alojaba en su interior: un hijo del Nilo... Apenas separó sus tres párpados, las dunas le dotaron del ayuno eterno y conocimientos trascendentales del vivir. Cada grano de arena le suplicó traer la sombra ante tan hermoso lugar, sólo para hacerlo aún más hermoso, aún más hermoso, aún más hermoso... Venus, como le nombraron, se encaminó entonces hacia los lugares donde crecían los árboles, los más valientes árboles; de esta manera, caminando por las dunas mientras se desarrollaba su educación, llegó a toparse con el río Eufrates y allí el agua dulce que tocó su boca le confesó el nombre de las flores que crecen en el árbol que podría establecer sus raíces en aquella cuna de belleza y que además podría navegar sin problemas con su magnífico follaje entre el viento seco y hostil, seco y hostil, seco y hostil... Venus, agradecido, rindió homenaje al Eufrates construyendo tres orzas con el lodo de los bordes, pero el río le regaló la tercera orza para que en ella llevase agua de su sangre, con la cual haría despertar las semillas de tan bizarro árbol... El viaje continuó, los granos de arena le fueron susurrando a Venus los lugares en los que se había visto flores con tales nombres, pero eran muchísimos árboles que habían decidido, durante la evolución, se poseedores de flores tan cardiacas. La gran familia de árboles que rendía culto a ésta flor, flor del color de tu túnica, regaló una semilla, la más viva, para que creciese en aquel lugar tan lujosamente descrito por Venus... El viaje parecía infinito, casi tan infinito como el número de estambres que poseía la flor de la que te hablo...Una vez que Venus regresó con las semillas que le fueron ofrendadas por los mismísimos árboles, le contó a las dunas las hazañas de su viaje y las veces que tuvo que cantarle al vapor del agua del Eufrates para que no dejara su ovalado aposento. Sembró las semillas de la misma forma en que cada estambre de la flor se dispone en los árboles y allí se quedó, justo en medio, esperando que el aliento del mar alentara al vapor del agua del Eufrates a viajar por cada una de las túnicas que vestían a las semillas. Pronto, mientras Venus recitaba las oraciones de la vida, las raíces se dieron lugar entre la estrecha tierra y la sombra germinaba día a día, día a día, día a día... Un grandioso paraíso de luz y sombra eligió nacer entre el círculo de árboles y la relación entre las dunas y el mar. Venus, notó que el viento dentro del círculo no era hostil, era tan amable como las flores de las acacias en cada primavera; le prometió por siempre quedarse ahí recitando las oraciones de la vida, de tal manera que pudiesen arreglar el mundo entero con las palabras del corazón... Un día, luego de que muchos siglos hubiesen pasado, El Tiempo se puso celoso de la juventud de Venus y los árboles del círculo, que escapaban a la vejez sin el menor esfuerzo. Hizo un trato con El Espacio y sacaron de lugar y de época la última letra de las oraciones. Con esto, la relación entre las dunas y el mar se rompió, y cada caño la costa se alejaba más... Venus siguió recitando y los árboles entraron en latencia, aguantando los suspiros porque sabían que en algún momento la última letra de la oración volvería a su lugar. Mientras, ellos seguirían al borde de la playa y toda la arena dentro del círculo se fue desplazando paralela a la contracción del mar. Es por esto que el cráter que hay aquí enfrente tuyo se hace presente ante tus ojos, Yehoshua. Yo soy la última sílaba de la oración de la vida, y me has hecho germinar; los cristales de mi corazón ya han modulado su geometría gracias al fuego de tu corazón... Ahora lánzame querida flor de acacia, que tus túnicas con el color más sincero de El Sol me guíen por el camino que ha dejado este cráter para mi...
Yehoshua miró a la piedra, que ya no era piedra, sino un curioso cristal de geometría indescriptible y colores alucinantes. Tuvo que dejar de observar la tentación visual en el mineral y le lanzó al cráter con la mano izquierda y un aliento de pasión... Yehoshua escribió en su palma una petición a la letra final de aquella oración, le pidió que el día que el viajero arribase los jardines colgantes, Venus le fuera a encontrar.

martes, 8 de julio de 2014

Octántrico

Quinientos sueños pasaron bajo sus tristes párpados, quinientos más debían pasar. El color de su sombra iría permutando de coral a medusa, y cuando la medusa se destiñera permutaría a nómade. Cuando el nómade descubra que la medusa está bajo sus tristes párpados, tomará una semilla de su alma y la pondrá justo en el centro de su propio corazón; quinientos sueños más han de pasar, pero por el vientre del nómade, que despierta sus párpados para germinar en la cumbre del mar. Sólo entonces, los colores recorridos por su sombra y el espectro de vida que ha engullido la misma serán los suficientes para que la ominosa entidad detenga su existencia en un universo basado en el dos -dependiente del tres- para saltar al universo del cinco y pintar con ello los colores corales en las paredes de las medusas que enraizan en la cumbre del nómade que germinó en su propio corazón.

jueves, 3 de julio de 2014

Antípodas


Se cuenta por los altiplanos del mundo, que absolutamente todos los nidos de nubes están conectados, y aquellas aves que las incuban invitan al viajero a que se pierda entre las paredes pétreas y las agujas de viento. Los puertos hacia las estrellas están siempre abiertos entre túnel y túnel. Los colores son de lo más vistosos y dolorosos. Allí, en todos los altiplanos, aloja una paleta de sensaciones monstruosas que suelen dormir en la tundra, en el desierto y en las montañas, día y noche, esperando recuperar energías para partir nuevamente y lanzarse de un salto al manto. Cada uno de estos gigantes no tiene más arma que el miedo, cada uno de sus poros invisibles dispara miedo a los ojos de cualquier cráneo y desata los terrores del alma. Sin embargo, el viajero debe seguir los pasos del ápice de un río, debe seguir el aliento de la vida que elige nacer justo donde las sombras beben de la noche. Se cuenta por los altiplanos del mundo que las colinas y las dunas se repiten en el mundo, que están duplicadas, triplicadas y nadie lo sabe, nadie lo sabe porque han hecho un pacto de silencio con las hierbas: otorgamos nuestro secreto a aquel cuyas raíces alcancen el corazón del planeta, y en sus magmáticas emociones no cedan de vivir, a cambio de un lugar donde proliferan los más curiosos pólipos astrales.
Y es en los mismísimos altiplanos del mundo donde cada día y cada noche las medusas, laboriosas en las onirificaciones, cambian su rumbo hacia otra esfera sedienta de soñar.

lunes, 23 de junio de 2014

Tres párpados

Dijo:
Cuentan las orugas que por entre las metamorfosis se esconden extraños seres que se alimentan exclusivamente del amor con que está hecho cada capullo, alterando las cartas preparadas por El Futuro de una manera caótica y no menos bella que como El Tiempo habría propuesto. De aquellas personalidades poco se conoce, sólo se sabe dos ínfimas semillas de ellos: que tienen origen en cuanto algún humano intenta dar una explicación ofensiva al mundo, ofensiva porque su explicación es del tamaño de su cráneo; y que aquellos seres nacen de los frutos esporádicos de algunos ríos inéditos: el Shajarat-al-Hayat, Phoenix dactylifera, Acacia d'Terené. ¿Qué relación tienen estas aguas xerófitas con las húmedas orugas? Yehoshua no comprendió las palabras que la voz del planeta pronunció en respuesta; ni la voz del padre sol, ni la voz de la madre luna, ni la voz de la ráfaga, ni la voz del silencio, ni la voz de la soledad, ni la voz del equilibrio, ni la voz de la justicia pudieron formular una respuesta legible ante la duda del viajero.
Cuenta la mitología Lepidoptense que las historias sobre estos seres metamórfagos dieron lugar a una de las más curiosas historias de las mariposas. Ocurre que desde que aquellos ríos verticales comenzaron a dar frutos, al menos uno de estos personajes se escurría por los desiertos y daba lugar a los cereales, que en toda su existencia bebían del Nilo, y llegaba hasta los suculentos tallos, dormía entre las pálidas raíces hasta que las mariposas llegasen a dejar sus crías bajo el cuidado de Madre Verde. Si bien los cereales del Nilo estaban relativamente cerca de las fuentes de estos seres, había algunos que cruzaban océanos completos, creían las orugas que lo hacían construyéndose diminutas embarcaciones con la tela del mar y los huesos de moluscos. Pero, a pesar de ello, las historias que lograron cambiar en la exótica selva amazónica, en las selvas indias, en las selvas australianas, en los extremos dependientes de la primavera o en las islas dependientes del magma, nunca una historia de intervención sería tan alternativa como la que Yehoshua escuchó un día, cuyo origen partió un día que se encontraba sentado a las orillas del Nilo -y en busca de los Jardines de Babilonia- por parte de las orugas egipcias:
"Desde hace más de mil soles rojos, llegaron los Usiros a comerse uno de nuestros capullos de amor, uno cada eclipse, sin dejar morir a la transición que le aguardaba dentro. Conozco una hermana, hija de la Madre Verde del nuevo lago Nubia que puede contarte más. Mueve rápido la piel dura de tus pies, que la época de la metamorfosis se apronta a la velocidad del mundo."
Yehoshua dejó de lado su búsqueda principal, corrió por entre el desierto en busca de que las masas de agua se ensanchasen para dar lugar, tempranamente, al escupe artificial. Allí, cada una de las orugas dentro de sus propios capullos, sólo dejando la mitad de su cuerpo al aire, respondieron ante la duda de Yehoshua, todas al unísono, porque todas eran una:
"Desde hace más de mil soles rojos, uno de los Usiros se comió el capullo de una hermana criada por una Madre Verde en Ukerewe. Nuestros ancestros creyeron que ese Usiro estaba confundido por la época, no era el ciclo que presentaría un eclipse en el manto. Sin embargo, para sorpresa de todos, el Usiro se puso a cantar una agradable melodía mientras comía el capullo de una hermana. El manto se llenó de cicatrices de color doloroso y se movían de extremo a extremo como si fuesen peces, como si nuestro manto hubiese sido nada más ni nada menos que uno de los bellos criaderos de cereales lanzados con fuego y viento ante sus fugaces ojos. Nos debemos ocupar de lo nuestro, contarte esta historia nos ha dejado a todas exhaustas. Por el corazón Nilo Blanco puedes aprender un poco más."
Yehoshua comprendió que no había posibilidades de llegar al corazón del Nilo Blanco antes de que finalizara la metamorfosis y todas las mariposas eludieran contarle la verdad. Le pidió entonces al tiempo que fuera piadoso de él, a lo que éste le respondió 
"Todo a su tiempo."
Yehoshua, con sus pies sangrantes, pero con la mente vívida, llegó al atardecer a un gran banco de aguas tranquilas habitado por cereales y allí le esperaban capullos de oruga con cara culpable. Para su suerte una colonia de luciérnagas había sido notificada fragmentos de vida antes y acudieron al rescate de Yehoshua. Primero levantaron una muralla de esperanza ante sus ojos y pronto comenzaron a susurrar una por una, cada una llevaba una sílaba entre sus alas y un acento ácido entre sus lámparas, al tiempo que lo obligaban seguir corriendo:
"De a poco, aquella oruga intervenida por el atrevido Usiro, comenzó a permutar, cada una de sus unidades tomó un aspecto de tierra húmeda, parecía nacida del barro. Sus ojos comenzaron a tornar un camino más arisco ante el mundo y su trompa se extendió hasta concluir en una nariz, sus numerosas patas se redujeron a cuatro. El espanto reinaba en aquella cuna de cereales, pero la curiosidad pudo más, pues ninguna de las orugas detuvo su proceso, ninguna pegó el ojo en la completa metamorfosis, y ninguna extendió sus alas hasta que la intervención del Usiro hubiese presentado su obra de arte lo más claro posible."
Yehoshua enlentecía su paso, iba cruzando la pantanosa región de Sudd con miedo en los hombros, por las mentiras que podrían entrar entre las heridas de sus pies, los prehistóricos dientes y las toscas pezuñas que podían pulverizar su empresa. Las luciérnagas, estrellando su oscuro camino, le intentaban tranquilizar:
"Yehoshua, concéntrate en tu camino, que el pantano levanta árboles y cocodrilos para hacer de la sombra un tanto más sombría; el sol se aparea con la luna y un eclipse eterno indica que vas en el correcto camino. Voluntad, voluntad, voluntad, voluntad."
Las luciérnagas se alinearon con tal de marcar el camino que Yehoshua debía recorrer para cruzar la pradera hostil, la humedad acabó con la luz y pronto las hierbas de los alrededores comenzaron a engrandecerse, a expresarse, la sombra asustaba los pies cicatrizados del viajero con tal de hacer más interesante su viaje hasta Mobutu Sese Seko. Las hojas infinitas, germinadas en la saliva del río hacían que la tierra aparentara más de lo que ya era; las frecuencias hídricas eran cada vez más sospechosas, el palpitar de algunas pieles se paseaban por las cavidades óseas de Yehoshua y le hacían temblar. El calor, el miedo, el silencio y todo ese ruido mudo hacieron tambalear la vida del viajero, pero las palabras de El Tiempo y el apoyo de las luciérnagas lograron que las lágrimas se secaran en su parda piel y las modulaciones resonaron una vez más en sus sentimientos:
"No temas, no te ahogues, respira por entre tus propios suburbios pulmonares y allí la encontrarás."
"¿Encontrar qué?"
"La pradera, la inmensa pradera."
"La prudencia, la inmensa prudencia."
La luz de las luciérnagas se hizo inmensa por entre toda la planicie, la luz de ellas mismas se convirtió en pradera, y la pradera permutó en orogénesis: nacieron entonces las montañas que arruyaban el lago Ukerewe. La transición, hizo que Yehoshua olvidara la racionalidad de su empresa y siguiese la voluntad del camino, la luna y el sol se confabularon para enseñarle al viajero la gracia del eclipse, la alucinación temporal y espacial del pantano y la sangre etérea del Nilo.
Allí mismo en el lago Ukerewe, el sol y la luna seguían eclipsados, pidieron a Yehoshua que les mirara a los ojos en el reflejo del agua y entonces continuarían con la historia:
"Los árboles sagrados han de beber de la tierra porque quieren imitar a los ríos, sus aguas se vuelven sagradas cuando por sus gargantas han de pasar. Pósate encima del agua, vamos, en el ciclo de hoy tienes permiso para no hacerle reverencia al éter líquido y mediante él te llevaremos a donde tu pregunta te ha traído. Toma consciencia de todo el viaje que has emprendido, ninguna palabra de color has traído como recuerdo de todos los espirales vitales que has presenciado, Yehoshua, anima tu fuego azul."
Yehoshua con timidez puso sus pies heridos, ya negros, en las aguas del magnífico lago. El reflejo de las montañas se estremeció, pero el reflejo del eclipse continuó ahí sin bacilar un segundo. Una vez puesto encima, un mismísimo Usiro salió de su pecho y escaló hasta el agua, para alcanzar el cielo, y al mezclar su negra piel con el piso del paraíso se dio lugar al enraizamiento en los pies de Yehoshua. Millones de paletas de colores dieron lugar a la palma de Judea por el vientre de sus pies, del pecho de sus talones surgió una Acacia infinita y de la coronilla de sus dedos nació la excelsa Proposis y sus brazos extendidos nublaron toda vista. 
"La personalidad de la oruga ya no era cuadrada, era triangular. El espectáculo trajo a las mariposas de toda Ityop'iya, llenaron de una sensación policromática aquella humilde cuna de cereales. "El Nilo entero tirita" decían, "Escuchamos un himno áspero" decían. El capullo se hizo huevo, teniendo media oruga afuera, y luego medio reptil en su lugar. El Usiro, gozoso de su grandiosa y muda obra sorprendió a todas las tierras altas y al mismísimo lago T'ana. Cada capítulo de su cuerpo era un recuerdo del pasado, un ataque del remordimiento: de cara a las estrellas, poseía montañas en todas sus regiones; en honor a la tierra, llanuras y humedales. Sus ojos, dotados de historias astrales, se encontraban bajo tres párpados que protegerían al animal de las ponzoñosas emociones que pudiesen entrar por su vista; de la misma manera ocurrió con su pétrea y pantanosa piel, con sus impíos y hostiles dientes. El Usiro dijo entonces, cuando los tres párpados se abrieron ante la implacable llave del amor: "Sobek! ¡Hijo del hierro espacial, hijo del meteorito; arrasa con tu paso a toda la irrealidad y que todos tus hijos sean benditos!" y se marchó. Cada una de las unidades colorías de Ityop'iya se despojó de su lugar con el secreto entre sus frágiles alas y caprichoso revoloteo: "¡Una oruga es ahora el rey de los Sucos!". El gran cocodrilo despegó sus patas de aquella Madre Verde y se lanzó al agua dulce, sabiendo que su destino era el mar. Navegó todo el Nilo río abajo, llevándose consigo todos los miedos, todos los prejuicios para que los de su raza fuesen todos respetados, todos benerados. Una vez allí, ante el portón del mar. Dió la vuelta y miró, con su ojo izquierdo, con sus tres párpados abiertos y la llave del amor puesta en su lugar, al ojo derecho de Yehoshua, quien creyéndose víctima de una alucinación en su búsqueda de los jardines de Babilonia, encontró Sobek bajo sus pies descalzos. El viajero, despertando de sus espasmos, se hizo consciente de haber sentido el flujo de las pacíficas aguas, las tormentosas cataratas y todas las bellísimas formas de vida que  hacen de un río más ríos. Ríos nómadas y ríos sedentarios."

En el lomo del cocodrilo de mar se encontraba Yehoshua, sus pies ya no estaban sangrando. Mientras intentaba hacer encajar con su razón el hecho de que su búsqueda de Babilonia, juzgado desde un principio como onírico por sus pares, no era más que una frágil ala de polvo en comparación con su traslación temporal por entre los engorrosos caminos de los cereales. Sobre la loma del infinito cocodrilo, fue depositado él, en un valle de escamas que le permitía llegar a la rivera y también a las sinceras edificaciones en el cuerpo del animal. Las humildes viviendas, hechas enteramente de flores de piedra, alojaban a los Usiros y sus respectivas vidas. Yehoshua recorrió los pasillos del valle escamoso, las galerías de ofrendas pintadas y ofrendas contadas por las laderas de piel; se acercó al colosal cráneo de Sobek y con el cuerpo le hizo una pregunta, él le respondió. Yehoshua siguió la instrucción del cocodrilo y le contó el cuento entero de cómo le encontró. Dijo: "Cuentan las orugas que por entre la metamorfosis...", "...", "...".
Cuando hubo terminado su relato, una exquisita sensación se posó por encima de la muerte del Nilo, las nubes que imitaban los habitantes del pasado se comenzaron a pasear por el infinito mar de estrellas y la luna y el sol terminaron su apareamiento, el día se hizo de nuevo. Se sentó justo entre los dos ojos, los demás Usiros hicieron lo mismo, traían ofrendas a su hogar y una fracción para ellos: una cena con cereales. Arribó entonces el cocodrilo al portón del mar y cada uno de los presentes se hizo parte de la obra, Madre Verde se despidió de ellos, como se despide cada vez que el cuento se cuenta, y para que el cuento se cuente nuevamente, mil soles rojos han de cruzar; Sobek se sumergió y en el trayecto a lejanos jardines en el fondo del mar, cada uno de los residentes esparció su cena de semillas por los flujos del infinito mar, dejando estrellas repartidas por todo lugar, que ninguna esperanza se quedara hambrienta de miedos.