jueves, 17 de julio de 2014

Flor circunfusa


Yehoshua iba pasando la piel de sus pies por la arena suave y caliente, sentía claramente cómo es que cada una de aquellas semillas de piedra estaba ya satisfecha de engullir tanto sol y ahora, amablemente, compartían su alimento con la grave planta del viajero. El Sol seguía comunicando sus respectivas enseñanzas a las raíces cervicales y craneales de Yehoshua, y éste, por su parte, se topaba con una geoda alojada en el borde de un cráter. Aquella piedra poseedora de un hermoso corazón de cristal observó con detención al viajero y luego le comentó:
-Tus túnicas, de aquel color tan primario, tan cálido y áspero, me han recordado una historia que se tejió aquí mismo, en este cráter. Si quieres oírla, tómame y presióname contra tu pecho; de esta manera el fuego de tu corazón hará crecer los cristales que habitan el mío y mi historia hará crecer tu follaje.
Yehoshua, sin pensarlo dos veces, se apresuró y tomó asiento. Tomó la postura de la flor de acacia, dictada por la geoda y le tomó, para abrazarle cariñosamente.
-En la época en que estas tierras todavía tenían una relación idílica con el mar, estas costas costas daban lugar a playas con personalidades limpias y cristalinas, limpias y cristalinas, limpias y cristalinas... Esta misma arena que se encuentra bajo tu asiento bebía cada día de la marea, y luego se bañaba en la luz de El Sol; las dunas dejaban que maravillosas plantas criaran sus hojas entre el viento arisco y sus raíces entre la suntuosa y densa tierra, suntuosa y densa tierra, suntuosa y densa tierra... Estas plantas tan enamoradas del paisaje, no querían despegarse de la superficie, por lo que no generaban la sombra que atraía a tantos otros viajeros en la hostilidad de los desiertos. Sólo valientes insectos se atrevían a cruzar océanos de arena hambrienta y quién sabe qué otras entidades solanáceas... Un día, las dunas de este lugar, como son de caprichosas, quisieron teñir su plumaje con manchas de sombra; el antojo de aquellas hijas del viento fue compartido con la marea y ésta, sin poder resistirse al encanto de la perfección buscó una roca de alguna cueva submarina y la sacó de lugar para poder estrellarla contra la superficie, que los humores del frío y el calor la rompieran y dejasen que aquel huevo pétreo liberase el ánima que alojaba en su interior: un hijo del Nilo... Apenas separó sus tres párpados, las dunas le dotaron del ayuno eterno y conocimientos trascendentales del vivir. Cada grano de arena le suplicó traer la sombra ante tan hermoso lugar, sólo para hacerlo aún más hermoso, aún más hermoso, aún más hermoso... Venus, como le nombraron, se encaminó entonces hacia los lugares donde crecían los árboles, los más valientes árboles; de esta manera, caminando por las dunas mientras se desarrollaba su educación, llegó a toparse con el río Eufrates y allí el agua dulce que tocó su boca le confesó el nombre de las flores que crecen en el árbol que podría establecer sus raíces en aquella cuna de belleza y que además podría navegar sin problemas con su magnífico follaje entre el viento seco y hostil, seco y hostil, seco y hostil... Venus, agradecido, rindió homenaje al Eufrates construyendo tres orzas con el lodo de los bordes, pero el río le regaló la tercera orza para que en ella llevase agua de su sangre, con la cual haría despertar las semillas de tan bizarro árbol... El viaje continuó, los granos de arena le fueron susurrando a Venus los lugares en los que se había visto flores con tales nombres, pero eran muchísimos árboles que habían decidido, durante la evolución, se poseedores de flores tan cardiacas. La gran familia de árboles que rendía culto a ésta flor, flor del color de tu túnica, regaló una semilla, la más viva, para que creciese en aquel lugar tan lujosamente descrito por Venus... El viaje parecía infinito, casi tan infinito como el número de estambres que poseía la flor de la que te hablo...Una vez que Venus regresó con las semillas que le fueron ofrendadas por los mismísimos árboles, le contó a las dunas las hazañas de su viaje y las veces que tuvo que cantarle al vapor del agua del Eufrates para que no dejara su ovalado aposento. Sembró las semillas de la misma forma en que cada estambre de la flor se dispone en los árboles y allí se quedó, justo en medio, esperando que el aliento del mar alentara al vapor del agua del Eufrates a viajar por cada una de las túnicas que vestían a las semillas. Pronto, mientras Venus recitaba las oraciones de la vida, las raíces se dieron lugar entre la estrecha tierra y la sombra germinaba día a día, día a día, día a día... Un grandioso paraíso de luz y sombra eligió nacer entre el círculo de árboles y la relación entre las dunas y el mar. Venus, notó que el viento dentro del círculo no era hostil, era tan amable como las flores de las acacias en cada primavera; le prometió por siempre quedarse ahí recitando las oraciones de la vida, de tal manera que pudiesen arreglar el mundo entero con las palabras del corazón... Un día, luego de que muchos siglos hubiesen pasado, El Tiempo se puso celoso de la juventud de Venus y los árboles del círculo, que escapaban a la vejez sin el menor esfuerzo. Hizo un trato con El Espacio y sacaron de lugar y de época la última letra de las oraciones. Con esto, la relación entre las dunas y el mar se rompió, y cada caño la costa se alejaba más... Venus siguió recitando y los árboles entraron en latencia, aguantando los suspiros porque sabían que en algún momento la última letra de la oración volvería a su lugar. Mientras, ellos seguirían al borde de la playa y toda la arena dentro del círculo se fue desplazando paralela a la contracción del mar. Es por esto que el cráter que hay aquí enfrente tuyo se hace presente ante tus ojos, Yehoshua. Yo soy la última sílaba de la oración de la vida, y me has hecho germinar; los cristales de mi corazón ya han modulado su geometría gracias al fuego de tu corazón... Ahora lánzame querida flor de acacia, que tus túnicas con el color más sincero de El Sol me guíen por el camino que ha dejado este cráter para mi...
Yehoshua miró a la piedra, que ya no era piedra, sino un curioso cristal de geometría indescriptible y colores alucinantes. Tuvo que dejar de observar la tentación visual en el mineral y le lanzó al cráter con la mano izquierda y un aliento de pasión... Yehoshua escribió en su palma una petición a la letra final de aquella oración, le pidió que el día que el viajero arribase los jardines colgantes, Venus le fuera a encontrar.

martes, 8 de julio de 2014

Octántrico

Quinientos sueños pasaron bajo sus tristes párpados, quinientos más debían pasar. El color de su sombra iría permutando de coral a medusa, y cuando la medusa se destiñera permutaría a nómade. Cuando el nómade descubra que la medusa está bajo sus tristes párpados, tomará una semilla de su alma y la pondrá justo en el centro de su propio corazón; quinientos sueños más han de pasar, pero por el vientre del nómade, que despierta sus párpados para germinar en la cumbre del mar. Sólo entonces, los colores recorridos por su sombra y el espectro de vida que ha engullido la misma serán los suficientes para que la ominosa entidad detenga su existencia en un universo basado en el dos -dependiente del tres- para saltar al universo del cinco y pintar con ello los colores corales en las paredes de las medusas que enraizan en la cumbre del nómade que germinó en su propio corazón.

jueves, 3 de julio de 2014

Antípodas


Se cuenta por los altiplanos del mundo, que absolutamente todos los nidos de nubes están conectados, y aquellas aves que las incuban invitan al viajero a que se pierda entre las paredes pétreas y las agujas de viento. Los puertos hacia las estrellas están siempre abiertos entre túnel y túnel. Los colores son de lo más vistosos y dolorosos. Allí, en todos los altiplanos, aloja una paleta de sensaciones monstruosas que suelen dormir en la tundra, en el desierto y en las montañas, día y noche, esperando recuperar energías para partir nuevamente y lanzarse de un salto al manto. Cada uno de estos gigantes no tiene más arma que el miedo, cada uno de sus poros invisibles dispara miedo a los ojos de cualquier cráneo y desata los terrores del alma. Sin embargo, el viajero debe seguir los pasos del ápice de un río, debe seguir el aliento de la vida que elige nacer justo donde las sombras beben de la noche. Se cuenta por los altiplanos del mundo que las colinas y las dunas se repiten en el mundo, que están duplicadas, triplicadas y nadie lo sabe, nadie lo sabe porque han hecho un pacto de silencio con las hierbas: otorgamos nuestro secreto a aquel cuyas raíces alcancen el corazón del planeta, y en sus magmáticas emociones no cedan de vivir, a cambio de un lugar donde proliferan los más curiosos pólipos astrales.
Y es en los mismísimos altiplanos del mundo donde cada día y cada noche las medusas, laboriosas en las onirificaciones, cambian su rumbo hacia otra esfera sedienta de soñar.

lunes, 23 de junio de 2014

Tres párpados

Dijo:
Cuentan las orugas que por entre las metamorfosis se esconden extraños seres que se alimentan exclusivamente del amor con que está hecho cada capullo, alterando las cartas preparadas por El Futuro de una manera caótica y no menos bella que como El Tiempo habría propuesto. De aquellas personalidades poco se conoce, sólo se sabe dos ínfimas semillas de ellos: que tienen origen en cuanto algún humano intenta dar una explicación ofensiva al mundo, ofensiva porque su explicación es del tamaño de su cráneo; y que aquellos seres nacen de los frutos esporádicos de algunos ríos inéditos: el Shajarat-al-Hayat, Phoenix dactylifera, Acacia d'Terené. ¿Qué relación tienen estas aguas xerófitas con las húmedas orugas? Yehoshua no comprendió las palabras que la voz del planeta pronunció en respuesta; ni la voz del padre sol, ni la voz de la madre luna, ni la voz de la ráfaga, ni la voz del silencio, ni la voz de la soledad, ni la voz del equilibrio, ni la voz de la justicia pudieron formular una respuesta legible ante la duda del viajero.
Cuenta la mitología Lepidoptense que las historias sobre estos seres metamórfagos dieron lugar a una de las más curiosas historias de las mariposas. Ocurre que desde que aquellos ríos verticales comenzaron a dar frutos, al menos uno de estos personajes se escurría por los desiertos y daba lugar a los cereales, que en toda su existencia bebían del Nilo, y llegaba hasta los suculentos tallos, dormía entre las pálidas raíces hasta que las mariposas llegasen a dejar sus crías bajo el cuidado de Madre Verde. Si bien los cereales del Nilo estaban relativamente cerca de las fuentes de estos seres, había algunos que cruzaban océanos completos, creían las orugas que lo hacían construyéndose diminutas embarcaciones con la tela del mar y los huesos de moluscos. Pero, a pesar de ello, las historias que lograron cambiar en la exótica selva amazónica, en las selvas indias, en las selvas australianas, en los extremos dependientes de la primavera o en las islas dependientes del magma, nunca una historia de intervención sería tan alternativa como la que Yehoshua escuchó un día, cuyo origen partió un día que se encontraba sentado a las orillas del Nilo -y en busca de los Jardines de Babilonia- por parte de las orugas egipcias:
"Desde hace más de mil soles rojos, llegaron los Usiros a comerse uno de nuestros capullos de amor, uno cada eclipse, sin dejar morir a la transición que le aguardaba dentro. Conozco una hermana, hija de la Madre Verde del nuevo lago Nubia que puede contarte más. Mueve rápido la piel dura de tus pies, que la época de la metamorfosis se apronta a la velocidad del mundo."
Yehoshua dejó de lado su búsqueda principal, corrió por entre el desierto en busca de que las masas de agua se ensanchasen para dar lugar, tempranamente, al escupe artificial. Allí, cada una de las orugas dentro de sus propios capullos, sólo dejando la mitad de su cuerpo al aire, respondieron ante la duda de Yehoshua, todas al unísono, porque todas eran una:
"Desde hace más de mil soles rojos, uno de los Usiros se comió el capullo de una hermana criada por una Madre Verde en Ukerewe. Nuestros ancestros creyeron que ese Usiro estaba confundido por la época, no era el ciclo que presentaría un eclipse en el manto. Sin embargo, para sorpresa de todos, el Usiro se puso a cantar una agradable melodía mientras comía el capullo de una hermana. El manto se llenó de cicatrices de color doloroso y se movían de extremo a extremo como si fuesen peces, como si nuestro manto hubiese sido nada más ni nada menos que uno de los bellos criaderos de cereales lanzados con fuego y viento ante sus fugaces ojos. Nos debemos ocupar de lo nuestro, contarte esta historia nos ha dejado a todas exhaustas. Por el corazón Nilo Blanco puedes aprender un poco más."
Yehoshua comprendió que no había posibilidades de llegar al corazón del Nilo Blanco antes de que finalizara la metamorfosis y todas las mariposas eludieran contarle la verdad. Le pidió entonces al tiempo que fuera piadoso de él, a lo que éste le respondió 
"Todo a su tiempo."
Yehoshua, con sus pies sangrantes, pero con la mente vívida, llegó al atardecer a un gran banco de aguas tranquilas habitado por cereales y allí le esperaban capullos de oruga con cara culpable. Para su suerte una colonia de luciérnagas había sido notificada fragmentos de vida antes y acudieron al rescate de Yehoshua. Primero levantaron una muralla de esperanza ante sus ojos y pronto comenzaron a susurrar una por una, cada una llevaba una sílaba entre sus alas y un acento ácido entre sus lámparas, al tiempo que lo obligaban seguir corriendo:
"De a poco, aquella oruga intervenida por el atrevido Usiro, comenzó a permutar, cada una de sus unidades tomó un aspecto de tierra húmeda, parecía nacida del barro. Sus ojos comenzaron a tornar un camino más arisco ante el mundo y su trompa se extendió hasta concluir en una nariz, sus numerosas patas se redujeron a cuatro. El espanto reinaba en aquella cuna de cereales, pero la curiosidad pudo más, pues ninguna de las orugas detuvo su proceso, ninguna pegó el ojo en la completa metamorfosis, y ninguna extendió sus alas hasta que la intervención del Usiro hubiese presentado su obra de arte lo más claro posible."
Yehoshua enlentecía su paso, iba cruzando la pantanosa región de Sudd con miedo en los hombros, por las mentiras que podrían entrar entre las heridas de sus pies, los prehistóricos dientes y las toscas pezuñas que podían pulverizar su empresa. Las luciérnagas, estrellando su oscuro camino, le intentaban tranquilizar:
"Yehoshua, concéntrate en tu camino, que el pantano levanta árboles y cocodrilos para hacer de la sombra un tanto más sombría; el sol se aparea con la luna y un eclipse eterno indica que vas en el correcto camino. Voluntad, voluntad, voluntad, voluntad."
Las luciérnagas se alinearon con tal de marcar el camino que Yehoshua debía recorrer para cruzar la pradera hostil, la humedad acabó con la luz y pronto las hierbas de los alrededores comenzaron a engrandecerse, a expresarse, la sombra asustaba los pies cicatrizados del viajero con tal de hacer más interesante su viaje hasta Mobutu Sese Seko. Las hojas infinitas, germinadas en la saliva del río hacían que la tierra aparentara más de lo que ya era; las frecuencias hídricas eran cada vez más sospechosas, el palpitar de algunas pieles se paseaban por las cavidades óseas de Yehoshua y le hacían temblar. El calor, el miedo, el silencio y todo ese ruido mudo hacieron tambalear la vida del viajero, pero las palabras de El Tiempo y el apoyo de las luciérnagas lograron que las lágrimas se secaran en su parda piel y las modulaciones resonaron una vez más en sus sentimientos:
"No temas, no te ahogues, respira por entre tus propios suburbios pulmonares y allí la encontrarás."
"¿Encontrar qué?"
"La pradera, la inmensa pradera."
"La prudencia, la inmensa prudencia."
La luz de las luciérnagas se hizo inmensa por entre toda la planicie, la luz de ellas mismas se convirtió en pradera, y la pradera permutó en orogénesis: nacieron entonces las montañas que arruyaban el lago Ukerewe. La transición, hizo que Yehoshua olvidara la racionalidad de su empresa y siguiese la voluntad del camino, la luna y el sol se confabularon para enseñarle al viajero la gracia del eclipse, la alucinación temporal y espacial del pantano y la sangre etérea del Nilo.
Allí mismo en el lago Ukerewe, el sol y la luna seguían eclipsados, pidieron a Yehoshua que les mirara a los ojos en el reflejo del agua y entonces continuarían con la historia:
"Los árboles sagrados han de beber de la tierra porque quieren imitar a los ríos, sus aguas se vuelven sagradas cuando por sus gargantas han de pasar. Pósate encima del agua, vamos, en el ciclo de hoy tienes permiso para no hacerle reverencia al éter líquido y mediante él te llevaremos a donde tu pregunta te ha traído. Toma consciencia de todo el viaje que has emprendido, ninguna palabra de color has traído como recuerdo de todos los espirales vitales que has presenciado, Yehoshua, anima tu fuego azul."
Yehoshua con timidez puso sus pies heridos, ya negros, en las aguas del magnífico lago. El reflejo de las montañas se estremeció, pero el reflejo del eclipse continuó ahí sin bacilar un segundo. Una vez puesto encima, un mismísimo Usiro salió de su pecho y escaló hasta el agua, para alcanzar el cielo, y al mezclar su negra piel con el piso del paraíso se dio lugar al enraizamiento en los pies de Yehoshua. Millones de paletas de colores dieron lugar a la palma de Judea por el vientre de sus pies, del pecho de sus talones surgió una Acacia infinita y de la coronilla de sus dedos nació la excelsa Proposis y sus brazos extendidos nublaron toda vista. 
"La personalidad de la oruga ya no era cuadrada, era triangular. El espectáculo trajo a las mariposas de toda Ityop'iya, llenaron de una sensación policromática aquella humilde cuna de cereales. "El Nilo entero tirita" decían, "Escuchamos un himno áspero" decían. El capullo se hizo huevo, teniendo media oruga afuera, y luego medio reptil en su lugar. El Usiro, gozoso de su grandiosa y muda obra sorprendió a todas las tierras altas y al mismísimo lago T'ana. Cada capítulo de su cuerpo era un recuerdo del pasado, un ataque del remordimiento: de cara a las estrellas, poseía montañas en todas sus regiones; en honor a la tierra, llanuras y humedales. Sus ojos, dotados de historias astrales, se encontraban bajo tres párpados que protegerían al animal de las ponzoñosas emociones que pudiesen entrar por su vista; de la misma manera ocurrió con su pétrea y pantanosa piel, con sus impíos y hostiles dientes. El Usiro dijo entonces, cuando los tres párpados se abrieron ante la implacable llave del amor: "Sobek! ¡Hijo del hierro espacial, hijo del meteorito; arrasa con tu paso a toda la irrealidad y que todos tus hijos sean benditos!" y se marchó. Cada una de las unidades colorías de Ityop'iya se despojó de su lugar con el secreto entre sus frágiles alas y caprichoso revoloteo: "¡Una oruga es ahora el rey de los Sucos!". El gran cocodrilo despegó sus patas de aquella Madre Verde y se lanzó al agua dulce, sabiendo que su destino era el mar. Navegó todo el Nilo río abajo, llevándose consigo todos los miedos, todos los prejuicios para que los de su raza fuesen todos respetados, todos benerados. Una vez allí, ante el portón del mar. Dió la vuelta y miró, con su ojo izquierdo, con sus tres párpados abiertos y la llave del amor puesta en su lugar, al ojo derecho de Yehoshua, quien creyéndose víctima de una alucinación en su búsqueda de los jardines de Babilonia, encontró Sobek bajo sus pies descalzos. El viajero, despertando de sus espasmos, se hizo consciente de haber sentido el flujo de las pacíficas aguas, las tormentosas cataratas y todas las bellísimas formas de vida que  hacen de un río más ríos. Ríos nómadas y ríos sedentarios."

En el lomo del cocodrilo de mar se encontraba Yehoshua, sus pies ya no estaban sangrando. Mientras intentaba hacer encajar con su razón el hecho de que su búsqueda de Babilonia, juzgado desde un principio como onírico por sus pares, no era más que una frágil ala de polvo en comparación con su traslación temporal por entre los engorrosos caminos de los cereales. Sobre la loma del infinito cocodrilo, fue depositado él, en un valle de escamas que le permitía llegar a la rivera y también a las sinceras edificaciones en el cuerpo del animal. Las humildes viviendas, hechas enteramente de flores de piedra, alojaban a los Usiros y sus respectivas vidas. Yehoshua recorrió los pasillos del valle escamoso, las galerías de ofrendas pintadas y ofrendas contadas por las laderas de piel; se acercó al colosal cráneo de Sobek y con el cuerpo le hizo una pregunta, él le respondió. Yehoshua siguió la instrucción del cocodrilo y le contó el cuento entero de cómo le encontró. Dijo: "Cuentan las orugas que por entre la metamorfosis...", "...", "...".
Cuando hubo terminado su relato, una exquisita sensación se posó por encima de la muerte del Nilo, las nubes que imitaban los habitantes del pasado se comenzaron a pasear por el infinito mar de estrellas y la luna y el sol terminaron su apareamiento, el día se hizo de nuevo. Se sentó justo entre los dos ojos, los demás Usiros hicieron lo mismo, traían ofrendas a su hogar y una fracción para ellos: una cena con cereales. Arribó entonces el cocodrilo al portón del mar y cada uno de los presentes se hizo parte de la obra, Madre Verde se despidió de ellos, como se despide cada vez que el cuento se cuenta, y para que el cuento se cuente nuevamente, mil soles rojos han de cruzar; Sobek se sumergió y en el trayecto a lejanos jardines en el fondo del mar, cada uno de los residentes esparció su cena de semillas por los flujos del infinito mar, dejando estrellas repartidas por todo lugar, que ninguna esperanza se quedara hambrienta de miedos.

viernes, 11 de abril de 2014

El origen de los fósiles



 
Entre los tépalos del sol se aloja una sombra incalculable, allí se encuentra el envés de la vida que se nutre de los reflejos del universo. Cuarenta y ocho diminutas estrellas caminaron por cada uno de las ominosa quebradas y fueron entre la opaca tierra fueron escupiendo esporas por cada una de sus azules risitas, cada una de estas dichas se entregaba a la gravedad de la incandescente flor y proliferaba en forma de un negro hongo por donde aquel desfiladero le permitiese, formando frondosos bosques de elegante sentimiento. Mientras los infantes corrían por toda la cañada, partículas de sus rocosos huesos caían y una vez en el suelo se declaraban sembradas; el cultivo de piedras en los tépalos del sol correspondía a la nueva generación de planetas de dicha galaxia, abrigados por el conocimiento del padre y germinando cada eclipse con las caricias lunares de la madre. Por encima de piedras y hongos se pasean nubarrones de marcada personalidad, nubes que todos los días rinden honor a los trilobites que, en rechazo del ruido, abandonaron la tercera galaxia; las vaporosas imitaciones fingen garrapatear por encima de las magnas piedras haciéndolas parecer apenas guijarros, y los densos bosques fúngicos hacen del paisaje un agradable susurro con aires de musgo. De hongos y  piedras se compone este infierno negro, pero luego se descubre que las quebradas con ponzoñosos caminos desembocan en el aliento primo de esta curiosa sociedad. Allí donde se extienden la raíz de cada tépalos del sol se encuentra una meseta en inversa y en el más profundo de los escalones yace el mar seco, y el corazón del mar seco aloja el corazón magmático del sol, condimentado con las turquesas aguas madres de todo el espiral planetario y las esmeraldas aguas padres de los soles pasados. En la costa de esta curiosa laguna se levantan monolitos de arena y en cada uno de ellos la esperanza de cada niño estrella, llegaron muy tarde para vigorizar el canto que los trilobites remotos siguieron hace cinco millones de años. ‘Cruzamos el espejo después del ruido, nuestra vida requiere de música’ escriben en su paso aquellas nubes imitando la última frase de los colonizadores fractales, motivando a la nostalgia del espiral entero porque no descubrieron el minuciosamente armónico detalle que tejieron detrás del sol, entre sus melódicos témpanos. Por su parte, los niños estrella dibujaron trilobites en la tierra, se pintaron de pena y de amargo, porque no pudieron escuchar las metálicas disonancias de una gloriosa batalla.
Cada mañana, cuando el sol abre sus ojos, el espiral también despierta y el tiempo vuelve a correr. La flor se abre y de cada tépalo nace un Bennu  que extiende sus infinitas alas para emprender el vuelo, llevando a luz a todos los rincones por si encuentra rastro de algún trilobites, o bien, cantando los doce nombres del sol para que hasta los sordos escuchen la súplica y emprendan viaje a la búsqueda, la única condición para realmente vivir. Y el sol no sabe, curiosamente que los añorados señores gustan de la música intensa pero opaca, aquella que no se vende a la luz de los ojos, aquella que germina con las caricias de la luna, aquella que crece entre las quebradas, aquella tan intensa que hace un mar entero algo seco, aquella que garrapatea entre los guijarros y huele a musgo; el sol se ha olvidado que es en el desierto, tan insolado, yacen las notas minerales que con la sombra y el envés de la vida hacen vibrar los armónicos corazones del instinto de los trilobites.

viernes, 21 de marzo de 2014

9. Las mil arañas neuronales


 
En el planeta de los Sabios Pilares  habitaba un sinnúmero de minerales y cristales de diferentes especies que proliferaban como monolitos en toda la piel de la esfera. Este lugar correspondía a una de las tantas partículas de cultivo en la zona del Imaginarium de la misma Lepisma, y en esta exclusiva parte del universo se daba lugar a los primordios inorgánicos, potentes precedentes de todas las formas posibles de vida que se vieron abiertas a existir en toda la historia del vivir. El Silencio, rey y guardián de los cristales y minerales, era el encargado de mantener un equilibrio magnético y emocional entre las especies, además de regularizar la entrada y salida de los variados creadores, quienes osaban a cruzar la línea del universo para llegar al Imaginarium y elegir un exquisito surtido de elementos para dar orígenes a formas derivadas de vida y bajo sus propias condiciones de creación. Un sistema perfectamente armado y retenido de cualquier degradación que El Tiempo podría aportar ante sus ojos.

En determinado punto de la trayectoria del planeta, El Silencio se encontraba algo despistado y no notó que desde lo lejos se aproximaba un humilde viajero, longevo y colosal, casi del porte de un monolito. El gigante barbudo se apresuraba para ingresar en el aura del planeta en busca de un sitio para refugiarse y recuperar fuerzas luego de varias hazañas por eludir los ataques de la polilla. En su cansancio, el vejestorio no emitió ruido alguno al aterrizar; tan solo al poner sus pies llenos de partículas estelares, el planeta emitió un mensaje de advertencia y amor, el gigante se encontraba en peligro. Si bien los conocimientos de este personaje eran inmensos, sus energías estaban ya bastante agotadas y una lucha con El Silencio le sería imposible, sin embargo poseía un apoyo anónimo de la Lepisma, que iba siguiendo sus pasos desde su cuna, pues la historia que se venía trenzando le parecía inmensamente entretenida y diferente en comparación con la de otros tantos creadores y dioses del existir. En cuanto el gigante encontró un silencioso refugio, una deliciosa gruta de cuarzo ruborizado, una pata de la Lepisma se estiró desde lo más lejano e impactó con una pradera de cobre. El impacto fue tal, que todos los creadores que estaban cosechando minerales se desmayaron del susto, mientras que El Silencio se estremeció hasta perder la noción de tiempo y espacio. El gigante, sin entender mucho, se había levantado de su lugar mucho antes del evento, pues ya poseía un extraordinario instinto para reaccionar ante cualquier aparición que la Lepisma podía hacer en su minúscula vida; al ver la infinita pata del insecto corrió hasta el lugar que apuntaba la extremidad e hizo un esfuerzo por esquivar los agudos proyectiles de cobre que salieron disparados del lugar. De pronto, entre todo este caos terracota, el vejete pudo observar con claridad cómo es que la pata de la Lepisma había agarrado algo desde una profundidad perturbadora y comenzaba a jalarlo con ligereza desconcertante; la escena, que en un momento fue una catástrofe cualquiera, se convirtió en una espectacular lluvia de agujas de cobre y, desde el ápice de la pata, se aproximaba un bosque de dendritas que terminó por cubrir todo el radio visible del gigante. Él no se limitó a reprimir sus sensaciones ante la increíble transición montada por aquel ser superior, y entonces notó su error al romper el silencio que El Silencio cuidaba; este guardián volvió en sí y, aun desconociendo aquel novedoso y lejano bosque de curiosas piedras, se internó en él con tal de suprimir al intruso. Una persecución muda se reía de los torpes movimientos de los dos jugadores en el frondoso lecho de piedras dibujadas, las formas arbóreas bailaban ante las sordas percusiones de los estelares pies del viejo y los pesados bostezos de los mil pies de El Silencio. Paredes, quebradas, ríos de oro, acantilados, cascadas de bromo, pilares hierro y unos cuantos lagos de mercurio fueron tan solo parte de las pistas que llevaron a la presunta presa hacia su destino: un monolito de ónix. Siguiendo su instinto, el gigante se sentó frente a la grandiosa y ominosa figura y comprendió el catastrófico silencio que tenía tal mineral en su corazón. Su boca se abrió y las frecuencias se dignaron a desfilar en conjunto con una compleja modulación, sílabas ancestrales e historias de antaño fueron el único recurso que restaba para el gigante, además de su poderosa retención de los nervios ante el posible final que se acercaba a sus espaldas. El Silencio finalmente encontró a su presa por obra y gracia de los maravillosos y sentimentales cantos que emitía, pero justo antes de concluir con su ruidosa vida, el monolito de ónix extendió veinticuatro extremidades y se dividió en tres ovaladas arañas de pulida presencia, estos preciosos arácnidos envenenaron al predador muy ágilmente y le devoraron en un mismo instante. El silencio fue pagado con silencio, los metálicos octópodos terminaron con una urticante tradición que mantenía limpia la raza mineral y cristal de todas las impactantes historias que venían por detrás de algún creador y su ambiciosa empresa por crear vida y un mundo entero bajo sus yemas.
Una estrella fugaz anunció la nueva época en el Imaginarium, sólo entonces el gigante y sus tres lustres servidores decidieron continuar con los caminos invisibles que unían la sangre de una galaxia con otra. Cada vez que el instinto de pertenencia despertaba en cada una de las arañas significaba que se aproximaban a un yacimiento de monolitos de ónix, repartidos aleatoriamente y dispuestos elegantemente en algún santuario de las tan variadas naturalezas a las que los viajeros tuvieron el lujo de visitar. Cuando el número de servidores ascendió a mil, el numero último de monolitos de ónix, celebraron con una gran historia: la grandiosa imaginación de un ser que se entregó a la realidad por escuchar a  la Lepisma y la inacabable curiosidad benévola de miles de ponzoñosos minerales enamorados de las cosas que hacían ruido por todo el universo. De allí que su naturaleza metálica les permitía absorber cuanto conocimiento se encontrara en las laderas de las posibilidades y en las grietas del tiempo.

jueves, 6 de marzo de 2014

La médula del mundo


Xólotl, convertido en una especie de anfibio, logró hacerse camino entre los ponzoñosos e inmensamente frondosos bosques submarinos de coral. El guerrero había venido desde la antípoda de la Médula del mundo con tal de encontrar el huevo que una vez, en un tiempo remoto, un asteroide había depositado en el cráter de ese volcán que dio origen a todos los continentes.