Se cuenta por los altiplanos del mundo, que absolutamente todos los nidos de nubes están conectados, y aquellas aves que las incuban invitan al viajero a que se pierda entre las paredes pétreas y las agujas de viento. Los puertos hacia las estrellas están siempre abiertos entre túnel y túnel. Los colores son de lo más vistosos y dolorosos. Allí, en todos los altiplanos, aloja una paleta de sensaciones monstruosas que suelen dormir en la tundra, en el desierto y en las montañas, día y noche, esperando recuperar energías para partir nuevamente y lanzarse de un salto al manto. Cada uno de estos gigantes no tiene más arma que el miedo, cada uno de sus poros invisibles dispara miedo a los ojos de cualquier cráneo y desata los terrores del alma. Sin embargo, el viajero debe seguir los pasos del ápice de un río, debe seguir el aliento de la vida que elige nacer justo donde las sombras beben de la noche. Se cuenta por los altiplanos del mundo que las colinas y las dunas se repiten en el mundo, que están duplicadas, triplicadas y nadie lo sabe, nadie lo sabe porque han hecho un pacto de silencio con las hierbas: otorgamos nuestro secreto a aquel cuyas raíces alcancen el corazón del planeta, y en sus magmáticas emociones no cedan de vivir, a cambio de un lugar donde proliferan los más curiosos pólipos astrales.
jueves, 3 de julio de 2014
Antípodas
Se cuenta por los altiplanos del mundo, que absolutamente todos los nidos de nubes están conectados, y aquellas aves que las incuban invitan al viajero a que se pierda entre las paredes pétreas y las agujas de viento. Los puertos hacia las estrellas están siempre abiertos entre túnel y túnel. Los colores son de lo más vistosos y dolorosos. Allí, en todos los altiplanos, aloja una paleta de sensaciones monstruosas que suelen dormir en la tundra, en el desierto y en las montañas, día y noche, esperando recuperar energías para partir nuevamente y lanzarse de un salto al manto. Cada uno de estos gigantes no tiene más arma que el miedo, cada uno de sus poros invisibles dispara miedo a los ojos de cualquier cráneo y desata los terrores del alma. Sin embargo, el viajero debe seguir los pasos del ápice de un río, debe seguir el aliento de la vida que elige nacer justo donde las sombras beben de la noche. Se cuenta por los altiplanos del mundo que las colinas y las dunas se repiten en el mundo, que están duplicadas, triplicadas y nadie lo sabe, nadie lo sabe porque han hecho un pacto de silencio con las hierbas: otorgamos nuestro secreto a aquel cuyas raíces alcancen el corazón del planeta, y en sus magmáticas emociones no cedan de vivir, a cambio de un lugar donde proliferan los más curiosos pólipos astrales.
lunes, 23 de junio de 2014
Tres párpados
Cuentan las orugas que por entre las metamorfosis se esconden extraños seres que se alimentan exclusivamente del amor con que está hecho cada capullo, alterando las cartas preparadas por El Futuro de una manera caótica y no menos bella que como El Tiempo habría propuesto. De aquellas personalidades poco se conoce, sólo se sabe dos ínfimas semillas de ellos: que tienen origen en cuanto algún humano intenta dar una explicación ofensiva al mundo, ofensiva porque su explicación es del tamaño de su cráneo; y que aquellos seres nacen de los frutos esporádicos de algunos ríos inéditos: el Shajarat-al-Hayat, Phoenix dactylifera, Acacia d'Terené. ¿Qué relación tienen estas aguas xerófitas con las húmedas orugas? Yehoshua no comprendió las palabras que la voz del planeta pronunció en respuesta; ni la voz del padre sol, ni la voz de la madre luna, ni la voz de la ráfaga, ni la voz del silencio, ni la voz de la soledad, ni la voz del equilibrio, ni la voz de la justicia pudieron formular una respuesta legible ante la duda del viajero.
Cuenta la mitología Lepidoptense que las historias sobre estos seres metamórfagos dieron lugar a una de las más curiosas historias de las mariposas. Ocurre que desde que aquellos ríos verticales comenzaron a dar frutos, al menos uno de estos personajes se escurría por los desiertos y daba lugar a los cereales, que en toda su existencia bebían del Nilo, y llegaba hasta los suculentos tallos, dormía entre las pálidas raíces hasta que las mariposas llegasen a dejar sus crías bajo el cuidado de Madre Verde. Si bien los cereales del Nilo estaban relativamente cerca de las fuentes de estos seres, había algunos que cruzaban océanos completos, creían las orugas que lo hacían construyéndose diminutas embarcaciones con la tela del mar y los huesos de moluscos. Pero, a pesar de ello, las historias que lograron cambiar en la exótica selva amazónica, en las selvas indias, en las selvas australianas, en los extremos dependientes de la primavera o en las islas dependientes del magma, nunca una historia de intervención sería tan alternativa como la que Yehoshua escuchó un día, cuyo origen partió un día que se encontraba sentado a las orillas del Nilo -y en busca de los Jardines de Babilonia- por parte de las orugas egipcias:
"Desde hace más de mil soles rojos, llegaron los Usiros a comerse uno de nuestros capullos de amor, uno cada eclipse, sin dejar morir a la transición que le aguardaba dentro. Conozco una hermana, hija de la Madre Verde del nuevo lago Nubia que puede contarte más. Mueve rápido la piel dura de tus pies, que la época de la metamorfosis se apronta a la velocidad del mundo."
Yehoshua dejó de lado su búsqueda principal, corrió por entre el desierto en busca de que las masas de agua se ensanchasen para dar lugar, tempranamente, al escupe artificial. Allí, cada una de las orugas dentro de sus propios capullos, sólo dejando la mitad de su cuerpo al aire, respondieron ante la duda de Yehoshua, todas al unísono, porque todas eran una:
"Desde hace más de mil soles rojos, uno de los Usiros se comió el capullo de una hermana criada por una Madre Verde en Ukerewe. Nuestros ancestros creyeron que ese Usiro estaba confundido por la época, no era el ciclo que presentaría un eclipse en el manto. Sin embargo, para sorpresa de todos, el Usiro se puso a cantar una agradable melodía mientras comía el capullo de una hermana. El manto se llenó de cicatrices de color doloroso y se movían de extremo a extremo como si fuesen peces, como si nuestro manto hubiese sido nada más ni nada menos que uno de los bellos criaderos de cereales lanzados con fuego y viento ante sus fugaces ojos. Nos debemos ocupar de lo nuestro, contarte esta historia nos ha dejado a todas exhaustas. Por el corazón Nilo Blanco puedes aprender un poco más."
Yehoshua comprendió que no había posibilidades de llegar al corazón del Nilo Blanco antes de que finalizara la metamorfosis y todas las mariposas eludieran contarle la verdad. Le pidió entonces al tiempo que fuera piadoso de él, a lo que éste le respondió
"Todo a su tiempo."
Yehoshua, con sus pies sangrantes, pero con la mente vívida, llegó al atardecer a un gran banco de aguas tranquilas habitado por cereales y allí le esperaban capullos de oruga con cara culpable. Para su suerte una colonia de luciérnagas había sido notificada fragmentos de vida antes y acudieron al rescate de Yehoshua. Primero levantaron una muralla de esperanza ante sus ojos y pronto comenzaron a susurrar una por una, cada una llevaba una sílaba entre sus alas y un acento ácido entre sus lámparas, al tiempo que lo obligaban seguir corriendo:
"De a poco, aquella oruga intervenida por el atrevido Usiro, comenzó a permutar, cada una de sus unidades tomó un aspecto de tierra húmeda, parecía nacida del barro. Sus ojos comenzaron a tornar un camino más arisco ante el mundo y su trompa se extendió hasta concluir en una nariz, sus numerosas patas se redujeron a cuatro. El espanto reinaba en aquella cuna de cereales, pero la curiosidad pudo más, pues ninguna de las orugas detuvo su proceso, ninguna pegó el ojo en la completa metamorfosis, y ninguna extendió sus alas hasta que la intervención del Usiro hubiese presentado su obra de arte lo más claro posible."
Yehoshua enlentecía su paso, iba cruzando la pantanosa región de Sudd con miedo en los hombros, por las mentiras que podrían entrar entre las heridas de sus pies, los prehistóricos dientes y las toscas pezuñas que podían pulverizar su empresa. Las luciérnagas, estrellando su oscuro camino, le intentaban tranquilizar:
"Yehoshua, concéntrate en tu camino, que el pantano levanta árboles y cocodrilos para hacer de la sombra un tanto más sombría; el sol se aparea con la luna y un eclipse eterno indica que vas en el correcto camino. Voluntad, voluntad, voluntad, voluntad."
Las luciérnagas se alinearon con tal de marcar el camino que Yehoshua debía recorrer para cruzar la pradera hostil, la humedad acabó con la luz y pronto las hierbas de los alrededores comenzaron a engrandecerse, a expresarse, la sombra asustaba los pies cicatrizados del viajero con tal de hacer más interesante su viaje hasta Mobutu Sese Seko. Las hojas infinitas, germinadas en la saliva del río hacían que la tierra aparentara más de lo que ya era; las frecuencias hídricas eran cada vez más sospechosas, el palpitar de algunas pieles se paseaban por las cavidades óseas de Yehoshua y le hacían temblar. El calor, el miedo, el silencio y todo ese ruido mudo hacieron tambalear la vida del viajero, pero las palabras de El Tiempo y el apoyo de las luciérnagas lograron que las lágrimas se secaran en su parda piel y las modulaciones resonaron una vez más en sus sentimientos:
"No temas, no te ahogues, respira por entre tus propios suburbios pulmonares y allí la encontrarás."
"¿Encontrar qué?"
"La pradera, la inmensa pradera."
"La prudencia, la inmensa prudencia."
La luz de las luciérnagas se hizo inmensa por entre toda la planicie, la luz de ellas mismas se convirtió en pradera, y la pradera permutó en orogénesis: nacieron entonces las montañas que arruyaban el lago Ukerewe. La transición, hizo que Yehoshua olvidara la racionalidad de su empresa y siguiese la voluntad del camino, la luna y el sol se confabularon para enseñarle al viajero la gracia del eclipse, la alucinación temporal y espacial del pantano y la sangre etérea del Nilo.
Allí mismo en el lago Ukerewe, el sol y la luna seguían eclipsados, pidieron a Yehoshua que les mirara a los ojos en el reflejo del agua y entonces continuarían con la historia:
"Los árboles sagrados han de beber de la tierra porque quieren imitar a los ríos, sus aguas se vuelven sagradas cuando por sus gargantas han de pasar. Pósate encima del agua, vamos, en el ciclo de hoy tienes permiso para no hacerle reverencia al éter líquido y mediante él te llevaremos a donde tu pregunta te ha traído. Toma consciencia de todo el viaje que has emprendido, ninguna palabra de color has traído como recuerdo de todos los espirales vitales que has presenciado, Yehoshua, anima tu fuego azul."
Yehoshua con timidez puso sus pies heridos, ya negros, en las aguas del magnífico lago. El reflejo de las montañas se estremeció, pero el reflejo del eclipse continuó ahí sin bacilar un segundo. Una vez puesto encima, un mismísimo Usiro salió de su pecho y escaló hasta el agua, para alcanzar el cielo, y al mezclar su negra piel con el piso del paraíso se dio lugar al enraizamiento en los pies de Yehoshua. Millones de paletas de colores dieron lugar a la palma de Judea por el vientre de sus pies, del pecho de sus talones surgió una Acacia infinita y de la coronilla de sus dedos nació la excelsa Proposis y sus brazos extendidos nublaron toda vista.
"La personalidad de la oruga ya no era cuadrada, era triangular. El espectáculo trajo a las mariposas de toda Ityop'iya, llenaron de una sensación policromática aquella humilde cuna de cereales. "El Nilo entero tirita" decían, "Escuchamos un himno áspero" decían. El capullo se hizo huevo, teniendo media oruga afuera, y luego medio reptil en su lugar. El Usiro, gozoso de su grandiosa y muda obra sorprendió a todas las tierras altas y al mismísimo lago T'ana. Cada capítulo de su cuerpo era un recuerdo del pasado, un ataque del remordimiento: de cara a las estrellas, poseía montañas en todas sus regiones; en honor a la tierra, llanuras y humedales. Sus ojos, dotados de historias astrales, se encontraban bajo tres párpados que protegerían al animal de las ponzoñosas emociones que pudiesen entrar por su vista; de la misma manera ocurrió con su pétrea y pantanosa piel, con sus impíos y hostiles dientes. El Usiro dijo entonces, cuando los tres párpados se abrieron ante la implacable llave del amor: "Sobek! ¡Hijo del hierro espacial, hijo del meteorito; arrasa con tu paso a toda la irrealidad y que todos tus hijos sean benditos!" y se marchó. Cada una de las unidades colorías de Ityop'iya se despojó de su lugar con el secreto entre sus frágiles alas y caprichoso revoloteo: "¡Una oruga es ahora el rey de los Sucos!". El gran cocodrilo despegó sus patas de aquella Madre Verde y se lanzó al agua dulce, sabiendo que su destino era el mar. Navegó todo el Nilo río abajo, llevándose consigo todos los miedos, todos los prejuicios para que los de su raza fuesen todos respetados, todos benerados. Una vez allí, ante el portón del mar. Dió la vuelta y miró, con su ojo izquierdo, con sus tres párpados abiertos y la llave del amor puesta en su lugar, al ojo derecho de Yehoshua, quien creyéndose víctima de una alucinación en su búsqueda de los jardines de Babilonia, encontró Sobek bajo sus pies descalzos. El viajero, despertando de sus espasmos, se hizo consciente de haber sentido el flujo de las pacíficas aguas, las tormentosas cataratas y todas las bellísimas formas de vida que hacen de un río más ríos. Ríos nómadas y ríos sedentarios."
En el lomo del cocodrilo de mar se encontraba Yehoshua, sus pies ya no estaban sangrando. Mientras intentaba hacer encajar con su razón el hecho de que su búsqueda de Babilonia, juzgado desde un principio como onírico por sus pares, no era más que una frágil ala de polvo en comparación con su traslación temporal por entre los engorrosos caminos de los cereales. Sobre la loma del infinito cocodrilo, fue depositado él, en un valle de escamas que le permitía llegar a la rivera y también a las sinceras edificaciones en el cuerpo del animal. Las humildes viviendas, hechas enteramente de flores de piedra, alojaban a los Usiros y sus respectivas vidas. Yehoshua recorrió los pasillos del valle escamoso, las galerías de ofrendas pintadas y ofrendas contadas por las laderas de piel; se acercó al colosal cráneo de Sobek y con el cuerpo le hizo una pregunta, él le respondió. Yehoshua siguió la instrucción del cocodrilo y le contó el cuento entero de cómo le encontró. Dijo: "Cuentan las orugas que por entre la metamorfosis...", "...", "...".
Cuando hubo terminado su relato, una exquisita sensación se posó por encima de la muerte del Nilo, las nubes que imitaban los habitantes del pasado se comenzaron a pasear por el infinito mar de estrellas y la luna y el sol terminaron su apareamiento, el día se hizo de nuevo. Se sentó justo entre los dos ojos, los demás Usiros hicieron lo mismo, traían ofrendas a su hogar y una fracción para ellos: una cena con cereales. Arribó entonces el cocodrilo al portón del mar y cada uno de los presentes se hizo parte de la obra, Madre Verde se despidió de ellos, como se despide cada vez que el cuento se cuenta, y para que el cuento se cuente nuevamente, mil soles rojos han de cruzar; Sobek se sumergió y en el trayecto a lejanos jardines en el fondo del mar, cada uno de los residentes esparció su cena de semillas por los flujos del infinito mar, dejando estrellas repartidas por todo lugar, que ninguna esperanza se quedara hambrienta de miedos.
viernes, 11 de abril de 2014
El origen de los fósiles
Entre los tépalos del sol se aloja una sombra incalculable,
allí se encuentra el envés de la vida que se nutre de los reflejos del
universo. Cuarenta y ocho diminutas estrellas caminaron por cada uno de las ominosa quebradas y fueron entre la opaca tierra fueron escupiendo esporas por cada una de sus azules risitas, cada
una de estas dichas se entregaba a la gravedad de la incandescente flor y
proliferaba en forma de un negro hongo por donde aquel desfiladero le
permitiese, formando frondosos bosques de elegante sentimiento. Mientras los
infantes corrían por toda la cañada, partículas de sus rocosos huesos caían y
una vez en el suelo se declaraban sembradas; el cultivo de piedras en los
tépalos del sol correspondía a la nueva generación de planetas de dicha
galaxia, abrigados por el conocimiento del padre y germinando cada eclipse con
las caricias lunares de la madre. Por encima de piedras y hongos se pasean
nubarrones de marcada personalidad, nubes que todos los días rinden honor a los
trilobites que, en rechazo del ruido, abandonaron la tercera galaxia; las
vaporosas imitaciones fingen garrapatear por encima de las magnas piedras
haciéndolas parecer apenas guijarros, y los densos bosques fúngicos hacen del
paisaje un agradable susurro con aires de musgo. De hongos y piedras se compone este infierno negro, pero
luego se descubre que las quebradas con ponzoñosos caminos desembocan en el
aliento primo de esta curiosa sociedad. Allí donde se extienden la raíz de cada
tépalos del sol se encuentra una meseta en inversa y en el más profundo de los
escalones yace el mar seco, y el corazón del mar seco aloja el corazón
magmático del sol, condimentado con las turquesas aguas madres de todo el
espiral planetario y las esmeraldas aguas padres de los soles pasados. En la
costa de esta curiosa laguna se levantan monolitos de arena y en cada uno de
ellos la esperanza de cada niño estrella, llegaron muy tarde para vigorizar el
canto que los trilobites remotos siguieron hace cinco millones de años. ‘Cruzamos el espejo después del ruido,
nuestra vida requiere de música’ escriben en su paso aquellas nubes
imitando la última frase de los colonizadores fractales, motivando a la
nostalgia del espiral entero porque no descubrieron el minuciosamente armónico
detalle que tejieron detrás del sol, entre sus melódicos témpanos. Por su
parte, los niños estrella dibujaron trilobites en la tierra, se pintaron de
pena y de amargo, porque no pudieron escuchar las metálicas disonancias de una
gloriosa batalla.
Cada mañana, cuando el sol abre sus ojos, el espiral también despierta y el tiempo vuelve a correr. La flor se abre y de cada tépalo nace un Bennu que extiende sus infinitas alas para emprender el vuelo, llevando a luz a todos los rincones por si encuentra rastro de algún trilobites, o bien, cantando los doce nombres del sol para que hasta los sordos escuchen la súplica y emprendan viaje a la búsqueda, la única condición para realmente vivir. Y el sol no sabe, curiosamente que los añorados señores gustan de la música intensa pero opaca, aquella que no se vende a la luz de los ojos, aquella que germina con las caricias de la luna, aquella que crece entre las quebradas, aquella tan intensa que hace un mar entero algo seco, aquella que garrapatea entre los guijarros y huele a musgo; el sol se ha olvidado que es en el desierto, tan insolado, yacen las notas minerales que con la sombra y el envés de la vida hacen vibrar los armónicos corazones del instinto de los trilobites.
Cada mañana, cuando el sol abre sus ojos, el espiral también despierta y el tiempo vuelve a correr. La flor se abre y de cada tépalo nace un Bennu que extiende sus infinitas alas para emprender el vuelo, llevando a luz a todos los rincones por si encuentra rastro de algún trilobites, o bien, cantando los doce nombres del sol para que hasta los sordos escuchen la súplica y emprendan viaje a la búsqueda, la única condición para realmente vivir. Y el sol no sabe, curiosamente que los añorados señores gustan de la música intensa pero opaca, aquella que no se vende a la luz de los ojos, aquella que germina con las caricias de la luna, aquella que crece entre las quebradas, aquella tan intensa que hace un mar entero algo seco, aquella que garrapatea entre los guijarros y huele a musgo; el sol se ha olvidado que es en el desierto, tan insolado, yacen las notas minerales que con la sombra y el envés de la vida hacen vibrar los armónicos corazones del instinto de los trilobites.
viernes, 21 de marzo de 2014
9. Las mil arañas neuronales
En el planeta
de los Sabios Pilares habitaba un sinnúmero de minerales y cristales
de diferentes especies que proliferaban como monolitos en toda la piel de la
esfera. Este lugar correspondía a una de las tantas partículas de cultivo en la
zona del Imaginarium de la misma Lepisma, y en esta exclusiva parte del
universo se daba lugar a los primordios inorgánicos, potentes precedentes de
todas las formas posibles de vida que se vieron abiertas a existir en toda la
historia del vivir. El Silencio, rey
y guardián de los cristales y minerales, era el encargado de mantener un
equilibrio magnético y emocional entre las especies, además de regularizar la
entrada y salida de los variados creadores, quienes osaban a cruzar la línea
del universo para llegar al Imaginarium
y elegir un exquisito surtido de elementos para dar orígenes a formas derivadas
de vida y bajo sus propias condiciones de creación. Un sistema perfectamente
armado y retenido de cualquier degradación que El Tiempo podría aportar ante sus ojos.
En determinado
punto de la trayectoria del planeta, El
Silencio se encontraba algo despistado y no notó que desde lo lejos se
aproximaba un humilde viajero, longevo y colosal, casi del porte de un
monolito. El gigante barbudo se
apresuraba para ingresar en el aura del planeta en busca de un sitio para
refugiarse y recuperar fuerzas luego de varias hazañas por eludir los ataques
de la polilla. En su cansancio, el
vejestorio no emitió ruido alguno al aterrizar; tan solo al poner sus pies
llenos de partículas estelares, el planeta emitió un mensaje de advertencia y
amor, el gigante se encontraba en peligro. Si bien los conocimientos de este
personaje eran inmensos, sus energías estaban ya bastante agotadas y una lucha
con El Silencio le sería imposible,
sin embargo poseía un apoyo anónimo de la
Lepisma, que iba siguiendo sus pasos desde su cuna, pues la historia que se
venía trenzando le parecía inmensamente entretenida y diferente en comparación
con la de otros tantos creadores y dioses del existir. En cuanto el gigante
encontró un silencioso refugio, una deliciosa gruta de cuarzo ruborizado, una
pata de la Lepisma se estiró desde lo
más lejano e impactó con una pradera de cobre. El impacto fue tal, que todos
los creadores que estaban cosechando minerales se desmayaron del susto, mientras
que El Silencio se estremeció hasta
perder la noción de tiempo y espacio. El gigante, sin entender mucho, se había
levantado de su lugar mucho antes del evento, pues ya poseía un extraordinario
instinto para reaccionar ante cualquier aparición que la Lepisma podía hacer en su minúscula vida; al ver la infinita
pata del insecto corrió hasta el lugar que apuntaba la extremidad e hizo un
esfuerzo por esquivar los agudos proyectiles de cobre que salieron disparados
del lugar. De pronto, entre todo este caos terracota, el vejete pudo observar
con claridad cómo es que la pata de la Lepisma
había agarrado algo desde una profundidad perturbadora y comenzaba a jalarlo
con ligereza desconcertante; la escena, que en un momento fue una catástrofe
cualquiera, se convirtió en una espectacular lluvia de agujas de cobre y, desde
el ápice de la pata, se aproximaba un bosque de dendritas que terminó por
cubrir todo el radio visible del gigante. Él no se limitó a reprimir sus
sensaciones ante la increíble transición montada por aquel ser superior, y
entonces notó su error al romper el silencio que El Silencio cuidaba; este guardián volvió en sí y, aun
desconociendo aquel novedoso y lejano bosque de curiosas piedras, se internó en
él con tal de suprimir al intruso. Una persecución muda se reía de los torpes
movimientos de los dos jugadores en el frondoso lecho de piedras dibujadas, las
formas arbóreas bailaban ante las sordas percusiones de los estelares pies del
viejo y los pesados bostezos de los mil pies de El Silencio. Paredes, quebradas, ríos de oro, acantilados, cascadas
de bromo, pilares hierro y unos cuantos lagos de mercurio fueron tan solo parte
de las pistas que llevaron a la presunta presa hacia su destino: un monolito de
ónix. Siguiendo su instinto, el gigante se sentó frente a la grandiosa y
ominosa figura y comprendió el catastrófico silencio que tenía tal mineral en
su corazón. Su boca se abrió y las frecuencias se dignaron a desfilar en
conjunto con una compleja modulación, sílabas ancestrales e historias de antaño
fueron el único recurso que restaba para el gigante, además de su poderosa
retención de los nervios ante el posible final que se acercaba a sus espaldas. El Silencio finalmente encontró a su
presa por obra y gracia de los maravillosos y sentimentales cantos que emitía,
pero justo antes de concluir con su ruidosa vida, el monolito de ónix extendió
veinticuatro extremidades y se dividió en tres ovaladas arañas de pulida
presencia, estos preciosos arácnidos envenenaron al predador muy ágilmente y le
devoraron en un mismo instante. El silencio fue pagado con silencio, los
metálicos octópodos terminaron con una urticante tradición que mantenía limpia
la raza mineral y cristal de todas las impactantes historias que venían por detrás
de algún creador y su ambiciosa empresa por crear vida y un mundo entero bajo
sus yemas.
jueves, 6 de marzo de 2014
La médula del mundo
Xólotl, convertido en una especie
de anfibio, logró hacerse camino entre los ponzoñosos e inmensamente frondosos
bosques submarinos de coral. El guerrero había venido desde la antípoda de la Médula del mundo con tal de encontrar el
huevo que una vez, en un tiempo remoto, un asteroide había depositado en el
cráter de ese volcán que dio origen a todos los continentes.
miércoles, 30 de octubre de 2013
Hexa-compuestos
sábado, 19 de octubre de 2013
8. El gigante barbudo
Es el hombre del que jamás se supo
una historia, de él nadie podría hacer referencia o simbolismo alguno. Cuando
alguien se pregunta sobre las grandes personas y obtiene una respuesta, es
porque aquellas entidades tuvieron un sagrado límite en el mundo, tan pequeño
fue su avanze que toda la humanidad podía todavía describirlos. Sin embargo,
este hombre se atrevió a lanzarse más allá de los dioses, más allá de su
planeta, más allá de su orgullo y más allá de su galaxia. El gigante barbudo superó toda creencia que
en Xeah-Sio, su tierra, le habían
propuesto, se entregó a la realidad y en ella vive. Si de algo se arrepiente es
de no haberse dado cuenta antes de las ilimitadas capacidades del existir, y de
los inmensos portones que hay que cruzar para alcanzar al completo ser. La
vejez le había atacado hasta cierto punto, la
polilla le había besado casi toda la nuca, pero esa ínfima porción de
vitalidad que le quedó en lo más recóndito de las esquinas cerebrales logró
mantener en pie al bípedo de curiosa arquitectura.
Yo-yo le
nombraron sus tres progenitores. Su pálida cara y los lunares marrones bajo su
par de ojos eran un augurio de grandísimo ser. Para toda la comunidad, este
niño era la vívida imagen de un visionario religioso, mas nadie logró
identificar un tercer lunar en las laderas de su nuca. Tal como una semilla, se
fue desarrollando lentamente en el único continente de Xeah-Sio, jugaba con las
verdosas aguas y el liviano aire, se entregaba a los carnosos prados de
vegetales similares alas anémonas y luego, por la tarde, volvía a su hogar para
la cena y la adoración a los santísimos. El planeta entero era una utopía que
era visitada frecuentemente por los quince dioses que dieron lugar a la vida en
éste, un infértil astro.
Las historias que contaban los dioses
y deslumbraban al continente entero por días y noches no fueron suficientes
para Yo-yo: él sentía, por alguna razón, que todavía había más. El joven tenía un sentido más desarrollado
que cualquiera de sus benditos pares, aquella cualidad le significaría un
peligroso camino hacia la proliferación propia, tal como ocurre con un fruto
cuando deja al árbol, una caída extremadamente ominosa y solitaria. Sus
latentes cuestionamientos le llevaron al roce de la muerte por un descuido en
sus jugarretas a las orillas del lago que correspondía a su tumba; la polilla comenzó a besar la nuca de
Yo-yo mientras éste se ahogaba, sin embargo olvidó el insecto que el lunar de
su nuca también era parte del cuello. El accidente cavernoso en la nuca de
Yo-yo le despertó la consciencia cuando ya estaba llegando a las profundidades
de la masa de líquido, entonces volteó y vio claramente a la polilla y su
mortal existencia. Ella no tuvo más que escapar, volver por donde vino,
grandioso error, pues el muchacho logró visualizar las articulaciones del
originador de todo, el humilde creador de todo lo que cabe dentro de la mente y
lo que no también, la lepisma. Aquel
lunar correspondía nada más que una pista astral de una estrella, su futuro
hogar, al cual nadie, con excepción de él, podría llegar. La polilla desconocía lo que las existencias no hubiesen recorrido,
si aquel jovencito lograse llegar a algún lugar desconocido por ella,
salvándose de su mortalidad, entonces se convertiría en un ser tan colosalmente
poderoso como lo es ella. La lepisma,
ante tan curiosa situación, no hizo más que regocijarse con lo inesperado de la
situación; batió sus extremidades una vez más para zamarrear los últimos restos
de incredulidad de la mente del muchacho.
La metamorfosis ha comenzado, el
capullo del niño se había ubicado en un terreno inmensamente hostil, asechado
constantemente por la polilla. Ni los
dioses ni sus pares tenían significancia en esta peligrosa carrera. El joven se
hizo hombre, y el hombre se hizo viejo. Yo-yo tardó muchísimo en encontrarse,
las dificultades vitales que proponía la
polilla a lo largo de su empresa eran tales que cada segundo que pasaba era
una inmensa batalla entre el uno y el otro y, a pesar de ello, el
muchacho-hombre-vejestorio aprendía bastante con cada golpe que le daba al
insecto, ese polvo color ocre que despedían las eternas alas del hexápodo
contenían toneladas de conocimiento. Ya era bastante viejo cuando Yo-yo
descubrió en si mismo su nombre, entonces se lanzó al centro del planeta,
gracias a la millonada de cosas que ya había aprendido y dominado, para beberse
el elixir gravitatorio de ese mundo, recuperaría de esta manera la energía
invertida en toda su primera batalla. Aunque destruyó el planeta por completo,
al digerir la masa unificadora de éste, prometió a toda la flora y fauna que se
había cultivado en ese lugar un futuro mejor, los engulló también, pero en los
pliegues de su memoria. “Hoy mi mundo,
mañana el cielo.”. El vejete partió su caminata hacia el astro dibujado en
su nuca y en su viaje cósmico era acompañado de su más grandiosa creación, un
homúnculo fusiforme dotado de ocho extremidades y un exoesqueleto de escamas
imbricadas compuestas por ónix fundido, la
araña neuronal. Así como los seudópodos, este arácnido metálico recogía
toda la información que el hombre, por su avanzada edad, no podía recoger del
universo. A medida que avanzaban por las galaxias y senderos de hidrógeno, el
viejo aumentaba su tropa al recoger ónix de los planetas que adornaban los caminos.
Una araña instruía a la otra y ésta a la siguiente, de pronto un ejército de
mil arácnidos estaba bajo la orden de viajero, quien les pagaba sus servicios
con tres simples cosas: “Muchísimas
gracias, queridísima mía!”, “Lo has
hecho bien, hermosa mía!” y, por sobre todo, “Había una vez...”. Los maravillosos cuentos que formulaba el
vejete hacían que sus hijos metálicos, octópodos sinápticos, se motivaran en buscar más información por
todos los lugares para que el señor de la palabra diera origen a algo que no se
encontraba en ningún otro lugar del universo, algo comparable a las capacidades
de la lepisma, la imaginación. Tal
era el trabajo de las arañas que el viejo se sentía inmensamente en deuda y, a
la vez, tal era lo magnífico de sus cuentos, que las arañas, por su parte, se
sentían inmensamente en deuda también. De esta manera, el viaje hacia el astro
se volvió más cómodo y agradable, donde en un principio era una única araña la
que dejaba sus labores para ahuyentar los molestos revoloteos de la polilla. Ahora un ejército entero
estaba al tanto de los movimientos del coleóptero. La guerra entre el veterano
y el insecto comenzó aquel día en que los dos guerreros encontraron yacimientos
de polvo sempiterno, aquellos eran pequeñas acumulaciones de imaginación
provenientes de la infinita imaginación de la
lepisma. Tal era la dificultad de obtener estos pobres materiales, que al
obtenerla uno de los dos batallantes, obviamente después de una ardua búsqueda
y una probable pelea por ello, se rendían homenaje el uno al otro para
demostrar el respeto por las grandiosas capacidades que cada uno había logrado
alcanzar.
El astro plasmado en la nuca del
viejo concluyó su misión una vez que el ejército de las mil arañas neuronales y el amo de estas
arribaron al más bellísimo planeta mineral, Xibalbá.
Allí, el veterano pudo descansar, almacenó todos sus conocimientos en el centro
gravitacional del cuerpo celeste y liberó un montón de demoniacas entidades a
los alrededores del huevo para que custodiasen la valiosa información recogida
por todo el inacabable universo. La mítica flora y fauna de su primitiva
cultura se pegó en las laderas de planeta y proliferó como vapor en el frío.
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