No sé cómo empezar. Tal vez las nubes que me llevaron
al paradero de esta fémina tan hermafrodita podrían ser un buen punto de
partida. Mejor es partir por los trozos de verde y ponzoñoso que se apoderó de
mis pulmones, enfrascados por mi crujiente exoesqueleto. Incluso es mejor
partir por el momento en que uno de mis tentáculos se separó tanto del otro que
dejaron de percibir la misma realidad, como espasmo del envenenado aire. A
veces, creo que es mejor comenzar diciendo que uno de mis ojos terminó
visualizando al cielo, esa degradante cadena de clores sometida a los bochornos
de la atmósfera y la humedad que irrita. No, prefiero empezar el relato contando
que el otro ojo atravesó la barrera de lo ordinario y terminó visualizando todo
como un geométrico mapa de explicaciones. Lindo sería darle inicio a todo esto
describiendo las nubes que desfilaron en la hora que separa los dos mundos, en
la hora que los cálidos colores del sol, despidiéndose, son regalados como
pétalos de fortuna fogosa y luego son enfriados por la inmensidad del terreno
de los diableros, creando una
maléfica inestabilidad en esas esponjosas masas de agua, creando una catarsis dicromática
que pasa por un adorado infierno de terracota hacia los desiertos invernales
del blanco somnoliento, los dos lados de la nube sobrepuestos en el panel
azuloso o celeste que se funde con lo que queda de cielo. Definitivamente es
una buena opción comenzar por la parte en que mi otro ojo, el hostil, me
entregaba información errónea, alucinatoria, falsa, poco concreta, de un camino
eternamente cernido de crisantemo desmenuzado; primero los blancos, luego los
amarillos, luego los naranjas y por último los fucsias, un sendero inundado de
flores descompuestas que le hacían avanzar en la ceguera y desembocar en una
esquina del ovalado planeta que residimos, desembocar en la estrafalaria figura
de una mujer sentada por allí mismo con un cigarro de quizá que cosa en la
mano, el humo que fragantemente escapaba de sus ominosos labios, horizontalmente,
se concentraba en enamorar las verticales miradas de hollín que soltaba el
cigarro: es espectáculo de la fumada concluía en ocasionales nubes de esponjosa
realidad, que marchaban una tras otra por el desfiladero de los mundos para disfrutar
sus conciencias recién nacidas, de la boca de aquella obscura fémina. Quizá me
decida por empezar relatando la cautelosa sensación que resonó en todo el mucus de mi cuerpo, una experiencia que
unió su feminidad promiscua con la verdadera hermafrosidad de mi existir, fue
casi escuchar armonizar el lamentoso llanto de un violín mecánico, la risa de
un cello de carne y la seriedad matemática de la viola, escuchar un color
azufre entre los tres estados que se adentraban en mi metabolismo, en el mis
pulmones y en toda la sangre que recorría las viscosidades de mi ser.
viernes, 8 de marzo de 2013
Crisantemo
lunes, 4 de marzo de 2013
Una bocanada antes de la irrealidad (plantae)
El pino es un árbol
considerado con mala madera o de baja calidad, pero también es uno de los
árboles más abundantes, existen en casi todas las regiones urbanas demostrando
la variedad posible de físico, atractivos fisiológicos y priorizaciones
inteligentes. Sus esporas son producidas en grandes cantidades por sus
prehistóricas flores, de manera que se aumente la posibilidad de vida que tienen
en el lugar que puedan atravesar. El pino está donde esté el hombre, cuando
encuentra su lugar salvaje, se desarrolla como puede, salvajemente.
Hay veces que ese
hombre se lleva a su pino al norte, donde éste crece imitando al cáctus. En el
sur están obesos de hojas y en el centro son un punto medio. El pino, cuando ya
es grande, sobrevive como se debe en los bosques de asfalto, cemento, alquitrán
y cadáveres caminantes. En ocasiones es cuidado como mascota, en otras como
vegetal dependiente. Hay pinos que eligieron crecer en los bosques, abundando
los de su especie y viviendo aquel delicioso paraíso soleado y fotosintético,
donde la clorofila pueda estallar libremente y la sabia es una obra fluvial.
Hay hombres que son dominados por instinto impuesto de civilización y terminan
por devorarse los bosques, convirtiendo el sueño forestal de los vegetales en
una serie de utilidades humanas: calor, comodidad, materiales, muestra de
hegemonía.
Va en nuestra propia
naturaleza ser del montón, va en nosotros ser un pino como ningún otro. Cuando el
viendo decide por liberarnos, estemos listos o no somos liberados. En la caída,
o en el viaje, nuestro progenitor nos pasea por el irónico mundo; los de los
bosques, con orgullo e incertidumbre; los de los espacios urbanos, con vergüenza;
los no descubiertos, con las leyes del guerrero.
Lástima me parece, al
verlo todo desde aquí arriba, que los más poderosos al proliferar son aquellos
que viven en lo urbanizado, en la selva muerta. No se dan cuenta del poder que
tienen, que sus raíces pueden levantar una ciudad entera, que sus ramas pueden atravesar
inmensos edificios y que todas sus hojas podrían robar el sol de los despreciables
humanos. Sin embargo, son convertidos en humanoides o, en el mejor de los
casos, vegetaloides. Lástima también
me parece, que aquellos sobrevivientes de los viajes interregionales se
profundizan en este mundo tan bien cotizado, terminan siendo pinos de otro
color, pero tinturados con toda la resina urbana sedimentada en sus hojas y
tronco y flores y raíces. Por otro lado, aquellos que por cosa de suerte, elección
del viento, destinos divinos o voluntades fuertes, terminan viviendo en una
fabulosa frontera ciudadana, con sus bases en hermosos y potenciales paraísos
sin peligro de urbanización, pero con las ramas sumergidas en un dineral
humanizado.
Vine a germinar en estas tierras, pues vine de un puñado de esporas escupidas en lo austral. Me pregunté si no caía en tierra por si el viento así lo había decidido, pero luego me di cuenta que no fui identificable para él. En vez de caer en mi vuelo, tomé una ráfaga de conocimiento alternativo y llené mi figura de polvo astral, formé extremidades que me mantuvieran en vuelo fugaz para jamás dejar la vista de infante, por último, me mantuve a la altura de un pino común. Aquí generé todas mis reflexiones. Aquí, en esta altura, me mantengo para fijarme si hay algún otro camino ventoso. Aquí me di cuenta de que allá arriba hay otras esporas tan grandes y exitosas que parecen pinos enraizados con el universo. Creo que pronto iré a pasear con las estrellas. Creo que pronto germinaré en el oxímoron surrealista y conviviré con todas las esporas que siguen el camino cósmico, en el oquedal de los tiempos.
martes, 26 de febrero de 2013
Cuántas fogatas para la noche más corta
Estaban apenas reaccionando el
hidrógeno y el helio en la protoestrella, se transmutaban, se apareaban en esa
inmensidad sin aire. El ser luminoso y caótico había alcanzado una etapa de
estabilidad máxima, tanto que logró formar una consciencia en el núcleo. El
metabolismo del astro se detuvo y quedó con una variable forma rocosa y fluida,
como una mitocondria en viva obra.
Se detuvo de su destino estrellado
con el único capricho de no seguir la cultura de una estrella, quería crear su
propio destino, idea que termina eternamente reflexionada y deformada en querer
crear una propia cultura. Voluntad decidida a todo lo que esto requiera, tomó
una forma rectángulas; luego dos extensiones que nacían de dos vértices
hermanos; luego las vértices hermanas formaron dos extensiones más, pero con
menor largo; por último, en el cateto que unía a las hermanas, se formó un
rectángulo más pequeño, justo en el centro. Comenzó una alucinante caminata con
sentido al planeta más fértil. A medida que se acercaba a esa gigantesca
estructura, ésta ejercía una fuerza mayor, de forma que su velocidad crecía
exponencialmente incinerante. Generó una herida en aquel lugar, sin embargo
este núcleo no cedió a desaparecer. El planeta, que tenía un destino de
decadencia, compartía la idea alterante del astro. El ser luminoso regaló toda
la energía posible contenida en su ser, a pesar de que le incluso le
comprometiera segmentos de la extensión vital. Lo que fue un radiante tallado
de cristales infinitamente luminosos se redujo
a una geométrica figura en flamas. Todo valía en su odisea hacia la cultura
propia, valía hacer un esfuerzo más al enterarse de que el planeta fértil
también contenía una fértil cultura de ciertos reptiles y los primeros
mamíferos. Pidió algún premio por salvar kilómetros de tierra de un destino
empolvado, el receptor le permitió la creación de una cultura vegetal en su
forma física, en la otra, permanecer en el centro de energía del planeta. El
astro, ahora opaco y flameante, eligió uno de los experimentos de la génesis
del propio cuerpo terrestre, una higuera. De un principio no se fundió con
ella, debido a que quería aprender cómo mantenerle viva y reproducirla a través
de tiempo. Cuando tuvo cuatro de ellas cubriendo un trozo del futuro valle de Jordán, se adhirió con la
primera de sus higueras. Todos los conocimientos digeridos en la consciencia le
dieron la posibilidad de mantenerse al mando en el interior de la energía del
vegetal, en vez de seguir ocupándose del mantenimiento de ésta. Buscó en la
moldeada hoja en forma de flor, pues el fruto no le daba más que la
masificación del sabor. El momento en el que terminó esa perfectamente compleja
entidad de origami floriforme, pertenecía
al último día de primavera, la noche más corta. Dejó su flor artificial en la
copa de su árbol y allí le vio cerrarse. Esto ocurría en cada solsticio de un
ciclo de estaciones, siendo éste el canal para adherirse a la cultura del flameante.
Apenas un mamífero de la primera especie de éstos y el más adelantado reptil
tomaron la flor en aquellas fechas, fueron el principio de la nueva cultura. A
pesar de que los dos integrantes, muy simbólicos, se dedicaban a ordenar y
organizar, el astro no sentía que había formado una nueva cultura, sino la base
de ella. Un hecho inédito le dejó divagando en su pasado, la especie de
reptiles súper avanzados fueron secuestrados por otra civilización, proveniente
del lejano universo al que una vez perteneció. Imaginó el destino de aquellos troodones robados de su origen, sabía
que algún día volverían. Lamentó haber dejado su cuerpo celeste, pues habría
incluso tenido la posibilidad de llevar una galaxia entera adelante. Tenía un
silencio suave y rugoso en su cultura, pues sus dos integrantes entraron en un
estado meditativo que maduraba sus cerebros, para poder apenas acercarse a las
capacidades que la flama tenía. El planeta le pidió paciencia, así hasta que un
simio, bípedo y lampiño por secciones, se encontró con el ardiente rocoso. El
animal sólo tendió sus extremidades superiores, que aferraban unas ramas secas.
La mente del mono quedó saturada al instante, una inundación de emociones y
recuerdos con colores imposibles. La situación se repitió en otros lugares del
mundo y resultó en esperanzas del astro. Tendió su mano en la llamarada para
encender el parte de él mismo en las ramas, arduamente recolectadas por los
diferentes personajes que se le cruzaban. Ellos, con todo el cuerpo sudando de
lo insólito, llevaron la primera llave de civilización a sus manadas.
Toda la evolución seguía, con ello
las enfermedades. Los humanos
transportaban algunos trozos de las higueras a lejanos lugares y el astro aprovechaba para hacerlas fecundar
con la tierra, pero en uno de los lugares que crecían, cedió a una de las vidas
para seguir un juego inteligentemente armado, que le llevaría al éxito en su
empresa: en Jerusalén se paseaba un esquizofrénico fanático con un grupo de
inocentes discípulos que juraban que este hombre, Jesús, traía la verdad. Nadie
se enteró de su verdadero origen, nadie le vio leyendo la Biblia, su madre no
le puso barreras al momento de cambiarse el nombre, prefería al de aquel
personaje tantas veces nombrado en el testamento. A pesar de que era un enfermo
mental obsesionado con el libro, maldijo a la higuera no por no dar frutos, sino
que precisamente porque estaba escrito de esta manera. El astro simplemente
extrajo toda el agua de aquella higuera para que, al día siguiente, le vieran
muerta y aumentara la fe de los humanos en el mesías. Grande fue su suerte, cuando algunas personas le vieron
cuidando de sus higueras, le llamaron Diablo, Demonio, Satán, Satanás, entre otros,
pues le confundía con el personaje antagonista de la Biblia. De esta manera, se
acrecentó el morbo entre los bípedos y en ocasiones hacían fogatas invocándole
mediante sus seudónimos, incluso inventaron una serie de variados rituales auto
flagelantes, de sus propios cuerpos, como sus propias culturas, para hacer
ofrenda. La gente inventaba historias, muchas cosas que incluso comprometían a la
higuera como la residencia del mismísimo señor de las tinieblas. El astro se
estremeció al notar que los seres, deseosos de otra realidad diabólica,
probaban sus frutos con saña y hacían fogatas con sus maderos durante toda la
noche. Por esto, cuando los dos integrantes terminaron su maduración,
organizaron un festival que llamara la atención en esa importante noche, distorsionando
la realidad con la energía que la mimetizada flor poseía en sus pétalos. Se
hubieron creado los instrumentos musicales, cuando un cualquiera se lanzó en
las raíces descubiertas de una higuera, bajo los efectos de la obra de
Dionisio. El hombre cargaba un mandolín sin saber cómo utilizarlo y le gritaba
al vegetal que se hacía llamar Juan. Al día siguiente el bípedo se internó en
los suburbios musicales de España, alardeando que el Diablo en persona le había
enseñado a agitar los dedos. Lo ocurrido fue que el flameante le acompañó esa
corta noche de fin de primavera y le enseñaría a tocar su valioso instrumento a
cambio de que difundiera la leyenda de que la higuera traía efectos milagrosos.
De a poco los humanos se acercaban a las vegetaciones de la flama justo en esas
noches cortas para fijar sus deseos en cosas que les pudiesen favorecer. Los
primeros dos integrantes comenzaron por iluminar tesoros escondidos, el astro
se dedicó a enamorar parejas de humanos. Mientras más humanos se acercaban a
éste árbol, más a la luz dejaba su flor, que solo los más decididos se atrevían
a quitar de la copa, se llevaban la flor y la dejaban en algún lugar: los
favorecidos, eran aceptados en la nueva cultura y unas semanas más tarde eran
robados de la realidad; los no tan suertudos, recibían fortuna y felicidad,
motivando un nuevo intento. Pronto la cantidad de integrantes fe tal, que se
dedicaban a jugar con la gente y sus supersticiones culturales, pues los hacían
esconder tres papas bajo la cama para probar suerte de destinos futuros; los
hacían beber agua bendecida, les hacían manchar un papel de tinta y doblarlo
dos veces, las figuras que se formaban al abrirlo les causaban una millonada de
interpretaciones y centenas de incertidumbres personales; se aparecían entre
las fogatas, avivando sus flamas. Aquellos elegidos para la cultura, cuando eran
secuestrados, realizaban los rituales de iniciación, donde les hacían caminar
tiempo atrás, en que la noche es cortísima por el amor que tiene el Sol de la
Tierra, les hacían tomar nuevamente la flor que se llevaron y encender una
colosal fogata dentro de ella. Todo esto hacía que la noche más corta pareciera
ser la más larga.
Fogueiras de São João, Jonsok,
Sankthans, Midsommar, Jhannus, Jaonipäer, Midsumer, noche de San Juan. Así lo
escucha el flameante mientras se dedica a plantar los esquejes de su primera
higuera, su Ficus Carica, árbol
doméstico que, a pesar de ello, crece con sus raíces respirando la superficie, que
decide vivir en lugares rocosos y difíciles, incluso tan fuerte como para
destruir el piso, el esquema natural del
piso.
miércoles, 13 de febrero de 2013
El origen del sacrificio
Set & setting: deje cargando el video antes de leer, escúchelo con audífonos de buena calidad, concéntrece en la diferencia de frecuencias entre un oído y otro, relájese.
Las milésimas de segundo antes de
ser despojada de su órgano vital, ella creyó que su alma se dirigía hacia el
sol. Apenas pudo sentir dolor, pues el deleite de regalarle un amanecer más a
su pueblo, la sumergía en un mar de sensaciones placenteras. Sin embargo, en un
abrir y cerrad de ojos, el paisaje cambió rabiosamente: ya no veía a los
personajes que le ofrendaban al sol, mirándole una a la cara y el otro a pecho, sino que se
precipitaba a la vista un rudo desierto. Allá, muy lejos, se encontraba y
diferenciaba de todo el paisaje una pared de pura arena grumosa. Justo al
frente de donde la muchacha se encontraba, se posicionaba una estructura de
metal oxidado, como una puerta, casi enterrada en la ladera del murallón de tierra.
Vaciló un poco su decisión de avanzar, mas se volteó para buscar alguna
respuesta o explicación a su paradero tan inesperado. Sólo había un resplandor
blanco ensordecedor, un abismo de luz que terminaba justo donde comenzaban sus
pies, donde empezaba esa arenilla amarillenta y sutil. Por alguna razón, sus
cuestionamientos se calmaron y sus miembros se dirigían hacia la lejana
cordillera. No se cansaba al caminar, tampoco le quemaba su morena piel el
hecho de que todos los soles posibles se encontraban viajando por el cielo que
le cubría, como la humilde e inofensiva cipsela. Los harapos que vestía se
desplazaban en ese espacio, como si caminara tranquilamente en el fondo de un
lago. Su pelo se despedía del resplandor que le empujaba a un futuro fuera de
tiempo.
Lentamente se venía acercando el
infinito murallón, de igual manera se acercaba esa estructura paralelepípeda
oxidada entre el gris, el negro, el terracota y el cromo. La muchacha
respiraba, sus pistachos miraban cómo cuarenta y ocho pequeñas figuras
custodiaban la falda de la geometría. Cuando estuvo muy cerca, cuando tenía que
elevar el mentor para poder divisar los bordes del metal, logró definir bien lo
que eran esas cuarenta y ocho entidades, pequeños hombrecitos hechos de sombra,
le llegaban apenas más arriba de la rodilla. Sólo eran siluetas humanas muy
básicas, parecían sacadas de jeroglíficos africanos, como si una espátula de
tierra las hubiera despegado de la roca. La miraron sin ojos, la escucharon sin
oídos, aunque ella ni siquiera separó sus labios. A ellos no es causaba
extrañeza que al joven se encontrara ahí, sus cabezas le apuntaban. Se sentó en
frente de ellos y les observaba, de vez en cuando miraba ese agradable cielo de
soles en la náutica para cruzar el murallón. Se preguntó qué había del otro
lado. Se despedían uno a uno los cuerpos resplandecientes, una luz residual se
acomodaba en lo más alto de la pared y luego, sin estrella alguna, apareció la
noche muy impía, devorándose todo bocadillo luminoso, pero se olvidó de la
sensación de luz que hacía apenas visible el lugar terrestre. Ahora sí, ahora
los hombrecitos se veían inquietos, se voltearon los unos a los otros y entre
cuatro, dos por cado lado, llevaron a la muchacha en dirección a la cima de la
muralla. Giró su cabeza hacia atrás, cuando ellos la llevaban subiendo casi
perpendicular al suelo, y se dio cuenta cómo de la arena se desplegaban
millones de otros hombrecillos, mujercillas y muchachillos, todos se paraban,
se sacudían y subían la pared. Parecían ser hojas de papel recortándose del
piso, para ser sombras una vez más. Después de cierto tiempo, la mujer logró
llegar a la cúspide, del otro lada no había resplandor, sino que seguía
extendíendose el desierto; por otro lado, la cordillera se extendía
infinitamente en los dos únicos sentidos que tenía. La gente de sombra se
agrupaba de a cinco o seis, formaban un círculo y cavaban en el centro, juntaban
sus manos y a los pocos segundos la sombra de algún cactus, árbol, arbusto o
hierba surgía de la tierra, creciendo intensamente. Los cuatro hombrecillos la
invitaron a cavar el agüero, pues jalaron sus manos hasta que tocó la arena.
Ella lo hizo, puso sus manos como cubriendo un huevo del frío, sus compañeros
pusieron las suyas sobre las de ella. De allí surgió un árbol, no muy alto, un
poco frondoso. Debido a que no tenían coloraciones más que la tonalidad del
negro, no pudo identificar qué árbol era. Unos instantes después, se fijó que
los demás vegetales florecía: de las sombras de cactus nacían flores blancas
muy brillantes, llegaban a su mejor etapa y se separaban de su origen para
flotar en la inmensidad del desierto; de los árboles, las flores y los frutos
reventaban como burbujas y dejaban nadando en todo lo oscuro un montón de
semillas, adornándolo todo mientras existían flotando. Cuando el árbol que ella
generó comenzó a dar frutos, se dio cuenta que era el árbol de la sangre, el granado. Reventaba sus frutos con una
esencia rojiza y luego crecían más del mismo lugar. Tomó conciencia de la
verdadera inacabable extensión de la cordillera, pues de los dos lados nacían
rastros luminosos más allá de donde su vista alcanzaba a digerir. La gente
comenzó a cantar de rara forma, los pequeños y los grandes pronunciaban
repetidamente “uolololo kl, uolololo phu, pokololo uo, sesiongh”. La joven se
estremeció completamente ante tan hermoso ritual. Cuando cesaron las frutas y
las flores, las vegetaciones se deshicieron y masivamente las sombras volvieron
a la superficie interior para tomar sus respectivos lugares. Hasta entonces no
había notado que el piso arenoso y plano estaba conformado ordenadamente por
toda esa gente, de manera que la única que verdadera extensión de tierra era la
peculiar cordillera y el desierto escondido detrás de ella. Sólo podían dejar
su lugar cuando el negro les hubiera devuelto la tonalidad. Bajaron nuevamente
los cuatro hombrecillos de la mano de la joven. Se posicionaron los cuarenta y
ocho en sus lugares y el resplandor venía desde con la muchacha provenía, los
soles viajaban una vez más para cruzar la muralla.
La muchacha se sentó en frente de
los guardianes que protegían el rectángulo metálico. Pronto se ordenaron del
lado derecho de la estructura, en fila. Ella miró hacia atrás, venía un
sombrero de trapo; del mismo tamaño que su cuerpo; con tres plumas negras y una
blanca, del lado derecho de la visera; del lado izquierdo, una bolsa de tela
amarrada con algo; la corona formaba una mano negra; a la altura de la frente
de joven, se encontraba la abertura que dejaba a la vista los amarillos ojos de
quien venía dentro, pero no eran más que dos brillantes esferas. Se detuvo
frente a ella un momento, se apartó y se dirigió al metal. Sin esfuerzo alguno,
la mano del sombrero le reveló que aquello era un gran portón en el momento que
era abierto, del otro lado se encontraba un pasillo del que se notaban
destellos azul utramarinos. El ahora portero, entró. Se volteó para mirarla,
hasta que lo siguió. Caminaron por largo rato, las paredes se hacían cada vez más
altas, el techo era el universo explícito, razón del exquisito resplandor. Los
pistachos lograron divisar un límite, una pared que detenía su caminata. Bajo
ésta, un roquerío de piedras redondezcas, con diversos tamaños y siempre
ovaladas. El portero se detuvo cerca de una piedra, tomó la bolsa de tela y la
abrió, todo con la extensión de mano. Dejó el objeto en el piso y de él salió
un ajolote. El anfibio tenía seis patas que se escapaban de los seis agujeros
oculares del cráneo que residía, tenía una inscripción cromosómica en la parte
correspondiente a la frente. Caminó y luego se subió a la piedra cercana. En
consecuencia, las demás rocas vibraron y reptaron, formando dos grandes estructuras:
la primera, en la pared que marcaba el fin del camino, la cabeza de una
serpiente con ojos de ámbar; la segunda, una inmensa mano de cinco dedos y
cinco uñas, justo en el lado izquierdo de la cabeza. Sin siquiera mover los
labios rocosos-reptilosos, la colosal figura extendió la mano y dirigió la boca
hacia la chica para decirle “Fuiste
descorazonada como ofrenda al sol. Deposita tu cuerpo en mi mano y posiciona tu
alma en mi boca”. La joven se percató que cargaba con su propio cadáver, se
quedó pasmada, aferrada al presente. “Responderé
todas las preguntas que quieres formular. Estás aquí porque eres un sacrificio,
tu muerte es diferente a las demás. Tu separación de la realidad tiene
dirección. Tu cuerpo lo depositaré en la tierra que te envió. Tu alma y
conciencia me pertenecen, con una de ellas puedo procrear estrellas. Todo esto
es un juego bien armado; inventé el mito de los sacrificios para ponerlo en la
mente de quienes promulgarían tal cosa con la fe de sus dioses, mitos también.
Soy quien hace rotar la energía y la materia en el universo, mas los
sacrificios son mi combustible. En este preciso instante te encuentras en mi
tumba, descubierta por el universo. Una vez que te entregues a la eternidad, tu
consciencia será diluida en todo, por ello es que cada uno de los seres
pensantes cargan recuerdos que no les pertenecen”. La indígena sentía que
su vida y creencias no habían sido más que mentiras. Dejó su cadáver en la
palma rocosa y luego se puso en la boca de piedras. Dejó de existir. El ajolote
entró en la bolsa, la estructura colosal se desmoronó y el portero retornó el
camino, llevándose el anfibio. Cuando salió de aquel lugar sin lugar, se fijó
si entre los soles que se decidían a cruzar la pared se encontraba aquel
naciente. El piso se desintegró, pues toda la gente de sombra se paró, siendo
aún amarillentos, para cantar y bailar el nacimiento del nuevo sol, la nueva
flor. Satisfecho, el portero volvió de la luminosidad con otra hazaña en los
ojos, él si tiene claro el origen de los sacrificios.
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